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num. 247 - Julio 2002

Eugenio de Mazenod y los Jóvenes
Bernard Dullier, o.m.i.
Introducción III – Eugenio de Mazenod, superior general y la juventud
I – Eugenio de Mazenod, joven sacerdote, y la juventud IV – Eugenio de Mazenod, obispo y la juventud
II – La juventud en nuestros textos fundantes V – Conclusión

Introducción

Antes de ver las relaciones de san Eugenio de Mazenod con los jóvenes, no me parece inútil recordar que también él fue joven. Quiero decir con esto que fue un adolescente y después un hombre joven que comparte la vida de los jóvenes de su época, con sus penas y alegrías, con sus sueños y desilusiones.

Comparte el destino de tantos jóvenes que ven saltar en pedazos la familia cuando el padre y la madre se divorcian. Estuvo en un tira y afloja con unos padres a los que quiere y admira, pero que ellos ya no se quieren.

En Palermo, comparte el destino de tantos jóvenes que se dejan atraer por todo lo que brilla. Siente el deseo de aparentar y se da el título de conde al que no tiene derecho. Le gusta ser admirado por la mejor sociedad.

De vuelta a Aix, comparte la dicha de tantos jóvenes satisfechos de sí y que les gusta lucirse en los salones.

Pero tiene también con ellos la impresión de no ser comprendido por los suyos y siente el peso asfixiante de una familia que decide siempre en su lugar.

Comparte con tantos jóvenes un futuro cerrado cuando se da cuenta de que su educación está en desfase total con las necesidades del nuevo mundo que nace. Comparte con tantos jóvenes los fracasos que se repiten: perspectiva de matrimonio fracasado, carrera prefectoral fallida...

Comparte con tantos jóvenes un distanciamiento con la fe de su infancia.

Esta juventud de Eugenio de Mazenod no es ajena sin duda al hecho de que, unos años más tarde, estará tan atento a los jóvenes y sabrá comprenderlos tan bien y hablarles al corazón.

Pero tiene la suerte de encontrar en su camino educadores que están ahí, en los momentos cruciales, para ayudarle a hacer los virajes decisivos que harán de él un adulto cabal. En primer lugar, está su digno tío Fortuné. Está evidentemente don Bartollo Zinelli, en Venecia. No hay que olvidar tampoco al padre Magy, en Marsella, en los años 1807-1808 y, un poco más tarde, a los señores Emery y Duclaux.

Eugenio de Mazenod sabe lo que les debe. Sabe que han sido mucho en su construcción y en su desarrollo personal. Le enseñaron que los jóvenes, para crecer, necesitan encontrar en su camino a adultos como estos.

I- Eugenio de Mazenod, joven sacerdote, y la juventud

Ordenado sacerdote en Navidad de 1811, Eugenio de Mazenod no vuelve a Aix hasta octubre de 1812 porque, entre tanto, hace de superior del seminario de San Sulpicio, en sustitución de los sulpicianos expulsados por Napoleón Iº. De regreso a Aix, declina todo cargo eclesiástico, incluso curial, a fin de dedicarse a servir a la Iglesia de otra manera.

“Cuando, de regreso a Aix, el obispo de Metz, administrador de la diócesis, me preguntó lo que quería hacer, no hubo ni un pelo de mi cabeza que pensó aprovecharse de mi posición social para dejar entrever pretensiones que todos en esta época hubieran encontrado razonables... Respondí, pues, al obispo de Metz que toda mi ambición era dedicarme al servicio de los pobres y de la infancia” (Eugenio de Mazenod - Diario del 31 de marzo de 1839).

Siempre maravillados por la prodigiosa actualidad del sermón de la Magdalena pronunciado al principio de la cuaresma de 1813, en provenzal, para los criados, los artesanos, los labradores, la gente despreciada de la ciudad de Aix, los oblatos han olvidado a menudo que esta hazaña de su Fundador no fue la primera, sino... la tercera.

Está, en primer lugar, el caso de Germaine, condenada a muerte por un crimen horrible, a la que acompaña hasta el patíbulo... en contra de las prácticas jansenistas de la época.

Después, desde febrero de 1813, el abate de Mazenod decide dedicarse a los jóvenes que vagabundean por las calles de Aix...

Más tarde, cuando recuerda su primer ministerio, sólo habla de estas dos cosas:

“Hice mis primeras armas en las cárceles y mi aprendizaje consistió en rodearme de jóvenes a los que instruía(Eugenio de Mazenod – Diario del 31 de marzo de 1839).

Viendo los textos de cerca, descubrimos incluso que, de 1813 a 1817, su acción con los jóvenes ocupa lo esencial de su tiempo y es, a sus ojos, su misión primera y más importante.

En febrero de 1813 comienza a reunir a algunos jóvenes en la pequeña propiedad doméstica de Enclos, a la salida de Aix. Con 7 jóvenes, funda oficialmente el 25 de abril del mismo año la ‘Congregación de la Juventud de Aix’. Son unos 60 al fin del año, 120 en 1815, más de 200 en 1816 y 322 al fin de 1817.

Si al principio quiso sobre todo reunir a adolescentes (los primeros tienen entre 12 y 16 años), extiende muy rápidamente su obra a los mayores y, en mayo de 1815, abre una sección para los muchachos de más de 18 años.

