|
Para los que vivimos enRomalos largos preparativosrasgo distintivo de la vida de la Iglesiay especialmente de la ciudadse rodearon de inconvenientes cuando veíamosavanzar lentamente las obras y leíamos los pronósticospesimistas de lo que estaría o no estaría terminado atiempo. Hay que decir que el pesimismo era en gran parte infundado.Las mayor parte de las obras quedaron terminadas: la extensióny remodelación del metroel aparcamiento del Janículolos túneles y pasos de peatoneslos edificios pintados. La ciudadtiene buen aspecto.
No se dieron tampoco losgrandes atascoscomo algunos se temíanpor la cantidad de genteque entraba y salía de la Plaza san Pedro. Eso se debíaa la presencia masivapero discretade la policía y carabinierique era manifiesta en las grandes ocasiones. Había tambiénotra presencia igualmente discreta y manifiesta: los voluntarios parael Jubileo. Sus batines azules como uniforme y sus gorros de béisbollos delataban cada día en la Plaza de san Pedro y las Basílicasmayoresen las catacumbasen el aeropuerto de Romaen la estacióncentral de ferrocarrilen las áreas de aparcamiento para cochesde peregrinos en la periferia de la ciudaden los centros de comidaspara pobres yen realidaden todos los lugares de grandes concentracionesde peregrinos.
¿Quiénes eran estos voluntarios? Muchosmeses antes del Año Santoel Comité central para el Jubileodecidía hacerse con los servicios de personas de diferentes diócesispara el buen desarrollo de los acontecimientos. La campaña dereclutamientoextendida a todo el mundodio como resultado sesentamil personas de dieciocho años para arribadispuestas a dedicaral menos catorce días en el curso del año a este servicio.Hubo un curso de preparación adaptado a las necesidades y circunstanciasde los voluntarios. Éstos procedían de EuropaEstadosUnidosCanadáAmérica central y del surFilipinas.Aunque había precios especialestenían que pagar el viaje.Aquí en Romasi era necesariose les procuraba alojamientopor lo general dormitorio o saco de dormiry las comidas mientras estabande servicio. Las autoridades públicas italianas fueron muy servicialesen este sentidoponiendo instalaciones militares a disposicióndel Comité del Jubileo. Otras instituciones hicieron tambiénsu parte: casas religiosas y parroquias en particular.
Más por curiosidadque por espíritu de sacrificiome ofrecí como voluntariopara el Jubileo. Era en el otoño de 1999. Rellené el formulariotuve la firma de mi superioradjunté dos fotografíasy envié todo a la Oficina central del Jubileo. En diciembrehabía un curso nocturno intensivo de una semana. Se nos hablódel significado del Jubileo y su historiade este Jubileo 2000 en particularde la manera de responder a las necesidades de los peregrinossi eranrobadossi estaban enfermosetc. Teníamos que actuar al ladode las fuerzas del ordenpero nunca en su lugar. Había que estardisponibles en el día asignado y en los lugares indicados; dispuestosa hacer todo lo necesario para el buen funcionamiento del Jubileo. Éstaera en resumen la tarea del voluntario en el Jubileo.
Un grupo de unos treintahombres jóvenescon cometido especial en lugar del serviciomilitar obligatoriocirculaba por los diferentes puntos clave de laciudad donde los voluntarios se encontraban. Su tarea era encontrarsecon los grupos de voluntarios y acompañarlos a sus lugares detrabajoexplicando lo que había que hacer y demás. Enla víspera de cada día de trabajocada voluntario telefoneabaa la Oficina central para saber dónde tenía que ir y sipor la mañana o por la tarde. El turno de servicio era normalmentede seis a ocho horas.
El 17 de mayoteníaque estar en la Plaza san Pedro de las dos a las ocho de la tarde. Duranteel Año Jubilarla plaza se había convertido en un inmensoanfiteatrodividido en seis corrales y con treinta y cinco mil sillasde metal y plástico en fila. Entre los corraleshabíaanchos corredores por donde pasaba el Papa en su “papamóvil”al fin de cada ceremonia o audienciapara que la gente pudiera verlode cerca y él responder a su saludo. Naturalmente las filas desillas quedaban en desorden después de cada acto. Precisamentetocaba a nuestro grupo de voluntarios ponerlas en orden ese miércolespor la tardebajo un sol abrasador. Al día siguiente iba a serel Jubileo de los sacerdotes.
El jueves nos incorporábamosal servicio a las 6.30 de la mañana. La multitud comenzaríapronto a llegar peropor el momentotodo estaba tranquilo. La seguridadpide quecuando el Papa va a estar presente para una ceremoniatodoel que entra en la Plaza tiene que pasar por el detector de metalesalgo así como en el aeropuerto. Se habían instalado alrededorde la Plaza san Pedro veinticuatro puertas con detector de metales yescáneres para equipajes. En cada una había un policíaa la pantalla para el equipajeun carabiniere a la puerta para verificaren caso de sonar la alarmay dos voluntarios del jubileo que poníanorden en la gente a medida que se iba acercando a la puerta.
