Nos hemos inspirado para este artículo en la sugestiva biografía del P. Albert Lacombe, escrita por James G. MacGregor en 1975. El libro ofrece un relato completo de la vida de este oblato legendario, así como un cuadro detallado del Oeste canadiense durante un período que vio las praderas transformadas de desierto en una tierra de pueblos y hogares florecientes.
El P. Alberto nació en 1827 en San Sulpicio cerca de Montreal. Por generaciones los Lacombe habían vivido río arriba en el San Lorenzo, en la parroquia de San Eustaquio. Los abuelos del P. Alberto se trasladaron a San Sulpicio, y aquí se casaron sus padres, Albert y Agathe (Duhamel), en 1824.
Penalidades y heroísmo
MacGregor nos dice que San Sulpicio era un pueblo antiguo, cuando fueron allá los abuelos. Se había celebrado allí la primera misa en 1706. “Y muchos ancianos tenían historias que contar de las penalidades y heroísmo de sus antepasados, de las aventuras cuando los colonos buscaban su sustento en los peces del San Lorenzo, en la caza o en los pequeños campos que habían macheteado en los claros de sus bosques.”
Era una vida difícil, osos en los bosques cercanos... y hasta colonos asesinados. Cada familia tenía su tragedia que contar, como la captura o la muerte durante las incursiones de iroqueses.
Marie Louise Beaupré
Al abuelo paterno del P. Alberto, Agustín, le gustaba contar la historia de María Luisa Beaupré, de dieciséis años, de San Sulpicio. Un buen día, los adultos Beaupré trabajaban al borde del bosque desbrozando el terreno, con sus armas apoyadas en los árboles. Dos hermanas jóvenes de María Luisa habían quedado con ella al lado de casa...
Al volver el grupo, las jóvenes estaban gritando: ¡su hermana había desaparecido! Pasaron meses sin tener rastro y a María Luisa la dieron por muerta. Cinco años más tarde, sin embargo, un tío comerciante por todas aquellas latitudes la encontró. Vivía en un campamento de ojibways a unas setecientas millas al oeste de Montreal. La habían tratado bien, se había casado con un joven ojibway, y tenían dos hijos. El tío logró escapar con María Luisa y sus hijos y se los llevó a casa. Un año después, en 1767, María Luisa se casó con Pierre Duhamel. Fueron feligreses de la parroquia y una de las hijas iba a ser la abuela del P. Alberto. De ella heredó sangre de ojibway o saulteux.
Sueños de aventura
Eran tiempos cuando el sacerdote de la parroquia no sólo era un pastor, sino también un líder respetado. Y MacGregor nos dice que “ninguna parroquia tenía un sacerdote más respetado y querido que el P. Viau. Llevaba la feligresía de San Sulpicio con mano firme, pero suave”. El P. Viau miraba por la familia Lacombe. Cuando crecieron los niños, compartieron el trabajo duro de la granja familiar, pero no todo era trabajo. En el hogar, escribe MacGregor, la conversación giraba a menudo en torno al tío abuelo de Alberto, que unos años antes se había ido de las praderas. Volvió el tío cuando Alberto tenía diez años, y sus cuentos de aventura tuvieron fuerte impacto en el joven. Le recordaron que el gran río, tan cercano a su casa, podría llevar a Trois Rivières o a la ciudad de Quebec, y más allá hasta el Atlántico. Río arriba estaba Montreal y, más lejos de esa ciudad bulliciosa de 50.000 habitantes, estaba el Oeste, increíblemente lejano. Visiones de aventura danzaron en la mente del joven Alberto.
Primero la educación
El padre del muchacho, sin embargo, se dio cuenta de que la realización de los sueños estaba a menudo en la educación. Durante los primeros años, el joven Alberto tenía que recorrer seis millas para ir a la escuela de una parroquia vecina. Era inteligente y buen estudiante. Y el P. Viau lo sabía.
Este sabio sacerdote vio el potencial extraordinario de Alberto, de trece años. Dijo a sus padres que él encontraría dinero para que el muchacho pudiera seguir su formación en el colegio de la Asunción a ocho millas de distancia. Aquí, “construyendo sobre el buen material de un muchacho de granja fornido, la institución añadiría buenos conocimientos, un sentido profundo de la piedad y la obediencia pronta a la disciplina, que le daría esa capacidad que ya podría adivinarse en Alberto Lacombe”.
