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num. 237 - Enero 2001
Carisma oblato y Asociados oblatos
Fernand Jetté, o.m.i. |
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Presentación |
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El 17 de febrero 2001, celebramos el 175º aniversario de la aprobación de las Constituciones y Reglas y, por tanto, de nuestra Congregación por la Santa Sede. Con este motivo, Documentación OMI ha querido publicar este documento del llorado p. Fernand Jetté sobre el carisma oblato.
El texto fue preparado por él para el primer congreso de los laicos asociados de 1996 en Aix de Provenza. Debido a su delicado estado de salud, el p. Jetté no pudo asistir al congreso y el texto nunca llegó a publicarse.
Es conocido el comentario del p. Jetté,OMI Hombre apostólico, a las Constituciones y Reglas. En el documento presente, que es como un comentario o relectura de los diez primeros artículos de las Constituciones, trata de presentar la espiritualidad de Eugenio de Mazenod y el modo como puede vivirla el laicado cristiano. |
Charisme oblat et associés laïques
Fernand Jetté, o.m.i. |
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Este encuentro quiere ser un momento de reflexión, un intercambio sobre la vocación oblata, la que yo trato de vivir día a día, como misionero oblato de María Inmaculada, y la que ustedes mismos, a su modo y en su ambiente, quieren vivir. A menudo recuerdo una carta que me escribía una señora italiana en 1980. Creo que había participado en 1975 en la beatificación de Eugenio de Mazenod. Me decía:
“Conocí al beato Eugenio de Mazenod a través de sus escritos. Conocí su espiritualidad, su caridad, su amor a la Iglesia y a los pobres. Fui plenamente conquistada, de suerte que hoy, puedo confesarle, me siento hija espiritual del beato Eugenio... ¡Es lo que quería decirle! Aunque laica, me siento, por el espíritu, parte de su familia religiosa: deseo vivir como ustedes, sentir como ustedes, servir como ustedes, amar como ustedes y, como ustedes, hacer siempre la voluntad de Dios” (11 de junio 1980).
Era una mujer de 50 años, del norte de Italia. ¿Cuántos hombres y mujeres hay, en el mundo de hoy, que reaccionan como ella y que reaccionarían aún más, si conocieran mejor a Eugenio de Mazenod?
Se me ha pedido exponerles el carisma oblato tal como es presentado en los diez primeros artículos de nuestras Constituciones, y hacerlo recordando la actitud del Fundador, Eugenio de Mazenod, ante la vida cristiana de los laicos. En el fondo, la espiritualidad de Eugenio de Mazenod es la espiritualidad cristiana: radica profundamente en el Evangelio, está orientada hacia la gloria de Dios, se compromete en el seguimiento de Jesús, se vincula a la Iglesia y se abre a toda la tierra para dar a conocer y hacer amar a Jesucristo. Y lo hace con María, la madre de Jesús y madre nuestra, y lo hace con un deseo de absoluto, de plenitud, que lo llevará a él mismo y a sus compañeros hacia la vida religiosa y le hará mirar al mundo, sobre todo al mundo de los pobres con una gran sed de su salvación y de su santidad.
Sus exhortaciones a su madre, a su hermana, cuando es seminarista en París -entra en el seminario a los 26 años- van en ese sentido. A su madre le habla de su unión profunda y de que no puede decir no a Jesucristo, que tanto lo amó y que lo invita a seguirle en el sacerdocio. “¡Ah! mi queridísima mamá, le escribe el 25 de diciembre 1808, ¿cree que esta noche no he estado con usted?... ¡Oh! claro que sí, hemos pasado juntos la noche al pie de los altares, que se me figuraban el pesebre de Belén; hemos ofrecido juntos nuestros dones a nuestro Salvador y le hemos pedido nacer en nuestros corazones y fortalecer todo lo que es débil... Participe a menudo de su Cuerpo adorable, es la mejor manera de reunirnos porque, identificándonos cada uno por nuestra parte con Jesucristo, no haremos sino uno con él, y por él y en él no haremos sino uno entre nosotros” (1). Y en febrero de 1809: “Elevemos, pues, nuestro corazón a Dios y consideremos si hay dicha semejante a la de participar en la misión divina del Hijo de Dios” (2).
Para su hermana Eugenia, más joven que él y casada, expresa su deseo: “Que [en el mundo] sea cristiana y muy cristiana” (3). Le escribe el 12 de agosto 1811: “Amemos a Dios con todo nuestro corazón, usemos de este mundo como no usando de él... ¿No eres casada, madre, nodriza por la voluntad de Dios? Pues bien, cumpliendo los deberes de una mujer, de una madre, de una nodriza, haces lo que agrada a Dios, y cómo se puede afirmar que cumpliendo los deberes que Dios nos ha impuesto, cualesquiera que sean, no podemos responder a las dulces invitaciones que hace a todos los suyos de ir a él, de sacar de su sacramento la fuerza y la vida...” (4). Cualquier otro que hiciera el bien que tú haces haría tal vez bastante, mientras que Dios pide algo más de ti. ¿Por qué? porque él te ha colmado de sus dones desde tu niñez, te ha favorecido de una manera sensible en varias ocasiones y, en particular, en la época más decisiva de tu vida, porque ha querido que sirvieras de ejemplo a todas las personas a las cuales él inspiraría más tarde el santo deseo de santificarse en el mundo... ¡Oh! cuando se tiene fe y algo de amor a Dios, por poco que sea, se saben encontrar los medios para no perder de vista demasiado tiempo a su amado...” (5).
Con los jóvenes de Aix, en 1813, cuando fundó la Asociación de la Juventud cristiana, es la misma actitud: “Confesamos públicamente querer vivir y morir, decían estos jóvenes, en el seno de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, a la que profesamos un amor filial como a la que nos ha engendrado verdaderamente en nuestro Señor Jesucristo. Hacemos también, por las presentes, claramente profesión de reconocer a nuestro Señor Jesucristo por nuestro Dios Salvador, soberano Señor y Maestro, de quien queremos ser toda nuestra vida fieles discípulos” (6).
En su primera predicación a los pobres de Aix, se encuentra la misma actitud. “Debe enseñarse el Evangelio a todos los hombres, y debe enseñarse de modo que se entienda... Nos pondremos, pues, al alcance del más humilde de entre los que no saben. Como un padre de familia, reuniremos a nuestros hijos para descubrirles un tesoro... Se trata de saber lo que el Señor pide de ustedes... Ustedes son los hijos de Dios, los hermanos de Jesucristo, los herederos de su reino eterno, la porción escogida de su herencia... ¡Oh cristianos! conozcan, pues, su dignidad” (7)
Más tarde, cuando sea obispo de Marsella, insistirá ante sus diocesanos en lo mismo. Dos convicciones muy firmes en él lo sostienen y animan: todos los hombres están llamados a la salvación y a la santidad y, en segundo lugar, todo lo que sucede en la tierra, tanto en el plano personal como en la vida política y social, depende de la Providencia divina. A los oblatos, había dado esta orientación: “Hay que intentarlo todo para dilatar el reino de Cristo... llevar a los hombres a sentimientos humanos, luego cristianos, y ayudarles finalmente a hacerse santos” (8). Como obispo, sueña con hacer de Marsella, a ejemplo de su predecesor, Jean-Baptiste Gaules, “una ciudad de santos” (9). “Nos preocupamos vivamente, escribe, de los medios para asegurar su santificación que es ante Dios en lo que ponemos más empeño...” (10) Más tarde, animará a sus diocesanos a ser con él, y a su modo, apóstoles: “No se sorprendan, les dice, si llegamos a asociarles en cierto modo a nuestro ministerio, y a hacerles compartir la corona de los hombres apostólicos... La fe es esencialmente comunicativa como la caridad es compasiva” (11).
