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num. 264 - Abril 2005

Juan Pablo II (1920-2005)
En acción de gracias

Por más de un cuarto de siglo en su servicio como Pastor universal de la Iglesia, Juan- Pablo II afectó la vida de millones y millones de personas estuvieran dentro o fuera de la Iglesia. Sin duda alguna, entre el Oblatos se le recordará afectuosamente como el Papa que declaró a Eugenio de Mazenod santo e inscribió a José Gérard y José Cebula entre los beatos. Se acordarán también, como testamento de su apoyo y su estímulo, las palabras que dirigió directamente a nuestra familia religiosa en estas ocasiones y en otras. Es en un espíritu de acción de gracias por su larga vida de servicio que presentamos aquí algunos extractos.


Juan Pablo II habla a los Oblatos


Al 30º Capítulo general, el 5 de diciembre de 1980


[...] Una simple mirada a su familia llena mi corazón de admira­ción. Son los misioneros del Señor, los oblatos de la Virgen María. [...]

Las asambleas capitulares están animadas estos días por el ardiente de­seo de la renovación y crecimiento, como lo ha querido el Vaticano II... En esta perspectiva es necesario que cada uno, en actitud de fe y humilde disponibilidad no pierda de vista los ejemplos y enseñanzas del Divino Maestro. Esto trae consigo el com­promiso de ser siempre más y mejores sacerdotes y religiosos con una vida consagrada al generoso ejercicio de la justicia, del amor y de la paz, privilegiando a los humildes, a los pobres, a los que sufren... Cuanto más se es capaz de demostrar en forma concreta la justicia y la caridad en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en la vida de comunidad, tanto mayor será la credibilidad de los sacerdotes y misioneros ante el pueblo de Dios y ante los hermanos que han de evangelizar.

Al 31º Capítulo general, el 2 de octubre de 1986)


Me ha sido grato echar una mirada a los traba­ jos preparatorios de este Capítulo. He notado una convergencia manifiesta de las diferentes regiones de la Congregación hacia un trabajo misionero comunita­ rio más netamente consagrado a las poblaciones desfavorecidas, incluso a costa de sacrificar compromisos más personales. Esta primera convergencia hace apare­cer otra, a saber la acentuación o incluso la recuperación de una verdadera vi­ da comunitaria, transparente, fraternal, gozosa, abierta, y por consiguiente generadora de fervor para vuestra vida religiosa y apostólica.

La pregunta fundamental que él hace hoy a todos sus hijos, por la voz del Sucesor de Pedro, es breve y conmovedora: "¿Está de ver­dad Jesucristo en el centro de vuestra vida?..."

Procuren también llamar no sólo a la vida misionera oblata en el ministerio presbiteral, sino igualmente en el servicio bien preparado y muy valioso de Hermano Oblato. Sigan asociando ampliamente el laicado cristiano a su tareas de evangelización de los pobres.

Homilía en la misa de la canonización, el 3 de diciembre de 1995


[...] el bienaventurado Eugenio de Mazenod, que la Iglesia declara hoy a santo, fue un hombre del Adviento, un hombre de punta. No volvió sino a su mirada hacia esa Llegada, pero como Obispo y Fundador de la Congregación de los Oblatos de María Inmaculada, consagró toda su vida para prepararla. Su espera alcanzó la intensidad del heroísmo, y se caracterizó por un grado heroico de fe, esperanza y caridad apostólica. Eugenio de Mazenod fue uno de estos apóstoles que prepararon el tiempo moderno, nuestro tiempo.

