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Reflexiones acerca del 34º Capítulo General Carta a la Congregación Wilhelm Steckling, O.M.I. Superior General |
Queridos hermanos Oblatos,
Han pasado ya algunas semanas desde que finalizó el 34º Capítulo General. En la cercanía del tiempo de Navidad deseo compartir con ustedes algunos pensamientos, con los desafíos que el Capítulo nos ha puesto.
En primer lugar, a título personal y en nombre del Consejo General, deseo agradecer a todos los oblatos por la confianza que han depositado en nosotros, así como por sus felicitaciones y la seguridad de sus oraciones. También deseo expresar nuestra gratitud a todos los que trabajaron arduamente en el Capítulo, y a los que rezaron por sus frutos.
“Testigos de la esperanza” fue el tema central de nuestra asamblea que luego se convirtió en el título de su documento principal. Difundir una palabra de esperanza ha sido siempre la misión de los Oblatos; Esto lo heredamos del San Eugenio. De manera semejante nuestro fundador leyó la situación de la iglesia en Francia y en el mundo entero, con las consecuencias de la Revolución Francesa, por estointerpretamos las consecuencias de las transformaciones, sin precedentes, que han afectado al planeta entero durante el siglo XX. Tenemos que proclamar hoy nuestras buenas noticias en un mundo que ha cambiado y continúa cambiando a un ritmo veloz[1].
Del Capítulo hay mucho más, de lo que aparece en el papel. Los capitulares podrán dar cuenta de esta atmósfera maravillosa de fraternidad, más allá de fronteras. Naturalmente que hubo fallas; un encuentro intercultural nunca estará libre de toda tensión. Sin embargo, a los participantes suena como verdad cuando la Carta del Capítulo habla de “fraternidad y de oración, un acontecimiento espiritual dentro del cual sentíamos la presencia del Espíritu Santo”[2]. En los días de la apertura, los representantes de los oblatos asociados contribuyeron en gran medida a dicha atmósfera. Los Hermanos Oblatos ayudaron desde del principio, a que su grupo fuera muy activo y con voz propia; sobretodo, el regalo de su fraternidad llegó a ser tangible a todos nosotros.
Nos encontramos en un contexto de celebración mientras que comenzamos la puesta en práctica del Capítulo. El 8 de diciembre conmemoramos el 150º aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. En octubre incorporamos el año de la Eucaristía, proclamado por el Santo Padre, y pronto nos acercaremos al décimo aniversario de la canonización del San Eugenio. Puede ser que estas celebraciones proporcionen un tono especial a nuestros esfuerzos, dándonos la sensación de más cercanía a las fuentes, de esa esperanza a la cual se nos llama a testimoniar.
Se han publicado los documentos principales. En el espíritu fraternal del Capítulo, dentro del contexto de las celebraciones subyacentes del año de ahora en adelante, será nuestra tarea entender bien la voluntad del Capítulo y responder a él.
Permítanme compartir con ustedes mi manera personal de leer los documentos del Capítulo. El Consejo General no tiene nada oficial que ofrecer en este punto. Será en enero de 2005 que el nuevo Consejo podrá resolver y comenzar a trazar su respuesta al mandato del Capítulo. Me limitaré a la rumia en ciertos elementos de los documentos inspirada por ellos mismos, destacaré tres aspectos: nuestra misión oblata definida como Testigos de la Esperanza; la renovación de nuestra Vida Religiosa en comunidad y la llamada a cruzar las fronteras.
I. Una misión: ser Testigos la esperanza
“Responder a la sed que nuestro mundo tiene de esperanza.”(C del C) así es cómo el Capítulo formuló nuestra misión.