Todas las clases sociales están representadas. Entre los 7 primeros, encontramos a un tal Maffé de Foresta, muchacho difícil e hijo del primer presidente del Tribunal de Apelación, a cierto Ginoux, de una familia pobre de artesanos que vive en un desván en el barrio Saint Sauveur, y a un Paul Laurent, hijo natural vapuleado continuamente por su madre adoptiva.

Contrariamente a lo que insinúa el historiador Sr. Sevrin cuando afirma:

“El abate de Mazenod reúne a la juventud distinguida de la ciudad” (Sevrin – Les Missions religieuses en France sous la Restauration, pág. 62),

Estos jóvenes provienen de todas las clases sociales. En diciembre de 1837, se cuentan 23 hijos de la nobleza, 37 descendientes de la burguesía, unos 80 hijos de artesanos y un centenar de jóvenes que provienen de los ambientes más pobres y de familias indigentes. Por otra parte, la marquesa de Arlatan anota con desprecio:

“¡El abate de Mazenod recibe en su obra tanto al hijo de un consejero en el Tribunal como al de un zapatero remendón!”

Esta obra exige mucho. En efecto, Eugenio de Mazenod reúne a los jóvenes dos días por semana, el jueves y el domingo. A veces, incluso el sábado. Pasa todo el día con ellos desde las 7 de la mañana hasta la tarde, alternando catequesis, oración y también muchos tiempos de expansión. He aquí, como ejemplo, el programa de un domingo:

“A eso de las 7, comenzamos con una breve lectura para dar tiempo a que se reúnan. A continuación Maitines de la Sma. Virgen. Hago después una instrucción de aproximadamente una hora. La instrucción es seguida de Laudes. Luego viene la santa misa. Después de la misa un gran descanso y se come. Por la tarde, después de Visperas, una hora de catecismo per i più bisognosi (para los más necesitados). Todo el resto del tiempo hasta la tarde se emplea en el juego” (Carta de Eugenio de Mazenod a Forbin Janson del 1 de julio de 1814).

Además, Eugenio de Mazenod prepara a menudo a algunos de estos jóvenes a la primera comunión o a la confirmación. Eso quiere decir días de retiro suplementario así como una buena preparación de las ceremonias.

Por último, el Fundador quiere mantener contacto con las familias lo más que puede.

Podemos, pues, afirmar que, durante los primeros años de su ministerio, los jóvenes constituyen lo esencial del apostolado del abate de Mazenod. A ellos dedica, hasta el comienzo de 1818, la mayor parte de sus actividades misioneras. En estas fechas, para liberarse un poco, pide a algunos de los misioneros de Provenza que lo ayuden y se hagan cargo de una parte de las actividades de la obra de la juventud.

No me parece indispensable extenderse en las diferentes actividades que se proponen a los jóvenes. El siglo XIX no es el XXI y, habiendo cambiado los tiempos, los métodos sólo pueden ser diferentes. En cambio, creo interesante detenerse en los motivos de la fundación de esta Congregación de la Juventud. Eugenio de Mazenod los expone en el Preámbulo de los Estatutos.

Comienza con una constatación: una parte de la juventud ha perdido todo sentido de su vida

“porque se fomenta la impiedad, las malas costumbres, por lo menos, son toleradas, el materialismo es estimulado y aplaudido.”

Ante tal estado de cosas, es menester actuar:

“¿Había que contentarse, triste espectador de este diluvio de males, con lamentarse en silencio, sin poner algún remedio?”.

El servicio de la juventud pasa a ser su preocupación principal:

“Trabajaré también por la juventud; procuraré, trataré de preservarla de los males que la amenazan”.

Y eso, cualesquiera que sean las consecuencias:

“La empresa es difícil, no lo niego, incluso no es sin peligro. Pero nada temo porque pongo toda mi confianza en Dios, busco sólo su gloria y la salvación de las almas.”

El crecimiento de la obra plantea en seguida un problema al abate de Mazenod: el de la sede de la asociación. Al principio, Enclos es suficiente. Pero pronto este local resulta muy pequeño.

El 9 de octubre de 1814, se establece en una esquina de la casa más grande de todo Aix, el hotel de Valbelle de Meyrargues, que da a la Avenida:

“Las lluvias y la brevedad de los días iban a echarnos pronto del jardín y hacer impracticables nuestras reuniones allí, cuando la Señora Valbelle ofreció su hotel para reunir allí a la Congregación” (Diario de la obra de la Juventud del 9 de octubre de 1814).

Pero a pesar de las grandes dependencias de que dispone el hotel, los jóvenes llegan a molestar pronto y se les pide que vayan con sus asambleas a otra parte:

“Al necesitar absolutamente la dueña los apartamentos que la Congregación ocupaba en el hotel de Valbelle, la Congregación se fue con sus sesiones y reuniones a otra parte” (Diario de la obra de la Juventud del 16 de abril de 1815).

Las salesas le ofrecen un lugar. Pero son muchos los sinsabores:

“Por la tarde, las Vísperas de la Congregación podían comenzar sólo después de las Visperas de las monjas que dependían del tiempo disponible o de la voluntad de su capellán. Había luego que batirse para desocupar la iglesia y después, si se querían aprovechar los días buenos para que jugara la juventud, no había que pensar en volver a la iglesia al anochecer porque a esa hora ya estaba cerrada” (Diario de la obra de la juventud de noviembre de 1815).