Eugenio de Mazenod había, en efecto, sentido de modo muy profundo la universalidad de la misión de la Iglesia. Sabía que Cristo quería unir en su persona a todo el género humano. Por eso puso en toda su vida una atención especial a la evangelización de los pobres, dondequiera que se encontraran.
Nacida en Provenza, en su región de origen, la Congregación no tardó en arraigarse «hasta en los extremos de la tierra». Mediante una predicación fundada en la meditación de la palabra de Dios, ponía en práctica las exhortaciones de san Pablo: «¿Cómo creer sin haber oído la palabra del Señor? ¿Cómo oír su palabra si nadie la ha proclamado?» (Cf. Rom 10,14). Anunciar a Cristo era para Eugenio de Mazenod, ser en plenitud el hombre apostólico, del que toda época necesita con el fervor espiritual y el celo misionero que lo configuran poco a poco a Cristo resucitado. Con paciente trabajo sobre sí mismo, supo disciplinar un carácter difícil y gobernar su diócesis con sabiduría y bondad. Mons. de Mazenod llevaba a los fieles a acoger a Cristo con fe cada vez más generosa, para vivir plenamente su vocación de hijos de Dios. Toda su acción estuvo animada por una convicción que expresaba en estos términos: «Amar a la Iglesia, es amar a Jesucristo y recíprocamente».

Su influjo no se limita a la época en que ha vivido, sino que sigue manifestando su eficacia en nuestro tiempo. Porque el bien realizado bajo el impulso del Espíritu Santo no perece, sino que permanece en todo momento de la historia.

Alocución del Papa a la audiencia concedida a los peregrinos con motivo de la Canonización del Fundador (el 4 de diciembre de 1995)


[...] por su parte, queridos Oblatos de María Inmaculada, es con alegría que converso con ustedes, de nuevo y que les confirmo en la misión que recibieron del Cristo a través de su Fundador. Veinte años han pasado desde su beatificación, durante los cuales ustedes mismos trabajaron siempre con más calor para conocerlo y para hacerlo conocer a los demás. Como se los pide su Regla, sigan "yendo sobre los pasos de Jesucristo" y, así, "esfuércense de ser santos", yendo "valerosamente a lo largo de los caminos que utilizaron tan de numerosos artesanos del Evangelio".

Un inmenso ámbito de apostolado se abre aún ante ustedes; eso es a la vez apasionante y exigente. Evangelizar a los pobres sigue siendo la preocupación misionera principal de la Iglesia. Como lo dije en mi Encíclica Redemptoris Missio, la actividad misionera específica, o la misión ad gentes, "tiene por carácter propio ser una acción del anuncio de Cristo y su Evangelio," de edificación de la Iglesia local y promoción de los valores del Reino "(n." 34). La santidad de sus vidas hace de ustedes ardientes misioneros de la evangelización de los cristianos y no cristianos. Conozco muy bien su entusiasmo. Sigan dando la prioridad a la proclamación del Cristo, en fidelidad a su divisa: "evangelizar los pobres". A través de su vida de comunidad y la fidelidad a su Fundador, no dejará de dar resultado, así como da prueba claramente la presencia de numerosos obispos de su Congregación. [...]

Au 33 ème Chapitre général, le 24 septembre 1998


Doy gracias al Señor con todos ustedes por la obra realizada por los religiosos oblatos. Por su presencia en todos los continentes y en particular en las tierras lejanas, están en relación con hombres y mujeres de culturas y tradiciones diferentes; es el signo de la universalidad de la Iglesia y de su solicitud por todos los pueblos. Para permanecer cerca de los hombres, en parti­cular de los más pobres cuyo número no cesa de aumentar, han deseado reorganizar su presencia en las diferentes provincias [...]

Son también objeto de sus desvelos los nuevos espacios de la misión, en particular los medios de comunicación social y el diálogo con los hombres de hoy, para establecer una sociedad cada vez más fraterna y una era de justicia y de paz. Han hecho grandes esfuerzos para afrontar necesidades pastorales, apostólicas y misio­neras nuevas y urgentes, así como la necesaria inculturación, proceso paciente que, aun requi­riendo la escucha de los pueblos, «no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana» (Redemptoris Missio, n° 52). La Iglesia aprecia su disponibi­lidad y solicitud para responder a la llamada del Señor allí donde se les envía y para ponerse al servicio de las Iglesias locales [...]

