Este artículo es del The National Post y fue escrito por Joe O’Connor. Usado con permiso.
Desconocidos que lo encontraron por primera vez han
descrito a menudo al Padre Guy MARY-ROUSSELIERE como uno distante, indiferente
y un poco perdido en su propio yo.
Un sacerdote católico
romano de extremidades largas, con un porte delgado y recto, la reserva de
tranquilidad del Padre Mary, como el cuello de sacerdote que llevaba, fue en
parte un disfraz. El traje exterior de un hombre piadosamente religioso, aunque
también profundamente progresista, que estaba viviendo codo a codo con la
cultura del pueblo Inuit, dinámicamente diferente a la occidental con la cual
el buen Padre, de Le Mans, Francia, creció.
El Padre Mary vivió y
trabajó en Pond Inlet y en los alrededores de la parte central y occidental del
Ártico canadiense desde la década de 1940 hasta su muerte, a la edad de 81
años, en 1994.
Durante ese tiempo fue
artista, antropólogo, arqueólogo además de predicador y misionero. Era un
hombre complicado y, por encima de todo, un testigo – con una filmadora,
grabadora, cuaderno de dibujo y una birome.
En gran medida
desconocido fuera de su amado Norte y más allá de las paredes de la oficina de
algún que otro académico, el conjunto de la obra del Padre Mary – escritos,
grabaciones, dibujos y fotografías que se ven aquí – son instantáneas
conmovedoras que representan al pueblo Inuit en un momento de transición.
“En sus dibujos y
fotografías se puede ver la cercanía que tenía con el pueblo Inuit, las escenas
que representa, tal vez dentro de un iglú – estos son momentos de tranquilidad
y muestran qué tan íntimo él era con ellos y cuánto era apreciado por ellos por
ser el hombre que era”, dijo Frederic Laugrand, un antropólogo de la
Universidad Laval.
“Pero lo que también demostró
en su trabajo fue un periodo de tiempo donde el pueblo Inuit estaba empezando a
vivir en asentamientos y comenzando una nueva vida. Y él mostró la tensión existente
entre esta vida y la vida de campo más tradicional que estaba lejos de los
asentamientos. Su trabajo es inmensamente importante”.
Las fotografías del
Padre Mary, por ejemplo, de una familia Inuit sentada sobre una cama en una
cabaña empapelada con periódicos, transmiten una historia. Hay tazas de lata
sobre la mesa al lado de la cama; sin embargo, los miembros de la familia usan
botas hechas a mano de piel de foca en sus pies.
He aquí pues una
cultura con un pie en el pasado y otro en la rueda de lo que nosotros, y lo que
muchos de los contemporáneos del Padre Mary, llaman progreso.
El Padre Mary entendía
muy bien lo que estaba sucediendo, y mientras hablaba desde el púlpito y conseguía
conversos, también habló al pueblo Inuit en su propio idioma. Lejos de ser un
sacerdote colonizador, se fue al norte en la década de 1940 y pasó los
siguientes 50 años escuchando.
“No veo ninguna contradicción
entre el estudio de Dios, en la teología, y el estudio del hombre, creado por
Dios”, dijo el sacerdote en 1952. “Además, creo que todo lo que me ayuda a
entender mejor la cultura del pueblo en el que vivo está justificado”.
Las fotografías y
dibujos del Padre Mary, o “dibujos animados” como él los describió
despectivamente, están siendo actualmente exhibidos en la Asamblea Legislativa
de Nunavut en una exposición para conmemorar el aniversario número 100 (en
2012) de la presencia católica en la parte central y oriental del Ártico
canadiense.
Por muy impresionantes que
las fotos sean, las voces que ha documentado son de mayor importancia. El Padre
Mary se sentaba con los ancianos Inuit durante horas, mientras viajaban hacia
sus hogares, sus campos de caza, para escuchar sus historias. Cuentos orales,
transmitidos de generación a generación, sobre los rituales de iniciación de un
joven chamán (piensen: sin agua durante cinco días, sin comida durante 10
días).
O los orígenes de la
“gente blanca”, un género, de acuerdo con la leyenda del pueblo Inuit, que
fueron arrojados al mar por la diosa del Mar en la suela suave de un mukluk con
las instrucciones más simples: “Arréglenselas sin mojarse”.
El Padre Mary escribió
todo. Sin él, muchas de estas historias se hubieran perdido. Y él tomó sus
fotografías, algunas de las cuales aparecieron hace tiempo en las revistas de National Geographic. “El Padre Mary realmente se preocupaba
seriamente de la cultura Inuit. Él los respetaba, y en sus días, eso no era
algo fácil de hacer”, dijo el Profesor Laugrand.
En la década de 1970,
cerró collares con Brigitte Bardot, la sirena del cine francés que hacía campaña
contra la caza de focas. El sacerdote sostuvo que la caza era parte integral de
la vida del pueblo Inuit, al igual que la lengua Inuktitut, un lenguaje que
estaba bajo presión de los administradores del gobierno durante las décadas de
1950 y 1960, que creía que el pueblo Inuit podía, en última instancia, ser
asimilado a la cultura occidental.
“A su manera, el Padre
Mary era muy conservador”, dijo el Profesor Laugrand. “Por ejemplo, él
disfrutaba realizar la Misa en Latín y no adoptar los caminos [modernos] del
Concilio Vaticano II.”
“Así que tensión hay
dentro del hombre. En lo que respecta al pueblo Inuit, fue muy lejos, pero por
otro lado estaba muy apegado a los valores tradicionales. Y supongo que él
aplicó dichos valores a sí mismo – aunque también para preservar los valores
tradicionales del pueblo Inuit. En muchos aspectos, era un hombre adelantado a
su tiempo”.
El Padre Mary falleció
en un incendio en la misión católica de Pond Inlet el 23 de abril de 1994. Era
un hombre de edad por entonces, un anciano sabio y algo excéntrico de la
Iglesia. El fuego mortal consumió innumerables artefactos, palabras y
fotografías de un hombre complicado con un ojo agudo, un buen oído -- y un legado en gran parte olvidado.