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Diccionario de valores oblatos... (54)



IGLESIA

INTRODUCCIÓN

1. LA IGLESIA EN LA TRADICION OBLATA

Si alguien nos pidiera la definición del oblato, no vacilaríamos en responder: "El oblato es un hombre de Iglesia". Pues, desde el comienzo, Eugenio de Mazenod estableció un nexo entre la vocación oblata y la Iglesia.

"Veía a la Iglesia amenazada de la más cruel persecución […] Entré, pues, en el seminario de San Sulpicio con el deseo, mejor dicho, con la bien determinada voluntad de entregarme del modo más absoluto al servicio de la Iglesia, en el ejercicio del ministerio más útil a las almas, a cuya salvación deseaba ardientemente consagrarme" [1].

La Revolución francesa había diezmado a la Iglesia en sus mejores elementos: Napoleón había secuestrado al Papa Pío VII en Savona y obligado al colegio de los cardenales a establecerse en París. Algunos seminaristas, entre ellos Eugenio, se habían puesto al servicio de ellos. "Siendo aún diácono y luego novel sacerdote, tuve el honor de consagrarme, pese a la vigilancia más activa de una policía recelosa, al servicio de los cardenales romanos con relaciones cotidianas" [2].

Cuando escribió la Regla para su incipiente Congregación, su primer pensamiento va a la Iglesia: "La Iglesia, preciada herencia que el Salvador adquirió a costa de su sangre, ha sido en nuestros días atrozmente devastada […] En esta lamentable situación, la Iglesia llama en su auxilio a los ministros a quienes confió los más preciados intereses de su divino Esposo […]" [3].

En la mente del fundador, los oblatos son llamados a hacer revivir la Iglesia, su vocación coincide con la de los Apóstoles: "Nada en la tierra está por encima de nuestra vocación. Entre los religiosos, unos son llamados a un bien, otros a otro; algunos están destinados, aunque indirectamente, al mismo fin que nosotros. Pero para nosotros, nuestro fin principal, casi único yo diría, es el mismo que tuvo en vista Jesucristo al venir al mundo, el mismo que él dio a los Apóstoles, a quienes sin duda enseñó el camino más perfecto. Así, nuestra humilde Sociedad no reconoce más institutor que Jesucristo, que habló por boca de su Vicario, ni más Padres que los Apóstoles" [4].

Otra indicación de la estrecha relación entre el oblato y la Iglesia es el deseo del fundador de restaurar, a través de la Congregación, el esplendor de las Órdenes religiosas destruidas por la Revolución: "Por eso tratarán de revivir en sus personas la piedad y el fervor de las Órdenes religiosas destruidas en Francia por la Revolución" [5].

El amor del oblato a la Iglesia es un amor de identificación. En muchos lugares de misión, los oblatos constituyen la única presencia de la Iglesia, son la Iglesia. Es también un amor fecundo. En muchos puntos de la tierra los oblatos han sido constructores de comunidades, de diócesis y de parroquias. La vocación del oblato es construir la Iglesia donde todavía no ha nacido o, también, donde ella está pasando dificultades.

El oblato, pues, está llamado a engendrar la Iglesia por el anuncio y el testimonio del Evangelio. En este sentido puede decirse que los oblatos son los hombres del Papa y de los obispos.

El carácter distintivo de los oblatos es el amor y la evangelización de los más pobres; su estilo es la sencillez, su modo de ser, la movilidad, su fin principal, hacer surgir la comunidad cristiana y correr hacia los ámbitos que ignoran aún el mensaje de la salvación.

Juan XXIII dirá que Eugenio de Mazenod "es digno de ser inscrito en el número de aquellos que han tenido mérito notable en el movimiento de renacimiento misionero de los tiempos modernos, émulo de aquellos sacerdotes y de aquellos obispos que han sentido latir en sus pechos el corazón de la Iglesia universal" [6].

2. CRISTO Y LA IGLESIA

Una de las características de la espiritualidad oblata es la unión íntima de Cristo con la Iglesia: "La experiencia de Eugenio de Mazenod muestra un rasgo característico que querríamos subrayar brevemente. El amor de Cristo y el amor de la Iglesia forman la savia de la vida de todo cristiano; son los dos polos de atracción de la vida de todos los santos. Estos dos amores deben emerger de forma más o menos explícita. En la vida de los santos en general, solo después del encuentro con Cristo va madurando poco a poco el encuentro con la Iglesia. Pensemos, aunque no es este el lugar de desarrollar el tema, en Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, etc. Fue a partir de su encuentro con Cristo como la Iglesia fue floreciendo despacio, a veces penosamente, tras ciertas incomprensiones y titubeos.

"Eugenio de Mazenod parece haber sentido desde el comienzo esa transfusión completa de ambos amores, hasta el punto de ver aplicado el principio de los vasos comunicantes: cuando aumenta su amor a Cristo, aumenta su amor a la Iglesia y viceversa" [7].

En la famosa pastoral de 1860 que nos presenta la síntesis de su eclesiología, Eugenio escribe: "¿Cómo sería posible separar nuestro amor a Jesucristo del que debemos a su Iglesia? Estos dos amores se funden: amar a la Iglesia es amar a Jesucristo y viceversa. Se ama a Jesucristo en su Iglesia porque ella es su esposa inmaculada, salida de su costado abierto en la cruz […]" [8].