Es en esta perspectiva como debemos leer y meditar el primer capítulo de las Constituciones. Lo haremos con ustedes. Citaremos, al principio de cada una de las partes, el artículo estudiado, poniendo entre paréntesis las pocas líneas que conciernen más directamente a los oblatos como sacerdotes y religiosos. |
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Artículo 1: El llamamiento de Cristo |
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El artículo primero es una mirada al mundo y la invitación a seguir a Jesucristo. Cada persona adulta mira al mundo, mira a los hombres, a las mujeres, a los niños en torno a sí y en los otros países; reflexiona sobre ellos, y se pregunta ¿qué darles, qué necesitan?, o también, si es comerciante, ¿qué venderles... cómo ayudarlos o cómo explotarlos?
El llamamiento de Jesucristo, que se deja oír en la Iglesia a través de las necesidades de salvación de los hombres, congrega a los Misioneros Oblatos de María inmaculada y los invita a seguirle y a tomar parte en su misión por la palabra y por la acción.
(La Congregación es clerical, de derecho pontificio. Reúne en comunidades apostólicas a sacerdotes y Hermanos que se ligan a Dios por los votos de religión.) Cooperando con Cristo Salvador e imitando su ejemplo, se consagran principalmente a la evangelización de los pobres.
Los oblatos, siguiendo a su Fundador, Eugenio de Mazenod, miran, pues, al mundo y se sienten afectados por él. Su mirada no es la del comerciante o del financiero...; es una mirada cristiana. “Es el llamamiento de Jesucristo, que se deja oír en la Iglesia a través de las necesidades de salvación de los hombres” el que los congrega. Tienen los ojos abiertos al mundo, aman al mundo, pero lo que perciben ante todo en él son “las necesidades de salvación de los hombres”. Este nivel rebasa con mucho el nivel puramente humano. Nuestra mirada es una mirada de fe. Después, en el artículo 5, se dirá explícitamente:
“Nuestra misión nos lleva en todas partes principalmente hacia aquellos cuya condición está pidiendo a gritos una esperanza y una salvación que sólo Cristo puede ofrecer con plenitud”.
Eso no excluye las necesidades terrenas: necesidad de pan y de asistencia médica, necesidad de libertad y de educación, pero nuestra mirada penetra más profundamente en la persona humana y percibe en ella otra necesidad, en el orden de la fe: su necesidad fundamental de salvación, y de salvación en Jesucristo. Para ustedes que son laicos, que tienen una familia, unos hijos, que ejercen un oficio, una profesión, que tienen relaciones sociales, será habitualmente a través de estas actividades humanas como vivirán su unión con Cristo e irradiarán su fe.
Debemos acordarnos de lo que enseña el Concilio Vaticano II, en la Gaudium et Spes: “Podemos pensar, con razón, que la suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar”. (nº 31). Para la Iglesia, estas razones para vivir y para esperar no se encuentran en definitiva más que en Jesucristo. “La Iglesia cree... que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en el que haya que salvarse” (cf. Hch 4,12). Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro” (nº 10).
Desde el punto de partida, pues, nuestra mirada es una mirada de fe. “A través de la mirada del Salvador crucificado vemos el mundo rescatado por su sangre” (art. 4). Y esta mirada de fe está impregnada del espíritu de la Iglesia, del sentido de la Iglesia, del amor a la Iglesia; se hace en comunión profunda con ella. Percibo estas necesidades “en la Iglesia”, con un alma de Iglesia. En esta percepción de fe, oímos un llamamiento “el llamamiento de Jesucristo que nos invita a seguirle y a tomar parte en su misión por la palabra y por la acción”.
Hay que notar, en este artículo, el lugar preponderante que tiene Jesucristo. Es él quien llama; invita a seguirlo y a tomar parte en su misión. Esto corresponde a la llamada de los primeros Apóstoles: “Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14). Esta llamada comprende dos realidades complementarias: estar con él, ser sus compañeros, será nuestro modo de vida; y ser enviado a predicar, será nuestra misión. De este modo, por nuestra respuesta, seremos cooperadores de Cristo Salvador e imitaremos su ejemplo. Los sacerdotes lo son, los hermanos lo son, los laicos asociados lo son también. |
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Artículo 2: La opción por Cristo |
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En el artículo segundo, precisamos nuestra respuesta: Jesucristo estará en el centro de nuestras vidas. El asociado, como el oblato, está animado por el espíritu de san Pablo; quiere llegar a ser “otro Jesucristo”.
Escogidos para anunciar el Evangelio de Dios (Rom 1,1), los oblatos lo dejan todo para seguir a Jesucristo. Para ser sus cooperadores, se sienten obligados a conocerle más íntimamente, a identificarse con él y a dejarle vivir en sí mismos. Esforzándose por reproducirle en la propia vida, se entregan obedientes al Padre, incluso hasta la muerte, y se ponen al servicio del pueblo de Dios con amor desinteresado. Su celo apostólico es sostenido por el don sin reserva de la propia oblación, oblación renovada sin cesar en las exigencias de su misión.
Este artículo será el gran inspirador de la vida oblata y de la de su asociado. Eugenio de Mazenod es un “apasionado por Jesucristo”, ha dicho Pablo VI, al beatificarlo. El asociado será también un apasionado por Jesucristo. El artículo comprende tres partes: una primera, que significa nuestra opción; una segunda, que da a conocer las exigencias de esta opción; una tercera, que recuerda la unidad profunda entre nuestro compromiso y nuestra acción misionera.
Para el asociado, “dejarlo todo para seguir a Jesucristo” significa, en él, una perfecta libertad interior. Ama a su familia, a sus hijos, a su cónyuge y se entrega plenamente por ellos; ama su trabajo y lo hace con alegría lo mejor posible; responde con gusto a las exigencias de la vida social... Al mismo tiempo, sin embargo, en el fondo de su corazón, está impregnado de la palabra de san Pablo: “los que viven ya no viven para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (cf. 2 Co 5,15), vive en esta disposición. Es su opción personal.
¿Cuáles serán las exigencias de una tal opción? La exigencia fundamental es ésta: esforzarse por “conocer (a Jesucristo) más íntimamente, identificarse con él, dejarle vivir en nosotros”. Jesucristo llega a ser la persona central, aunque invisible, en nosotros. Tres pasos son requeridos, que se desarrollarán simultáneamente. En primer lugar, el de conocimiento, de penetración intelectual y afectiva del misterio de Jesús, de su vida, de sus virtudes, de su comportamiento con su Padre y con los hombres, de su misión de salvación. La oración y la lectura, el espíritu de oración y el fervor espiritual, el esfuerzo de imitación, de conformidad interior llevarán a él. Estos medios permiten también realizar, hasta cierto punto, el segundo paso, el de la identificación con Cristo.
