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Diccionario de valores oblatos... (54)



OBEDIENCIA

Este artículo pretende estudiar el voto de obediencia tal como lo comprendió el Fundador, como lo desarrollaron los Capítulos y superiores generales, y como lo expresan las Constituciones de 1982. El autor no intenta de ningún modo elaborar una teología o una espiritualidad de este voto ni hacer un estudio sobre la virtud de la obediencia.

EL PENSAMIENTO DEL FUNDADOR

A la luz de los escritos del Fundador, de 1809 a 1857, vemos que su pensamiento acerca del voto de obediencia se inspira en la doctrina comúnmente difundida en su tiempo. Esta se apoya en la enseñanza de santos como Tomás de Aquino, Buenaventura, Teresa de Jesús y el venerable Caraffa, y sobre todo en la doctrina sobre la obediencia ciega de San Ignacio de Loyola. Tal doctrina se mantuvo constante y casi inflexible hasta el fin de su vida.

1. NATURALEZA DE LA OBEDIENCIA

En las Constituciones y Reglas de 1818 no ofrece definición alguna de la obediencia. Pero da las razones por las que este voto debe ser tenido como "el principal y más esencial de todos" [1]. Hace suyo el pensamiento de S. Tomás de Aquino, para quien por el voto de obediencia "se ofrece más a Dios que por los otros votos", "comprende a todos los demás" y "una cosa es tanto más perfecta cuanto más nos acerca al fin para el que fue instituida" [2].

Con todo, al tratar de la extensión de la obediencia, indica brevemente los elementos esenciales de este voto: a. exige la sumisión de "la voluntad e incluso del entendimiento"; b. el superior "tiene el poder de ordenar en nombre del Señor", y c. "obedeciendo, se cumple la voluntad de Dios con más certeza que haciendo cualquier otra cosa por libre opción" [3].

La obediencia tuvo siempre importancia capital en la vida religiosa y sacerdotal del Fundador. Para él, la obediencia es "el fundamento de todo el edificio religioso" [4], y los oblatos deben ser "hijos de obediencia" [5]. Ya a su entrada en el seminario de San Sulpicio es evidente la estima que tiene de esta virtud. He aquí una de sus resoluciones de retiro de octubre de 1808: "Dedicación absoluta a las órdenes de los superiores, sumisión perfecta a las menores indicaciones de su voluntad, por pueriles que parezcan y por duras que puedan resultar para un hombre que ha vivido hasta los 26 años en la más completa independencia […] Observancia escrupulosa de la regla, aun cuando llegue a parecer meticuloso a los ojos de varios compañeros" [6]. Añade: "Nada contra Dios es la divisa indispensable de todo cristiano" [7].

Para él la obediencia es el medio seguro para cumplir siempre la voluntad de Dios y asegurar la salvación. "¡Oh santa obediencia! camino seguro que conduce al cielo. Ojalá no me aparte nunca de la línea que me trazas, ojalá sea siempre dócil a tus consejos más pequeños. Sí, querido hermano, fuera de este sendero, no hay salvación para nosotros" [8].

Al convertirse en fundador de una Congregación, era normal que exigiera de todos sus miembros una obediencia completa. Cuando se entera de que el P. Santoni habló de su falta de entendimiento con el Fundador, escribe al P. Pedro Aubert que la vida religiosa está allí "donde no se debe conocer otra cosa que la obediencia" [9].

2. LAS CARACTERISTICAS DE LA OBEDIENCIA

Es interesante observar que lasmismas características mencionadas en la primera redacción de las Constituciones de 1818 se repiten en la segunda circular del 2 de febrero de 1857 [10]. En ambos documentos pide que la obediencia sea pronta, humilde y universal. Las mismas características van a aparecer en todas las ediciones de la Regla hasta el Vaticano II.

a. Obediencia pronta

El Fundador parece exigir cierta inmediatez en la ejecución de las decisiones de los superiores. Escribe al P. Bermond en 1842: "Hacen falta hombres […] de obediencia absoluta que actúen prontamente y de buena gana en contra de sus propias ideas" [11]. Espera que, una vez tomada la decisión por el superior, los súbditos dejen sus propias opiniones y sus objeciones y pasen completa e inmediatamente a la ejecución de lo mandado. Deben suspender los razonamientos, de forma que, aunque la decisión parezca irrazonable, debe llevarse a cabo. Escribe al P. Vicente Mille: "En nombre de Dios, no razone nunca cuando se trata de obediencia. Lo mejor será siempre cumplir simplemente lo que está prescrito" [12]. Toda discusión y todo razonamiento deben cesar "cuando ya no hay que discutir y yo me he pronunciado del modo más formal" [13].

