Pensar la misión
Fernand Jetté, o.m.i.
Conversaciones con Godé Iwele, o.m.i.
Hoy vivimos en un mundo muy organizado. ¡Me pregunto a veces si no estamos un poco perdidos! Los desafíos actuales de la misión [...] exigen que haya en nuestras filas hombres de pensamiento, y hombres de pensamiento vueltos a la misión.
Fernand Jetté, o.m.i.
Alocución en la Intercapitular de 1978
Prólogo
Acordaos de vuestros jefes, que os anunciaron
la palabra de Dios; fijaos en el desenlace
de su vida e imitad su fe. Heb 13, 7-8.
Al anuncio del fallecimiento en Ottawa, el 6 de noviembre de 2000, del p. Fernand Jetté, antiguo superior general de los misioneros oblatos de María Inmaculada (O.M.I.), me ha parecido oportuno dar a conocer el texto de una entrevista inédita (grabada) que había tenido a bien concederme. La entrevista había tenido lugar en 1998 en la residencia Roy de Ottawa, donde se encontraba el p. Jetté, después de doce años en Roma al frente de la congregación de los oblatos. Antes de su nombramiento como noveno sucesor de Eugenio de Mazenod, fundador de los oblatos, el p. Jetté había sido profesor de teología misionera y de espiritualidad en la Universidad de Ottawa (1949-1967), vicario provincial en Montreal (1967-1972) y vicario general de los oblatos en Roma (1972-1974).
Quisiera, de entrada, hacer una advertencia. La tomo gustoso de los Diálogos con Pablo VI de Jean Guitton: “El lector se sentiría decepcionado, si buscara en este (librito) curiosidades, indiscreciones, anécdotas. Por cierto, el relato es exacto hasta en los detalles, pero no hay secreto revelado, ni pequeña historia, ni cara oculta de la historia contemporánea”.
Entonces, ¿para qué? Pues bien, todos los que lo han conocido saben que el p. Fernand Jetté era bueno como el pan; pero que no había que contar con él para indiscreciones y “noticias sensacionalistas”. Este sabio, de discurso pausado y sopesado, de voz dulce y suave, y de paso lento, pero seguro, tenía algo mejor que ofrecer que un cóctel de anécdotas. Con él, la conversación iba siempre a lo esencial: tenía el arte de ir al fondo de las cosas y con palabras de todos los días. Y a eso nos invita a través de estas conversaciones.
Éstas se centran en una problemática bien precisa, a saber, la necesidad de “pensar la misión”. No se busque, pues, un balance sobre el estado general de la Congregación que ha dirigido, ni una vista de conjunto de la problemática de la misión de la Iglesia. El propósito de estas conversaciones es más limitado, más modesto. He urgido simplemente al p. Jetté a decirnos más sobre esta cuestión importante, que había planteado a la Congregación de los oblatos veinte años antes, pero que había quedado en cierto modo pendiente. Dejémosle que él mismo nos la formule:
“En el pasado, he oído decir a menudo: ‘¡Los oblatos son improvisadores geniales!’. Y era un cumplido. Eso significaba: ‘Pónganles en situaciones de miseria en que no hay nada organizado, y muy rápidamente van a organizar todo y, por lo general, muy bien’. Hoy vivimos en un mundo muy organizado. ¡Me pregunto a veces si no estamos un poco perdidos! Los desafíos actuales de la misión [...] exigen que haya en nuestras filas hombres de pensamiento, y hombres de pensamiento vueltos a la misión. Tenemos muchos excelentes misioneros, muy entregados; tenemos también algunos sabios, especialistas en las ciencias, en la historia, o en el lenguaje, está muy bien; pero especialistas en el servicio de la misión y de la acción misionera de la Congregación, ¿cuántos tenemos? Pienso en problemas como éstos: nuestra actitud misionera frente al apartheid en África del Sur, o frente a la evolución de las poblaciones indias e inuit de Canadá, o frente al islam en el Camerún-norte o en Indonesia... ¿Cuántos hombres preparados tenemos para estudiar estos problemas con cierta autoridad? E incluso para el estudio del Fundador, y de la espiritualidad, y de la historia oblata, somos muy pobres en personal competente, ¡tan pobres que nos cuesta trabajo mantener nuestra única revista, Vie Oblate! La desaparición de las casas de enseñanza, sobre todo escolasticados, en el Instituto, nos ha empobrecido mucho en el campo intelectual y, si nos descuidamos, esta debilidad se agravará cada vez más.” (Acta Administrationis generalis O.M.I., 1978, 48.)
El p. Jetté hacía estas declaraciones hace poco más de veinte años, en 1978. Se dirigía, como superior general, a los Provinciales oblatos reunidos en asamblea intercapitular en Roma. A través de ellos, lanzaba este gran desafío a todos los misioneros oblatos y a la Iglesia entera. Teniendo en cuenta la importancia de este texto, me he permitido citarlo in extenso. Tendrán que perdonar, porque todo lo que sigue gira en torno a este texto clave, del que se trata de explicitar, profundizar y concretar todo lo que está en juego.