Uno se identifica poco a poco con una persona cuando se la contempla cada día, largamente y con amor, y cuando uno se esfuerza por imitarla, por penetrar en los diversos sentimientos que la animan. En cuanto al tercer paso: dejar a Cristo vivir en nosotros, dejarnos llevar en todo por su Espíritu, viene a completar y a coronar los dos anteriores. Es una disponibilidad, una acogida incondicional, que nos preparan a ser verdaderamente para Cristo “humanidades por añadidura”. “Ya no vivo yo, afirmaba san Pablo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (cf. Ga 2,20).
En esta vida de unión con Cristo, el artículo insiste en dos virtudes que han caracterizado la enseñanza de Eugenio de Mazenod: la obediencia y el celo apostólico. “Se entregan obedientes al Padre, incluso hasta la muerte, y se ponen al servicio del pueblo de Dios con amor desinteresado”. Como Jesús, el discípulo de mons. de Mazenod será un hombre de la voluntad de Dios en todas las cosas, incluso hasta el sacrificio de su vida, y será un hombre de celo apostólico ardiente y plenamente desinteresado. Su entrega lo santificará, y su santidad, su virtud alimentará su entrega. |
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Artículo 3: La comunidad apostólica |
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El artículo 3 y siguientes presentan los rasgos más destacados de la vida oblata. Y, en primer lugar, la comunidad. Eugenio de Mazenod consideraba la comunidad esencial por dos razones: como sostén y estimulante en nuestro esfuerzo hacia la santidad, y como medio de estabilidad y de eficacia en la acción misionera.
La comunidad de los Apóstoles con Jesús es el modelo de su vida. Él reunió en torno suyo a los Doce para que fueran sus compañeros y sus enviados (cf. Mc 3,14). El llamamiento y la presencia del Señor en medio de los oblatos hoy los unen en la caridad y la obediencia, haciéndoles revivir la unidad de los Apóstoles con Él, y la común misión en su Espíritu.
El modelo de nuestra comunidad es la comunidad apostólica primitiva: los Doce viviendo con Jesús, en su intimidad, para ser formados por él, antes de ser enviados por él como sus testigos en medio del mundo. Hay que notar el lugar de Jesucristo en este artículo: es un común “llamamiento” del Señor y es su “presencia” en medio de nosotros hoy los que constituyen el vínculo de nuestra unidad. No hay comunión eclesial verdadera, si no hay ante todo una comunión personal con Cristo. Es por Jesucristo por el que somos hermanos unos de otros. Hay que notar también la palabra “hoy”. La presencia de Cristo entre nosotros es una realidad viva, actual. Su Espíritu nos habita, nos ilumina y nos transforma; él es la savia espiritual que alimenta nuestra amistad y nos hace formar un mismo cuerpo.
El artículo menciona igualmente las dos virtudes importantes de la comunidad apostólica: la caridad fraterna y la obediencia. La comunidad no subsiste si sus miembros no se aplican de forma constante a la práctica de estas dos virtudes.
Otro punto que hay que tener en cuenta: es en el Espíritu, por la acción del Espíritu, como esta acción se intensificará. Como escribía el P. Durrwell, c.ss.r., es el Espíritu el que nos unifica en el Cuerpo místico y, de modo particular, en una asociación como la nuestra. Los bienes de uno son los bienes de otro, como sus sufrimientos, sus penas, sus debilidades lo son también. “La comunión de los santos es una unión de personas, vinculadas las unas a las otras en un mutuo don de sí. Los que se aman entre sí son ricos los unos de los otros. El santo pertenece en el amor al ‘humilde’ cristiano; éste es muy grande por el santo que lo ama...” (F.-X. Durrwell, L’Esprit Saint de Dieu, Cerf, 1983, p. 95). Y este Espíritu, que intensifica la unión entre nosotros, abre más nuestros corazones al mundo, a sus necesidades de comprensión y de amor, de bondad y de salvación.
En la vida oblata, este espíritu comunitario es muy importante. El asociado hace comunidad con los oblatos, los del cielo y los de la tierra, y hace comunidad con su medio, su familia. A menudo será la familia la que hará comunidad con los oblatos. |
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Artículo 4: La cruz de Cristo |
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Como segundo rasgo particular, el asociado se esforzará por irradiar el misterio pascual: el de la cruz y de la resurrección.
La cruz de Jesús ocupa el centro de nuestra misión. Como el apóstol Pablo, predicamos “a Jesucristo, y éste crucificado” ( 1 Cor 2,2). Si llevamos “en el cuerpo la muerte de Jesús”, es con la esperanza “de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2 Cor 4,10). A través de la mirada del Salvador crucificado vemos el mundo rescatado por su sangre, con el deseo de que los hombres en quienes continúa su pasión conozcan también la fuerza de su resurrección (cf. Fil 3,10).
Este amor de la cruz y de la salvación por la cruz se encuentra en las Constituciones desde los mismos comienzos (1826). Eugenio de Mazenod, que ha dado a los oblatos, como signo distintivo de su indumento, la cruz de Jesucristo, lo tenía en mucho. La cruz es el camino escogido por Dios para salvar al mundo.
La cruz, el sufrimiento del asociado será a menudo diferente de la cruz y del sufrimiento del oblato: cruz de la enfermedad, de la pobreza material, de la inseguridad, del aislamiento, de la falta de cariño, de las dificultades familiares, de la miseria en torno a sí... Cada uno lleva cruces en su vida, la suyas y las de los otros. Pero la cruz de Jesús, la que aceptamos y que está “en el centro de nuestra misión”, no está sola, desemboca siempre en la esperanza de la alegría pascual. Nuestra cruz, como la de Cristo, es semilla de resurrección y de vida. Al contacto con la cruz, nuestra mirada, nuestro amor van a cambiar. “A través de la mirada del Salvador crucificado vemos el mundo rescatado por su sangre”. Nuestra mirada al mundo -y a nosotros mismos- llega a ser la mirada de Jesús. Fue la mirada de Eugenio de Mazenod después de su “conversión”: verse a sí mismo y ver al mundo a través de la sangre de Cristo. La expresión: “las almas que han costado la sangre de Cristo” se repite constantemente en sus escritos. Esta visión, esta mirada engendra normalmente el deseo de la salvación del mundo y la voluntad de cooperar con Cristo en la obra de la redención. Más lejos, en la regla 12 [18b], encontraremos la expresión complementaria: “amar con el corazón de Cristo”. Su espíritu apostólico, como asociado, consiste en contemplar el mundo con la mirada de Cristo, en amarlo con el corazón de Cristo, y en cooperar con Cristo en la obra de la redención del mundo.