En 1836, en carta al P. Casimiro Aubert, el Fundador recurre a una alegoría para demostrar la importancia de la obediencia pronta: "Todo lo que exijo en esas coyunturas penosas y molestas, es que el piloto ordene en la tempestad y que toda la tripulación obedezca en silencio […]" [14]. Exige esa prontitud por razón de la urgencia en llevar a cabo la obra que Dios le confió.

b. Obediencia humilde

Para el Fundador, la humildad en el campo de la obediencia se muestra sobre todo en una indiferencia total por los gustos y opiniones personales para adherirse a la decisión del superior con toda sumisión. La indiferencia del religioso ante las decisiones de los superiores exige una profunda humildad. Escribe al P. Courtès en 1831: "Lo esencial está en que uno se resuelva a la obediencia y a una total indiferencia respecto a este empleo o a otro, a este superior o a otro; sin esto no se ha logrado nada" [15].

El Fundador pide una humildad que lleve al religioso a evitar toda murmuración, toda crítica, toda recriminación, una vez tomada la decisión del superior. Es una humildad que exige renunciamiento total a los gustos y preferencias interiores que podrían surgir. En 1831 escribe al P. Mille: "Así , si usted renuncia por entero a sí mismo, a sus gustos y aun a los razona- mientos que su espíritu pudiera sugerirle, llegará a cumplir […] con el delicado cargo que se le ha impuesto" [16].

A consecuencia de una decisión del Fundador que no podía ejecutar,el P. Santoni, provincial había presentado su dimisión a Mons. de Mazenod. Por supuesto, éste se la rehusó; le respondió con estas palabras: "Lea sus santas Reglas sobre la obediencia; […]no se trata de convenio […] ese pretendido convenio no es admisible para con ningún superior; […] le falta a usted algo indispensable, que es la gracia de estado […] Para terminar, en la religión no se trata de convenio, sólo se conoce la obediencia […] Yo le mando, pues, en virtud de la santa obediencia, que continúe sirviendo a la Congregación en esa calidad de Provincial" [17].

La sumisión de la voluntad e incluso de la inteligencia que exige el Fundador presupone, en sus religiosos, una profunda humildad, ya que se trata de renunciar a lo más personal y precioso que hay en el corazón del hombre.

c. Obediencia universal

Según el pensamiento del Fundador, un superior puede exigir de su súbdito, ya en cuanto al voto, ya en cuanto a la virtud, cualquier acción que no sea manifiestamente pecado. En una carta escribe: "No hay nada contrario a nuestro Instituto más que lo que ofende a Dios. Todo lo demás está sujeto a la obediencia […] Usted se ha comprometido a todo lo que la obediencia pueda prescribir, y cae bajo su dominio todo lo que no es pecado […] Todo está dicho para los súbditos una vez que han recibido su obediencia […]" [18].

Evidentemente, el Fundador no exige esta clase de obediencia más que cuando su decisión es definitiva, es decir, "cuando han recibido su obediencia los súbditos […]". Entonces, la obediencia no se limita a los artículos de las Constituciones y Reglas, sino que se extiende a toda acción que no es pecado. Para el Fundador, "este principio es incontestable" [19].

En virtud de esta noción de la obediencia, el Fundador reconoce en los superiores un poder casi ilimitado. Escribe al P. Tempier que debe realizar la visita canónica en la misión del Canadá: "Obre con autoridad, no ande con miramientos con nadie cuando se trate de restablecer la regularidad y la obediencia […]" [20]. Escribe también al P. Mille: "El Superior no puede sujetarse a ninguna condición". Este aspecto de la obediencia puede parecer exagerado a nuestro pensamiento moderno. Pero si el Fundador, como todos los fundadores de órdenes, pedía a todos sus miembros una disponibilidad total, era para que se cumpliese la misión de Cristo confiada a la Congregación por medio de la Iglesia.