La obra debe cambiar de lugar otra vez. El abate de Mazenod habiendo adquirido una parte del antiguo Carmelo con miras a instalar allí la Sociedad de Misioneros a los que tiene la intención de fundar, los jóvenes se instalan allí. Son incluso los primeros ocupantes a partir de noviembre de 1815. En el pensamiento del Fundador, está claro que con esto terminaron los traslados:

“La Congregación ha elegido para instalarse el coro de la iglesia en otro tiempo de las Carmelitas donde espera establecerse para siempre” (Diario de la obra de la Juventud de noviembre de 1815).

No sólo los jóvenes son los primeros ocupantes sino que son los primeros en restaurar el edificio con su dinero:

“Este cambio, que se hizo necesario, ocasionó algún gasto. El consejo, en su sesión de hoy, ha deliberado proveer por medio de una suscripción voluntaria que ha sido fijada de uno a seis francos. Esta suscripción sólo debe mostrarse a aquellos congregantes que viven con mayor desahogo” (Diario de la obra de la Juventud de noviembre de 1815).

El 21 de noviembre, “el coro que debe servir de capilla a los jóvenes”, es bendecido por el abate Beylot, uno de los vicarios generales capitulares.

Sin insistir en los medios pedagógicos que son los de una época, quiero señalar solamente algunos puntos que me parecen ser los ejes principales de esta obra de la juventud, ejes, muchos de los cuales, me parece que no se han oxidado aún:

  • Eugenio de Mazenod ama apasionadamente a estos jóvenes. Basta hojear el diario de la obra (Écrits Oblats, tomo 16, págs. 137 a 215).

  • Eugenio de Mazenod cree en la gran dignidad de cada uno de ellos, incluso los más pobres y desamparados. Así, en la confirmación del 6 de abril de 1817, al no tenerles reservado ningún lugar en la catedral, no duda en instalar a sus jóvenes en el coro del edificio alrededor del altar.

  • Eugenio de Mazenod no duda en confiarles responsabilidades y algunas tareas. Esta manera de hacer es bastante revolucionaria para la época.

  • Eugenio de Mazenod hace que reine una atmósfera de alegría. Si muchas son las oraciones y catequesis, hay también juegos, salidas al campo, tardes de tostar castañas...

  • Eugenio de Mazenod quiere mantener contacto personal con cada uno de los jóvenes, incluso cuando han dejado la obra. La lectura de la abundante correspondencia que Tavernier mantiene con el Fundador hasta su muerte, nos muestra la importancia de estos lazos

  • Eugenio de Mazenod es un educador exigente. Sabe castigar las faltas y así expulsará a 64 jóvenes de los casi 300 que frecuentaron la obra en 1817.

Terminaré esta primera parte con dos consideraciones:

La primera es que, hasta ahora, sólo ha sido cuestión de muchachos. No hay que sorprenderse. En la época, no se conciben las obras mixtas. Veremos que, en Marsella, el Fundador desarrollará las obras en dirección a los muchachos como a las muchachas.

La segunda es que no es inútil señalar que 36 de estos jóvenes entraron en los Misioneros de Provenza y que 17 se quedaron, entre los cuales Marcou, Honorat, Courtès y Guibert.

II. La juventud en nuestros textos fundantes
1. La carta a los vicarios capitulares del 25 de enero de 1816

Vimos la dedicación de Eugenio de Mazenod, entre 1813 y 1815, a los jóvenes de Aix. Por eso, cuando decide reunir a algunos sacerdotes para evangelizar los campos provenzales, no se olvida de los jóvenes, tanto más cuanto que invaden, dos días por semana, los locales de los Misioneros de Provenza. No es, pues, extraño, aunque los oblatos lo han olvidado un poco hoy, que estos jóvenes figuren en buen lugar en la carta que los abates de Mazenod, Tempier, Mye, Icard, Deblieu y Maunier dirigen a los vicarios capitulares de Aix para pedir el reconocimiento de los Misioneros de Provenza.

“Su vida (de los Misioneros de Provenza) va a quedar repartida entrela oración, la meditación de las verdades sagradas, la práctica de las virtudes religiosas, el estudio de la sagrada Escritura y de los Padres y la predicación y dirección de la juventud (Carta a los Vicarios capitulares del 25 de enero de 1816).

Así pues, después de una larga enumeración de lo que los misioneros deberán hacer para su santificación personal cuando estén en la comunidad, dos actividades misioneras son consideradas fuera de la casa: la predicación y los jóvenes. Podemos, pues, decir respecto a este texto, que la misión con los jóvenes es constitutiva de la misión de nuestros primeros padres.

2. La Regla llamada de saint Laurent du Verdon de septiembre de 1818

Cuando se les ofrece una segunda casa a los Misioneros de Provenza, Notre Dame du Laus, en la diócesis de Digne, Eugenio de Mazenod se retira con el diácono Moreau y el acólito Suzanne a la propiedad familiar de Saint Laurent du Verdon para poner las bases de un texto nuevo: unas Reglas en buena y debida forma, que harán pasar al grupo de una sociedad de sacerdotes a una congregación religiosa.

Teniendo como base este texto aprobado gracias a los votos de los ‘novicios’ Suzanne, Dupuy y Courtès, los Misioneros de Provenza pronuncian sus votos de religión el 1 de noviembre de 1818.