Su deseo es que “los hombres en quienes continúa su pasión conozcan también la fuerza de su resurrección”. Lo que nos recuerda la expresión de Pascal: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo: no hay que dormir durante ese tiempo” (Pensées, n. 736, en Oeuvres completes, La Pléiade, 1962, p. 1313). |
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Artículo 5: Misioneros entre los pobres |
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En el artículo quinto, un doble rasgo es expresado: somos misioneros y nuestra preocupación, nuestro trabajo se hace sobre todo en favor de los pobres, de los más abandonados.
La Congregación entera es misionera. Su primer servicio en la Iglesia es el de anunciar a Cristo y su Reino a los más abandonados. Lleva la Buena Noticia a los pueblos que todavía no la han recibido y les ayuda a descubrir a la luz del Evangelio los valores que poseen. Donde la Iglesia está ya implantada, los oblatos se consagran a los grupos más alejados de ella. Nuestra misión, en efecto, nos lleva en todas partes principalmente hacia aquellos cuya condición está pidiendo a gritos una esperanza y una salvación que sólo Cristo puede ofrecer con plenitud. Son los pobres en sus múltiples aspectos: a ellos van nuestras preferencias.
Se observa cuán importante es en todos estos artículos, desde el principio, la primera frase; es la que da el tono del artículo y que lo resume. “La cruz de Jesús ocupa el centro de nuestra misión” (C. 4). “La comunidad de los Apóstoles con Jesús es el modelo de su vida” (C. 3). “Escogidos para anunciar el Evangelio de Dios, los oblatos lo dejan todo para seguir a Jesucristo” (C. 2). “El llamamiento de Jesucristo, que se deja oír en la Iglesia a través de las necesidades de salvación de los hombres, congrega a los Misioneros oblatos de María Inmaculada” (C. 1). Lo mismo ocurre aquí: “La Congregación entera es misionera”.
“Ser misionero”, eso quiere decir ser enviado en misión de evangelización, trátese de las misiones extranjeras o de las misiones interiores o populares, poco importa. El misionero es el hombre de las fronteras, el que se esfuerza por avanzar siempre, por ir más allá. El celo, la audacia, la movilidad, la disponibilidad, ¡esto es lo que lo caracteriza! Y también la obediencia: recibe misión de otro, misión del Espíritu, misión de la Iglesia, es “enviado”.
Para ser asociado a la Congregación de los oblatos, hay que tener el corazón misionero, no estar replegado sobre sí mismo. Para algunos, eso se realiza discretamente en la oración, en los servicios domésticos, en la aceptación de la enfermedad, y lo hacen con el alma de Cristo y ofreciéndolo por el bien y la salvación de toda la tierra. Para otros, el compromiso será más exterior, más manifiesto: se entregarán por los pobres, sostendrán las misiones, trabajarán por ellas, e incluso, en algunos casos, irán a trabajar en tierra de misión, con los oblatos. Pero en todas partes, es un mismo espíritu el que nos anima, el de la Familia oblata.
Por este espíritu, todos y todas son misioneros, y lo son a través de la Congregación a la cual están vinculados. El objetivo final de esta misión es “anunciar a Cristo y su Reino a los más abandonados”, “llevar la Buena Noticia a los pueblos que todavía no la han recibido y ayudarles a descubrir a la luz del Evangelio los valores que poseen”. Los primeros beneficiarios de esta acción serán los pobres, los más abandonados, los más alejados de la Iglesia y de la fe cristiana. “Nuestra misión, en efecto, nos lleva en todas partes principalmente hacia aquellos cuya condición está pidiendo a gritos una esperanza y una salvación que sólo Cristo puede ofrecer con plenitud. Son los pobres en sus múltiples aspectos: a ellos irán nuestras preferencias. |
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Artículo 6: Amor a la Iglesia |
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Otro rasgo del asociado es su amor a la Iglesia, su vida en la Iglesia, su colaboración con la Iglesia. El artículo 6 lo dice claramente. Se aplica a los oblatos y a todos sus asociados.
Por amor a la Iglesia, los oblatos cumplen su misión en comunión con los pastores que el Señor ha puesto al frente de su pueblo; aceptan lealmente, con fe esclarecida, la enseñanza y las orientaciones de los sucesores de Pedro y de los Apóstoles.
En las Iglesias locales donde trabajan, coordinan su actividad misionera con la pastoral de conjunto y colaboran fraternalmente con los demás obreros del Evangelio.
Su acción debe manifestar también un verdadero deseo de unidad con todos aquellos que se reconocen discípulos de Cristo para que, según su oración, el mundo crea que el Padre le ha enviado (cf. Jn 17,21). Finalmente, están unidos a los hombres que, sin conocer a Cristo como Señor, se dedican a promover los valores del Reino que se acerca.
El asociado, misionero de los pobres, no puede serlo sino en la Iglesia, es decir, estando profundamente vinculado a la Iglesia por su fe, su esperanza, su caridad e integrándose lo más posible a ella en su oración y su acción. El artículo refleja bien el amor del asociado por la Iglesia, su voluntad de fidelidad y, al mismo tiempo, su preocupación ecuménica, su deseo de colaborar con toda persona sincera, deseosa de promover los valores del Reino de Dios.
La noción de Iglesia utilizada en el artículo significa a la vez la Iglesia institucional, organizada jerárquicamente, y la Iglesia, pueblo de Dios, reino de Dios, que tiende a reunir en su seno a todos los hombres y a todas las mujeres de buena voluntad. Eugenio de Mazenod nos ha pedido ser los hombres de la Iglesia, los hombres del Papa, los hombres de los obispos. Estas fórmulas, conviene interpretarlas correctamente. Cuando, en 1975, el papa Pablo VI ha definido al beato Eugenio de Mazenod “un incondicional de la Iglesia”, quería significar algo muy real (cf. A.A.G., 1975, p. 284).
Para mons. de Mazenod, Cristo y la Iglesia es todo uno. La Iglesia es la “preciada herencia del Salvador”, es la “querida Esposa del Hijo de Dios”, es aquella a la que ha rescatado con su sangre, es la que “llama a voces a los ministros” a quienes encomendar sus hijos... (cf. Prefacio de las Constituciones). Eugenio ha sufrido por la Iglesia y el Papa; ha aceptado sufrir asimismo por la Iglesia y por el Papa. Al mismo tiempo, se mostró de una fidelidad indefectible a la Iglesia y al Papa. En su adhesión a la Iglesia, tenía sobre todo una actitud de fe, y nos ha pedido la misma actitud. Ser capaz de acoger la enseñanza de la Iglesia con una disposición de apertura, de confianza, de receptividad, con una adhesión viril y una fe profunda, y si debiera haber críticas, que sean verdaderamente positivas, como las de un hijo en la familia.