Al 34° Capítulo General, el 24 de septiembre de 2004

A todos les doy las gracias por el afecto que demuestran al sucesor de Pedro que intercambio cordialmente, y con mayor motivo a causa de la devoción que siento por su Fundador, san Eugenio de Mazenod, igual que por la estima que siento por su Congregación, mariana y misionera al mismo tiempo.

Les aliento a perseverar en los objetivos que se han propuesto, ante todo en el de una renovada unión fraterna, según la voluntad de su santo fundador, quien concebía el instituto como una familia, cuyos miembros conforman un sólo corazón y una sola alma.

Hagan opciones claras en virtud de las prioridades de vuestra misión. Entre las exigencias prioritarias se plantea seguramente la atención permanente de la vida espiritual para vivir una fidelidad siempre renovada al carisma original. Es Dios, quien con la acción de su Santo Espíritu, permite a las familias religiosas responder adecuadamente a las nuevas exigencias recurriendo al don específico que se les ha confiado.


Mensaje del Padre General

Queridos Oblatos, asociados y amigos,

Hoy, segundo domingo de Pascua, se siente un gran silencio en la ciudad de Roma. Espectáculos y eventos deportivos han sido suspendidos, más y más peregrinos vienen llegando y grandes preparaciones están en marcha para recordar a uno de los grandes de la historia contemporánea. Juan Pablo II fue acogido por Jesús misericordioso ayer en la noche; según la liturgia ya era el Domingo de la Divina Misericordia.

La televisión nos hace palpar cómo la gente en todo el mundo se siente cerca de él. Los Oblatos nos incluimos, pudiendo decir que el Papa ha estado cerca de nosotros. Información OMIha publicado algunos textos dirigidos especialmente a nosotros, seguidores de San Eugenio. Cuando Juan Pablo II ha declarado santo a nuestro Fundador nos daba este mensaje: “Proclamar a Cristo significaba para Eugenio de Mazenod, convertirse plenamente en ese hombre apostólico que se necesita en toda época; lo lograba con el fervor espiritual y el celo misionero que le configuraban gradualmente a Cristo resucitado.”

¡La misión nos exige configurarnos a Cristo resucitado! Solo así tendremos el empuje para contribuir de nuestra parte al nacimiento de una Iglesia más misionera, haciéndola salir de sí misma, al encuentro de todos. El Papa nos lo ha enseñado por su ejemplo con más de un centenar de viajes apostólicos por el mundo entero.

Recemos por su alma para que el Señor le purifique del todo y le haga un eficaz intercesor por la humanidad. Recemos al mismo tiempo por una Iglesia siempre más misionera, y que el cónclave nos traiga como el nuevo Santo Padre un hombre según el corazón de Dios. En la elección tendremos esta vez un representante directo en la persona del nuestro cardinal Oblato.

Desde Roma, saludos y unión en la oración

P. Guillermo Steckling, OMI
Superior General

Homilía del cardenal Ratzinger en la misa de exequias de Juan Pablo II

“Nos ha despertado de una fe cansada”


«Sígueme», dice el Señor resucitado a Pedro, como última palabra a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas. «Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse como la clave para comprender el mensaje que deja la vida de nuestro difunto y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud.

Con estos sentimientos y este espíritu, hermanos y hermanas en Cristo, nos encontramos en la plaza de San Pedro, en las calles adyacentes y en otros diferentes lugares de la ciudad de Roma, poblada en estos días por una inmensa multitud silenciosa y orante. Saludo a todos cordialmente. En nombre del Colegio de los cardenales saludo con deferencia a los jefes de Estado, de gobierno y a las delegaciones de los diferentes países. Saludo a las autoridades y a los representantes de las Iglesias y comunidades cristianas, al igual que a los de las diferentes religiones. Saludo a los arzobispos, a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles, llegados de todos los continentes; de forma especial a los jóvenes a los que Juan Pablo II definía como el futuro y la esperanza de la Iglesia. Mi saludo alcanza también a todos los que en cualquier lugar del mundo están unidos a nosotros a través de la radio y la televisión, en esta participación conjunta en el solemne rito de despedida del querido pontífice.