Es, pues, fácil comprender la importancia de este texto que orienta toda la acción futura del grupo. Cuando la obra de la juventud, en plena expansión, cuenta con más de 300 miembros y los padres Moreau y Tempier se unieron al padre de Mazenod para ocuparse de ella, no es, pues, sorprendente, encontrar en el capítulo tercero del texto:

“La dirección de la juventud será considerada como un deber esencial en nuestro Instituto. El superior general encargará especialmente a uno o varios misioneros de esta tarea de la que se ocupará él mismo tan asiduamente como se lo permitan los otros deberes de su cargo” (Regla de 1818 – Capítulo 3).

Notemos la importancia que tiene este trabajo con la juventud: se trata de un deber esencial de los Misioneros de Provenza del que el mismo superior general deberá ocuparse. El texto subraya de nuevo la importancia de esta misión cuando dice:

“El superior general pedirá cuenta del estado de la obra de la juventud con la misma solicitud y detalle que del mismo noviciado” (Regla de 1818 – Capítulo 3).

Por último, aun cuando la Sociedad sólo tiene aún una comunidad, no estando aún ocupada la casa du Laus que acaba de adquirirse, la Regla de Saint Laurent precisa, previendo las implantaciones futuras:

“La Congregación de la Juventud debe ser establecida en todas nuestras casas” (Regla de 1818 – Capítulo 3).

Vemos que, en el comienzo mismo de nuestra familia religiosa, el trabajo con los jóvenes se percibe como constitutivo de la misión. Esta obra es tan importante como el noviciado. Cada comunidad debe comprometerse a fondo y ninguna está dispensada. El mismo superior general debe implicarse personalmente. No es una misión más entre las otras y aún menos un compromiso más o menos facultativo, que depende de los lugares y del carisma de los misioneros.

3. La Regla aprobada por el Papa el 17 de febrero de 1826

En el momento de su aprobación por León XII, la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada tiene ya diez años de vida, de misión y de experiencia. Tiene 4 comunidades (Aix, Notre Dame du Laus, Marsella y Nîmes) en las que ha podido verificar cómo ‘funcionaban’ los diferentes puntos de la Regla de 1818.

Habida cuenta de todo eso, se modifica el texto oficial de la Regla de 1818 presentado en Roma. Se abandonan algunos puntos, considerados como poco realistas o imposibles de vivir, mientras que otros se modifican o se precisan.

Por lo que a la juventud se refiere, el artículo se mantiene íntegramente y se deja en su lugar. Por consiguiente, en el texto aprobado por la Iglesia y que sanciona de forma definitiva la Misión de los Oblatos de María Inmaculada, “la obra con los jóvenes es un deber esencial del Instituto”.

Todo lo que se había dicho en el texto de 1818 se reproduce en el texto de 1826. Se contenta con añadir dos precisiones que no carecen de interés:

“Él (el superior general o el encargado especialmente por él de la obra de la Juventud) se sentirá en la obligación de conocerlos (los jóvenes) por su nombre.” “Tendrá relaciones frecuentes con su familia.”

Nuestras Constituciones aprobadas por Roma insisten, por consiguiente, en el carácter muy humano de las relaciones que deben establecerse en la misión con los jóvenes. Además, deben ser considerados en la totalidad de su vida, y la familia, en la medida de lo posible, tiene un papel educativo importante.

4 Los textos posteriores

Este artículo sobre la Juventud se mantendrá sin ninguna modificación, a través de todos los cambios de nuestras Constituciones, hasta el texto de 1966 que lo hará desaparecer. El texto de 1982 volverá sobre el tema en el artículo 53, pero únicamente en el aspecto vocacional. Eso me parece muy restrictivo y bastante contrario al espíritu mismo del Fundador.

Pero eso no es más que el resultado de una larga evolución que comienza con la muerte del Fundador. En efecto, desde 1862, la misión con los jóvenes parece ser una preocupación cada vez menos importante en los oblatos. Hasta tal punto que el XVI Capítulo general, en mayo de 1898, recuerda con fuerza los términos de nuestras Constituciones:

“En todas partes de la Congregación, los oblatos deben ocuparse de la juventud. Será necesario, para este tipo de ministerio, destinar a los mejores sujetos, especialmente dotados y que habrán recibido una formación para ello” (Actas del Capítulo de 1898).

El superior general de entonces, p. Cassien Augier, recoge esta insistencia del Capítulo en la carta circular que envía a toda la Congregación. Pide que se relancen las Obras de la juventud y termina así:

"Nos sentimos obligados a hacer esta publicación por el voto emitido por el último Capítulo general” (Cassien Augier – Carta circular de marzo de 1899).

Pero, tras un ligero arranque, la preocupación por la misión con los jóvenes como constitutiva de la Congregación cae de nuevo en el olvido. Por cierto, habrá siempre oblatos con los jóvenes. Pero, después de este Capítulo de 1898, ningún texto oficial de nuestra Congregación volverá a insistir en nuestros textos fundantes.

¿No sería el momento de recuperar, siguiendo a san Eugenio y a nuestros primeros padres, que la misión con los jóvenes es constitutiva de nuestra existencia y de nuestra misión?

III - Eugenio de Mazenod, superior general, y la Juventud

Como superior general, Eugenio de Mazenod, no cuestiona lo que ha vivido de joven sacerdote por las calles de Aix. La obra con la juventud es siempre para él de gran importancia.