Como actitud general para con la Iglesia, es puesto en evidencia el amor. El asociado es una persona que ama a la Iglesia. Si este amor no existiera, un amor sencillo y profundo, no sería feliz. Ama a la Iglesia como ama a Jesucristo. En ella ve a Jesús que sigue dando su vida por la salvación del mundo. Sabe que la Iglesia es un misterio. Está constituida por hombres y mujeres, pecadores y santos; es habitada también, y animada, por el Espíritu de Cristo que constantemente la purifica, la transforma y la dirige; avanza a menudo a tientas, en busca de los medios mejores, mejor adaptados al tiempo en que vive, para decir al mundo quién es Jesucristo y hacer al Evangelio presente en su seno. A pesar de sus debilidades y sus limitaciones, sabe que tiene promesas de eternidad y que el Espíritu la guía: “El poder de la muerte no prevalecerá contra ella” (cf. Mt 16,18). – “Y yo, estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos” (cf. Mt 28,20). Por la gracia de Cristo, es “el sacramento universal de salvación” (Lumen Gentium, nº 48). Tiene plena conciencia de ello y avanza, siglo tras siglo, con confianza, serenidad y humildad.
La principal manifestación de amor por la Iglesia será, para el asociado, su comunión con ella y sus Pastores, tanto en el pensamiento como en la acción. Con respecto a la Iglesia local, dos cosas se piden al asociado: que coordine su actividad con la pastoral de la diócesis y que colabore, en espíritu de fraternidad, con los demás obreros del Evangelio. La voluntad de ser fiel al carisma oblato, lejos de separarlo de la Iglesia local, lo integra más. Con respecto a los otros creyentes y hombres que se consagran a promover los valores del Reino que se acerca, como la paz, el amor, la alegría, la libertad, el asociado es invitado a una actitud de acogida y de solidaridad en el bien. Ya no se trata de condenar al otro, de mantenerse lejos de él; es necesario, por el contrario, estarle unido e incluso apoyarle en la obra que realiza. Para “con todos aquellos que se reconocen discípulos de Cristo”, el asociado responde simplemente a la oración de Jesús: “No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20-21).
Con respecto a “los hombres que, sin conocer a Cristo como Señor, se dedican a promover los valores del Reino que se acerca”, el asociado quiere imitar a Dios que reconoce el bien en todo hombre de buena voluntad y le concede el don de la salvación, si lo busca con sincero corazón y se esfuerza en cumplir su voluntad siendo fiel a su conciencia (cf. Lumen Gentium, nº 16).
Como sacramento universal de salvación, la Iglesia no tiene fronteras, tiene la misión de “anunciar e instaurar en todas las naciones el Reino de Cristo y de Dios” (cf. ibid., nº 5). |
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Artículo 7: Responsabilidades complementarias |
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Para los asociados -como para los oblatos- las responsabilidades en la obra de evangelización son complementarias. He aquí el artículo 7.
Los oblatos, sacerdotes y Hermanos, tienen responsabilidades complementarias en la obra de la evangelización. Lo intentan todo para suscitar o despertar la fe de aquellos a quienes son enviados, haciéndoles descubrir “quién es Cristo”. Están siempre dispuestos a responder a las necesidades más urgentes de la Iglesia mediante varias formas de testimonios y ministerios, pero sobre todo por la proclamación de la Palabra de Dios, que encuentra su culminación en la celebración de los sacramentos y en el servicio al prójimo. Ponen su empeño en fundar comunidades cristianas e Iglesias enraizadas en la cultura local y plenamente responsables del propio crecimiento.
Tenemos que precisar lo que es “la obra de la evangelización”. Varias fórmulas la describen; cada una aporta un aspecto nuevo, particular, que invita a la reflexión. Algunos aspectos son tradicionales, anclados en la historia; otros son más recientes, expresan la sensibilidad misionera actual. La primera fórmula empleada es clásica en el vocabulario oblato: “intentarlo todo para suscitar o despertar la fe de aquellos a quienes son enviados y hacerles descubrir ‘quién es Cristo’”.
“Intentarlo todo”, es una llamada a la audacia, a la creatividad, a la entrega sin límite. Intentarlo todo, pero ¿por qué? ¿con qué fin? “Para suscitar o despertar la fe”...., para hacer descubrir “quién es Cristo”. Estamos aquí en el centro de la obra evangelizadora. No es ni el oblato ni el asociado los que dan la fe, es Dios quien la da, pero el oblato y el asociado preparan el corazón del hombre, quitan los obstáculos, proclaman el mensaje y piden a Dios hacer nacer la fe, hacerla más viva, más dinámica en la gente.
En esta línea, el asociado es misionero. Quiere dar a conocer y hacer amar a Cristo a su alrededor: en su familia, con sus hijos, en su ambiente de trabajo, en el mundo. Su oración será misionera, su comprensión y su bondad lo serán, e incluso, según las circunstancias, su palabra podrá serlo. “La palabra permanece siempre actual, decía Pablo VI, sobre todo cuando va acompañada del poder de Dios (cf. Cor 2,1-5). Por esto conserva también su actualidad, el axioma de san Pablo: “La fe viene de la audición” (Rm 10,17), es decir, es la Palabra oída la que invita a creer” (Evangelii Nuntiandi, nº42).
Y esta palabra, el asociado la dice en el amor al otro, en el respeto a su conciencia y a su libertad, en la confianza de la fe. Eugenio de Mazenod lo recuerda a sus diocesanos en una Carta pastoral: “Su conducta manifiestamente cristiana no será nunca sin efecto en sus relaciones con el prójimo..., será como una predicación muda, pero elocuente...., será como una luz que brilla en medio de las tinieblas...” Y añade que el laico cristiano debe también hablar. “Si hay circunstancias en que el silencio es obligado, hay otras en que lo que se dice en las tinieblas debe repetirse en la luz... Apresúrense a aprovechar estas circunstancias en que la verdad puede ser útil, para decirla con caridad. Insinúenla con dulzura, cuando no puede ser proclamada con fuerza; hagan que sea bien acogida dejando siempre entrever el puro sentimiento de generoso interés que los inspira. Preséntenla, si pueden, bajo una forma delicada que la impida herir a los que quieren sanar, eviten hacerla pesada por repeticiones demasiado frecuentes, o importuna por deseos demasiado impacientes; pero en esta obra de misericordia, si deben atenciones a su hermano, estén sin temor al mundo” (Pastoral para la cuaresma de 1848)
La segunda fórmula empleada para describir nuestro trabajo de evangelización es clásica también, entre nosotros: “Están siempre dispuestos a responder a las necesidades más urgentes de la Iglesia mediante varias formas de testimonios y ministerios, pero sobre todo por la proclamación de la Palabra de Dios, que encuentra su culminación en la celebración de los sacramentos y en el servicio al prójimo.”
Una doble preocupación eclesial, característica de nuestro tiempo, está presente: constituir “comunidades cristianas e Iglesias enraizadas en la cultura local y plenamente responsables del propio crecimiento”. Hay ahí una invitación a favorecer la inculturación de la fe en cualquier parte donde realizamos nuestro trabajo, especialmente en países de nueva cristiandad, y a promover el sentido de las responsabilidades, el deseo de un compromiso personal y de una fe adulta entre los fieles con quienes trabajamos. Queremos establecer comunidades locales vivas.
En las reglas que completan el artículo 7, hay una, la 3 [7c], que nos ayuda a comprender la complementariedad dentro de la Congregación y lo que puede ser con los asociados. En la Congregación, hay sacerdotes y hermanos. Todos participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio de Cristo. Todos son religiosos, y dan testimonio de una vida inspirada en el Evangelio y todos, cada uno según su trabajo propio, participan en la acción misionera de la Iglesia.
