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Diccionario de valores oblatos... (54)



SACERDOTES

EUGENIO DE MAZENOD

Siendo joven sacerdote, Eugenio sintió atractivos opuestos respecto a su ministerio. Pero, en las cuestiones importantes, él no era naturalmente inclinado a tomar decisiones rápidas. El 28 de octubre de 1814 confiaba su dilema a su amigo Carlos de Forbin-Janson, quien primero había querido ir a China como misionero y luego, respondiendo a la recomendación de Pío VII, había tomado parte en la fundación de la Misión de Francia.

"No conozco todavía lo que Dios exige de mí, pero estoy tan resuelto a hacer su voluntad apenas la conozca, que partiría mañana a la luna […] Así te diré sin dificultad que estoy fluctuando entre dos proyectos: el de irme lejos a enterrarme en una comunidad muy regular de una Orden que siempre he apreciado; o bien, el de establecer en mi diócesis precisamente eso que tú has hecho con éxito en París […] Este segundo, sin embargo, me parecía más útil, dado el estado horroroso al que están reducidos los pueblos" [3].

En el siguiente mes de diciembre, durante su retiro anual, sus meditaciones sobre el Reino de Jesucristo, las banderas, y el servicio apostólico según los Ejercicios espirituales de San Ignacio le confirmaban en la orientación apostólica de su ministerio. En setiembre de 1815, al presentársele con claridad la forma exacta que éste iba a tomar, emprendía las etapas necesarias para su realización.

"Como el Jefe de la Iglesia está persuadido de que, en la infeliz situación en que Francia se encuentra, solo las misiones pueden hacer que los pueblos recobren la fe, que de hecho han abandonado, los buenos eclesiásticos de varias diócesis se reúnen para secundar las intenciones del Pastor supremo. Nosotros hemos estado en condiciones de experimentar la indispensable necesidad de emplear ese remedio en nuestras comarcas y, llenos de confianza en la bondad de la Providencia, hemos echado los cimientos de una fundación que proporcionará habitualmente fervorosos misioneros a nuestras zonas rurales […] Una parte del año se dedicará a la conversión de las almas; la otra, al retiro, al estudio, a nuestra santificación personal" [4]

Para comprender bien el pensamiento de Eugenio de Mazenod, hace falta recordar la situación religiosa de la Francia de su época. Durante la Revolución (1789-1799), todas las comunidades religiosas masculinas y femeninas habían sido suprimidas; sus casas y sus iglesias habían sido destruidas o destinadas a fines profanos; el clero diocesano había sido perseguido - ejecutado, encarcelado o reducido al exilio o a la clandestinidad - , y todos los seminarios habían sido cerrados por varios años. Los efectos de esta situación se hicieron sentir por mucho tiempo después de terminada la persecución abierta. El número de sacerdotes en activo entre 1809 y 1815 había bajado de 31.870 a 25.874.

Eugenio de Mazenod veía que la Iglesia no respondía a las necesidades de todos. Lograba apenas alcanzar a aquellos que habían permanecido fieles. No es que al clero le faltara celo; pero el número de sus miembros se había reducido mucho y se hacían viejos. La situación pastoral había cambiado; se precisaban métodos especiales. Tras la abdicación de Napoleón en 1815, empezó a revivir, a través de Francia, un método de renovación espiritual que había tenido en el país una larga y gloriosa historia: las misiones parroquiales. Eugenio tuvo un papel clave en esa renovación espiritual. En 1818 escribía lo que iba a ser más tarde el Prefacio de las Constituciones. Ahí expresó claramente su intención de fundar una sociedad de sacerdotes. Después de haber mencionado los desastres que afligían a la Iglesia y la escasez de los que respondían a su llamada, prosigue así:

"La vista de esos desórdenes ha conmovido el corazón de algunos sacerdotes celosos de la gloria de Dios, que aman a la Iglesia y que estarían dispuestos a sacrificarse, si hiciera falta, por la salvación de las almas.

"Están convencidos de que, si se formasen sacerdotes celosos, desinteresados, sólidamente virtuosos, en una palabra, hombres apostólicos que, convencidos de la necesidad de su propia reforma, trabajasen con todo su empeño en convertir a los otros, se podría abrigar la esperanza de hacer volver pronto los pueblos descarriados a sus deberes largo tiempo olvidados […].

"¿Qué hizo, en efecto, Nuestro Señor Jesucristo cuando quiso convertir el mundo? Escogió a unos cuantos apóstoles y discípulos a quienes formó en la piedad y llenó de su espíritu y, después de instruirlos en su escuela, los envió a la conquista del mundo […]

"¿Qué deben hacer a su vez los hombres que desean seguir las huellas de Jesucristo, su divino Maestro, para reconquistarle tantas almas que han sacudido su yugo? Deben trabajar seriamente por ser santos […], renunciarse por entero a sí mismos, poner su mira únicamente en la gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la edificación y salvación de las almas […].

"Tales son los frutos copiosos de salvación que pueden resultar de los trabajos de los sacerdotes a quienes el Señor inspiró el deseo de reunirse en sociedad para trabajar más eficazmente por la salvación de las almas y por su propia santificación […].