La esperanza que proclamamos es sobretodo una persona: Cristo. Los oblatos deben predicar quién es Cristo. En la Congregación también hemos vivido con un proyecto que llamó a nuestra misión una Inmensa Esperanza. El Capítulo se entendió como una fase del mismo proyecto. Recibió un informe sobre el trabajo realizado en el proyecto una Inmensa Esperanza de los últimos cuatro años y continúa con posterior la puesta en práctica del proyecto. El Capítulo estuvo siempre atento a la visión expuesta por los últimos tres Capítulos, y como tal, proporciona múltiples elementos para las futuras líneas de acción. El empuje del proyecto una Inmensa Esperanza requiere, que la autoevaluación y las estrategias para la misión, se conviertan en un proceso permanente, una cultura, en cada Unidad oblata. Es como la conversión, la que nunca se puede decir que haya sido alcanzada completamente. Es como una herramienta la que utilizamos ya desde ahora.
Es nuestro deber que continúe la autoevaluación y las estrategias de la misión lleguen a ser claras con las múltiples declaraciones críticas de la Carta del Capítulo, que requieren una respuesta:
* “Es una necesidad definir lo que significa ser misionero en las áreas donde la Iglesia está ya establecida.
* La comprensión de la justicia social todavía no se integra completamente en nuestras vidas y ministerio.
* Necesitamos un nuevo esfuerzo, quizás un nuevo arranque radical, en términos del diálogo con Islam.
* Como Congregación, no hemos hecho lo suficiente para responder a la crisis mortal del SIDA, particularmente en África.”[3]
* Describimos el laicismo como “realidad compleja y penetrante”[4]. Es necesario responder a esa necesidad con una iniciativa vigorosa como lo sugiere una de las recomendaciones del Capítulo.
Hay demás, algunas sugerencias en cuanto a cómo podríamos responder, al llamado para:
* Lograr nuevos acercamientos a la predicación de la misión, en la colaboración con los laicos y otro religiosos;
* Tener comunidades experimentales para dar una respuesta a la secularidad, al fundamentalismo, y al diálogo;
* “Mayor comprensión y uso de los medios de comunicación”[5]
* El ministerio con la juventud que se destaca como una manera concreta de atestiguar la esperanza, después del ejemplo de nuestro Fundador, lo que ha sido reintroducido en nuestra Regla.
Podemos estar agradecidos al Capítulo por avivar nuestra conciencia de las urgencias actuales del misionero, y por indicar cómo podemos responder a ellas. Estas urgencias se muestran en conformidad con la visión de los primeros diez números de las Constituciones y Reglas, y la referencia a la predicación de la misión y al ministerio de la juventud escuchando, de nuevo, al mismo San Eugenio. La primera cosa en importancia, para nosotros los oblatos, es claridad sobre nuestra misión. Vivimos en una época del cambio sin precedentes. Si perdiera nitidez el sentido de nuestra misión, si se disolviera, perderíamos nuestra razón de ser. Si podemos juntos fijar nuevas prioridades y ser atrevidos, en un acercamiento común, nuestra misión ganaría ímpetu y nuestra Congregación prosperaría.
II. La Vida Religiosa en una comunidad renovada
En el Capítulo dos de las Recomendaciones, bajo título “comunidad oblata y Vida Religiosa”, nos invitan a que hagamos un cierto trabajo cuidadoso en nuestro propio patio trasero. Veo aquí una de las preocupaciones principales del Capítulo.
Está claro que para dar a nuestro mundo la esperanza que él anhela, primero necesitamos esta llenos de la misma esperanza. Me pregunto: ¿Está en nosotros esta esperanza de reavivarnos, hasta el punto de poder llevar a la tierra el fuego que Cristo deseó? Podemos medir las exigencias de evangelizar este mundo que cambia, a menudo en ambientes hostiles o indiferentes, o ¿es que estamos, algo seducidos, por las buenas noticias falsas, que se nos ofrecen a través de tantísimos canales? Algunas declaraciones del Capítulo nos cuestionan seriamente: “nuestra vida de comunidad es a menudo débil.” “ Nuestro compromiso con la oración necesita ser consolidado.”[6]
La asamblea no quiso decir que ya nos habían derrotado. Afirmó por el contrario que los Oblatos pueden contar con algunas de sus fuerzas, señalando algunas como: nuestra proximidad con la gente, nuestro compromiso con los pobres, así como el número creciente de laicos asociados, lo qué nos desafío para revindicar el Carisma Oblato, y la renovación de nuestra Comunidad y Vida Religiosa. Dentro de la Congregación, la sabiduría de nuestros ancianos y del regalo que los Hermanos Oblatos nos son una contribución a nuestra conversión. Conversión, sin embargo, ¡que es necesaria! Sin la conversión no podemos proclamar a Cristo como nuestra esperanza.