Cuando se va de Aix para Marsella, insiste para que los oblatos que quedaron en la casa de la fundación continúen esta obra. Pregunta a menudo al p. Courtès por ella y desea que se multipliquen las misiones con los jóvenes.

Apenas necesita insistir en la casa del Calvaire porque hay ahí personas como Suzanne y Albini que se sienten dispuestos espontáneamente para el ministerio con los jóvenes.

Más tarde, vuelve a menudo a la carga en Burdeos con el p. Dassy que parece tener poca prisa de lanzarse en este tipo de ministerio.

Es lo mismo para las misiones ad extra. Se alegra, por ejemplo, de que el p. Duffo, en Ceilán, se lance en el trabajo con los jóvenes:

“El éxito del p. Duffo con los jóvenes demuestra suficientemente lo que hay que hacer para formar una cristiandad que conozca y sirva a Jesucristo nuestro Maestro. Los padres y madres están demasiado dejados en la ignorancia y las costumbres anticristianas para esperar obtener de ellos gran cosa, pero ocupándose de la infancia, cuidándola, queriéndola, se llegará a renovar a esta nación; tal es mi convicción” (Eugenio de Mazenod – Carta al p. Semeria del 29 de septiembre de 1853).

Arde de impaciencia cuando esta misión con la juventud no va ni bastante deprisa ni bastante lejos.

“Ojalá se ocupen pronto de la juventud para darle otro espíritu que el que ella mama en las familias... Cuando tengan medios, verán si pueden llamar a religiosas para eso” (Eugenio de Mazenod – Carta al p. Semeria del 10 de octubre de 1857).

Ayuda a los oblatos que se lanzan, por iniciativa propia, en acciones con la juventud. El ejemplo más conocido es el del p. Dassy al que apoya contra viento y marea cuando crea la obra de los jóvenes ciegos. Accede a que deje la vida comunitaria para desarrollar su obra. No vacila en escribir a la emperatriz para pedirle fondos a favor de la primera casa de la que tiene interés él personalmente en poner la primera piedra el 1 de mayo de 1859.

“La obra de que se trata, puede ser de gran ayuda para esta juventud particularmente desventurada y pobre. Por eso, no temeré, pues, gravar a vuestra augusta generosidad y el Emperador se dignará perdonar la libertad que me tomo de interesar a Su Majestad por este establecimiento naciente” (Eugenio de Mazenod – Carta a la Emperatriz del 19 de julio de 1858).

Podríamos decir lo mismo para el p. Guigues en Canadá. A causa de la misión con los jóvenes, el Fundador lo autoriza a abrir un colegio en Bytown, aun cuando considera que los oblatos no están hechos para llevar colegios.

Lo mismo para mons. Allard en África del Sur, ante el cual insiste:

“Que (al p. Barret) no le guste hacer una escuela, lo creo. No es nuestra vocación... Sin embargo, hay casos en que hay que saber prestarse” (Eugenio de Mazenod – Carta a mons. Allard del 30 de mayo de 1857).

Nuestras primeras comunidades no se parecen en nada a conventos austeros cerrados en sí mismos. Se parecen más bien a colmenas zumbadoras invadidas a menudo por los jóvenes.

Por casualidad encontré un fajo de hojas, con fechas de 1848 y 1849 y que describen las diferentes actividades de la casa de Aix en dirección a la juventud.

Hay, en primer lugar, el catecismo de perseverancia. El registro de las conferencias de san Vicente de Paúl nos informa que fue instituido en la ciudad de Aix por iniciativa de los ‘padres de la Misión’. Los 5 sacerdotes, aun aprobando, se negaron ‘por falta de tiempo’ a implicarse y ‘dijeron no tener ningún local parroquial para ponerlo a disposición de estos jóvenes’.

“Los padres de la Misión aceptaron entonces prestar unos locales de su comunidad y pidieron a nuestros señores tener a bien ayudarlos en esta misión y comprar algunos juegos para distraer a los jóvenes entre las diferentes instrucciones” (Sociedad de san Vicente de Paúl de Aix – deliberación del consejo del sábado 2 de junio de 1849).

Las listas meticulosamente conservadas nos informan que son 132 jóvenes, de 11 a 15 años, que se reúnen cada jueves, todo el día, en los locales de la Avenida, bajo la dirección de 2 ó 3 oblatos.

Está después la obra de los jóvenes indigentes. El título suena sin duda mal a nuestros oídos de hoy, pero la obra no es menos admirable ya que se trata de asegurar una ayuda escolar para estos jóvenes de ambiente muy desfavorable. Son 21.

Hay también la antigua obra de la Juventud que ha cambiado de nombre y se llama ahora la obra del patronato. Pero su principio siguió siendo el mismo. Reagrupa a 117 jóvenes de 12 a 16 años, rodeados por 23 ‘veteranos’ de más de 16 años. Confiados al superior de la casa, se reúnen el domingo todo el día y a veces también en las vigilias de las grandes fiestas.

La obra de los ‘pequeños saboyanos’ data del tiempo del Fundador. Tiene como misión velar por los jóvenes que, para escapar de la miseria, bajan a la ciudad en invierno y ganan dinero limpiando las chimeneas. Están totalmente abandonados, no sabiendo ni dónde alojarse ni dónde comer. Siempre en relación con la Sociedad de san Vicente de Paúl, los oblatos se encargan de estos jóvenes, respondiendo a sus necesidades materiales y espirituales y procurando que tengan alguna escolaridad. En 1848, son 11, de 11 a 17 años.