A las ocho en puntolariada había comenzado. Eran unos seis mil sacerdotes de todoel mundocada uno con su bolso de ornamentos -ya que iban a concelebrarcon el Papa-muchos con máquinas fotográficas y algunoscon teléfonos celulares. Había también grupos deperegrinos extranjeros y de muchas diócesis y parroquias de Italiaque habían venido a pasar por la Puerta Santa y hacer su peregrinación.Por el momentosu puerta santa sería la puerta del detectorde metales. Pronto se llegó a saber el motivo de tanto sonarla alarma: llavesmáquinas fotográficaspulserasrelojesy teléfonos celulares. El voluntario descubría que habíaque desarrollar un lenguaje de signos para poder indicar ‘presencias’de estos objetos en los bolsos de los peregrinos.
De repenteaparecióun grupo de escolaresacompañado de sus maestros. Eran comoun rebaño de conejos con uniformes grisesque intentaban pasartodos al mismo tiempo. La alarma sonaba continuamente. El carabiniereparecía confundido. Detuvo a la tropa. Cada muchacho llevabasu teléfono celular... tenía que estar en contacto conmamá... Poco a poco se iba adelgazando la fila... Y en estoaparece sor Sapientia con su toca y hábito tradicional de sufamilia religiosa. Llevaba un bolso bastante grande y estaba sorprendidade que también ella tuviera que dejar su bolso a merced del escánermientras ella pasaba modestamente por la puerta. El policía ala pantalla se puso un tanto nervioso. No había más remedio.Tenía que registrar el bolso. Tras un examen minuciosose topócon unas tijeronas. ¡El cuerpo del delito! Las tijerasdel tamañoque seanestán en la lista de objetos prohibidos. La monja tuvoque dejarlas allí y recogerlas al término de la ceremonia.
Al concluir la ceremoniaMauriziojefe del equipoaparecía en escena para reunir a losvoluntarios y llevarnos hasta la puerta principal de la basílicadonde habían estado el altarel coro y los obispos. Habíaque quitarlo y ordenarlo todo para dejar despejadopara por la tardeel paso a la Puerta Santa.
El sábadoel servicioera en el aeropuerto de Roma. Allí era cuestión de estarcuando salían los peregrinos de la aduana. Muchos estaban intrigadospor esos batines azulesgorras de béisbol y otros másque estaban en las puertas. Había que orientarlesindicarlescómo llegar a la ciudaddónde tomar un taxiquéera el Jubileola razón de ser voluntario para el jubileo.
La tarea del 20 de mayoera diferente. Esta vezel lugar era el comedor para pobres que lacomunidad de San Egidio había establecido en el sector de Trastevere.A las 3.30 de la tardese reunía la tropa del jubileo con susbatas azules y listos para las instrucciones. Había mesas endos grandes salones. A cada voluntario se le asignaba una o dos de cuatroa seis plazas cada una. A las 4.30 el hambre comenzaba a reunir gente.Ellos saben que pueden contartres días a la semanacon unacomida como Dios manda: pasta o sopacarne y verdurafruta. Son lospobres: ancianosbarbudosy más jóvenesharapientosy mejor vestidoshombres y mujereschicos y chicas. Algunos son delsectorpero la mayoría son extranjeros; vienen de paíseslejanos a la “tierra de promisión” en busca de mejorvida y no es fácil encontrarla. Nos ateníamossiguiendoinstruccionesa ser firmes pero respetuosos. No estábamos allípara dar limosnasólo comiday había que hacerlo comocon clientes en un restaurante. La diferencia es que al final el camarerono tiene que preparar la cuenta.
Harold es un viejo cronometrista.Su inmensa barba entrecana le da un aire de venerabilidad ya pesarde estar en mayolleva chaqueta gruesa y jersey de lana. Es un tantojaranero y a veces da golpes en la mesa con las palmas de la mano. Loque necesita es que le hagan caso; siempre hay alguien del personalfijo a su lado para hacerle compañía. Un cliente másjovencon un corte de pelo extrañoquiere saber si las salchichasson de cerdo. Le aseguro que son de ternerapero no se convence; diceque si son de cerdoseré responsable de su condenacióneterna. Uno u otro intenta repetirsepero no hay segunda veza noser de panque es abundante. Uno envuelve en papel dos trozos paramañana. La mayoría come y se larga. Y cuando se van unosllegan otros. Eran ya las nueve y se habían servido unas mildoscientas comidas. La gente sudando y cansada está lista parair a casa y al catre.
La tarea de un domingofue ayudar a ordenar un montón de ropa usada que habíandado para los pobres. Ropa de veranode inviernode hombrede mujery de niño. Se ordenabase clasificaba según categoríasse empaquetaba y estaba lista para llevarla o mandarla a los centrosde distribución en RomaEtiopíaRwanda u otra parte.
Otro día fue enla Basílica de Sta. María Mayorpor la afluencia de peregrinos.Había que responder a preguntasasegurar cierto orden cuandolos sacerdotes y peregrinos celebraban su misa de Jubileo. En la vigiliade PentecostésJuan Pablo II iba a presidir la misa en la Plazade san Pedro. Entrarían de nuevo en funcionamiento los detectoresde metalesyal término de la ceremonialos voluntarios enfila en la parte alta de las gradas de la basílicajunto conel personal de seguridad del Vaticanoinvitaban cortésmentea la multitud a ir abandonando sus puestos y dirigirse a sus casas.Una rajita de luna aparecía en los cielos de Roma... y las sillasse quedaban solas y en desorden. Mañana otro equipo de voluntariosdel Jubileo se encargaría de ponerlas en orden. |