"Así los sacerdotes, al consagrarse a cuantas obras de celo puede inspirar la caridad sacerdotal, y principalmente a la obra de las santas misiones, que es el fin principal de su reunión, intentan someterse a una Regla y a unas Constituciones".

El primer artículo de las Constituciones escritas por el P. de Mazenod y aprobadas por la Santa Sede en 1826 resume los puntos básicos del Prefacio:

"El fin de esta pequeña Congregación de los Misioneros Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María […] es que, unos sacerdotes seculares, reunidos en comunidad y viviendo como hermanos, se entreguen principalmente a la evangelización de los pobres, imitando asiduamente las virtudes y los ejemplos de Nuestro Salvador Jesucristo".

Después de su retiro de 1831, el P. de Mazenod redactó un breve comentario en el que, tras haber citado este primer artículo, añadía: "Los medios que empleamos para lograr ese fin, participan de la excelencia del fin; son indiscutiblemente los más perfectos, porque son precisamente los mismos usados por nuestro divino Salvador , sus Apóstoles y sus Discípulos, es decir, la práctica exacta de los consejos evangélicos, la predicación y la oración, mezcla feliz de la vida activa y contemplativa de la que nos dieron ejemplo Jesucristo y los Apóstoles, la cual, por eso mismo, es sin discusión el punto culminante de la perfección que Dios nos ha dado la gracia de comprender; de esa práctica nuestras Reglas son solo el desarrollo" [5].

En el tercer capítulo de la segunda parte, titulado: "De las otras observancias principales", se encuentra también esto: "Ya quedó dicho que los misioneros deben, en cuanto lo permite la fragilidad de la naturaleza humana, imitar en todo los ejemplos de Nuestro Señor Jesucristo, principal fundador de la Sociedad, y de los Apóstoles, nuestros primeros padres.

"Imitando a esos grandes modelos, emplearán una parte de su vida en la oración, el recogimiento y la contemplación en el retiro de la casa de Dios en la que habitarán juntos. La otra parte, la consagrarán enteramente a las obras exteriores del celo más activo, como son las misiones, la predicación y las confesiones, la catequesis y la dirección de la juventud, la visita de enfermos y prisioneros, los retiros espirituales y otros ejercicios semejantes.

"Pero, tanto en la misión como en el interior de la casa, pondrán su principal empeño en avanzar por los caminos de la perfección eclesiástica y religiosa; se ejercitarán sobre todo en la humildad, la obediencia, la pobreza, la abnegación de sí mismos, el espíritu de mortificación, el espíritu de fe, la pureza de intención y lo demás; en una palabra, procurarán hacerse otros Jesucristo, exhalando doquiera el aroma de sus amables virtudes" [6].

Habiendo logrado realizar, tras un largo combate, en su propia vida de sacerdote, la unidad entre la acción y la contemplación, Eugenio prescribe una unidad semejante de objetivo y de vida para su Congregación, sociedad de misioneros, es decir, de sacerdotes que imitan a Jesucristo y siguen las huellas de los Apóstoles practicando las mismas virtudes y evangelizando a los pobres.

Esta unidad de vida resalta también en el mismo tercer capítulo, cuando el Fundador insiste en el puesto que hay que dar a la humildad: "Así llegarán a familiarizarse con la santa virtud de la humildad, que no cesarán de pedir a Dios como algo que les es sumamente necesario en el ministerio peligroso que ejercen. Pues, como ese ministerio produce de ordinario grandes frutos, sería de temer que los éxitos brillantes, que son obra de la gracia y cuyo honor por tanto se ha de referir por entero a Dios, fueran a veces un lazo peligroso para el misionero imperfecto que no estuviera bien ejercitado en esta principal e indispensable virtud" [7].

El empleo que Eugenio hace de la palabra "misionero" plantea un problema de hermenéutica al lector moderno. Esa palabra, en efecto, tiene para él un sentido más restringido que el que hoy le damos. Se puede comprobar en la primera parte de las Constituciones. La usa constantemente en el sentido que le habían dado el cardenal de Bérulle en 1613 y San Vicente de Paúl en 1617: designa a los sacerdotes de la Congregación [8]. Solo más tarde usará ese término para designar también a los sacerdotes enviados a las misiones extranjeras. Al dar a su sociedad el nombre de Misioneros de Provenza y, más tarde, el de Misioneros Oblatos de María Inmaculada, Eugenio de Mazenod tenía en la mente una sociedad de sacerdotes misioneros.

En una palabra, el Fundador utilizó la palabra misionero en el sentido que tenía desde dos siglos antes. Por eso, en el primer artículo del capítulo sobre los Hermanos, habla de ellos como de hombres que entran en la Congregación, no para ser misioneros, sino para salvar su alma. Sólo con el Concilio Vaticano II y con su teología del apostolado de los bautizados se empezó a hablar en los documentos de la Iglesia de los laicos como misioneros.