Escuchando al p. Fernand Jetté, uno no puede menos de comparar sus palabras con aquellas que tuvo un día el que está en el origen mismo de la aventura oblata misionera, Eugenio de Mazenod. En efecto, en una carta, con fecha 3 de enero de 1831, al p. Mille, superior en Billens, Suiza, el Fundador de los oblatos escribía:
“Nunca podría recomendar bastante que no descuiden el estudio, no digo solamente de la teología y de la filosofía, sino también de las bellas letras. Hay que combatir los errores del siglo con las armas del tiempo. Cada vez me sorprendo más viendo a tantos jóvenes en las filas enemigas escribiendo tan bien, con tanto arte y talento, para sostener la mentira y las decepciones de toda clase. Hay que curtirse incluso en este tipo de combate. Sepan bien su lengua, ejercítense en manejarla. Será un tiempo bien empleado. Saquen fuego de la piedra; para eso hay que golpear, la chispa sólo se produce con el choque” (Selección de textos sobre CC. y RR., 1985, pág. 252).
Para Eugenio de Mazenod como para Fernand Jetté, no se trata ni de intelectualismo ni de cualquier culto a los diplomas. Para uno y para otro, la cuestión fundamental sigue siendo la de “la calidad de los hombres” y de las herramientas con las que se quiere intervenir allí donde se juega la suerte de los pobres. Tratándose de la calidad de los hombres, el p. Jetté hace depender de ella el futuro de la misión evangelizadora oblata. De Mazenod no ha dudado en llamar “mercancía” indeseable al tipo de oblato que no se preocupa de cultivar su vida interior. Así mismo, para subrayar la calidad no sólo de las herramientas sino también del obrero, invitaba a “sobrenaturalizar” los estudios.
“No pierdan nunca de vista que trabajan por Dios, que va en ello la gloria de su santo nombre, que la Iglesia les reclama este servicio. Es para decirles que tienen que sobrenaturalizar sus estudios, santificarlos con gran rectitud de intención, dejando de lado todo amor propio, no buscándose en nada; por este medio los autores profanos pueden elevarles a Dios como los Padres de la Iglesia” (Ibíd., pág. 252).
El Capítulo general de 1986 se hizo eco de esta llamada que ha tratado de reactualizar abriendo nuevas pistas de búsqueda:
“Además de garantizar a nuestros estudiantes una sólida formación teológica y filosófica, debemos abrirles a otros campos de conocimiento que les preparen a ser misioneros:
- para ser misioneros con los pobres: estudio de la doctrina social de la Iglesia;
- para anunciar a Jesucristo al mundo de hoy: reflexión sobre el hombre secularizado e iniciación técnica en los medios de comunicación;
- para servir a la Iglesia dondequiera que sea, según la urgencia de las necesidades: estudio de la misionología, reflexión sobre las culturas, estudio de las lenguas, análisis de la situación de la Iglesia en diferentes países y mirada a los compromisos de la Congregación en todo el mundo;
- para colaborar con las fuerzas vivas en el servicio de la fe: estudio de la teología del laicado, del ecumenismo, de las grandes religiones no cristianas” (Misioneros en el hoy del mundo, págs. 53-54).
En el Capítulo general siguiente de 1992, se oyeron voces para pedir que se aliente, se favorezca y se apoye la apertura o el mantenimiento de los centros teológicos, seminarios o universidades oblatos (Testigos en comunidad apostólica, pág. 43).
Creo percibir en esta petición el mismo deseo que tenía el p. Fernand Jetté, es decir, que una congregación misionera debe dotarse de algunos centros de reflexión que puedan servir de laboratorios para pensar, organizar y orientar su actividad misionera. Muy ‘inteligente’ sería el que probara que la buena voluntad y la fe son suficientes para ser misioneros de los pobres en un mundo donde la pobreza ha llegado a ser la cultura de base de las tres cuartas partes de la población mundial.
Después de haber conversado largamente con el hombre santo y sabio que ha sido el p. Fernand Jetté, estoy persuadido de que una misión no pensada (non pensée) es una misión perdida (dépensée). El p. Jetté nos recuerda, en efecto, que si queremos estar a la altura de los desafíos actuales de la evangelización, debemos renunciar a ver un título de gloria en ser improvisadores, bien que “improvisadores geniales”. Nadie duda, sin embargo, de que algo de improvisación, de bricolaje o de habilidad será siempre necesario a fin de evitar la planificación sofocante o dárselas de profeta. Ése no es el problema. El sentido profundo de la llamada que se nos lanza es que la improvisación y desenvoltura, por buenas que sean en sí y en ciertas circunstancias, no deben ser la norma. En este mundo tan complejo y tan ordenado, todo paso debe ponderarse y calcularse, antes de darse.
Desde mi punto de vista, el interés del tema abordado en estas conversaciones es evidente. Aunque centrado principalmente en los oblatos, las palabras del p. Jetté no dejarán de interesar y de interpelar a aquellos y aquellas que, por el mundo, se interesan por la misión de la Iglesia, la evangelización de los pobres y la inteligencia de la fe. Sócrates, padre de los filósofos, ¿no repetía que una vida no pensada no vale la pena vivirse? En el punto de partida, hay lo vivido; pero la experiencia fructuosa viene del pensar lo vivido. Que uno sea oblato o no, misionero o no, encontrará seguramente algo que comer y que beber en las palabras bien dosificadas y llenas de sabiduría del p. Jetté, él que fue, durante su vida, un guía espiritual tan solicitado.