El asociado, sea hombre o mujer, participa también, a su manera, del único sacerdocio de Cristo; como cristiano, su vida está inspirada en el Evangelio; en su medio, a su manera, ejerce una irradiación personal y misionera propia. Asociado a la Congregación, su servicio técnico, profesional y pastoral, así como el testimonio evangélico de su vida, constituyen su “ministerio” particular. |
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Artículo 8: Proximidad a la gente |
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En el artículo 8, se trata de otro rasgo del asociado: su proximidad a la gente
Siempre cerca de la gente con la que trabajan, los oblatos prestarán constantemente atención a las aspiraciones de la misma y a los valores que posee. No temerán presentar con claridad las exigencias del Evangelio y abrirán con audacia nuevos caminos para que el mensaje de salvación llegue a todos los hombres. Humildes ante la propia insuficiencia, pero confiando en el poder de Dios, se afanarán por conducir a todos, especialmente a los pobres, a la plena conciencia de su dignidad de seres humanos e hijos de Dios.
Este artículo se aplica a los oblatos; se aplica plenamente también al asociado. Tener con la gente una actitud de sencillez y de amor, de cercanía, de atención y de respeto. Y también una actitud de fuerza y de audacia, de confianza y de humildad. Un gran deseo la penetra: “conducir a todos los hombres, especialmente a los pobres, a la plena conciencia de su dignidad de seres humanos e hijos de Dios”. En una palabra, se pide al asociado tener un comportamiento parecido al de Jesús: ver a la gente con la mirada de Cristo y amarla con el corazón de Cristo.
Estar “cerca de la gente”, esto quiere decir que tratamos de reducir lo más posible las distancias que nos separan de ella. Estas distancias son de orden físico y material, como vivir lejos de ella, no hablar su lengua, tener un estilo de vida muy diferente de ella, etc., pero sobre todo son de orden psicológico, como los prejuicios de cultura, de sexo o de raza, las susceptibilidades, la actitudes de superioridad, de suficiencia, de egoísmo. El asociado va hacia la gente con un corazón fraternal y abierto. La ama y toma la iniciativa de ir hacia ella. Adivina las riquezas de su corazón y se hace lo más posible uno de ellos. Es incapaz de hablar mal de ellos.
Su modelo es Cristo, Hijo de Dios, que se encarnó en una carne humana para acercarse a nosotros y que ha asumido todo de nuestra naturaleza, excepto el pecado. Es el Apóstol Pablo quien, “ libre de todos, se hizo todo a todos” (1 Cor 9,19 y 22). El beato José Gérard, o.m.i., misionero en Lesotho, era maestro en este amor y sabía estar cerca de la gente. Practicaba “el apostolado de la conversación”. “Hay otra predicación, decía. Es el apostolado de la conversación. Este apostolado al mismo nivel, sermo pedestris, que se ejerce en la calle, los campos, el hogar de la familia, a la cabecera del enfermo. Cuántas almas se hacen ‘volver’ sobre todo cuando el corazón ayuda a la palabra. El cura de Ars comprendía que sólo comenzaría a hacer bien a sus feligreses cuando se hubiera hecho amar por ellos. Ahora bien, hay un secreto para hacerse amar, es amar. Lo mismo para los infieles, los basutos, matebeles, etc. Al verlos puede uno entristecerse y preguntarse qué hacer para convertirlos. La respuesta está en todas las páginas del Evangelio, hay que amarlos, amarlos a pesar de todo, amarlos siempre. Dios ha querido que sólo se haga el bien al hombre amándolo. El mundo pertenece a quien lo ama más y se lo demuestra” (J. Gérard, o.m.i., Lettres et Ecrits divers, Roma, 1988, págs. 201-202).
Según los ambientes sociales y el temperamento de cada uno, los modos de la presencia a la gente pueden variar, pero siempre el sentimiento de respeto, de amor y de atención estará ahí. Esta presencia no será para el asociado sólo una presencia humana, será la presencia de Cristo entre ellos. Es lo que nos recuerda la segunda frase del artículo: “No temerán presentar con claridad las exigencias del Evangelio y abrirán con audacia nuevos caminos para que el mensaje de salvación llegue a todos los hombres”. Tal obra está por encima de nuestras fuerzas. Es la obra de Dios que se realiza por nuestro trabajo y nuestra vida. En consecuencia, el asociado cultivará en su corazón la confianza y la humildad: una humildad verdadera ante sus insuficiencias y, al mismo tiempo, una confianza inquebrantable en Dios que es todopoderoso y más grande que nuestras miserias. Siempre un deseo habita al asociado: “conducir a todos los hombres, especialmente a los pobres, a la plena conciencia de su dignidad de seres humanos e hijos de Dios”.
Dos reglas -que voy a citar- completan este artículo: una, que nos pide ayudar a la gente a desarrollar sus propios talentos y a asumir sus responsabilidades en el seno de la comunidad cristiana, y otra, que nos invita a dejarnos enriquecer, evangelizar por la gente con la que trabajamos.
R. 6. [R. 7f] Apoyaremos a los laicos en su esfuerzo por discernir y desarrollar sus propios talentos y carismas. Los animaremos a comprometerse en el apostolado, a encargarse de ministerios, asumiendo las responsabilidades que les incumben en el seno de la comunidad cristiana.
Esta regla sigue siendo general, no precisa campo particular, pero su mensaje es claro. Les pide, como asociados, comprometerse en esta orientación de la Iglesia de hoy: prestar a los otros, hombres y mujeres, su ayuda a fin de que puedan asumir, en la sociedad actual, todas las responsabilidades, tanto en la acción caritativa, el apostolado y la liturgia, como en la renovación cristiana del orden temporal.
R. 8. [8a] Trabajando con los pobres y los marginados, nos dejaremos evangelizar por ellos, pues a menudo nos hacen escuchar de forma nueva el Evangelio que anunciamos. Prestando atención a la mentalidad de la gente, aceptaremos dejarnos enriquecer por su cultura y sus tradiciones religiosas.
Esta segunda regla posee un sabor particular. Recuerda que el asociado, como el oblato, va hacia la gente no sólo para aportarle algo, sino para llegar a ser su ‘beneficiario’ y enriquecerse en contacto con ella. Ella tiene sus riquezas y el asociado tiene sus pobrezas. La gente, incluso la más pobre, la más alejada de la Iglesia, puede aportar mucho, si su corazón es abierto. Tiene a veces una experiencia humana, riquezas culturales y religiosas, una generosidad, una sed de justicia y de verdad, un sentido del deber, que el asociado no posee tal vez en el mismo grado. Sucederá incluso que algunos de ellos, a menudo gente sencilla y de fe profunda, que irán a él para recibir ayuda o pedir consejo, permitiéndole conocer a Dios, admirar su acción, de una manera que hasta entonces le era desconocida. Esta gente tiene un contacto con Dios, una experiencia de Dios y de su presencia en su alma, que el asociado no tiene. A decir verdad “nos hacen escuchar de forma nueva el Evangelio que anunciamos”. Es una de las gracias de la vida de asociado. |
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Artículo 9: Miembros de la Iglesia profética |
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El artículo 9 expresa un camino nuevo de evangelización. Responde de manera particular a una necesidad contemporánea: el compromiso por la justicia y la paz, por la santidad de Dios en el mundo. Los asociados son miembros de la Iglesia profética.