3. LOS MOTIVOS DE LA OBEDIENCIA

¿Por qué razones insistió tanto el Fundador en la necesidad de la obediencia?. Se pueden aducir muchas. Bástenos, con todo, fijar la atención en éstas: la imitación de Cristo, el apostolado, la unidad de la Congregación, la paz y la dicha de los religiosos y el mérito de las obras bien hechas.

a. La imitación de Cristo

La vida entera del Fundador estuvo centrada en la imitación del Salvador. Siendo todavía diácono en San Sulpicio, escribe en una conferencia espiritual: "No habiendo imitado a mi modelo en su inocencia ¿se me negará imitarle en la entrega por la gloria de su Padre y la salvación de los hombres?" [21] Se puede decir que estaba obsesionado con Cristo y que su único deseo era configurarse con Él. No sorprende, por tanto, que el primer artículo de las Constituciones y Reglas de 1818 subraye este aspecto: "El fin del Instituto de los Misioneros llamados de Provenza es, en primer lugar, formar una agrupación de sacerdotes […] que se esfuerzan por imitar las virtudes y los ejemplos de Nuestro Salvador Jesucristo" [22]. En sus notas de retiro de 1831 escribe también: "Todo está ahí: que se esfuercen por imitar las virtudes y los ejemplos de nuestro Salvador Jesucristo. Que se graben estas palabras en el corazón, que se escriban por todas partes para tenerlas sin cesar ante los ojos" [23]. Al invitarnos a imitar a Jesucristo, el Fundador nos invita a la santidad: "Trabajemos seriamente por hacernos santos", nos dice en la Regla de 1818 [24].



b. El apostolado

La obediencia es para el Fundador un instrumento al servicio de un proyecto apostólico. El voto no se ordena en primer lugar ni únicamente a la creación de una comunidad. Va dirigido ante todo hacia una tarea que cumplir. Así se desprende de una carta que escribía al P. Casimiro Aubert: "Todo lo que yo exijo en esas coyunturas penosas y embarazosas, es que el piloto ordene en la tempestad y que toda la tripulación obedezca en silencio y que se me ahorren las recriminaciones que están fuera de lugar en lo casos urgentes en que cada cual debe hacer su maniobra como puede, en el puesto que se le ha asignado" [25]. La obediencia no mira más que a la fidelidad de toda la comunidad a la llamada del Espíritu Santo respecto a la misión que se ha de cumplir.

c. La unidad de la Congregación

Como en el caso de las antiguas órdenes monásticas, el Fundador ve en la obediencia un medio de establecer entre los miembros una unidad por la cual todos son servidores entre sí. Uno de los valores fundamentales de la obediencia es la creación de la koinonia fraterna, en la que cada uno se esfuerza por amar a Dios y al prójimo. Las Constituciones de 1818 señalan que "la obediencia es el lazo de unión en toda sociedad bien ordenada" [26]. En carta al P. Juan B. Honorat, el Fundador relaciona la obediencia con las palabras de los Hechos "un corazón y un alma": "[…] No teniendo más que un corazón y un alma, actuando con el mismo espíritu bajo la dependencia regular que os presenta a la vista de todos como personas que viven según la disciplina de su regla, en la obediencia y en la caridad, entregados a todas las obras de celo conforme a esa obediencia […]" [27]. Escribiendo a la comunidad de Ceilán (Sri Lanka) dice: "Estad unidos entre vosotros, viviendo en perfecta obediencia a aquel que me representa o, mejor dicho, que ocupa entre vosotros el lugar de Dios" [28]

d. La paz y el bien de los súbditos

Obedeciendo, además, los oblatos podrán experimentar en su interior una paz y una dicha profundas. Escribe al P. Mille: "[…] la santa obediencia que es la única que da valor a todas sus acciones" [29] Este tema aparece sobre todo en sus cartas donde da directrices a los oblatos que tienen tendencia al escrúpulo.Al P. J. A. Jourdan, inquietado por escrúpulos, le escribe: "Que la paz de Nuestro Señor Jesucristo esté con usted. ¡Cómo! ¿no poseería usted esa preciosa paz? […] ¡Ah! si así fuera, mi querido amigo, sería justamente por su culpa […] Nuestro Señor quiere que sus hijos marchen por el camino de la autoridad y de la obediencia; así es como manifiesta su santísima voluntad: qui vos audit, me audit" [30]. Y al P. Mille: "[…]estar contento con todo y vivir de verdad feliz bajo el suave gobierno de la obediencia […]" [31]. Esta paz de que habla el Fundador tiene su origen en el hecho de que la obediencia da al religioso la certeza de conocer y cumplir fielmente la voluntad de Dios. Es para él el único medio de conocer esa voluntad y así de salvar el alma.

e. El mérito de las obras

En los apuntes de retiro de 1814 escribe: "No debo olvidar que lo que más pena me daba cuando mi enfermedad era el haberme encontrado en una situación en que actuaba por mi sola voluntad, de modo que no sabía si mis obras, que no tenían el mérito de la obediencia, eran gratas a Dios" [32]. Repite el pensamiento en carta al P. Mille: "[…] la obediencia sola puede dar valor a todas sus acciones" [33].