He tenido el privilegio -y el gran placer- de conversar con este hombre sobre un tema que, en sus propios términos, “puede parecer pedante”. Confieso, por mi parte, no haber encontrado pedantería alguna en sus conversaciones conmigo. Al contrario, lo que aparecía claramente en su espíritu, es que el llamamiento que lanzaba correspondía a algo concreto, muy concreto: “invertir más en la reflexión” a fin de evitar toda confusión debida al charlatanismo y al ‘amateurismo’. Si tomamos verdaderamente a los pobres en serio, debemos pensar lo más seriamente posible en su condición. Solamente después de haber oído al p. Jetté, pienso haber por fin comprendido lo que había llevado un día a Louis Pasteur a declarar que “un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha lleva a él”.
A causa de la gran sencillez consabida en él, el p. Jetté nunca ha invocado méritos intelectuales particulares. Sin embargo, los tenía. Y muchos más de los que su gran humildad le autorizaba a confesar. Sería suficiente, por ejemplo, leer la apreciación que el p. Yves Congar, o.p., hace del libro Qu’est-ce la missiologie? (¿Qué es la misionología?) en el que el profesor Fernand Jetté contribuye notablemente al análisis del status epistemológico de la misionología como disciplina científica, para darse cuenta de que este hombre, modesto, que pasaba desapercibido por los grandes pasillos del edificio Deschâtelets, tenía su lugar entre los grandes.
En el ámbito de lo social, el p. Fernand Jetté ha sido en la vida de mucha gente el hombre que se necesitaba en el momento que se necesitaba. ¿No había desempeñado, en cierto modo, el mismo papel en la Congregación de los oblatos? Sabemos en qué circunstancias más bien dolorosas heredó la dirección de la Congregación...
Permítaseme, pues, dedicarle in memoriam esta entrevista que él mismo había tenido a bien concederme.
Cuando no tenía nada que decir, Fernand Jetté se callaba; pero cuando abría la boca, todo el mundo se callaba. Ahora que quiere hablarnos, callemos y escuchémosle.
G. I.
Casa de la Asunción
Ottawa, 15 de noviembre de 2000
1
Invertir más en la reflexión
- P. Fernand Jetté, en 1978 usted era en Roma el superior general de los misioneros oblatos de María Inmaculada (O.M.I.). Por esta razón, ha tenido una alocución importante en el encuentro intercapitular de abril. Enumera en ella “cinco condiciones de progreso” para la misión de los oblatos. Me gustaría que nos detuviéramos en la cuarta condición, a saber, la necesidad de “invertir más en la reflexión” 1. En realidad, exhorta a los superiores provinciales a suscitar entre los oblatos “hombres de pensamiento, y hombres de pensamientos vueltos a la misión”. Han pasado veinte años desde que ha lanzado la llamada. ¿Sigue siendo de actualidad?
- La necesidad de reflexión sigue siendo actual. Me atrevo incluso a afirmar que es más urgente que nunca. Nos es dictada por la evolución del mundo y la marcha de la historia. En todas partes, la gente busca, se pregunta; las mentalidades cambian, evolucionan. Mutaciones importantes se realizan ante nuestros ojos en los diversos sectores claves de la vida tanto privada como pública, que nos obligan a repensar nuestros modos de ser y de hacer.
Cuando pedía, en 1978, que se invirtiera más en la reflexión, pensaba ante todo en el hecho de que con la desaparición de muchos escolasticados y escuelas, había cada vez menos centros activos de reflexión en la Congregación. Además, en estos tiempos de pluralismo religioso y de proliferación de espiritualidades, hay, para los cristianos y cristianas, una necesidad vital de profundización en su fe y en su conocimiento de las otras religiones. Si es crítico y lúcido, el contacto con las otras tradiciones religiosas puede ser una fuente de enriquecimiento para los cristianos. Pero el llamamiento que lanzaba era sobre todo una invitación a esforzarse por conocer a fondo la época que es la nuestra, así como las culturas y las civilizaciones a las que anunciamos la buena noticia de la salvación en Jesucristo. Por último, la necesidad de una reflexión a fondo sobre lo que está en juego en la misión se ha hecho en parte urgente por la poca estima de la fe. En occidente como en muchas otras regiones del globo, el progreso científico lanza a la fe cristiana y a la misión de la Iglesia desafíos de un género completamente nuevo. Los debates en curso entre los teólogos sobre la inculturación del evangelio muestran la necesidad de pensar en el maridaje entre la fe y la cultura, y el modo de su fecundación mutua. Por una parte, se debe pensar en cómo insertar la fe cristiana sin antagonismos en la vida de un pueblo para fecundarla. Por otra, los debates en curso nos invitan a buscar cómo la fe podría encontrar una vitalidad y una expresión nuevas en el genio cultural de cada pueblo.
________
1 Éstas son las cinco “condiciones de progreso para el Instituto” que él ponía en 1978: creer firmemente en la vocación, reforzar los lazos entre nosotros, insistir en la calidad de los hombres, invertir más en la reflexión e interesarnos más por el laicado cristiano, asociarlo más a nuestra acción misionera y a nuestra vida.
El entorno norteamericano, por ejemplo, vive una crisis muy seria de la práctica religiosa, duplicada, a veces, por una crisis de la fe. Una duda radical se instala, suplantando las evidencias y las antiguas certezas. Algunos de nuestros contemporáneos se preguntan si una persona culta puede creer todavía en la presencia real de Jesús en la eucaristía. Otros encuentran escandalosa la fe en un Dios aparentemente impasible ante la miseria y los problemas de toda clase que asaltan al mundo. Claro es que la democracia hace progresos, pero al mismo tiempo hay como cierto abandono humano. En varios países -incluso desarrollados- el índice de paro está en alza constante. El progreso técnico y profesional se acompaña de cierto desencanto: mucha gente se siente frustrada, rechazada, si es que no ha llegado a ser simplemente víctima del progreso. Tantos desafíos que merecen la atención de cristianos y cristianas y la solicitud de la Iglesia. La cuestión que se plantea en tal caso es la siguiente: ¿cómo vamos a afrontar esta situación?
