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El llanto de mil madres
España

Extractos de la homilía del Cardenal Angelo Amato, SDB, durante la celebración de la Beatificación de Mártires Oblatos y un Fiel laico, el 17 de diciembre de 2011. Después de resumirla historiade los mártires, dijo el Cardenal:

El llanto de mil madres no puede acallar el dolor de la Iglesia por la pérdida de estos hijos suyos, muertos por el odio contra Dios. La historia enseña, desgraciadamente, que cuando el hombre arranca de su conciencia los mandamientos de Dios, rompe también de su corazón las fibras del bien, llevándolo a cumplir actos monstruosos. Perdiendo a Dios, el hombre pierde también su humanidad.

Podemos preguntarnos: ¿nuestros mártires estaban preparados para el sacrificio supremo? La respuesta, fundada en los testimonios y en sus mismas palabras, es positiva. Ellos eran conscientes y se preparaban, a vivir en la plegaria y en el sacrificio, su entrega a los verdugos. Ellos, ciertamente, conocían la actitud antirreligiosa de muchos de los habitantes del lugar, airados porque los Oblatos llevaban el crucifijo bien a la vista sobre el pecho y porque acogían en su instituto las reuniones de los ferroviarios católicos.

A sólo cuatro días del estallido de la guerra civil, el odio anticatólico, que había incendiado y destruido muchas iglesias de Madrid, llegó a Pozuelo de Alarcón, ensañándose en el colegio (escolasticado) de los Oblatos con una crueldad inaudita. Ocupado el instituto, todos los religiosos fueron detenidos, sin interrogatorio, sin proceso, sin pruebas, sin posibilidad de defenderse.

Un sacerdote, seis jóvenes estudiantes y el señor Cándido Castán San José, esposo y padre de dos hijos, fueron asesinados en seguida, al día siguiente de la detención. Los otros soportaron cuatro meses de sufrimientos, siguiendo las dolorosas estaciones de un trágico viacrucis: terror, refugio clandestino, riesgo constante de ser descubiertos, arresto, cárcel, burlas, humillaciones de toda clase, torturas, mutilaciones, muerte.

Es bueno no olvidar esta tragedia. Y es también bueno no olvidar la reacción de nuestros mártires. A los gestos malvados de sus asesinos, ellos respondieron con buenas palabras, rezando y perdonando a sus perseguidores y aceptando con fortaleza la muerte, por amor a Jesucristo. Su comportamiento llenó de luz las tinieblas del mal.

Conmueven las palabras del joven Oblato, de dieciocho años, Clemente Rodríguez Tejerina, que, meses antes del martirio, había dicho a su hermana Josefa: «Si hay que morir, estoy dispuesto, seguro de que Dios nos dará la fuerza que necesitamos para ser fieles».

Nos parece oír las palabras del apóstol Pablo que escribía así a los cristianos de Roma: « ¿Quién podrá separamos del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? [...]. Pero en todo esto vencemos de sobra, gracias a aquel que nos ha amado » (Rm 8,35.37).

El mismo Señor Jesús fue odiado, perseguido, condenado y muerto. De ahí que advertía a los discípulos, diciendo: « Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mi antes que a vosotros » (Jn. 15,18). La persecución es una de las bienaventuranzas del cristiano: « Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo » (Mt 5,11-12).

Los mártires nos enseñan que nuestro testimonio del Evangelio pasa, no sólo por una vida virtuosa, sino también, a veces, por el martirio. El Santo Padre Benedicto XVI, en la Carta Apostólica de beatificación, afirma que los veintidós Mártires Oblatos y el laico, padre de familia, « fieles a su vocación, anunciaron constantemente el Evangelio y, derramando la propia sangre, dieron testimonio de su amor puro al Señor Jesús y a su Iglesia ».

Este es el mensaje que nos ofrecen los Beatos Mártires. La sociedad no tiene necesidad de odio, de violencia y de división, sino sólo de amor, de perdón y de fraternidad. A un mundo debilitado por heridas de toda clase, el cristiano está llamado, también hoy, a darle un testimonio fuerte de la presencia providencial de Dios y de la eficacia de su gracia que, de modo misterioso pero real, cambia los pensamientos malvados en pensamientos de bien.

Imitemos la fortaleza de los mártires, la solidez de su fe, la inmensidad de su amor, la grandeza de su esperanza: « Oh Dios - hemos rezado en la oración colecta- haz que, por los méritos y la intercesión de los Beatos Mártires, podamos dar testimonio de la fe y de la verdad ante el mundo ».

Que los nuevos Mártires sean, ante todo, maestros de vida para sus Hermanos Oblatos de María Inmaculada; que, en la escuela de estos mártires, puedan fortalecer el amor a Cristo y a la Iglesia, y ser generosos y entusiastas misioneros de la nueva evangelización en todo el mundo.

El pasado veintinueve de octubre la archidiócesis de Madrid celebró la beatificación de Sor María Catalina Irigoyen Etchegaray, mujer rica de fe y de amor, ejemplo sublime de vida consagrada fiel y gozosa. Hoy Madrid ha vivido, con nueva alegría, la glorificación de los Beatos Mártires Oblatos y del Beato Cándido Castán San José, ejemplar padre de familia y modelo de trabajador cristiano.

Gloriosa archidiócesis de Madrid y gloriosa España, tierra fecunda de santos y de mártires, que ofrecen al mundo el espectáculo de la vida buena del evangelio, practicando el amor que predicaban.

Mientras existan justos en vuestra tierra, la Providencia divina no os abandonará jamás y la bendición del Señor descenderá llena de gracia y de dones sobre la sociedad civil, sobre vuestras familias y sobre todos vosotros.

La Inmaculada Virgen María, madre y auxilio de los cristianos, os ayude a celebrar la Navidad con corazón puro y santo.