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Diccionario de valores oblatos... (54)



ACCIÓN-CONTEMPLACIÓN

Este artículo sobre uno de los valores de la espiritualidad oblata de ayer y de hoy trata un tema de suma importancia tanto para el carácter misionero de la Congregación como para el oblato deseoso de vivir lo más fielmente posible la vocación que ha recibido. La cuestión se plantea así: ¿cómo establecer un equilibrio entre la acción en la que debemos empeñarnos y la búsqueda de la contemplación que forma parte integrante de la llamada universal a la santidad?

Pocos oblatos tienen dificultad en captar el sentido de la palabra acción. Desde el origen de la Congregación hemos sido misioneros en todos los sentidos de la palabra. La comunidad apostólica es un rasgo esencial e innegable del carisma y del carácter de los oblatos.

La palabra “contemplación”, al contrario, tiene un sentido mucho más incierto, no solo para los oblatos, sino prácticamente para todos. A lo largo de toda la historia de la Iglesia, la contemplación ha sido objeto de hipótesis muy diversas. Por eso, la primera parte de este artículo tratará de identificar ciertos significados a fin de discernir más justamente sus relaciones con nuestra misión.

LA CORRELACIÓN ENTRE ACCIÓN Y CONTEMPLACIÓN ANTES DEL SIGLO XIX

La palabra contemplación no existe como tal en la Sagrada Escritura. Cuando los teólogos buscan en la Biblia indicios de lo que en general se entiende por contemplación, nos suelen hablar de conocimiento de Dios, especialmente del conocimiento espiritual del creyente. La noción de contemplación se aproxima entonces a la visión, a la profecía o a la experiencia de una revelación particular[1].

Sin embargo, numerosos elementos conectados con el sentido que hoy se da a este término se hallan en expresiones bíblicas tales como “quien viene”, “quien escucha”, “quien mira”, “heme aquí”[2]. Se descubren en la Escritura ejemplos de contemplación que ninguna palabra designa expresamente. Cuando, por ejemplo, en medio de toda la actividad que rodea el nacimiento de Cristo, Lucas escribe: “María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón” (2,19), posiblemente habla de la contemplación del misterio de la Encarnación por María. Marcos se refiere probablemente a la contemplación de Jesús cuando, en el contexto de una actividad intensa , indica: “A la mañana, mucho antes de amanecer, se levantó, salió y se fue a un lugar desierto y allí oraba” (1,35).

La palabra griega para contemplación es theoria cuyo primer significado expresa la acción de mirar con asombro y delicia un espectáculo, como un desfile o una ceremonia religiosa. Por extensión se puede aplicar a la meditación , a la reflexión o al razonamiento filosófico. El término latino contemplatio se deriva de templum que, en su origen, designaba un lugar indicado por los augures para la observación de los presagios. En su forma verbal, indica así la concentración, sea de los ojos, sea del espíritu. En ambas lenguas la contemplación adquiere un matiz místico cuando significa ver a Dios con los ojos del corazón.

Durante la época patrística[3], la escuela de Alejandría parece haber sido la primera en relacionar entre sí acción y contemplación en el contexto de la vida espiritual. Con todo, tanto en Clemente como en Orígenes, aparece cierta jerarquía entre las nociones: una es inferior a la otra y un paso para alcanzarla. Orígenes es el primero que presenta a Marta y María e igualmente a Pedro y Juan como ejemplos de vida activa y contemplativa.

San Agustín propone tres maneras diversas de entender la vida activa y la vida contemplativa. Aquí abajo vivimos la vida activa, mientras que estamos destinados a la vida contemplativa en la eternidad. En este sentido, se da una separación radical entre las dos. El obispo de Hipona las ve también como dos aspectos, dos funciones o dos fuerzas en la vida de todo cristiano. Estas fuerzas pueden entrar en conflicto en la medida en que, en un momento dado, ciertas acciones son incompatibles con la contemplación. Sin embargo, hay algo de ambas funcionando habitualmente en el conjunto de la existencia humana. En este contexto habla él de la superioridad objetiva de la contemplación sobre la acción. Subjetivamente, con todo, y hablando de modos habituales de vida, Agustín presenta tres géneros de vida cristiana auténtica: la contemplación o el estudio sereno de la verdad, el compromiso activo en la gestión de los asuntos humanos y una combinación de ambos, cierta vida mixta.