- Concretamente hablando, ¿habría detrás de este grito algunos desafíos nacidos más directamente de la práctica oblata misionera?
- Pensando en los oblatos en particular, mi actitud es la de una profunda adhesión a las realidades de la fe y al evangelio. Lejos de hacerme vacilar, los grandes desafíos del mundo me hacen adherirme más profundamente al ideal oblato. Viviendo el evangelio y el carisma oblato con convicción, podemos ayudar eficazmente a nuestros contemporáneos a encontrar en los valores evangélicos recursos inestimables para su propia vida.
Hay una cuestión capital que, a mi entender, sigue aún sin respuesta definitiva, y es la siguiente: ¿cómo presentar a Jesucristo a nuestros contemporáneos? ¿Cómo darlo al mundo, de tal modo que haya cada vez más gente que pueda no sólo descubrirlo, sino estimarlo, amarlo, seguirlo, vivir de él y para él?
- Siendo así, ¿qué medios preconiza usted?
- Entre los medios que hay que privilegiar, sugiero que se ponga en primer plano la santidad del testigo. Lo esencial se juega en el modo como los cristianos mismos viven su fe en Cristo y lo testimonian en torno a sí. Esta cuestión se plantea con tanta más agudeza cuanto que vivimos en un mundo donde los medios de comunicación social representan un poder real, incluso temible.
Para ilustrar este punto, evocaré de buen grado la situación que prevalece actualmente en algunas misiones oblatas de Canadá –pero se trata en realidad de un fenómeno más amplio, que no es ni propio de los oblatos ni de Canadá. En Estados Unidos se plantea también el mismo tipo de problemas. Se trata de acusaciones presentadas contra algunos de nuestros misioneros en materia de sexualidad.
Por cierto, las deficiencias humanas existen y existirán. Pero la sociedad reacciona diferentemente a los mismos problemas, según las épocas. Antes, la sociedad tenía todo un mecanismo de gestión en el tipo de litigios al que hago alusión. Se condenaban los abusos, pero se intentaba, a través de diligencias y esfuerzos comunitarios, ayudar a las personas en cuestión sin destruirlas y sin perjudicar a las instituciones que representan o que se esfuerzan por apoyarlas y ayudarlas. Hoy, en cambio, en cuanto se conoce un caso del género, es inmediatamente tomado, incluso acaparado por la televisión, la prensa, los medios y los abogados, que lo difunden a muy gran escala. Se amplifica, se extrapola, se aumentan los rasgos y, por último, se olvida casi siempre poner de nuevo los hechos en sus contextos.
Se siguen diligencias judiciales de las que no se puede decir que su único fin sea restablecer a las víctimas en sus derechos, tan cierto es que están ahí en juego importantes sumas de dinero. Esto es cierto de Canadá, y más aún de Estados Unidos de América. Pero por lo que se refiere a Canadá, el fenómeno ha tomado cierta amplitud y afecta a un número considerable de diócesis y de congregaciones religiosas.
Recordando estas experiencias más bien dolorosas, quiero llegar a esto: hoy se pide a los mensajeros de la buena noticia que vivan el evangelio y lo testimonien abierta y públicamente. Si no, habrá siempre este tipo de situaciones.
Hay que reconocer también que éstas son reacciones sociales normales. Éstas son normales no en la explotación que a veces se hace de la miseria humana, ni en la falta de consideración por el bien común que hay que preservar dentro de la Iglesia y del Estado, sino como invitación a la calidad de vida. Veo, pues, en estos acontecimientos dolorosos una invitación a la purificación espiritual para las personas comprometidas en la vida religiosa y en la evangelización del mundo.
- A la vista de todo esto, usted invita a invertir más en la reflexión sobre la misión. En términos estructurales, ¿cuáles serían las condiciones que harían posible esta inversión mayor en la reflexión?
- Como lo he mencionado ya, la desaparición y cierre de nuestras escuelas, juniorados, seminarios y escolasticados ha sido una gran pérdida, que nos ha debilitado mucho como Congregación. Tomemos el caso de la Universidad san Pablo aquí en Ottawa. En el pasado, los oblatos desempeñaban ahí un papel clave no sólo en los servicios administrativos, sino también y sobre todo en el ámbito de la reflexión teológica y espiritual. Hoy, todo eso ha disminuido fuertemente. Ahora bien, para mí, los centros de estudios son necesarios dentro de la Congregación así como en los medios apostólicos y pastorales en crecimiento. En África, por ejemplo, es crucial que los oblatos no se comprometan simplemente en la pastoral directa en medio de la gente; es importante que haya cierto número que pueda detenerse y reflexionar con rigor, conciencia y competencia sobre nuestra práctica misionera, la nuestra propia como oblatos, pero también sobre la de las otras congregaciones misioneras que trabajan en África. Bueno sería que tales personas pudieran encontrar dentro de la Congregación centros que les permitan la reflexión y el intercambio.