En 1847, un oblato (no logré saber quién) abre en la casa de Aix una escuela ‘nocturna’ para jóvenes obreros. En 1848, son 32 inscritos que asisten más o menos regularmente. El más joven tiene 15 años y el mayor 29.

En el mismo orden de cosas, y al parecer a petición del Fundador mismo, los oblatos, ayudados siempre por la Sociedad de san Vicente de Paúl, abren su casa a los jóvenes militares de guarnición en Aix y crean para ellos una especie de ‘club’ donde pueden expansionarse, ser catequizados y prepararse a la primera comunión y a la confirmación. Cuatro secciones de 7 a 11 miembros cada una, 2 de las cuales son secciones de analfabetos.

Terminemos recordando que, la casa de Aix, en esta época como en el tiempo del Fundador, sigue alojando a algunos jóvenes estudiantes, principalmente estudiantes en derecho, y tendremos el cuadro poco más o menos completo de los jóvenes que, por razones distintas, frecuentan la casa de la fundación en estos años. Notemos también que los oblatos para muchas de sus misiones son ayudados por laicos, en particular por la muy dinámica Conferencia de san Vicente de Paúl que tiene también su sede en el nº 60 de la Avenida.

Lo que vale para Aix vale igualmente para el Calvaire. Un registro nos muestra poco más o menos las mismas obras, con además dos misiones orientadas hacia los jóvenes emigrantes: los jóvenes italianos (es el fruto del trabajo del p. Albini) y los jóvenes alemanes. Encontramos también la pista de un grupo de jóvenes salidos de ‘reformatorios’ encontrándose en el Calvaire, bajo la responsabilidad del p. Mye.

Este cuadro es evidentemente impresionante. En cuanto a mí, sin esas hojas escritas sea por un oblato, sea más probablemente por un ‘hermano’ de la Sociedad de san Vicente, nunca habría sospechado que la casa de Aix podía recibir a tantos jóvenes. Nunca tampoco habría podido pensar que la misión con la Juventud, considerada como tan importante por el Fundador, se había tomado tan en serio en Aix y en Marsella.

Estas obras de juventud se colocan en todo un conjunto. No excluyen otras formas de apostolado, pero lo mismo que la Juventud es parte constitutiva de una sociedad civil, la misión con los jóvenes es vivida como constitutiva de la misión con todo un pueblo al que los misioneros son enviados.

IV – Eugenio de Mazenod, obispo y la juventud

Un estudio detenido de la actitud de mons. de Mazenod con relación a los jóvenes rebasaría el marco de la mirada que, como oblatos, queremos echar a la misión del Fundador.

Sin embargo, una vida humana no puede dividirse en trozos y, a partir de 1837, no podemos comprender las relaciones de Eugenio de Mazenod con los jóvenes sin echar un vistazo a su actitud de obispo.

1. La Catequesis

Mons. de Mazenod va a mostrar su solicitud por los jóvenes, en primer lugar, por la catequesis. Ya en 1837, durante unas giras de confirmación señala:

“Me sentí muy contento de lo atentos que estuvieron los niños a mi instrucción... Es indudable que nadie se preocupa de estimular en sus almas sentimientos de los que son, sin embargo, capaces. Se les enseña a secas la letra del catecismo... pero sin esforzarse en resaltar la bondad de Dios, el amor infinito de nuestro Señor Jesucristo por los hombres. No se forma su corazón” (Eugenio de Mazenod – Diario del 13 de septiembre de 1837).

Le parece importante hablarles en una lengua que entiendan:

“Aquí (en Auriol) como en todas partes, pude notar por la gran atención de los niños cuando les hablo, lo indispensable que es instruirlos en su lengua” (Eugenio de Mazenod – Diario del 3 de octubre de 1837).

Para que la instrucción que reciben no sea abstracta, decide rápidamente imponer en su diócesis un nuevo catecismo porque

“Es todo lo que tendrán estos niños para todo el resto de su vida. Todo está dicho después de la primera comunión para la instrucción religiosa y los sacramentos. Es fundamental llegarles al corazón diciéndoles lo esencial: el amor que Dios les tiene” (Eugenio de Mazenod – Diario del 1 de octubre de 1837).

2. La educación

Mons. de Mazenod piensa que no es posible que los jóvenes se valgan de por sí, si no están instruidos, ni educados, ni provistos de una profesión.

Por eso llama a las Damas del Sagrado Corazón de la madre Barat para las muchachas de la burguesía y a las Hermanas de la Sagrada Familia para las de las clases más modestas.

Para los muchachos de la burguesía, pide a los Hermanos de las Escuelas Cristianas abrir un segundo establecimiento e instala dos colegios llevados por los Doctrineros.

Para los muchachos de las clases más necesitadas, se dirige a los Hermanos Maristas que, durante su episcopado, abren 19 escuelas, todas gratuitas, en las parroquias más pobres de la ciudad y periferia.

Como no logra encontrar congregaciones femeninas que hagan con las muchachas lo que los Hermanos Maristas hacen con los muchachos, pide a los sacerdotes encontrar a algunas mujeres más instruidas que, voluntariamente, abran pequeñas escuelas. En los documentos de que dispongo, he encontrado por el momento 7 de estas escuelas.