Fue aquí donde el muchacho acarició también el deseo de hacerse sacerdote, y se le dio la oportunidad de proseguir estudios en la residencia del arzobispo de Montreal. Entró en un mundo nuevo, en la ciudad más grande y capital comercial. Prosiguió su formación teológica y se benefició sumamente del diálogo con la afluencia constante de sacerdotes y visitantes a la residencia del arzobispo.
Provencher
Años antes del nacimiento de Alberto, llegaban los primeros sacerdotes canadienses franceses al poblado del Río Rojo. El P. Joseph Norbert Provencher estaba en el grupo, y, en 1822, fue nombrado obispo, con la sede principal en San Bonifacio.
No pudiendo conseguir suficientes sacerdotes en Quebec, recurrió a Roma y se atrajo a los oblatos. Había ya oblatos en el bajo Canadá. Como MacGregor informa, “en los pocos años que habían estado en Quebec, habían establecido un récord envidiable por el fervor de su predicación y los frutos espirituales que cosecharon. Aunque mons. Provencher no podría aún ver el gran éxito que coronaría sus esfuerzos... los oblatos... estaban destinados a establecer el mayor récord de servicio que cualquier otro misionero”.
El 25 de agosto de 1845, una canoa con Pierre Aubert, o.m.i. y Antonin Taché, o.m.i., a bordo, desembarcaba en San Bonifacio, la primera de una larga fila de oblatos pioneros.
Entre tanto, Alberto Lacombe proseguía estudios y se hacía joven robusto, con “pies impacientes que podrían cansarse pronto de las vueltas y los límites de una parroquia reducida”.
Ordenación
Se ordenó el 13 de junio de 1849. Alimentando su gran deseo de ir al Oeste, soñaba con el día en que sus superiores se lo permitieran. No tendría que esperar mucho. En agosto, el P. Alberto tomaba un tren en Montreal que lo llevaría a Lachine. Allí tomaría un barco hasta una misión en las praderas a más de dos mil millas de distancia. Tendría que viajar por etapas, cien días en total, en carreta de bueyes y a pie, “hasta que las nieves de noviembre hicieron entrar a los caminantes en Pembina... en la ribera occidental del Río Rojo”.
Novicio oblato
En 1851, el P. Alberto regresó a Montreal durante unos meses y en ese tiempo se encontró con el ahora obispo mons. Taché, o.m.i., que ejercía el ministerio a unas ochocientas millas de San Bonifacio. El obispo había vuelto al este para hacerse con hombres y dinero. El P. Alberto estaba de acuerdo con volver al Oeste y mons. Taché le prometió aceptarlo como candidato a los oblatos.
El P. Alberto volvió a San Bonifacio, pero no tardó en ir al Lago Sta. Ana y después a su nueva misión de Fort Edmonton. Aunque tenía que continuar su noviciado, éste sería menos estructurado de lo que hubiera deseado. Sin embargo, ahora era más independiente y libre para aplicar sus talentos, aún no probados, a la causa misionera.
Alberto Lacombe, o.m.i.
Entre tanto, en una capilla del Lago Sta. Ana, en septiembre de 1856, el P. Alberto hacía sus votos y pasaba a ser miembro de la Congregación de los oblatos.
Los años siguientes fueron de progreso para el nuevo oblato. Cuando llegaron otros sacerdotes para ayudarle, hablaba ya bien el cri y otras lenguas.
Cultivaba huertos de verdura e introducía el ganado en el sector. Tendría aún que viajar hasta 145 días, a veces a 45º grados bajo cero, para “conseguir comestibles, sal, azúcar y té”.
El P. Alberto fue también un mediador y pacificador eficiente durante estos años. Había roces constantes entre cris y blackfoot, entre otras Primeras Naciones y, también, con los mestizos.
Capilla de San Joaquín
En 1859, construía la capilla de San Joaquín, la primera iglesia en Edmonton, Y, probablemente más importante, como dice MacGregor, “siguieron aumentando sus adeptos entre los cris”. En 1861, como el mismo P. Alberto apuntaba, “acompañado por Michel Normand, Rose Plante, su esposa, y un joven huérfano, fui al gran lago que yo iba a llamar San Alberto. Acampamos por la noche y después llegamos a la colina. Teníamos con nosotros cuatro bueyes, algunos caballos, un arado y las herramientas necesarias. Un refugio hecho con pieles nos sirvió de elegante residencia”.
