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Diciembre 2009


Meditación Misionera, diciembre de 2009

¡”Que los cielos se alegren y la tierra esté en fiesta”!

El 24 de diciembre, antes de la misa del gallo, en algunos lugares se canta el Anuncio solemne de Navidad. La antigua versión medieval de este Anuncio, se llamaba ‘Kalenda’, recogida del Martirologio romano; así proclama la noticia: “en el año 5.199 de la creación del mundo”, tantos años después del diluvio, tantos años aún después del nacimiento de Abraham, etc., bajo el reino de César Augusto… “Jesucristo Dios eterno e Hijo del Padre Eterno, queriendo santificar el mundo… nueve meses después de su concepción, nació en Belén de Judá, hecho hombre en la Virgen María.”

Cada vez que lo oigo, quedo impresionado por este anuncio. Este antiguo texto contiene obviamente algunas inexactitudes históricas. Desde la Edad Media el tiempo ha pasado y la ciencia ha descubierto que el universo ha comenzado con anterioridad a los cinco mil años antes de Jesucristo. Las recientes versiones del Anuncio de Navidad hablan de “millones de años después de la creación del mundo…” de hecho incluso nosotros deberíamos hablar de miles de millones, en función de lo que sabemos del universo, que podría tener 13,7 mil millones de años, el planeta tierra se remonta a 4,5 mil millones de años y la vida que comenzó alrededor de 4 mil millones de años. Ya se trate de la versión medieval o de su forma actual, encuentro el anuncio de Navidad impresionante, porque conecta el conjunto de la historia del universo, al acontecimiento único del nacimiento de Cristo, que tuvo lugar en el tiempo y el espacio. Lo que nos toca de cerca es la dimensión cósmica del nacimiento del Cristo.

Aquí sobre tierra, el inmenso universo produjo una bonita flor que no se vio jamás en otra parte. Sí, la creación floreció aquí, sobre nuestro planeta, de manera totalmente asombrosa y el milagro parece aún mayor, ahora que descubrimos las dimensiones ilimitadas de este conjunto, en el tiempo y el espacio.

En las perspectivas de la ciencia moderna, la mirada de fe sobre el cosmos debería hacerse aún más urgente. En Navidad, él mismo Dios visita el universo que sostiene y crea permanentemente desde hace miles de millones de años, desde el ‘Big-Bang’, las galaxias, las estrellas de primera y segunda generación, están en Cristo y se convierten en un elemento de su obra. Dios obró así sobre este único planeta; es precisamente aquí donde se hizo cercano a nosotros.

Se puede también contemplar el misterio bajo otro ángulo, en María. Es la más flor bonita, la Inmaculada que terminó por florecer en la creación después de todo este tiempo y le fue concedido ser la madre del Verbo eterno que hizo todas las cosas.

¿Cuál debiera ser nuestra respuesta a todo lo que implica la perspectiva cósmica de Navidad?

Para alguien que es capaz de admirar la obra de Dios, se trata en primer lugar de reconocerla y celebrarla. Con nosotros, seres humanos, o mejor aún, por nuestros labios, la tierra y todo el universo podemos estar en fiesta como el Salmista lo sugiere: ¡”El Señor es rey, que la tierra exulte! ¡” (Sal.97, 1) - “Que los cielos se alegren, que la tierra exulte!” (Sal. 96,11)

En segundo lugar, esta visión cósmica de Navidad exige nuestro compromiso para asumir el cuidado de la creación. Nosotros los seres humanos, flor y fruto del universo, nos realizamos cada vez más, cuando nos posesionamos como responsables del planeta del cual somos una parte. Durante este próximo Adviento, del 7 al 18 de diciembre, se celebrará en Copenhague, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los cambios climáticos, una cumbre importante de los líderes del mundo. Este acontecimiento monopoliza la atención pública y con razón.

La tierra, nuestra herencia, está amenazada por daños irreversibles. Algunos Oblatos que están vinculados a las Naciones Unidas nos han entregado una reciente declaración de ONG que dice que “los seres humanos no son distintos de la naturaleza, sino que forman parte de ella; actualmente, maltratan la naturaleza, de manera alarmante”. Para evitar futuras destrucciones de nuestro hábitat, por ejemplo una próxima extinción de especies, es necesario tomar medidas decisivas. Una de las respuestas exige a las potencias del mundo poner cifras sobre la mesa y celebrar un acuerdo concreto y vinculante sobre la reducción de los gases de efecto invernadero.

Una de las motivaciones que ahora empujaría a tomar conciencia decisiva, podría ser la urgencia política. Si las regiones de nuestro planeta se hacen inhabitables, el daño causado no se referirá solamente a la madre-tierra, a la elevación del nivel del mar, sino que además causará migraciones masivas, que pueden causar conflictos armados.

Para nosotros, discípulos de Cristo, a la luz del Adviento y Navidad, tenemos una motivación más profunda a disposición. El Anuncio tradicional de Navidad nos dice que desde los albores de la creación, no solamente 5.199 años sino desde hace 13,7 mil millones, todo en el universo ha preparado este tiempo presente de una tierra floreciente. Y cuando han llegado la plenitud de los tiempos, esta tierra ha dado su fruto más precioso: Jesucristo. De ahí que, para nosotros cristianos, la motivación más profunda nos impulsa a preocuparnos de la integridad de la creación. La tierra se nos dio para que vivamos en ella y la utilicemos, en la perspectiva de la fe, no debemos considerarla como en una carrera de recursos materiales que podríamos explotar y a continuación abandonar. La Creación es una maravilla de la que formamos parte y en la cual él mismo Dios se ha hecho tangible. La tierra así se convirtió en el hábitat de Dios, su verdadero Templo. ¡Debemos comportarnos sobre la tierra como seres humanos, tal como si pisáramos el suelo sagrado de un santuario!