El bien que podemos proyectar es la riqueza de nuestra espiritualidad oblata. En nuestra Congregación, la vida religiosa se entiende como oblación, como el darse uno mismo. Nuestra vida como religiosos imita la kenosis de Cristo y de Dios. Las Recomendaciones del Capítulo nos impulsan en Testigos en Comunidad Apostólica donde leemos: “Como nuestro Fundador antes de nosotros, intentamos reunirnos alrededor de la persona de Jesús Cristo para lograr la solidaridad de la compasión, para alcanzar un solo corazón que puede ser alimento para la vida del mundo.”[7] El texto continúa: “por lo tanto elegimos la comunidad como la manera por el que somos continuamente evangelizados y podemos ser testigos de las Buenas Noticias en este momento de gracia del mundo de hoy” reunidos alrededor de Cristo como religiosos, hacemos comunidad.
En la práctica, ¡nuestra renovación como religiosos y como comunidad nos llama claramente a hacer esfuerzos en la formación! De esto trata el segundo capítulo de Testigos de la Esperanza. Dice que necesitamos ayudar activamente, a la misma persona del Oblato que suponemos es ministro de la esperanza “con la consolidación del Oblato en su comunidad y vida religiosa; y la formación de los superiores y de otros que comparten el liderazgo”[8]. Un nuevo elemento, que emerge aquí, es para alcanzar este fin, también nos anima a que nos volvamos al laicado y a “descubrir el rico potencial de la presencia de los Laicos Asociados que nos fortalecen en nuestra vocación y misión oblata.”[9] ¡ De hecho subyace aquí, un substancial trabajo ante de nosotros!
El capítulo sobre las vocaciones también menciona a la comunidad[10]. La calidad de nuestra Vida Religiosa en comunidad constituye una llamada fuerte. Es desde aquí que podremos “invitar a los jóvenes, que con su generosidad e idealismo naturales, se nos unan para responder a las necesidades del mundo en la misión confiada a la Iglesia.”[11] Verdad, las vocaciones son siempre un regalo, y la relación entre la calidad de la Vida Religiosa en comunidad y las vocaciones no se puede dar por hecho. Creo que - con el misterio de la Cruz - muchas Unidades Oblatas están siendo probadas hoy, con la carencia de vocaciones, y están contribuyendo grandemente a las bendiciones que recibimos en otras partes del mundo por su fidelidad al Carisma Oblato.
III. Una llamada para cruzar las fronteras
Nuestra misión, nuestra vida de comunidad como religiosos, se vive hacia afuera en un ambiente que ha llegado a ser global. No es sorprendente que hacia el final de Testigos de la Esperanza el Capítulo caiga en la cuenta que: “si [ las recomendaciones] fuera por ser visto pintados con un adorno común, sería el de la internacionalidad.”[12]
Pienso en la expresión aldea global que parece a la mayoría de la gente de hoy, como una metáfora muy adecuada para referirse al mundo. ¡Todos vivimos en la misma, aldea global! Las personas y las culturas se conectan, se mezclan unos con otros y no se puede evitar de tratar con los otros, de la misma manera como la vida es vivida en una aldea.
Como el mundo, la Congregación también aparece hoy diferente ante nosotros. La Carta del Capítulo habla de los “cambios demográficos enormes” que “radicalmente han alterado la cara de la Congregación.” [13] El Santo Padre resaltó esto en su mensaje a los capitulares:
“Aprecio la reflexión acerca de los cambios profundos que están marcando a la Congregación, en la que el centro de gravedad se está moviendo hacia las áreas más pobres del mundo. Este hecho extremadamente significativo la conduce a poner al día la formación, la distribución del personal, las formas de gobierno y comunión de los bienes. Hagan claras opciones en virtud de las prioridades de su misión.”[14]
La nueva realidad globalizada nos llama a los oblatos a una nueva forma de práctica, la que solamente será posible si está basada en un nuevo sentido.