Misión de San Alberto
Con sus compañeros y algunos amigos mestizos, el P. Alberto contó pronto con una estructura de madera de ocho por doce metros, para ser el centro de la misión San Alberto. La tosca madera era de los árboles que habían cortado. En 1864, el nuevo lugar podía contar ya con unas cuarenta familias mestizas y una población de aproximadamente trescientos. El P. Alberto encontró esto “demasiado civilizado”.
Casualmente, en el otoño de 1864, un delegado del superior general de los oblatos viajaba por el país y, acompañado por mons. Taché, llegaba a San Alberto. Para gran satisfacción de Lacombe, los dos coincidieron en que su misión en San Alberto había concluido. De nuevo andaría errante por las praderas y sabanas evangelizando a los cris y blackfoot siempre errantes.
Gran hombre y gran misionero
Los años siguientes, con la inmersión total de su vida con los cris y blackfoot, iban a ser años de fama y popularidad. Llegó a conocer a todos los jefes de los cris, stoney, sarcee, piegan, blood y blackfoot. Los exhortó “a adoptar su idea de la voluntad del Ser Supremo, pidiéndoles que mantuvieran la paz entre sí, y aconsejándoles a prepararse para el día en que el país debía inevitablemente ser invadido por el hombre blanco”. Dominando ya el cri quiso hacer otro tanto con el blackfoot. Había llegado a ser admirado y querido lo suficiente como para ser llamado “jefe de oración”. Cuando viajaba, a caballo o a pie, de un poblado a otro, corría gran peligro... las Primeras Naciones en lucha, la enfermedad y las epidemias, la falta de comida y el tiempo tan caluroso o frío. Por lo menos una vez tuvo que guardar cama por las heridas de un disparo.
Un nuevo Moisés
A pesar de todo, el P. Alberto escribía: “¡Y ahora, a las praderas! Con Alexis, mi excelente cocinero blackfoot, mis caballos, mi carreta, mi altar portátil, mis catecismos, algunos objetos de piedad, éstos constituyeron mi iglesia y mi casa rectoral. Para decir la verdad, ¡era tan feliz como un Príncipe de la Iglesia! Mi gente, la mitad ahora cristianos, en la categoría de grandes cazadores ante el Señor, me respetaba y quería. Yo era como un nuevo Moisés en medio del nuevo campamento israelita”.
1870 – Un año amargo
“1870 fue un año amargo”, escribe MacGregor. El malestar que hervía a fuego lento entre las Primeras Naciones mismas, y entre ellas y el hombre blanco estaba a punto de ebullición. Se propagó la viruela y su devastación fue impresionante. Más del cincuenta por ciento de la gente de las Primeras Naciones de Alberta había muerto. Las circunstancias que suponían la transferencia de las tierras ancestrales a la nueva confederación de Canadá, estaban llevando a los mestizos “al punto de engrasar sus armas”. Para los cris y blackfoot y las otras Primeras Naciones, la vida nunca era la misma. Su clamor incontestable por los inmensos bosques y praderas aparentemente interminables se iba poco a poco amortiguando.
Recaudador
En 1871, San Alberto llegó a ser diócesis aparte con Vidal Grandin, o.m.i., como obispo. Era un desafío. Las misiones se extendían y él necesitaba muchas nuevas escuelas, pero tenía muy pocos recursos. Tenía sólo un puñado de hombres que llevaban mocasines, dormían en tiendas de pieles y vivían pobremente. Y el P. Alberto seguía batallando por más misiones...
Grandin vio una oportunidad. Nombró al P. Alberto vicario general de su nueva diócesis; y su labor iba a ser, según el obispo: “Venga, le ruego, a su propia tierra, eche una mano a sus amigos y míos”.
Diplomático
El P. Alberto volvió a Montreal y aunque enfermo siempre estuvo dispuesto a pedir dinero; atrajo a mucha gente y pudo enviar buenas sumas a Grandin. Pero ¡bastaba y sobraba! “Quería sentir la nieve bajo sus mocasines y el crujido de costillas jugosas chisporroteando en el fuego.”
De nuevo sus superiores tuvieron otros planes. Mons. Taché necesitó su ayuda. Era la época del comienzo y desarrollo de los ferrocarriles y de un aumento constante en la inmigración. Muchos de los nuevos colonos eran protestantes de Ontario y surgió pronto un conflicto serio entre ellos y “los franceses católicos de Quebec”, y entre los “orangistas” y los mestizos...