4. NOCION DE OBEDIENCIA EN EL FUNDADOR

a. La obediencia ciega de Ignacio de Loyola

Es verdad que el Fundador tomó de San Alfonso de Ligorio muchos artículos de la Regla de 1818. Sorprende que solo lo nombra dos veces, mientras que menciona cinco veces a San Ignacio. Parece, como muy bien dice el P. Yvon Beaudoin, que el Fundador tomó de San Alfonso la letra de la Regla, y en cambio tomó de San Ignacio "más el espíritu, la espiritualidad, que la letra" [34]. El P. Beaudoin añade: "La inspiración ignaciana aparece en los artículos sobre la obediencia […]" [35]. Además, en sus cartas "propone de continuo a los jesuitas como ejemplo" [36]. Importa, pues, reflexionar sobre la obediencia ignaciana si queremos comprender la obediencia que el Fundador exigía a los primeros oblatos.

La obediencia que San Ignacio exige a sus discípulos es conocida como "obediencia ciega"; la explica en una célebre carta dirigida a los padres y hermanos de Portugal en 1553. Esta Carta sobre la obediencia ha ejercido considerable influjo en la vida religiosa durante los últimos cuatro siglos. La mayoría de las congregaciones de vida activa han adoptado la concepción ignaciana de la obediencia.

Esta noción de obediencia ciega abarca los puntos siguientes
[37]:

1. La obediencia es ensalzada como el fundamento de todas las demás virtudes, y solo la fe puede motivar una sumisión que expresa la total confianza en el Señor. La Carta nos remite al texto de San Pablo: "se anonadó, haciéndose obediente hasta la muerte" (Fil 2, 8) que sitúa la obediencia en el corazón del misterio cristiano, y al texto de Lucas (10, 16): "Quien a vosotros escucha, a mí me escucha". A este texto de San Lucas recurre el Fundador en la carta ya citada al P. Jourdan [38]. Solo la fe debe orientar la actitud del religioso en este campo.

2. La Carta de San Ignacio pone luego de relieve la abnegación necesaria para someter la propia voluntad a la del superior. La obediencia es el "don de una voluntad que se renuncia a la luz de la fe a fin de cumplir con más seguridad la voluntad divina" [39]. Sin esa renuncia a la voluntad propia, la obediencia es ilusoria.

3. San Ignacio enseña que la obediencia no alcanza su perfección si no implica, de parte del religioso, el sacrificio del propio juicio, que debe conformarse al juicio del superior. No se trata solo de vencer la propia voluntad sino también de convencerse de que la orden recibida es buena, aunque el juicio personal esté cierto de lo contrario. Solamente el salto en la fe puede hacer posible ese sacrificio y eliminar toda impresión de absurdo. Aquí es donde abordamos el punto principal de la Carta. Siete veces recuerda San Ignacio "que el religioso debe volverse ciego respecto a las cualidades y los defectos del superior". Y otras siete veces hace aparecer "esta ceguera como el simple reverso o la consecuencia de una visión que solo la fe puede volver radiante" [40]. San Ignacio enseña que es posible psicológicamente a la inteligencia adherirse a una decisión que no es evidente para ella, por razón de la interdependencia de nuestras facultades. "Por un lado, corresponde a la inteligencia inducir a la voluntad a la ejecución del acto que ella le presenta. Por otro lado, la voluntad influye en la inteligencia orientando su atención hacia los motivos que pueden modificar su juicio" [41]. Es precisamente esta falta de conformidad la que vuelve insoportable e ineficaz la obediencia. La obediencia de juicio es necesaria pues solo ella se hace agradable a Dios.

Es evidente que el Fundador se inspiró en esta noción ignaciana de la obediencia ciega en el gobierno de su Congregación. Encontramos en sus escritos todos los elementos presentados por San Ignacio, como se ve en estas afirmaciones: "[…] sería preciso también que la voluntad se sometiera interiormente" [42]; "[…] debe someter la voluntad y aun la inteligencia" [43]. Al final de su vida, escribe en su circular del 2 de febrero de 1857: "Observarán sobre todo una obediencia exacta, de modo que pueda decirse de ellos que no tienen voluntad propia, pues que la han depositado en las manos de quienes los gobiernan […]" [44]. En el mismo documento hace suya la célebre expresión de San Ignacio: "Uno debe estar en sus manos como cera blanda que toma la forma que se quiere. Uno debe mirarse como un cadáver que no tiene de por sí ningún movimiento" [45]. Sigue inmediatamente una cita de San Francisco Javier: "Tenéis que someter vuestra voluntad y vuestro juicio a vuestros superiores […]" [46].