La evangelización de los pobres es y seguirá siendo la vocación y el fin principal de la Congregación. Pero, ¿cómo llevar a cabo esta misión, si no se la alimenta con una reflexión crítica y madurada sobre el mundo de este tiempo, en particular sobre el mundo de los pobres? En occidente, con el envejecimiento del personal, la Congregación experimenta enormes dificultades para llegar a algunos estratos de la población, sobre todo a los más jóvenes. Afortunadamente la situación no es la misma en todas partes. En otras partes, en los países del sur, por ejemplo, o en Polonia, la Congregación tiene la dicha de recibir cada año numerosas vocaciones; y existen también varias casas de formación como los escolasticados. El reto, sin embargo, es llegar poco a poco a hacer de estos lugares de formación centros de reflexión sobre la misión. Digo esto pensando también en América latina y Asia, donde la Congregación cuenta con algunas casas de formación. A veces algunos de estos centros están, por decirlo así, demasiado abiertos, pero se establecerá un equilibrio con el tiempo.
- Se dice a menudo, en relación con lo que afirma un diccionario del francés usual, que los oblatos son “jesuitas de campo”. Quiere decirse con eso que la vocación oblata en la Iglesia no es ante todo la investigación intelectual o lo que se llama comúnmente los “estudios”.
- Para mí, se trata ahí de una definición espontánea, exterior al ser mismo del oblato. Los jesuitas, es cierto, tienen por vocación principal en la Iglesia la formación intelectual de los cristianos. Los oblatos, con respecto a ellos, han sido fundados para el ministerio en los campos y medios rurales entre los pobres y abandonados. Cuando oigo decir que los oblatos son jesuitas de campo, eso es evocado la mayoría de las veces como un pretexto o una excusa para dispensarse del esfuerzo de reflexión o de pensamiento. “Jesuita de campo” quiere decir, las más de las veces, que basta ser un buen sacerdote, sin más. Eso no es exacto. Lo que es correcto es que los oblatos no son jesuitas. La vocación oblata los orienta prioritariamente a la evangelización de los pobres y a los medios populares, y no a las especializaciones académicas.
Dicho eso, no hay misión hoy sin una reflexión sobre la misión. Sea uno jesuita, oblato, dominico u otro, se sabe que en un mundo tan complejo como en el que vivimos, una evangelización no pensada o no planificada está de antemano condenada al fracaso.
No se puede, desde luego, pedir a todos los oblatos que sean profesionales del pensamiento. Que haya cierto número entre nosotros es indispensable.
- ¿No se puede afirmar que con la fundación, en septiembre de 1982, de la Asociación de estudios oblatos e investigación (AEOI), se ha dado un paso importante en el sentido de la invitación que usted hace, aun cuando la investigación de AEOI está más bien orientada hacia la historia de la Congregación?
- La cuestión de fondo es tal vez saber si no hay lugar para tener, en la Congregación, otro órgano de expresión u otra asociación cuyo fin sería más específicamente promover la reflexión teológica o misionológica sobre cuestiones más actuales o a partir de ellas. Algunas personas podrían reflexionar más sobre la misión en relación no sólo con la Iglesia ya establecida, sino también en relación con la Iglesia que se está estableciendo o simplemente aún por suscitar.
Mirándolo bien, un entorno como Canadá es cada vez más un “territorio misionero”. La evolución socio-cultural de Canadá desde el fin de la guerra muestra una baja considerable de la cultura religiosa y de la práctica espiritual. La generación de los abuelos (la gente de mi edad) es aún la generación de los practicantes, personas que se mantuvieron firmes en su fe y vinculadas a la Iglesia. Sus hijos, hoy de 40 a 45 años, representan una generación de personas marcadas por la revolución tranquila en Quebec. Esta generación parece estar más equipada en las ciencias que en filosofía o en teología. Será necesario, por consiguiente, que, progresivamente, los colegios, seminarios y juniorados se abran para acoger a estos jóvenes y ofrezcan posibilidades diferentes y que se dé la oportunidad a todos los niños de pasar por los diferentes niveles de educación (primaria, secundaria, universitaria).
En el futuro, encontrar trabajo exigirá cada vez más de los jóvenes, al haberse hecho ineludible la informática en todos los ámbitos de la vida social y cultural. Hoy las generaciones jóvenes ya no saben gran cosa de religión; después de la primera comunión y la confirmación, los niños abandonan todo. No practicando ya su fe los padres, es difícil que sea de otro modo de los niños. Sin embargo, estos chicos y chicas están llamados a vivir y a trabajar con seguidores de otras religiones de las que algunos son muy practicantes. Muchos jóvenes hoy triunfan en el campo profesional, humano y económico, pero la fe no desempeña prácticamente ningún papel en su vida. ¿Cómo dar de nuevo un valor a la fe o a la vida espiritual cuando el éxito social y profesional ya no depende de ellas? Son cuestiones que deben alimentar o suscitar la reflexión de los teólogos, de los misionólogos y de los agentes de evangelización interesados en el contexto occidental o norteamericano.
Además de este problema de la pobreza espiritual, hay también la pobreza estrictamente material, que el fenómeno de la globalización acaba de acentuar. En el contexto del Tratado económico norteamericano, cada vez más compañías canadienses, por ejemplo, prefieren fabricar sus productos en Asia (Hong-Kong, Corea, China), en México o en América latina, donde sacan partido de una mano de obra muy barata. Al mismo tiempo, se crea desempleo en Canadá donde los salarios son mucho más altos. A pesar del hecho de que un empresa explota a unos y manda a otros al paro, sus ganancias no hacen sino dispararse, alcanzando a veces índices exponenciales. Esta situación prevalecerá hasta el momento en que, en tal país del sur, surja una reivindicación sindical y exija aumentos salariales y una política salarial más justa. En tal caso esta compañía, para que no baje su volumen de negocios, tomará las de Villadiego e irá a instalarse en otro país. Y así sucesivamente...