«Sígueme». Cuando era joven estudiante, Karol Wojtyla era un apasionado de la literatura, del teatro, de la poesía. Mientras trabajaba en una fábrica química, rodeado y amenazado por el terror nazi, escuchó la voz del Señor: ¡Sígueme! En este contexto tan particular comenzó a leer libros de filosofía y de teología, entró después en el seminario clandestino creado por el cardenal Sapieha y después de la guerra pudo completar sus estudios en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica de Cracovia. Muchas veces en sus cartas a los sacerdotes y en sus libros autobiográficos nos habló de su sacerdocio, en el que fue ordenado el 1 de noviembre de 1946. En esos textos interpreta su sacerdocio a partir de tres frases del Señor. Ante todo ésta: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Juan 15, 16). La segunda palabra es: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Juan 10, 11). Y por último: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Juan 15, 9).

En estas tres frases podemos ver el alma entera de nuestro Santo Padre. Realmente ha ido a todos los lugares sin descanso para llevar fruto, un fruto que permanece. «Levantaos, vamos», es el título de su penúltimo libro. «Levantaos, vamos». Con esas palabras nos ha despertado de una fe cansada, del sueño de los discípulos de ayer y hoy. «Levantaos, vamos», nos dice hoy también a nosotros. El Santo Padre fue además sacerdote hasta el final porque ofreció su vida a Dios por sus ovejas y por toda la familia humana, en una entrega cotidiana al servicio de la Iglesia y sobre todo en las duras pruebas de los últimos meses. Así se ha convertido en una sola cosa con Cristo, el buen pastor que ama sus ovejas. Y finalmente «permaneced en mi amor»: el Papa, que buscó el encuentro con todos, que tuvo una capacidad de perdón y de apertura de corazón para todos, nos dice hoy también con estas palabras del Señor: «Permaneciendo en el amor de Cristo, aprendemos, en la escuela de Cristo, el arte del verdadero amor».

«Sígueme». En julio de 1958 comienza para el joven sacerdote Karol Wojtyla una nueva etapa en el camino con el Señor y tras el Señor. Karol fue, como era habitual, con un grupo de jóvenes apasionados de canoa a los lagos Masuri para pasar unos días de vacaciones juntos. Pero llevaba consigo una carta que le invitaba a presentarse ante el primado de Polonia, el cardenal Wyszynski, y podía adivinar el motivo del encuentro: su nombramiento como obispo auxiliar de Cracovia. Dejar la docencia universitaria, dejar esta comunión estimulante con los jóvenes, dejar la gran liza intelectual para conocer e interpretar el misterio de la criatura humana, para hacer presente en el mundo de hoy la interpretación cristiana de nuestro ser, todo aquello debía parecerle como un perderse a sí mismo, perder aquello que constituía la identidad humana de ese joven sacerdote. Sígueme, Karol Wojtyla aceptó, escuchando en la llamada de la Iglesia la voz de Cristo. De este modo, se dio cuenta de que es verdadera la palabra del Señor: «Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará» (Lucas 17, 33). Nuestro Papa, todos lo sabemos, nunca quiso salvar su propia vida, guardársela; se entregó sin reservas, hasta el último momento, por Cristo y por nosotros. De esa forma experimentó que todo lo que había puesto en manos del Señor se lo devolvía de una nueva manera: el amor a la palabra, a la poesía, a las letras fue una parte esencial de su misión pastoral y dio nueva frescura, actualidad nueva, atracción nueva al anuncio del Evangelio, precisamente cuando éste es signo de contradicción.