Nueva práctica: T de la E. dice que necesitamos usar la fuerza de ser un cuerpo mundial, presente en 67 países, pues ya existe entre nosotros un deseo cada vez mayor de desplegar aún más lejos nuestra internacionalidad[15]. ¡Nuestro futuro se basa en el “aumento de nuestra solidaridad”[16]! El Capítulo ha sugerido acciones concretas en esta línea, menciono solamente a algunas de ellas:
* Ampliar el personal para el intercambio entre la Unidades;
* Establecer comunidades experimentales en algunos campos nuevos de la misión;
* Creación de un posnoviciado regional y congregacional y una consolidación de nuestras casas de la formación;
* Reflexión en la Congregación en toda su amplitud, acerca del lugar que ocupa la educación superior;
* Revisión de nuestras estructuras de gobierno: tamaño apropiado de Provincias; consolidación de las Regiones; revisión del Gobierno Central;
* La puesta en práctica del Capital Compartido II y la ayuda para aumentar localmente lo que genera renta.
Estas tareas algo desalentadoras solamente se convertirán en realidad si son llevadas a terreno con un nuevo sentido. Ha sido utilizada la expresión “travesía de las fronteras”, que es quizás más rica que “internacionalidad”. Por ejemplo, “la travesía de las fronteras culturales y nacionales” se reconoce como esencial para la formación del misionero[17]. A sí mismo se ve a Jesús, como quien cruzó las fronteras[18]. Los Capitulares precisan que la solidaridad creciente es una oportunidad que “descubre las nuevas caras de Cristo”[19].
En cuanto a un “ethos” de la travesía de la frontera que inspire nuestra praxis de misioneros, nuestra renovación religiosa y nuestra formación durante los años que vienen, desatará nuevas energías entre nosotros. En tal ethos, la contribución de cada Unidad será considerada, por todas los otras, como regalo particular para el bien de la Congregación entera; todos juntos podríamos dar a un testimonio perdurable a todo el mundo alrededor nuestro.
IV. Trabajo de Dios
En el 34º Capítulo General los oblatos han elegido un estrechamiento de manos. Se han dado mucho trabajo concreto que hacer.
“Entendimos que nuestra tarea era ser prácticos, para ofrecer algunos desafíos concretos en términos de mejorar nuestra comunidad y ministerio. De alguna manera, la esperanza engendrada en la herencia de la Congregación en este tiempo necesitamos que se transforme en hechos de acción”[20].
Se hace referencia explícita al empuje de los documentos de los tres Capítulos anteriores; permanecemos conectados con ellos y deseamos entrar con deleite en los grandes ideales propuestos en sus declaraciones.
En mi informe al Capítulo, el que incluye la parte financiera presentada por el Tesorero General, precisé la fidelidad sobre la cuál hoy queremos decir que debemos cambiar. En especial debemos cambiar nuestras maneras de procurar y de usar nuestros recursos tanto en el personal, como en lo material. El Capítulo ha respondido con una larga serie de acciones que se muestran ante de nosotros; He mencionado algunas de ellas mas arriba. Si miramos todo esto... la reacción natural es preguntarse: ¿podemos hacer realmente todas estas cosas? ¿Tenemos una fortísima visión común para arriesgar el futuro? ¿Estamos listos pagar el precio de no dejar nada ante los desafíos?
Ahora, no podemos saber cuánto podemos alcanzar. El Consejo General hará planes para satisfacer el mandato del Capítulo; pero el tiempo y las contingencias son factores que no podemos dominar totalmente; en este punto no sabemos exactamente cómo cumplir con todas estas recomendaciones.
Es importante observar que cualquier movimiento significativo será posible solamente con una “voluntad política” positiva de las Provincias, Delegaciones y Misiones con sus superiores. ¡La mayoría de ellos han sido afortunadamente capitulares! ¡Juntos corramos el riesgo para hacer verdadero el documento del Capítulo!