Era también el tiempo del liderazgo de Louis Riel de los mestizos. Héroe para muchos, era, sin embargo, un bribón para otros. Los conflictos entre los mestizos y “orangistas de Ontario” se multiplicaron.
Hombre de Taché
En 1874, el P. Lacombe fue nombrado pastor de St. Mary en Winnipeg, donde la población había llegado a los tres mil. Pero, era mucho más que un pastor, inmerso como estaba en su trabajo como “hombre de Taché”.
En los años siguientes, el P. Alberto estaría absorto reclutando a canadienses franceses para el Oeste. Quería remediar el aumento rápido, principalmente de familias protestantes, inmigrando de Ontario. Pero las cosas estuvieron en su contra. “De los once mil inmigrantes –informa MacGregor– que llegaron a Manitoba durante los cinco años hasta 1875, menos de doscientos eran de lengua francesa.”
Traficantes de güisqui
En 1872, rondaban ya por Edmonton los traficantes de güisqui, “y los cris y blackfoot que lo compraban alegremente, experimentaron pronto sus terribles efectos”. Un funcionario informaba que “la desmoralización de los indios y el daño al país por el tráfico ilícito fueron muy grandes. Se sabía de fuente fidedigna que, el año pasado, habían muerto ochenta y ocho blackfoot por disputas entre ellos por embriaguez...”. El gobierno de Ottawa respondió finalmente e intervino la policía montada del noroeste. Estos “militares de rojo” ayudaron a controlar la venta de güisqui y volvió de algún modo la calma al sector. El P. Alberto estaba entre los muchos que, directa o indirectamente, habían tomado cartas en el asunto
“¿Qué será de nosotros?”
Él aconsejó también cuando el gobierno deseaba hacer tratados con las Primeras Naciones. Los jefes podrían apreciar más de lleno lo que los misioneros habían estado diciendo durante años. Se cita al jefe Crowfoot como preguntando: “Cuando lleguen los miles de hombres blancos en tropel y hayan desaparecido los bisontes, ¿qué va a ser de nosotros?”.
Sabiendo que el bisonte no iba a durar, la mayoría de los jefes, sacando el mejor partido de un mal negocio, firmaron los tratados. Se esperaba que ellos se ayudaran cultivando la tierra. Pero como señala MacGregor, “físicamente podrían haber cultivado la tierra, o cuidado del ganado, pero no psicológicamente”.
Hombre influyente
Ya con cincuenta años y bien arraigado en St. Mary, el P. Alberto acogió, si no a todos, a mucha gente importante que llegó a Winnipeg. Querían información, quizá comenzar un negocio, o utilizar la ciudad como trampolín para la vida política. Él seguía viajando, y, en 1879, presentó un ejemplar de su diccionario cri-inglés al Papa. Emprendió también con éxito proyectos para recaudar fondos para una nueva iglesia de piedra en St. Mary, para la construcción de un colegio en San Bonifacio y para sus misiones. Y tuvo también un papel en la extensión del ferrocarril (CPR) en novecientas millas, de Winnipeg a Calgary. Pero deseaba volver al Oeste. En 1882 partía de nuevo para San Alberto.
¡Volvía para encontrar a las Primeras Naciones en la miseria! Escribe MacGregor: “Lejos en las praderas azotadas por los vientos, los cazadores buscaban en vano. En medio de las ventiscas de nieve en el matorral o el barranco... las madres esperaban en vano la vuelta de los cazadores; en la tienda... los niños hambrientos lloriqueaban por la comida y morían”. La mayor parte de la gente de las Primeras Naciones con la que el P. Alberto se encontró, hablaba de hambre y humillación, viviendo en las reservas y dependiendo de las limosnas del gobierno.
No obstante, el P. Alberto estaba decidido a ayudar donde pudiera. Intervino en las disputas entre los obreros del ferrocarril y los blackfoot y cris; actuó como mediador por las Primeras Naciones en sus negociaciones con el ferrocarril y con el gobierno federal y fue la persona clave en la campaña para construir escuelas para los niños de las Primeras Naciones.
La mayoría de la gente en esa época concluía que la manera de incorporar a las Primeras Naciones sería a través de las escuelas. Podrían aislar a los niños y capacitarlos para el éxito en el mundo blanco.
Pero, como tantas ideas impuestas por los hombres blancos, las escuelas fueron por desgracia insuficientes para ser una solución.