Los diversos ministerios de los miembros de la Congregación se enumeran en la primera parte de las Constituciones: las misiones, la predicación, la confesión, la dirección de la juventud, las cárceles, los moribundos, el oficio divino y las ejercicios públicos en la iglesia. En aquel tiempo, todos estos ministerios, excepto el rezo del oficio, estaban reservados al clero. Como el oficio divino se rezaba en latín, los hermanos no lo rezaban. Por tanto, todos los ministerios enumerados eran los de los clérigos.

¿Qué había sobre los trabajos apostólicos? El Capítulo general de 1824 reconoció que la aceptación de seminarios para la formación del clero diocesano era contraria a la letra más bien que al espíritu de nuestras Constituciones, y pidió por unanimidad que el superior general las modificara en ese sentido. Sin embargo, hasta 1853 no apareció esa adición en el texto de la Regla.

"El fin más excelente de nuestra Congregación, después de las misiones, es sin duda la dirección de los seminarios, donde se forman los clérigos […] Los misioneros se afanarían en vano por arrancar a los pecadores de la muerte, si no hubiera en las parroquias sacerdotes que, llenos del Espíritu Santo y siguiendo las huellas del Buen Pastor, se encargaran de apacentar con cuidado y constancia las ovejas que se han vuelto hacia él" [9].

La edición de 1853 abrogó también la prohibición absoluta de ejercer ministerio en favor de las religiosas, de predicar cuaresmas y de encargarse de parroquias. Aunque las misiones extranjeras hayan ocupado un lugar importante en la vida y el ministerio de la Congregación, hasta 1910 no se hará mención explícita de ellas en ningún artículo de las Constituciones. Esta laguna, sin embargo, fue compensada con la Instrucción sobre las misiones extranjeras que se publicó como anexo a las Constituciones desde 1853. Solo en 1928 presentaron las Constituciones un capítulo íntegro sobre los puntos principales de dicha instrucción.

La Instrucción se dirigía claramente a un instituto de sacerdotes cuyo ministerio consistía en convertir personas y conducirlas, por la predicación y la catequesis, a los sacramentos del bautismo, la penitencia y la eucaristía, y así a la plena comunión con la Iglesia. En una palabra, los misioneros estaban llamados a cumplir en el extranjero, en la medida posible, las mismas tareas que en Francia. Los hermanos son mencionados solo dos veces: como acompañantes del sacerdote y como profesores de oficios.

Eugenio de Mazenod no consideraba acabada la evangelización de los pobres mientras no desembocaba en la recepción de los sacramentos de la penitencia y la eucaristía. El ministerio del sacerdote era, pues, esencial a la actividad misionera. Es lo que resulta en primer lugar del párrafo de la Regla sobre la administración del sacramento de la penitencia:

"No hay duda de que en la alternativa deba preferirse el ministerio de la confesión al ministerio de la palabra, puesto que en el tribunal de la penitencia se puede suplir la falta de instrucción con los consejos particulares dados al penitente, mientras que el ministerio de la palabra, no puede suplir al de la penitencia instituido por Cristo Señor para reconciliar al hombre con Dios. Por eso, nunca se rehusará acceder a los deseos de las personas que piden confesarse, ya sea en misión, ya fuera del tiempo de las misiones" [10].

Que el Fundador mirara el ministerio sacramental como necesario a la evangelización, nos lo revela también un hecho referido por Mons. Vidal Grandin. A causa de la costumbre de los amerindios de tolerar la poligamia y el divorcio, los misioneros no admitían a la eucaristía más que a algunos ancianos convertidos: "He oído contar a Mons. Taché que nuestro venerado Fundador, con quien estaba, le hizo esta pregunta: '¿Tiene usted muchas comuniones entre sus fieles?' 'Monseñor, respondió el joven obispo [tenía entonces 28 años], aún no hemos osado admitir más que a algunos ancianos' '¿qué me dice?, replicó con extrañeza el Superior general de los oblatos, ¡no ha admitido más que a algunos ancianos y usted supone poder cristianizar ese pueblo! No cuente con ello sin la Santa Eucaristía…' " [11].

Eugenio de Mazenod ha fundado, pues, una Congregación de sacerdotes que serían misioneros, es decir, que irían a predicar el evangelio por los campos de Provenza a fin de llevar a Jesucristo y a la práctica religiosa los pueblos pobres y espiritualmente abandonados. Envió sus misioneros a Inglaterra, a América del Norte, a Asia y a Africa con el mismo objetivo, pero también para prestar cuidado a las personas que no tenían sacerdotes, volver a la Iglesia a los cristianos no católicos y convertir a quienes nunca habían oído el Evangelio. Para Eugenio, los oblatos debían ser más que sacerdotes ordinarios. Su vocación era la de ser misioneros, y para serlo, debían ser sacerdotes. Pero para responder a su vocación misionera, habían de ser sacerdotes ejemplares, y para serlo justamente eran religiosos. Estas tres características: sacerdote, misionero y religioso, son esenciales a la Congregación, y lo mismo a cada oblato, esté o no esté ordenado.


[11] GRANDIN, Vital, Quelques notes sur Monseigneur Taché omi, citado por BENOIT, P. Vie de Mgr Taché, Montreal, 1904, p. 333 s.