La unión de Cristo y de la Iglesia representa también la unión entre Cristo y nuestra alma: "Nuestro Señor Jesucristo quiso describir en su vida mortal todos los destinos de los hijos de los hombres, cuya naturaleza había asumido en su misteriosa encarnación. El hombre en el estado al que lo redujo el pecado, pobre, doliente, humillado, condenado a muerte, tal se hizo aquel que es el hijo único de Dios y que pasó a ser también el hijo del hombre, como él mismo se designó. Abrazó nuestra causa hasta identificarse con nosotros, hasta adoptar en su humanidad todo lo nuestro que era compatible con la infinita perfección de su divinidad, consintiendo, dice el Apóstol, ser probado en todo menos en el pecado (Heb 4, 15); así es el esposo de la Iglesia y de nuestras almas, y su Iglesia misma es su cuerpo místico, y nosotros, todos los que hemos sido bautizados en un mismo espíritu (1 Co 12, 13), todos juntos con él no somos más que los miembros de ese cuerpo (1 Co 12, 27) que es el suyo. En esta unión admirable entre Jesucristo y nuestras almas consiste el misterio de nuestra participación en su gracia, y por la gracia en su gloria. Pero, como él se unió a nosotros en la humillación, en los dolores, en la completa indigencia de nuestra naturaleza caída, es preciso que, mediante el fiel concurso de nuestra voluntad, nosotros nos unamos a él en las vías de su misericordia y de su amor, para levantarnos de nuestra caída y ser conducidos a su Padre" [9].

3. LA ESPIRITUALIDAD DE SAN SULPICIO

La unión íntima entre Cristo, el cristiano y la Iglesia constituye una de las claves de la espiritualidad del fundador. La ha tomado de la espiritualidad sacerdotal recibida en el seminario de San Sulpicio.

El seminario de San Sulpicio fue fundado en 1642 por Juan Santiago Olier para responder a las exigencias del concilio de Trento sobre la reforma del clero. La espiritualidad de Olier insiste en la encarnación y el sacerdocio de Cristo: "Ya no puede haber yo en un sacerdote, pues el yo de los sacerdotes debe convertirse en Jesucristo, que les hace decir en el altar: Esto es mi cuerpo, como si el cuerpo de Jesucristo fuera el cuerpo mismo del sacerdote" [10]. El sacerdote es quien prolonga la vida de Jesucristo viviente, un Jesucristo jefe de su Iglesia [11].

Impregnado de esta espiritualidad, Eugenio comprende que su amor a Cristo debe llevarle a identificarse con Él.

"[…] la devoción de los novicios debe sobre todo centrarse en la persona sagrada de nuestro adorable Salvador. Lo que deben proponerse durante el tiempo de su prueba es establecer en sus corazones el reinado de Jesucristo y llegar hasta el punto de no vivir más que de su vida divina, pudiendo decir con San Pablo: Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí, vivo ego jam non ego, etc. (Ga 2, 20)" [12].

Identificarse con Cristo significa vivir la vida de Él, recorrer con Él el camino del calvario, soportar todas las pruebas que El conoció en la tierra: el desierto, el ayuno, la tentación, el sufrimiento, la fatiga, las contradicciones de la vida pública.

"Por la noche nos encontramos juntos en la montaña para recoger el fruto de sus oraciones y, durante el día […] escuchamos con recogimiento su divina palabra y, como María, su santa Madre, la meditamos interiormente en nuestros corazones (Lc 2, 19); nos impregnamos de los sentimientos de nuestro Redentor, nos entregamos a las inspiraciones de su amor, ponemos nuestra alma al ritmo de la suya, hasta que, estando Él mismo formado en nosotros (Ga 4, 19), vivamos de tal modo de su vida humillada, laboriosa y penitente, y nos conformemos de tal modo a su imagen, sin cesar reproducida ante nuestros ojos, que Él sea respecto a nosotros el primogénito de muchos hermanos y que tras haber sido llamados, seamos justificados y tras haber sido justificados, seamos glorificados (Rom 13, 29-30)" [13]. El oblato "no pudo resucitar con Jesucristo sino después de haber muerto con Él" [14]. Su consagración lo identifica con Cristo, con su vida, sus virtudes, sus pruebas, su Cuerpo que es la Iglesia.


* Nos hemos permitido variar levemente este esquema, que en el original no parecía coherente, añadiendo por nuestra cuenta el título II. Puntos destacados…El texto sigue en todo igual (N. del T.).
[1] Memorias de Mons. de Mazenod, 1845: Sel. de Text. nº 50.
[2] Carta al cardenal T. Gousset, 21-7-1852; citada en REY, II, p. 423.
[3] C y R de 1818, parte 1ª, c. 1, § 3, Nota bene.
[4] Al P. Mille y oblatos de Billens, 1-11-1831: Ecr. Obl. I, t. 8, nº 406.
[5] C y R de 1818; parte 1ª, c. 1, § 2, art. 2.
[6] Alocución en la ordenación de obispos misioneros, 21-5-1861.
[7] D' ADDIO, A., "Cristo Crocifisso e la Chiesa Abbandonata", Roma,1978, p. 157.
[8] Pastoral de 16-2-1860: Sel. de Text., nº 51.
[9] Pastoral de 8-2-1846. Cf. MAMMANA, "Eugenio de Maz. y la Iglesia" : SEO, 27 (1989) p. 13.
[10] OLIER, J.J., Traité des Saints Ordres, IIIª p., c. VII, en LEFLON, I, p. 327 [ed. esp., p. 183].
[11] Ib. c. VI.
[12] Directoire des novices, ms. AG. Cf. MAMMANA, art. cit., p. 6.
[13] Pastoral de 8-2-1846. Cf. MAMMANA, a.c. p. 17.
[14] Ib., p. 13.