Como miembros de la Iglesia profética, los oblatos han de ser testigos de la santidad y la justicia de Dios, reconociéndose ellos mismos necesitados de conversión. Anuncian la presencia liberadora de Cristo y el mundo nuevo que nace de su resurrección. Escuchan y hacen que se escuche el clamor de los sin voz, que apela al Dios que “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52). Llevan a cabo esta misión profética en la comunión eclesial, según las disposiciones de la jerarquía y bajo la dependencia de los superiores.
Todo el mundo reconoce, para una Congregación misionera y para sus asociados, la necesidad de abrirse a esta dimensión nueva y de comprometerse, de manera clara, en este combate por la justicia y la defensa de los derechos humanos. Efectivamente, el profetismo pedido, incluso si se refiere a la justicia social, es mucho más amplio que la sola defensa de los derechos humanos. Expresa lo que está en el centro de la vida cristiana, su profetismo fundamental: la impugnación del mundo, es decir, del mundo muy ambiguo marcado por el pecado, en el que vivimos, y su impugnación por la justicia y la santidad de Dios.
“Anunciar la presencia liberadora de Cristo” es recordar el papel siempre actual de Cristo en la liberación del hombre y el establecimiento de un mundo mejor, más justo, más acogedor para el pobre, el enfermo, el necesitado. “El mundo nuevo que nace de la resurrección [de Cristo]”, tiene un doble significado: es, por de pronto, el mundo escatológico que llegará al final de los tiempos, cuando el Reino de Dios se realice plenamente; pero es también un mundo más evangélico, ya posible en la tierra, gracias a la acción de Cristo que se continúa en el corazón de los hombres y a través del ministerio de la Iglesia, y que tiende a establecer más justicia, confianza y amor entre los hombres y entre los pueblos de la tierra. El P. James Cooke, antiguo asistente general, recordaba a menudo este deber por la reflexión siguiente: “Esperar el cielo sobre la tierra es una ilusión, pero tolerar que el infierno exista sobre la tierra no es cristiano. Estamos llamados a trabajar con los pobres para ayudarlos a hacer el mundo menos semejante al infierno y un poco más parecido al cielo”.
Además de anunciar la presencia liberadora de Cristo, se nos pide, como segunda actitud, hacernos portavoces del pobre: “Escuchan y hacen que se escuche el clamor de los sin voz, que apela al Dios que ‘derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’ (Lc 1,52)”. Esto significa ante todo que el asociado es sensible, está atento a los gritos de los pobres, de los que no tienen derecho de palabra y no saben cómo expresar sus sufrimientos y sus necesidades. Toma el tiempo para escucharlos, para ver lo que se oculta bajo sus gritos y sus quejas. Esto significa después que los ayuda a encontrar los caminos necesarios para formular sus peticiones y hacerse escuchar, aunque tenga que ser él mismo, cuando la cosa parece oportuna, su portavoz, la voz de los sin voz. Este clamor, este grito del pobre constituye en cierto modo una oración, una apelación “al Dios que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.
Esta misión, el asociado la realiza en su ambiente, según su gracia propia y la llamada recibida, y lo hace en unión con la Congregación y en la comunión con la Iglesia. Para los oblatos, se mencionan algunas actividades posibles, como el compartir la vida de los pobres, el compromiso por la justicia, la presencia allí donde se toman las decisiones que influyen en el porvenir del mundo de los pobres. Pero, sobre todo, al final de la regla 9 [R. 9a], se recuerda que, sea cual sea el trabajo de cada uno, todos los oblatos -y también los asociados- deben “colaborar, según su vocación, por todos los medios conformes con el Evangelio, en la transformación de cuanto es causa de opresión y de pobreza, contribuyendo así a implantar una sociedad cuya base sea la dignidad de la persona creada a imagen de Dios” (R. 9a). |
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Artículo 10: En unión con María Inmaculada |
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Un último artículo y muy bello cierra este capítulo sobre la misión de la Congregación, el artículo sobre María Inmaculada. Su contenido se aplica plenamente al asociado, como al oblato mismo.
María Inmaculada es la patrona de la Congregación. Dócil al Espíritu, se consagró enteramente, como sierva humilde, a la persona y a la obra del Salvador. En la Virgen que recibe a Cristo para darlo al mundo del que es única esperanza, los oblatos reconocen el modelo de la fe de la Iglesia y de la suya propia.
La tienen siempre por Madre. Viven sus alegrías y sufrimientos de misioneros en íntima unión con ella, Madre de misericordia. Y dondequiera que los lleve su ministerio, tratan de promover una devoción auténtica a la Virgen Inmaculada, que prefigura la victoria definitiva de Dios sobre el mal.
Es en Roma, al parecer, donde Eugenio de Mazenod decidió poner a su familia religiosa bajo el patrocinio de María Inmaculada. Ya, en un sentido, María era la madre del Instituto. Era ella, en efecto, la que había confirmado al Padre de Mazenod en la fundación de su obra. El 15 de agosto 1822, había erigido en la iglesia de la Misión de Aix una estatua de la Virgen bajo la advocación de la Inmaculada Concepción. Confía al P. Tempier qué sentimientos lo habían animado, ese día: “Creo deber [a María] un sentimiento particular que he experimentado hoy, no digo precisamente más que nunca, pero ciertamente más que de ordinario. No lo definiré bien porque encierra muchas cosas que se relacionan, sin embargo, todas con un solo objeto, nuestra querida Sociedad. Me parecía ver, tocar con el dedo, que llevaba dentro el germen de muy grandes virtudes, que podría hacer un bien infinito; la encontraba buena, todo me gustaba en ella, amaba sus reglas, sus estatutos: su ministerio me parecía sublime, como lo es en efecto, Encontraba en su seno medios de salvación seguros, infalibles incluso, de la manera como se presentaban a mí” (Carta, 15 de agosto 1822; en Lettres, t. 6, p. 99). Ser “patrona de la Congregación”, eso significa que María Inmaculada es a la vez la que nos protege y nos guarda, la que intercede por nosotros de forma particular ante su Hijo, la que nos sirve asimismo de modelo y de inspiración.
Es el modelo de nuestro don a Dios. “Dócil al Espíritu, María se consagró enteramente, como sierva humilde, a la persona y a la obra del Salvador”. Aquí, es la actitud general de María que es propuesta al asociado. Fue dócil al Espíritu, ha respondido un sí incondicional a la invitación de Dios: “¡He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra!” (Lc 1, 38). Desde entonces, estuvo enteramente consagrada a la persona y a la obra del Salvador. En la confianza y el amor, María se adhiere con todo su ser al designio de Dios sobre ella, a medida que Dios se lo da a conocer. Mira los acontecimientos, los medita en su corazón y se compromete en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Es a lo que los asociados están llamados: llegar a ser hombres y mujeres de la voluntad de Dios, estar disponibles para responder a sus llamadas, y esto como servidores y amigos de Jesús.