Son problemas, a mi modo de ver, que deben retener la atención de la gente de Iglesia, y de los que la investigación misionológica está llamada a ocuparse. En un momento dado, será necesario que se reflexione seriamente sobre el conjunto de las cuestiones inherentes a la evolución social y técnica del mundo en que vivimos y al que estamos llamados a evangelizar. Que haya hecho estudios especializados o no, todo misionero, hoy, debe por lo menos estar informado de lo que está en juego en estos problemas que afectan de cerca o de lejos a la misión de la Iglesia y de la Congregación.
2
Los riesgos del oficio
- Invitando a los oblatos a pensar la misión, usted es consciente sin duda de los riesgos del oficio de pensador en la Iglesia católica romana. Pensar la misión y reflexionar en profundidad sobre los retos de la evangelización en el mundo de hoy lleva inevitablemente a formular hipótesis de trabajo o a expresar opiniones teológicas. Algunas de ellas pueden cuestionar a veces uno u otro aspecto de la doctrina cristiana, de lo que podrían seguirse dificultades más o menos serias con la autoridad eclesiástica. El investigador oblato no está libre de tales riesgos...
- El caso Tissa Balasuriya en Sri Lanka es una ilustración de esto. Los problemas que plantea son sin duda pertinentes, pero las respuestas dadas no son suficientemente teológicas. Cuando se hace teología, las realidades de la fe deben estar siempre presentes y seguir siendo centrales en cada etapa del camino. Cada investigador debe recordar siempre que no encarna la verdad, O si la encarna, es siempre y únicamente a través de una Iglesia, su dogma y su tradición.
Eso dicho, debe haber lugar en la Iglesia para cierta adaptación de la doctrina a las mentalidades de los pueblos, a la evolución social y a las realidades nuevas. Cuando se dice -y se oye cada vez más a menudo en contexto poscolonial- que la Iglesia, como se la conoce hoy, es occidental, hay verdad en eso en la medida en que buena parte de la doctrina de la Iglesia se constituyó en occidente a través de los esquemas culturales típicamente occidentales. La herencia cultural e intelectual occidental ha sido en esto determinante, si no preponderante. Sin embargo, lo esencial de la fe debe ser común a todos los cristianos.
Diciendo esto, no quisiera ignorar o minimizar las diferencias legítimas y las especificidades culturales. Las Iglesias orientales, por ejemplo, han sabido conservar sus tradiciones específicas; y eso es una suerte y una bendición para toda la Iglesia.
Puesto que las dificultades pueden sobrevenir siempre, lo importante y en lo que quisiera insistir, es en la actitud fundamental del hermano en dificultad y de su comunidad. Ésta es, para todo oblato, su principal apoyo después de la ayuda que solo el Señor puede procurar. En cuanto surge una situación del género de la que he mencionado hace poco, es importante que la persona en cuestión esté abierta, que permanezca en contacto estrecho y en comunión de espíritu con su comunidad apostólica, su grupo profesional, pero también con otros teólogos oblatos y oblatos ordinarios. Es importante que escuche a unos y a otros.
Es grande la tentación de formarse una especie de círculo de interés con gente que piensa como uno mismo. Tal grupo no es exactamente lo que habría que entender por comunidad apostólica. En esta última, la corrección fraterna es una obligación a la vez moral y espiritual. La comunidad apostólica es otra cosa que un grupo del que se requiere siempre el asentimiento y la aprobación, de modo que en cuanto contradicen a uno, se rompe con él sin más. El grupo de apoyo es necesario, si se entiende por eso una comunidad de personas conscientes, dotadas de espíritu crítico y juicio equilibrado y de un sentido vivo de la Iglesia; personas capaces de cuestionar, si la objetividad lo exige, las hipótesis o las opiniones de un miembro del grupo. Es importante que unos y otros puedan expresar libremente y en conciencia sus opiniones sobre las investigaciones de los hermanos. Un hermano en dificultad no gana nada con escuchar sólo a un grupo homogéneo de personas que comparten las mismas ideas que él.
- Por su experiencia personal, ¿hace la Congregación en las altas esferas todo lo necesario para ayudar y apoyar, llegado el caso, a pensadores o teólogos oblatos que se encontraran con esa clase de dificultades por lo demás inherentes, en parte al menos, a su profesión?
- La experiencia enseña que lo que se pide al superior general, en tales circunstancias, es esencialmente establecer y facilitar el contacto entre el hermano en cuestión y la autoridad eclesiástica. Lo que se pretende es llegar a establecer un diálogo verdadero, franco, sano y cordial a todos los niveles.
Por lo que a mí se refiere, he tratado de hacerlo asociando en esto lo más posible a los responsables locales. Un primer esfuerzo consiste en tratar de restablecer la confianza, a fin de atenuar las tensiones. Una dificultad corriente, en este tipo de mediaciones, es que algunos Provinciales o autoridades locales echan a veces demasiado tiempo y no actúan con prontitud. Estas demoras y retrasos por lo general han complicado las cosas. A menudo en estos casos, la prensa se hace cargo del asunto, y escapa así del control de unos y otros.