Y aunque pongamos nuestros mejores esfuerzos en todas estas acciones, ¿marcarán alguna diferencia para el mundo?
“En un mundo que ha cambiado enormemente desde el pasado Capítulo de 1998, durante esta época en la cual el miedo parece ser tan frecuente, en la que siguen creciendo las divisiones entre ricos y pobres y en qué religiones todas se parecen, demasiado a menudo el miedo y las divisiones parten de ellas, nos llevan a preguntarnos: ¿Qué esperanza puede el mundo recibir de nuestras, poco y a menudo imperfectas, e incompletas líneas de acción?”[21]
¿No será este el momento de volver otra vez a nuestro tema del Capítulo: la Esperanza? Nuestro primer contacto con el tema debe estar en la fuerza oculta en la esperanza. Sería un error confiar solamente en nuestras propias fuerzas. La Constitución 20 menciona la esperanza cuando habla sobre el voto de la pobreza:
“Frente a las exigencias de nuestra misión y ante las necesidades a que hay que responder, nos sentimos a veces débiles y sin recursos. Entonces podemos aprender mucho de los pobres especialmente la paciencia, la esperanza y la solidaridad.”
El reciente Capítulo ha reafirmado valores tales como la “paciencia, esperanza y solidaridad “, valores de los pobres, que saben que su fuerza está puesta en Dios. Como los pobres de espíritu, los capitulares pusieron su esperanza en el Dios que solamente es el “Señor de este mundo”, “todavía muy vivo”. Lo describen como el “Dios de Abraham y de Sara”, los emigrantes, quiénes salieron de su patria y se precipitaron en lo desconocido. Se utiliza la expresión inusual “Dios kenótico”: El Dios que se ha revelado a nosotros en Cristo, es Él quién se revela lejano. El darse a sí mismo, kenosis, oblación… que es aquí desde esta nuestra acción que se debe comenzar. Lo radicalmente nuevo “no viene sin costo personal y una nueva visión”[22]; lo que puede suceder solamente si estamos listos para dejamos llevar.
Comencemos a trabajar realmente en la puesta en práctica del Capítulo, sabiendo que las cosas pueden tomar un cierto tiempo y que dificultades, es seguro que encontraremos en nuestro trayecto. Podemos confiar en el Señor que habrá una época para todo[23]. Podemos comenzar a ser fieles de maneras muy pequeñas[24]. Incluso antes de que cualquier plan concreto esté listo, podemos comenzar ahora, logrando una consonancia con el espíritu del Capítulo. Concretamente, cada Unidad podría abordar ya la puesta en práctica de sus propias estrategias de nuestra Inmensa Esperanza. Las Unidades encontrarán que las recomendaciones del Capítulo que coinciden muy bien con sus propias prioridades y estrategias.
Las palabras de los capitulares no ofrecen una buena conclusión para comenzar nuestra tarea:
“El centro de atención del 34º Capítulo General ha sido traducir en palabras llenas de esperanza las acciones concretas. El resultado del Capítulo está en las manos de todos los Oblatos y de los que comparten en nuestro Carisma. Con sus esfuerzos comunes podemos movernos más allá de “las esperanzas” hacia la Esperanza. Que Maria, nuestra Patrona y Modelo de Esperanza, y Eugenio, nuestro Padre y Fundador, nos acompañen en nuestro ministerio de la esperanza.”[25]
La fiesta de Navidad está cerca. Será la Navidad del año de Eucaristía. Puedo agregar mis recuerdos de ustedes en esta feliz fiesta. Cristo vino a habitar entre nosotros en la plenitud de los tiempos, y aún hoy a través de la Eucaristía, él sigue estando con nosotros. Esto es suficiente para sostener todas nuestras esperanzas.
Saludos en el Cristo recién nacido y en María Inmaculada quién fue la primera en darle la bienvenida.
Roma, 15 de noviembre de 2004
P. Wilhelm Steckling, OMI
Superior General