Es el modelo de nuestro celo: “En la Virgen que recibe a Cristo para darlo al mundo del que es única esperanza, los oblatos reconocen el modelo de la fe de la Iglesia y de la suya propia”. El fiat de María fue un fiat de acogida, que le ha hecho recibir, en sí, el Verbo de Dios, que se une a la naturaleza humana en su seno: “Se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre” (Credo). El Hijo de Dios es Hijo de María. La unión más estrecha existe entre Jesús y María: unión física, la de la madre y de su hijo, pero sobre todo unión espiritual. María, sin embargo, ha recibido a Jesús para darlo al mundo. Fue escogida no para gozar exclusivamente de la presencia de Cristo, pero para entregarlo a los hombres y acompañarlo discretamente en el camino de su vida publica, de su pasión y de su Pascua el fiat de María fue un fiat misionero: acogiendo al Verbo de Dios, María se comprometía con él en su misión de salvación universal: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17). Es igualmente la orientación de sus vidas. Como asociados, están llamados a intensificar, “en unión con María Inmaculada”, una profunda “intimidad con Cristo” (C. 36), a ser “otros Jesucristo”, no sólo para gozar de su presencia, sino para revelarlo a los hombres y hacerles descubrir “quién es Cristo”.
Es el modelo de nuestra fe. Todas estas realidades están en el centro de la fe cristiana. María es la que precede a la Iglesia, y nos precede a nosotros mismos, en nuestra peregrinación de fe. Es, al mismo tiempo, hija y madre de la Iglesia. Su vida estuvo “oculta con Cristo en Dios” (Col 3, 3), como lo recordaba Juan Pablo II (22 de mayo 1988) y, de ese modo, ha participado más que cualquier otra criatura en la obra de la salvación del mundo. Los asociados, por su fe, su esperanza y su amor, son hijos e hijas de la Iglesia, están llamados, como María y con ella, a cooperar en la gran obra de la redención de mundo: “recibir a Cristo para darlo al mundo del que es única esperanza”.
El segundo párrafo del artículo 10 indica los principales deberes y actitudes que lleva consigo, para los asociados, el patrocinio de María Inmaculada: 1. siempre tener a María por madre. Esto quiere decir una actitud de confianza, de sencillez, de respeto y de afecto filial; 2. vivir con María sus sufrimientos y sus alegrías de misioneros. Esta frase va en el mismo sentido que la anterior, pero le aporta un complemento importante: desarrollar en el alma del asociado, una verdadera amistad, una especie de unión espiritual con María, especialmente en la entrega al servicio de los demás. María, Madre de misericordia, puede ser para el asociado, como para Jesús, una presencia íntima benéfica, que lo mantiene fiel al Dios santísimo a través de sus sufrimientos y sus alegrías; 3. promover una devoción auténtica a la Virgen Inmaculada. Era ése un ardiente deseo en nuestro Fundador: que sus discípulos pongan empeño en dar a conocer y en hacer amar a María, en propagar su culto. No se puede ser asociado y no hablar nunca de la santísima Virgen. Hablar de María es más difícil que en otro tiempo: las mentalidades son diferentes, el lenguaje se modificó, la teología misma ha evolucionado. Nuestro lenguaje debe ser sencillo, sobrio, exacto. Hablar de María siempre en referencia a Cristo y a la Iglesia; hablar de María fundándose en las realidades más ciertas de su vida y de su misterio; tener empeño en confirmar a sus hermanas y hermanos cristianos en su confianza en María y en desarrollar en ellos una devoción verdadera, profunda, esclarecida.
Por último, en este lenguaje sobre María, sería menester que los cristianos perciban que los asociados son conscientes de las necesidades, los sufrimientos, los llamamientos del mundo de hoy: una mejor distribución de las riquezas, la paz en el mundo, el respeto a la vida familiar y a los derechos humanos, la liberación integral del hombre, la dignidad de la mujer. En una palabra, que María Inmaculada sea para los asociados y para todos aquellos a quienes ellos se dirigen una verdadera fuente de esperanza: “¡la prefiguración de la victoria definitiva de Dios sobre el mal!” |
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Conclusión |
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Eugenio de Mazenod es un “santo”. Posee un influjo, un carisma espiritual, que excede con mucho los marcos de la vida religiosa oblata y de la diócesis de Marsella. Recuerda el Evangelio a toda la tierra. Lo hace simplemente, en un contacto espontáneo con todos aquellos y todas aquellas que se interesan por él.
Muchos laicos quieren vivir de su espíritu, irradiar el Evangelio como él. El primer paso es conocer lo que Eugenio de Mazenod ha dicho, qué espíritu lo animaba, cómo ha rezado, cómo ha amado a la Virgen María y a los pobres, qué apego tenía a la Iglesia, a Jesucristo, a la voluntad del Padre. A medida que se le conoce, uno se esfuerza por vivir según su espíritu. Es la actitud primera. Y después, según su vocación propia de laicos, de religiosos o de sacerdotes, se irradia su fe y su amor. Puede ser por la oración y la oración oblata, por la adhesión interior a la Iglesia y a su obra de salvación, especialmente con los pobres. Puede ser también por un compromiso exterior, más inmediato, de cooperación oblata en tal o tal campo apostólico. Pero lo más importante es que cada uno viva plenamente su vocación en la Iglesia y que lo haga con el espíritu de la Congregación.
Ustedes son de estos laicos cristianos, hijos e hijas de Eugenio de Mazenod. Recuerden el testimonio citado, al principio de esta charla. Lo repito de nuevo y con eso termino: “Conocí al beato Eugenio de Mazenod a través de sus escritos. Conocí su espiritualidad, su caridad, su amor a la Iglesia y a los pobres. Fui plenamente conquistada, de suerte que hoy, puedo confesarle, me siento hija espiritual del beato Eugenio... ¡Es lo que quería decirle! Aunque laica, me siento, por el espíritu, parte de su familia religiosa: deseo vivir como ustedes, sentir como ustedes, servir como ustedes, amar como ustedes y, como ustedes, hacer siempre la voluntad de Dios” (11 de junio 1980). |
| Notas |
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(1) A su madre, 25 diciembre 1808, en Ecrits Oblats, t. 14, págs. 97-98. (2) A su madre, 28 febrero 1809, en Ecrits Oblats, t. 14, pág. 117. (3) A su madre, 21 enero 1809, en Ecrits Oblats, t. 14, pág. 109 (4) A su hermana, 12 agosto 1811, en Ecrits Oblats, t. 14, págs. 231-233. (5) A su hermana, 9 febrero 1811, en Ecrits Oblats, t. 14, págs. 206-207. (6) Citado en H. Charbonneau, o.m.i., Mon nom est Eugène de Mazenod, Montreal 1975, pág. 51. (7) Ibid., págs. 42-47. (8) Prefacio de las Constituciones. (9) Carta pastoral del 12 de enero 1856. (10) Carta pastoral del 20 de febrero 1859. (11) Carta pastoral del 28 de febrero 1848. |
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