Es necesario que el hermano en dificultad sienta que se le quiere sinceramente, que hay interés por él y que se ama también profundamente a la Iglesia. Este amor a la Iglesia nos obliga a buscar soluciones que estén conformes con la doctrina cristiana y el evangelio, por una parte, y que respondan a las necesidades de la gente, por otra. Está ahí en juego una doble fidelidad: a uno mismo y a la Iglesia.
Quisiera insistir más en la actitud del teólogo en dificultad, porque, según mi experiencia, ha sido siempre muy determinante en el resultado del asunto. Es normal que surjan problemas, que se origine una disensión o una duda sobre tal punto de la doctrina de la Iglesia. Pero algunas actitudes, algunos tipos de reacción o modos de comportamiento ayudan poco a facilitar el diálogo o la reconciliación. Bueno es que el teólogo en dificultad dé muestras de una actitud de profundo afecto por la Iglesia, de respeto a la autoridad jerárquica y de prudencia. Eso le hará estar atento en su modo de proceder o reaccionar, así como en sus tomas de posición. Pero esto puede variar también según los temperamentos.
Por desgracia, ha habido casos de terquedad, de obstinación y casi de obcecación. No se quiere cambiar de parecer, no se acepta tampoco cuestionarse, pero se insiste para que la Iglesia, ella, cambie de actitud. Esto, naturalmente, inmoviliza las posturas y hace el diálogo difícil, si no imposible.
3
La Universidad san Pablo
- Usted ha mencionado más arriba el caso de la Universidad san Pablo. ¿Cuál es, a su modo de ver, el futuro de esta universidad como institución oblata de enseñanza, de investigación y de reflexión?
- Para responder a esta pregunta, evocaré de buen grado un recuerdo del pasado. Me acuerdo de una reflexión que hacía el cardenal Villeneuve sobre las facultades eclesiásticas de Ottawa, es decir, la actual Universidad san Pablo: “Para mí, dijo un día, esta universidad es tan importante como una Provincia oblata”.
Eso quiere decir que un centro de reflexión es tan importante como la acción misionera sobre el terreno, en cuanto al influjo que puede tener en la vida y la fe de la gente. En el mismo orden de cosas, me parece que nunca se puede insistir bastante en la importancia para una congregación o una diócesis de disponer de un buen centro de reflexión. Esto, no por negación de la vocación misionera con los pobres, sino precisamente a causa de ella. La evolución social nos obliga a eso.
Pero volvamos más directamente a la cuestión planteada. Sinceramente, viendo la situación presente de la Universidad san Pablo, me hago un gran interrogante. En algunos aspectos, esta universidad puede seguir siendo un centro oblato importante de irradiación y de reflexión. Pienso en particular en las ciencias de la misión. Si se dispusiera suficientemente de personal oblato para reflexionar de modo sistemático y coordinado sobre la misión -no sólo entre oblatos, sino también con el concurso de expertos no oblatos- habría más posibilidad de hacer un centro oblato de formación y de animación misioneras.
Se podría crear ahí un centro de espiritualidad y de vida espiritual. Conservando uno u otro especialista en teología, o en derecho canónico, se invertirían más esfuerzos en la investigación sobre la espiritualidad y la misión. No quisiera decir que se descuide la teología por eso. Llamo simplemente la atención sobre la necesidad de un lugar de influencia oblata en la misión de la Iglesia y en la espiritualidad cristiana en el contexto misionero.
La Congregación cuenta con algunos expertos en misionología, en historia, en teología, en derecho canónico, en espiritualidad, y eso es bueno; pero no hay centro de influencia oblata como tal. La historia explica en parte esta triste situación.
En sus comienzos, la Universidad de Ottawa era una “casa oblata”. En el edificio central vivían el superior de la comunidad, el rector, los responsables de la universidad y unos cincuenta profesores oblatos. Se llevaba una verdadera vida de comunidad y una reflexión constante sobre la universidad y su futuro. Contribuían también algunos laicos comprometidos en la universidad.
A medida que se abrían nuevas facultades como las ciencias físicas, químicas o la ingeniería, la carga financiera se hacía demasiado pesada para los oblatos. La universidad ya no llegaba a hacer frente a todos sus gastos. El gobierno de Ontario apenas hacía subvención alguna a la universidad, porque ésta se regía por el estatuto de universidad confesional. Para la facultad de medicina, por ejemplo, si se quería asegurar a los futuros médicos una formación de alto nivel, era necesario que los médicos que enseñaban allí pudiesen tener salarios más o menos iguales a los de sus colegas de otras universidades...
Por eso hubo que dividir la Universidad de Ottawa en 1965. Las facultades eclesiásticas pasaron a ser la actual Universidad san Pablo. Esta última siguió siendo una universidad confesional, funcionando principalmente con el capital constituido a partir de la venta de la Universidad de Ottawa, con los intereses del capital y los ingresos de los gastos escolares de los estudiantes. Con el tiempo, el número de estudiantes eclesiásticos y seminaristas ha ido disminuyendo, así como el personal oblato. La integración de los reglamentos universitarios con miras a la obtención de subsidios gubernamentales para las facultades recién creadas ha hecho que se puedan de nuevo aplicar políticas académicas en vigor en la provincia de Ontario. De ahí que los profesores deben dejar la enseñanza a tiempo pleno una vez que han cumplido 65 años. Esto explica también por qué los oblatos llegan a ser numéricamente minoría en san Pablo.
