Tratar adecuadamente de todas las formas de oraciones remontándonos hasta el tiempo del Fundador sería tarea excesiva para el presente artículo. Me ceñiré, por tanto, a una forma de oración: "la oración silenciosa y prolongada de cada día" (C 33), o sea, la oración mental a la que los Oblatos se dan a diario.
LA ORACIÓN EN LA BIBLIA Y EN LA HISTORIA DE LA ESPIRITUALIDAD HASTA EL TIEMPO DEL FUNDADOR
Los hebreos no tenían un término genérico para designar la oración. Recurrían a una multitud de expresiones para traducir las múltiples formas de dirigirse a Dios, por ejemplo: acción de gracias, lamentación, canto, danza, alabanza, postración, elevación, escucha.
Los autores del Nuevo Testamento utilizan también varias expresiones que, sin embargo, tienden a reducirse a la palabra proseuché cuando hablan de la oración en general. Ese es, por ejemplo, el término que usa Lucas para describir la escena de la habitación superior después de la ascensión: "Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús…"(Hch 1, 14). Aun manteniendo cierto carácter genérico, Pablo distingue las oraciones, proseuchas, de las peticiones, súplicas y acciones de gracias [1]. Los sinópticos suelen usar el nombre proseuché o su forma verbal para destacar la oración solitaria de Jesús [2]. Además, emplean ese término para designar la actitud general de los cristianos en la oración (Mt 5, 44; Lc 18, 1) así como "la oración en lo secreto" (Mt 6, 5-8). Proseuché indica también el lugar en que se ofrecen las oraciones; de ahí el nombre oratorio [3].
En su época los Padres griegos siguieron usando la palabra proseuché, mientras que los Padres latinos incluían el sentido fundamental de ella en el término oratio, del que se derivan oración y oratorio. La Iglesia de oriente como la de occidente dieron a sus respectivos vocablos un sentido primero de petición. La palabra significaba, entonces, para todos los efectos, oración de petición. Con todo, San Agustín, entre otros, procuraba indicar que la verdadera oración consiste más en una elevación del corazón a Dios -affectus cordis et desiderium- que en una larga serie de peticiones precisas [4].
En la Edad Media se hacen varias distinciones acerca de la oración. Por ejemplo, se distingue entre el singular y el plural de la palabra. En singular, indica la elevación del interior de una persona a Dios, de cualquier forma que sea. En plural, la palabra se refiere a las peticiones particulares que se dirigen al Señor. Otro ejemplo es la diferencia que se hace entre la oración de meditación y la de contemplación. La primera consiste en una aplicación laboriosa de la inteligencia y la imaginación a las cosas de Dios en relación con la condición humana. La finalidad de este ejercicio es llegar a la compunción y a mayor pureza de intención. En cambio, la oración de contemplación quiere ser una mirada más serena y más afectiva dirigida al Señor. El verbo orare engloba las diferentes formas de oración, desde el Oficio divino a la contemplación [5].
Desde el s. XVI hasta la época de Eugenio de Mazenod se insiste mucho en la oración, que es presentada como un ejercicio espiritual bien preciso. Varios maestros, como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Francisco de Sales, Pedro de Bérulle y Juan Santiago Olier con la escuela francesa de espiritualidad, proponen diversos métodos de oración o profundizan el estudio de los grados de la oración. Durante esos siglos, la palabra se usaba todavía en sentido genérico, incluyendo toda forma de oración. Pero, a la larga, terminó por designar una forma específica de oración: la oración personal solitaria con sus métodos y sus grados. Se habla, entonces, del método de oración de san Ignacio, del de Francisco de Sales o de Bérulle, o también de los diferentes grados o modos de oración: oración mental, oración afectiva, oración del corazón, oración de quietud, oración de unión, etc. [6]
[1] Cf. 1 Tim , 2, 1.
[2] Cf. Mc 1, 35; Lc 5, 16; 6, 12; 9, 28; 11, 1; 22, 41, etc.
[3] Cf. "Oraison", en Dictionnaire de Spiritualité, París, 1982, t. 11. col. 831 s. "Prière": ib. t. 12, col. 2196-2347.
[4] Cf. carta a Paulino de Nola, nº 149: 2, 14-16; a Proba, nº 130: 7, 17 a 9, 18.
[5] Cf. "Oraison": DS, t. 11, col. 832-834; "Prière", t. 12, col. 2271-2288.
[6] Cf. "France": DS, t. 5, col 891-997; "Oraison", t. 11, col. 834-846; "Prière", t. 12, col. 2295-2317.