San Gregorio Magno desarrolla las ideas de Agustín con el siguiente matiz: la vida activa comprende la ejercitación directa de las virtudes morales (justicia, templanza, fortaleza, etc.), así como las obras de misericordia corporales (alimentar a los hambrientos, educar a los ignorantes, atender a los enfermos, etc.). En este contexto, corresponde a lo que más tarde los teólogos llamarán vía purgativa y vía iluminativa. En cambio, la vida contemplativa se caracteriza por la acción de las virtudes teologales y constituye así lo que los escolásticos posteriormente describen como vía unitiva. Más que sus predecesores, Gregorio sostiene que la vida contemplativa es para todos, prescindiendo de clase y de vocación. Considera los dos géneros de vida como etapas normales en el crecimiento espiritual de cada uno y admite así la posibilidad de la contemplación para todos.

Santo Tomás profundiza la teología de San Gregorio y San Agustín[4].Por una parte, ve en la vida activa y la contemplativa dos estados de vida, de donde surge la división de los institutos religiosos en activos y contemplativos. Por otra parte, considera la acción y la contemplación como aspectos, funciones y fuerzas intrínsecas en el contexto del desarrollo de una persona. Entonces, son posibles tres clases de relaciones entre la acción y la contemplación: la acción puede disponer para la contemplación¸ la una puede alternar con la otra, y la acción puede emanar de la contemplación. La acción tiene así valor de ascesis en relación con la gracia mística de la contemplación. La acción puede también tener un valor espiritualizador propio en cuanto expresión de amor a Dios y al prójimo en el apostolado. Vista de este modo, la dimensión activa de la vida pone el acento en la ascesis, el comportamiento y el aspecto práctico; mientras que la dimensión contemplativa subraya su carácter místico, estético y especulativo. Según Tomás de Aquino, que en su definición de la contemplación se inspira en el carisma de la Orden de Predicadores, el objetivo de aquélla sería el compartir con otros sus frutos mediante alguna actividad: contemplata aliis tradere (comunicar a los otros lo que uno ha contemplado)[5].

San Ignacio de Loyola revoluciona completamente la teología y la práctica de la vida activa o apostólica a la vez que sus relaciones con la vida interior. Además, utiliza los términos de meditación y de contemplación en forma distinta a la de sus predecesores. La meditación consiste en reflexionar muy activamente sobre un punto del evangelio; la contemplación, en cambio, pone el acento en la participación en una escena del evangelio, tratando de imaginar, ver, sentir, etc., lo que sucedía en el tiempo de Jesús. Así, aunque más receptiva y afectiva que la meditación, la contemplación , para él, permanece altamente discursiva, es decir activa[6].

San Juan de la Cruz penetra en el núcleo mismo de la cuestión. Siguiendo a San Gregorio de Nisa, al Seudo-Dionisio, a los místicos renano-flamencos, al autor de La Nube del no saber, etc., Juan pone de relieve que la contemplación, mirada desde Dios, es la acción inmediata y directa, transformante y purificadora del Padre, del Hijo y del Espíritu en nosotros[7]. De parte del ser humano, consiste en un estado de apertura amorosa a la intimidad divina y de abandono de sí mismo en el amor de Dios. Así, la contemplación resume todas las formas de la oración discursiva a la vez que se distingue radicalmente de ellas. Según el doctor místico, tanto la manera tomista como la ignaciana de abordar la contemplación serían de naturaleza fundamentalmente discursiva. Para Juan de la Cruz, no solo la vida contemplativa debe favorecer a la contemplación, sino que la contemplación de Dios es la única razón de ser de aquella. Cada detalle de la vida contemplativa toma su sentido del fin al que ella tiende : permanecer amorosamente en presencia del Amado”[8]


[1] Cf “contemplación” en Dictionnaire de spiritualité, Paris, 1949, t. II, col. 1645-1716 y en Dictionnaire de la vie spirituelle, Paris, 1983, p. 177-187.
[2] Cf. NEMECK, F. K. Y COOMBS M. T. , Contemplation, Wilmington, 1984, p. 21-43.
[3] AUMANN, J., St. Thomas Aquinas, Summa Th. Vol. 46 Action and Contemplation, New York,1966, p90-l02; D.S. II, col. !716-1948.
[4] Cf.Suma Teol. II,II, c.179-182 y 186-189; D.S. t. II, col. 1948-2023.
[5] Suma Teol. II, II, c. 188, a. 6-7.
[6] Cf. D.S., II, col. 2023-2029, 2052-2055 y 2102-2119.
[7] Cf. NEMECK, F.K - COOMBS, M.T., Contemplation, p. 9-146 y The Spiritual Journey, p.75-95, 114-124, 210-227.
[8]