Lo que me parece importante en este momento y en esta coyuntura, es que los pocos miembros nuestros que siguen ahí se impliquen más en la reflexión y el pensamiento como profesores, desde luego, pero, sobre todo, como guías para orientar la investigación. Porque es prácticamente imposible volver a la situación de antes. La edad del personal oblato y la evolución de las estructuras que rigen la vida académica en el país son factores importantes con los que habrá que contar.
Pensándolo bien, la Universidad san Pablo sigue siendo para nuestra Congregación una fuente posible de influencia, a condición de que se invierta en ella cierto número de personas cualificadas y decididas a desempeñar un papel de catalizadores. En el espíritu de mucha gente en torno nuestro, san Pablo sigue siendo una universidad católica y una universidad oblata. ¿Cómo vamos a hacer honor a esta especie de “contrato” con la sociedad? Por lo demás, desde el punto de vista económico, verdad es que el capital de la universidad pertenece a los oblatos.
- Teniendo el cuenta el peliagudo problema de la falta y envejecimiento del personal oblato, por una parte, y la dificultad, en nuestros días, de mantener una institución universitaria de alto nivel académico y científico, por otra, algunos se preguntan cada vez más si es absolutamente necesario tener instituciones académicas específicamente oblatas. Antes que correr el riesgo de multiplicar instituciones de “segunda clase”, esta opinión propone que los oblatos formen y destinen su personal a otras instituciones mejor cotizadas antes que empeñarse a toda costa en tener universidades y colegios dirigidos por oblatos, ¿Qué piensa de esto?
- Sigo creyendo que disponer de uno o dos centros de reflexión y de pensamiento es una fuerza real e innegable para la Congregación. Se podría realmente enviar a nuestros candidatos a estudiar en otra parte; en el campo académico y científico, los estudios serían tal vez superiores que en instituciones oblatas, pero no estoy seguro de que sea el caso cuando se trata de cultivar el espíritu de una comunidad de evangelio. Además, ¿aceptarían los Provinciales enviar a todo su personal a estudiar en otras universidades o centros teológicos para el ciclo de estudios fundamentales? Tal opción sería más comprensible en el ámbito de la especialización.
En cuanto sea posible, se debe tener empeño en mantener algunos centros de estudios oblatos con cierto número de oblatos dedicados a la enseñanza y la investigación. La cuestión esencial que las demás instituciones académicas no podrán nunca solucionar en nuestro lugar es la de la reflexión sobre nuestra misión como misioneros de los pobres. Si no mantenemos viva esta llama del pensamiento –y del pensamiento sobre la misión- incluso aquellos, a los que se habrá formado en las mejores universidades, terminarán por no beneficiarse a largo plazo. Porque una vez de regreso a sus Provincias, corren el riesgo de no encontrar allí otras personas interesadas por la investigación, con quienes proseguir la reflexión. Pensándolo bien, un centro de pensamiento oblato, capaz de proporcionarles una buena estructura de encuadre, sigue siendo indispensable. Para decidir estas cuestiones, los Provinciales tendrán que tener en cuenta a la vez las necesidades del mundo, de la Iglesia, de la Congregación y de la evolución general de la sociedad.
La Congregación necesita en sus filas a personas dispuestas a proseguir la reflexión sobre la misión y la espiritualidad misionera, dispuestas a asumir sus responsabilidades de pensadores con competencia. Porque, por muy excelente que sea, la experiencia práctica sobre el terreno tiene sus límites.
A modo de conclusión
¿Una última palabra?
Actualmente mi convicción es -y no ha cambiado mucho en este punto- que la Congregación continuará y proseguirá en su evolución, pero tal vez mucho más a partir de territorios nuevos, diferentes de sus centros tradicionales de irradiación. Estados Unidos, Canadá y Europa occidental seguirán teniendo algún influjo, pero los grupos de África, Asia o América latina van a afirmarse probablemente cada vez más. Todo dependerá, sin embargo, de la evolución en cada país. Pero en general, los grupos del oeste serán cada vez menos como centros de influencia en la Congregación. La orientación y el gobierno de la Congregación tendrán que tener más en cuenta el respeto por la mentalidad de los demás. Los intercambios interprovinciales e interregionales serán un medio importante de comunión fraterna y de supervivencia. Se podrá, por ejemplo, invitar a las reuniones regionales a representantes de otras regiones de la Congregación, a fin de favorecer esta comunión fraterna y el intercambio. Somos una Congregación universal e internacional. Ésta es una baza importante, una fuerza y una oportunidad.
Sin poder predecir el futuro, pienso, sin embargo, que todo dependerá de la calidad de los hombres que se tengan en la Congregación. Si llegamos a suscitar entre nosotros algunos santos, y algunas personas valiosas en el campo de la pastoral o de la misión o de la teología, la influencia de nuestra Congregación estará en cierto modo asegurada.
Personas como Madre Teresa de Calcuta son la prueba de que la santidad y el ideal misionero son aún muy codiciados en el mundo de hoy. Cuando se vive a un tal nivel de radicalismo, el ministerio con los pobres puede interpelar la conciencia de muchos de nuestros contemporáneos.
Por mi parte, mantengo una actitud de confianza. Me digo a mi mismo que el Señor está con nosotros. El Señor Jesucristo es nuestra esperanza. Hay que mantener la esperanza...
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