«Sígueme». En octubre de 1978 el cardenal Wojtyla escucha de nuevo la voz del Señor. Se renueva el diálogo con Pedro narrado en el Evangelio de esta ceremonia: «Simón de Juan, ¿me quieres?... Apacienta mis ovejas». A la pregunta del Señor: Karol ¿me quieres?, el arzobispo de Cracovia respondió desde lo profundo de su corazón: « Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». El amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro querido Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo arraigamiento en Cristo pudo llevar un peso, que supera las fuerzas puramente humanas: ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal. Éste no es el momento de hablar de los diferentes aspectos de un pontificado tan rico. Quisiera leer solamente dos pasajes de la liturgia de hoy, en los que aparecen elementos centrales de su anuncio. En la primera lectura dice San Pedro --y el Papa nos dice con San Pedro--: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos» (Hechos 10, 34-36). Y en la segunda lectura, San Pablo --con San Pablo nuestro Papa difunto-- nos exhorta intensamente: «Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona, manteneos así firmes en el Señor» (Filipenses 4, 1).

¡Sígueme! Junto al mandato de apacentar su rebaño, Cristo anunció a Pedro su martirio. Con esta palabra conclusiva, que resume el diálogo sobre el amor y sobre el mandato de pastor universal, el Señor recuerda otro diálogo, que tuvo lugar en la Última Cena. Esa vez, Jesús dijo: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir». Pedro dijo: «Señor, ¿a dónde vas?». Le respondió Jesús: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde.» (Juan 13, 33.36). Jesús va de la Cena a la Cruz y a la Resurrección y entra en el misterio pascual; Pedro, sin embargo, todavía no le puede seguir. Ahora, tras la Resurrección, llegó este momento, este «más tarde». Apacentando el rebaño de Cristo, Pedro entra en el misterio pascual, se dirige hacia la Cruz y la Resurrección. El Señor lo dice con estas palabras, «cuando eras joven…, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras» (Juan 21, 18). En el primer período de su pontificado el Santo Padre, todavía joven y repleto de fuerzas, bajo la guía de Cristo fue hasta los confines del mundo. Pero después compartió cada vez más los sufrimientos de Cristo, comprendió cada vez mejor la verdad de las palabras: «Otro te ceñirá...». Y precisamente en esta comunión con el Señor que sufre anunció el Evangelio infatigablemente y con renovada intensidad el misterio del amor hasta el fin.

Él nos ha interpretado el misterio pascual como misterio de la divina misericordia. Escribe en su último libro: El límite impuesto al mal «es en definitiva la divina misericordia» («Memoria e identidad», página 70). Y reflexionando sobre el atentado dice: «Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha conferido un nuevo sentido al sufrimiento; lo ha introducido en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor... Es el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor y obtiene también del pecado un multiforme florecimiento de bien» (página 199). Alentado por esta visión, el Papa ha sufrido y amado en comunión con Cristo, y por eso, el mensaje de su sufrimiento y de su silencio ha sido tan elocuente y fecundo.

Divina Misericordia: El Santo Padre encontró el reflejo más puro de la misericordia de Dios en la Madre de Dios. El, que había perdido a su madre cuando era muy joven, amó todavía más a la Madre de Dios. Escuchó las palabras del Señor crucificado como si estuvieran dirigidas a él personalmente: «¡Aquí tienes a tu madre!». E hizo como el discípulo predilecto: la acogió en lo íntimo de su ser («eis ta idia»: Juan 19,27) -- Totus tuus. Y de la madre aprendió a conformarse con Cristo.

Ninguno de nosotros podrá olvidar que en el último domingo de Pascua de su vida, el Santo Padre, marcado por el sufrimiento, se asomó una vez más a la ventana del Palacio Apostólico Vaticano e impartió la bendición «Urbi et Orbi» por última vez. Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. Amén. [Traducción del original italiano realizada por Zenit.]


En la historia como un hito


Jean-Pierre Caloz, OMI

Acabo de dejar la plaza de San Pedro. Los aplausos aún resonaban cuando partí. Muchos permanecieron en sus puestos para dejar que tuvieran eco en su interior los acontecimientos. La muchedumbre subrayaba: "Santo subito". "Santo inmediatamente". Me fui porque esto se terminaba y que tenía huéspedes que traer a casa.