Multiplica las fundaciones religiosas que enseñen una profesión a los muchachos, pero también a las muchachas, pensando, por este medio, luchar contra la plaga que representa el paro (se dice entonces la desocupación) y la prostitución. Después de las catástrofes causadas por las epidemias, funda nuevas familias religiosas (por ejemplo, las ‘hermanas del Cólera’) para recibir a las huérfanas entre 15 y 18 años y enseñarles el oficio de costurera y para las más dotadas el de enfermera.

3. Las obras de Juventud

Mons. de Mazenod no se contenta con lanzar obras oblatas o favorecerlas. Como obispo de la diócesis, crea muchas obras en dirección a los jóvenes y favorece las que crean sacerdotes de su diócesis.

Esto concierne a todas las clases sociales. Pide a los jesuitas, a los que llamó en 1839, no contentarse con sus círculos de adultos, sino favorecer también a grupos de jóvenes de la alta sociedad. Apoya lo que el abate Allemand emprendió para los jóvenes de las clases medias. Echa una mano a Timon David, pagando de su bolsillo sus diferentes innovaciones en dirección a la clase obrera. Contra la mayoría de los sacerdotes, apoya al abate Ricard que, desde la parroquia de Notre Dame du Mont, se interesa por los jóvenes sin trabajo.

Cuando le parece que se descuida a una categoría de jóvenes, no duda en hacer algo nuevo. Así, cuando ve que nadie se ocupa de los jóvenes delincuentes y de los que salen de la cárcel, crea una congregación religiosa: los hermanos de san Pedro encadenado.

4. La presencia a los jóvenes

Mons. de Mazenod quiere estar presente a todas estas obras. No se contenta con lanzar o apoyar. Le parece importante encontrarse con estos jóvenes, conocerlos e interesarse por lo que viven.

El ‘Codex’, por suerte conservado, de las Damas del Sagrado Corazón nos informa de la sorpresa de la comunidad cuando mons. de Mazenod, que vino para la confirmación de las ‘grandes’, se queda con ellas toda la tarde, participa en sus juegos y se divierte incluso cantando con ellas.

Sorpresa incluso del canónigo Cayre que acompaña a su obispo a la casa de los jóvenes delincuentes y que lo ve pasar todo el día con ellos, perder el tiempo en escucharlos hasta el punto de que

“fue menester recordar por tres veces a su Ilustrísima que lo esperaba su automóvil desde hacía tiempo porque había gente que lo esperaba en el obispado” (Abate Cayre – apuntes personales).

Cuando las Hermanas de María Inmaculada (del padre Dassy) ven llegar al obispo que da la mano a un joven ciego y tiene a otro del brazo, se quedan de una pieza.

Otra vez, pierde una tarde de su precioso tiempo episcopal para divertirse con los mayores del seminario menor:

“Fui para ver lanzar un globo. Había sido invitado por los alumnos de física. Una maldita cuerda causó un desastre. En el momento en que el globo subía de maravilla, la cuerda lo sujetó y haciéndole dar una voltereta, lo lanzó sobre un trípode que lo reventó. Los jóvenes se consolaron condenándolo al fuego y saltando de alegría alrededor del fuego” (Eugenio de Mazenod – Diario del 12 de agosto de 1838).

Otra vez, en visita pastoral en Château-Gombert, es invitado por los jóvenes a ir con ellos para un día de peregrinación y de expansión. Acepta y se sube a la carreta que lleva las provisiones:

“Veía que iba a llover. Pero, ¿qué es un poco de lluvia en comparación con la felicidad de estos muchachos... El grupo era numeroso y feliz y éramos unos treinta entre grandes y chicos” (Eugenio de Mazenod – Diario del 29 de octubre de 1838).

El obispo anota con resignación, cuando vuelve a Marsella, al día siguiente de este día de expansión imprevista con los jóvenes:

“Me esperaban muchos asuntos atrasados en el obispado adonde sólo llegué ayer por la tarde, muy tarde” (Eugenio de Mazenod – Diario del 30 de octubre de 1838).

Estos pocos ejemplos, espigados un poco al azar, nos permiten descubrir hasta qué punto, en continuidad con lo que ha descubierto en Aix y con lo que hace vivir a su familia religiosa, mons. de Mazenod se preocupa de los jóvenes. Hace de esto una de las prioridades de su episcopado. Hace todo lo que puede por su educación humana y cristiana, por su crecimiento material y espiritual. Digamos asimismo que, sin abandonar a los jóvenes de las clases más favorecidas, es en dirección a los más abandonados con los que despliega toda su energía.

V – Conclusión

En conclusión, a partir de lo que la historia nos enseña, voy a intentar llamar la atención sobre algunas de las grandes características de la actitud de san Eugenio con relación a los jóvenes.

1. Ser solidario

Eugenio de Mazenod ve el mundo con la mirada de Cristo. Por eso, es solidario de este mundo y más particularmente de la juventud, aun si no la comprende siempre, aun si le sorprende a menudo.

Por cuanto esto pudiera chocar a la buena sociedad de Aix o de Marsella, él toma partido por esta juventud a menudo desprestigiada, rechazada, juzgada y a menudo abandonada.