Rebelión del noroeste
El P. Alberto andaba también preocupado por otros problemas. Por todo el Oeste, las Primeras Naciones y los mestizos estaban reñidos. Desaparecieron los bisontes y la gente estaba hambrienta.
El patronato político nombrando a “agentes indios” había preparado a los cris y blackfoot, sarcis y stoney para unir a los mestizos más rebeldes. De nuevo Lacombe fue requerido para mediar en las disputas. Y seguía activo en el mundo de la recaudación de fondos y la diplomacia, consiguiendo donativos y concesiones para las Primeras Naciones y sus misiones. Tuvo que batallar de nuevo con Louis Kiel, pero, en Batoche, Kiel era derrotado y capturado, y la nación mestiza estaba destrozada. El P. Alberto se unió con otros en una campaña para poner en libertad a jefes de las Primeras Naciones por su papel en la rebelión del Noroeste.
En 1886, el sr. John A. MacDonald acordó viajar a Ottawa con el jefe Crowfoot, el jefe Red Crow de los bloods, North Axe de los piegans y cuatro jefes cris como recompensa por su lealtad durante la rebelión. El P. Alberto acompañaría a los jefes.
Ermita Pincher Creek
El P. Alberto nunca se desinteresaría de las Primeras Naciones que había llegado a conocer.Sin embargo, durante este viaje se había dado más cuenta de que su mayor compromiso con estos amigos terminaba.
En 1897, ya con 70 años, “el anciano canoso con la mirada fija buscaba el silencio de las colinas y su ermita”. Pero tuvo aún por delante años de logros y honores. Siguió teniendo un papel significativo como consejero para los cris y beaver, durante la afluencia de 1897-1898 al Yukon, cuando se negociaron de nuevo los tratados. Fue aún efectivo como recaudador de fondos. Sus superiores lo requirieron a menudo para la dirección en relación con las Primeras Naciones. Buscaron un guía en los asuntos eclesiales, políticos, nacionales e internacionales, aun deseando que pasara más tiempo en su ermita. Se necesitó su ayuda en la confusión política en Ottawa. La hostilidad entre católicos franceses y protestantes ingleses había suscitado de nuevo la cuestión de las escuelas separadas para los católicos en minoría en el Oeste.
Al final del siglo, la afluencia al Oeste estaba en pleno apogeo. Las autoridades se volvieron de nuevo a Lacombe, quien de nuevo viajó a Europa en busca de ayuda. Esta vez, el P. Alberto consiguió una audiencia con el Papa y con el emperador Franz Joseph.
Último proyecto
A principios de 1909, con el P. Alberto, de 82 años, su casa se había convertido en su ermita.
Cada vez venían menos visitantes a consultar con el buen anciano. Pero aún comenzó el año con un anuncio: “Mi último proyecto”. Quiso construir el Hogar Lacombe para atender a los más necesitados del Oeste, “rojos y blancos”. Se inauguraría en 1910 y aquí pasaría el P. Alberto los pocos años que aún le quedaban.
Murió el anciano sacerdote

En marzo de 1913, Arsous-kitsirarpi (Padre Alberto) permitió que lo llevaran a Calgary donde, en St. Mary, daría su última dirección. Un periodista de Family Herald, citado por MacGregor, captaría la atmósfera del momento:
“Cuando la figura negra, apoyándose en un bastón, se puso de pie e hizo señas para el silencio... algo melodramático había en el silencio. La figura miró fijamente en silencio al mar de rostros y la mirada se volvió por los miles de miradas... y tan profundo era el silencio que hasta la respiración parecía un sacrilegio.”
“Un sollozo del entrecano Padre, que todos percibieron, se dejó oír”, proseguía el periodista. La verdad escueta de que ésta iba a ser su última petición parecía esbozarse en él y en su público al mismo tiempo.
“Hubo otro momento de silencio hasta que esta realización hubiera penetrado en los corazones de todos los presentes.”
“Pero la figura se puso rígida, sus labios marchitos se movieron. Sus palabras fueron claras y pausadas; abogó, una última vez, por la causa de sus amigos de las Primeras Naciones.”
Escribe MacGregor que tres años después, el 11 de diciembre de 1916, “cesaron los sueños y su espíritu fue por siempre libre para vagar por el mundo maravilloso de la soledad de su juventud... para andar errante de Fort Chipewyan a Fort Benton, de Fort Garry a Fort Edmonton”. Y algunos parientes dijeron que el anciano sacerdote había muerto.
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