Los que cargaron su cuerpo lo alzaron sobre sus hombros, el ataúd estaba colocado en el mismo suelo. En un movimiento perfecto, con mucha calma y dignidad, el despojo mortal Juan- Pablo II se dirigió hacia el interior de la basílica. Llegado sobre el límite máximo, el ataúd se devolvió una última vez, como para un último adiós y desapareció dentro de San Pedro, al canto del Magnificat. La emoción era intensa. Repentinamente me di cuenta perfecta que Juan- Pablo II se había muerto, que ya no lo volvería a ver, caí en cuenta cuánto me había acostumbrado a él, como si esto debía durar hasta una muerte hipotética. Y he aquí la muerte estaba presente, real.

Un ataúd de madera de ciprés es mejor que el abeto, a pesar de todo colocado allí, sin adornos, ni manillas de fantasía, ni decoraciones... Me imaginé que eso haría reflexionar sobre el pavimento que pisaban las personalidades colocadas sobre la derecha de la plaza. ¿Habrán pensado en la su propia muerte? ¿En su propio ataúd? ¿En el vacío de los cánticos fúnebres incluidos los que rodean a los grandes de este mundo? Pero ¿Qué hace toda este grande del mundo, aquí, en el Vaticano? Bush, Clington, Kharzaï, Khatami, todos nuestros europeos... ¿Kofi Annan y los otros? Nadie lo invitó, vinieron de ellos mismos. Desearon venir. ¿Por qué? Cada uno tendrá sus razones, pero el hecho revela la innegable proyección de Papa. Se reconoció y se aprecia a su persona y su acción de completa entrega por los hombres de este tiempo. A nosotros es a quienes se pide cómo ser creíbles en un mundo secularizado. El ejemplo del Papa ¿ ofrece o no un gran estímulos y caminos que deban explorarse?

Sobre la plaza de los estadistas, había también los jefes religiosos. Reconocí el gran abrigo marrón del Imanes Chiítas, otros musulmanes, los otros no podría decir. También estaban allí, y es la parte fundamental. Un pequeño gesto, pero un gesto potente para que la "guerra de las civilizaciones" no tenga lugar, que nunca más la religión no sea utilizada como arma de guerra, ya que suministrada en las manos de los manipuladores, es terrible. La alegría me llena el corazón, es histórico, realmente histórico. Este 8 de abril de 2.005 permanecerá en la historia como un hito. Y si se hubiera comprendido el nuevo espíritu, la nueva civilización: no de unos contra otros, sino los unos con y para, amando nuestras diferencias, yendo poco a poco hacia esta civilización de amor de la que América Latina ha comenzado a hablar hace 30 años. ¡No estaría ya muy lejos!

El Cardenal Ratzinger hizo bien las cosas, ninguna inflexión en la voz, con su fuerte acento alemán, siguió y sirvió el rito. Era una misa, la misa y es todo. Las lecturas leídas por bonita gente joven, las voces trabajadas del Sixtina, el pueblo que participaba gracias al cuadernillo distribuido sobre las sillas, al menos en los sacerdotes... La homilía de Ratzinger fue una homilía y no un panegírico. Supo mencionar la vida del Papa a través los grandes "es" de su vida, para terminar por la referente mención a María que tuvo tal lugar en su vida. Luego como un huérfano añade: "Podemos estar seguros que nuestro amado Papa está ahora a la ventana de la casa del Padre, que nos ve y que él nos bendice. Sí, puedes bendecirnos, santísimo Padre... "

Pero la vida continua. Aquí y allá las voces destacan la debilidad de este excepcional pontificado. Nada es e perfecto en este mundo. Habrá que reestablecer equilibrios, dejándose guiar por la vida y no por la ideología o la abstracción. La presencia masiva, alegre, interior y libre de los jóvenes a lo largo de estos días de lutos en Roma debe reconocerse, tenida en cuenta e interpretada para extraer las orientaciones pastorales de las cuales es portadora. ¡Y si evangelizar fuera un asunto sobre todo de autenticidad!

 

 

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