Un ejemplo magnífico se nos da durante la misión de Theys en Isère en febrero de 1837. Unos jóvenes armaron un “gran guirigay” en plena misión y amenazan repetir la hazaña el día de Ceniza. El p. Guigues decide negarles la absolución si vienen a confesarse. El Fundador se lo prohíbe:

“Este momento de olvido, en parte perdonado por la circunstancia de los últimos días del carnaval, no hizo sino manifestarse más vivamente el triunfo de la gracia. Hay que guardarse bien de alejarlos de la comunión. Dios quiera que este desgraciado pensamiento no haya llevado a los misioneros a recibir fríamente a estos jóvenes a los que se habría debido acoger con la bondad más exquisita” (Eugenio de Mazenod – Diario del 19 de febrero de 1837).

2. Estar con

Tanto como joven sacerdote con su obra de Juventud que como obispo con los diferentes movimientos que funda, Eugenio de Mazenod no se contenta con predicar, administrar sacramentos o incluso con animar encuentros. Le interesa toda la vida de estos jóvenes con los que se encuentra. Los conoce por su nombre. Desea saber lo que viven. Se interesa en sus alegrías y sus penas. Está siempre ahí en los momentos felices o desgraciados. Está siempre en los momentos cruciales de su vida de adultos, en su matrimonio, en el nacimiento de sus hijos...

Cada vez que voy al panteón de los oblatos en el cementerio de Aix, doy una vuelta, bordeando la calle 6, por la tumba del joven Alphonse Saboulin, uno de los primeros miembros de la obra de Juventud, que murió el 23 de marzo de 1818, a la edad de 21 años. Y allí, pienso en esa larga presencia del Fundador al lado de tantos jóvenes a los que ayudó en su enfermedad y acompañó hasta la hora de su muerte.

“Como una madre tierna, nada descuidé para ayudar todo lo que pude, a este hijo querido al que formaba en la piedad. Estuve a su lado durante toda su enfermedad y hasta el momento supremo” (Eugenio de Mazenod a propósito de la muerte del joven Chabot – febrero de 1815).

3. Amar

El Diario de la obra de Juventud como las muchas cartas que recibe el Fundador nos muestran lo que ama a estos jóvenes. Los ama porque se cruzaron un día en el camino. Los ama porque le conmueve lo que viven, su pobreza material o espiritual.

El p. Yvon Beaudoin reconoce que el éxito extraordinario de Eugenio de Mazenod con los jóvenes se debe principalmente a su capacidad para amar y ser amado:

“La personalidad del abate de Mazenod y una capacidad particular para amar y conquistar a los jóvenes han tenido un papel importante en su éxito” (Écrits Oblats – Introducción al tomo 16).

Conocemos el episodio de marzo-abril de 1814, cuando el Fundador, en el artículo de la muerte, está persuadido de que sólo debe su curación a la oración constante de los jóvenes. Deja entonces desbordarse sus sentimientos:

“Queridos hijos, quiero consignar aquí los sentimientos de amor, de estima, de reconocimiento, de admiración que me habéis inspirado por vuestra conducta conmigo. ¿Cómo no tendría para vosotros un corazón de padre después que habéis demostrado que me queréis como si fueseis mis hijos? También es verdad que yo os he querido el primero” (Eugenio de Mazenod – Diario, mayo de 1814).

4. Confiar

Eugenio de Mazenod nos parece a menudo autoritario y es en gran parte exacto. Pero no es menos cierto que ha confiado siempre en los jóvenes.

Vimos cómo sabe delegar en su obra de juventud. Cuando está ausente, pide a los mayores que lo reemplacen y esta delegación de responsabilidad le parece una escuela muy formativa en la que insiste.

No podemos olvidar tampoco cuánto confía en los jóvenes en la historia de nuestra Congregación.

Dando el derecho de voto a tres jóvenes (Dupuy, Suzanne y Courtès) consigue transformar una sociedad de sacerdotes en una familia religiosa, en octubre de 1818.

Un poco más tarde, autoriza al joven Suzanne que no es aún diácono a asumir algunas responsabilidades en las misiones parroquiales e incluso a instruir a la gente.

El p. Guibert no tiene 26 años cuando es superior y el p. Courtès tiene sólo 27. El p. Telmon tiene 33 años cuando se lanza en la aventura de Tejas y el beato José Gérard es sólo diácono cuando llega a África austral.

5. Ser exigente

A pesar de todo lo que acaba de decirse, Eugenio de Mazenod no hace populismo. Es cierto que le gusta que lo quieran estos jóvenes. Pero no olvida por eso las exigencias de toda vocación de educador.

La lectura del Diario de la obra de la Juventud de Aix nos muestra cómo quiere hacer respetar los compromisos que los jóvenes han contraído. Sabe llamar al orden, expresar su desacuerdo y, por último, si es necesario expulsar, es decir, constatar la inadecuación entre el proyecto educativo de la obra y las disposiciones del joven.

Eugenio de Mazenod quiere hacer crecer a estos jóvenes y todo crecimiento tiene exigencias: crecimiento personal, crecimiento en la vida de grupo, crecimiento en la vida social y profesional, crecimiento, por último, en la vida espiritual.

Conocemos bien la consigna que da a los misioneros de Provenza a propósito de las personas con las que van a encontrarse. Es sin ninguna duda esta consigna la que puede caracterizar mejor su apostolado con los jóvenes:

“Hacerlos hombres. Hacerlos cristianos. Hacerlos santos.”

Encuentro sobre la Misión y los Jóvenes
organizado por el Taller Jóvenes de la Provincia de Francia - Nancy, 17-18 de marzo, 2001
Bernard DULLIER omi

DOCUMENTACIÓN OMI
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