4. ¿Qué decir, entonces, del deber de reflexión necesario para descubrir la voluntad de Dios antes de tomar una decisión? Según San Ignacio, la obediencia no suprime el deber de reflexión. El superior no es infalible, y su prudencia puede fallar. Reconoce el derecho, que data de la más antigua tradición monástica, de aducir "representaciones" [o aclara- ciones] [47]. El superior debe intentar aclararse y para ello recurrir a la reflexión de sus religiosos. Por otra parte, el religioso tiene el deber de ayudar al superior en el ejercicio de su cargo, brindándole su parecer y sus consejos, aunque manteniendo, en su fuero interno, una disponibilidad que deja a la autoridad la última palabra.

San Ignacio lleva más lejos esa consulta permitiendo a sus religiosos ofrecer sus pareceres y opiniones al superior, incluso después de la decisión de este último: "Si, después de así determinado el superior, sintiese el que trata con él que otra cosa sería más conveniente, o se le representase con fundamento alguno, aunque suspendiese el sentir, después de tres o cuatro horas, o otro día, puede representar al superior si sería bien esto o aquello, guardando siempre tal forma de hablar y términos , que no haya ni parezca disensión ni altercación alguna, poniendo silencio a lo que fuere determinado en aquella hora. Con esto, aunque sea la cosa determi- nada una y dos veces, de ahí a un mes o tiempo más largo, puede represen- tar asimismo lo que siente […] porque la experiencia con el tiempo descubre muchas cosas; y también hay variedad en ellas con el mismo" [48].

A pesar de la aparente severidad del Fundador en sus exigencias de obediencia, acude y se muestra abierto a las sugerencias de sus discípulos. En la Regla de 1818 escribe: "Se podrán, sin embargo, exponer las razones que pudieran tenerse para rehusar, lo cual se hará con mucha modestia y sumisión, remitiéndose, una vez expuestos los propios motivos, a la voluntad del superior como a la decisión de Dios mismo" [49]. Con ocasión de la elevación al episcopado de Mons. Bruno Guigues, el Funda- dor recibió muchas objeciones a ese nombramiento. Responde entonces al P. Juan F. Baudrand: "Se hubiera deseado que no sucediera esto. Muy bien; hasta ahí, nada había reprobable. Se escribió para impedir que se realizara esa promoción alegando las razones que había para ello. Es todavía acepta ble. Está permitido tener esa opinión. Pero […] cuando el asunto es ya un hecho consumado, que no se sepa acatar, que se lancen gritos de protesta, y que uno llegue hasta […] hacer declaraciones que herían el respeto y la obediencia debidos a los superiores […] era demencia" [50].

El Fundador no parece tolerar las reflexiones hechas una vez que el superior ha tomado una decisión. Escribe al P. Mille: "En nombre de Dios, no aduzca nunca razones cuando se trata de obediencia. Lo mejor será siempre hacer sencillamente lo que está prescrito" [51]. Al P. Eugenio Guigues que juzga imposible cumplir una de sus decisiones, le escribe el Fundador: "Está usted razonando sin medida cuando ya no hay nada que discutir y yo me he pronunciado del modo más formal. Con todo, debería saber que ese sistema nunca es admisible […]" [52].

La razón por la que el Fundador se resiste a aceptar las observaciones que se le presentan después de una decisión, es que éstas casi siempre se hacen en forma de críticas, recriminaciones y murmuraciones: "[…] reclamaciones. Estoy decidido a no escucharlas" [53]. "Detesto también esa costumbre de quejarse sin razón de infinidad de cosas, como si entre nosotros cada cual estuviera llamado a gobernar la Congregación" [54]. Sobre todo a los que murmuran les dirige las palabras más implacables: "Son malditos los murmuradores, […] son verdaderos agentes del infierno […]" [55]. En la concepción del Fundador, una vez que el superior ha tomado una decisión, el religioso debe pasar a la acción, pues la obediencia es sobre todo funcional y esencialmente apostólica. La obediencia es necesaria para la realización más perfecta del proyecto apostólico. Solo contempla la fidelidad de la comunidad a la llamada del Espíritu Santo y se impone como instrumento para la misión.

b. El carácter y la nobleza del Fundador

Otros dos factores contribuyeron probablemente a configurar el pensamiento del Fundador acerca de la obediencia. En el escrito que dirige al Sr. Duclaux al entrar en San Sulpicio, Eugenio dice que es de carácter vivo e impetuoso. Añade: "Los deseos que formo son siempre muy ardientes, sufro por el menor retraso y las dilaciones me resultan insoportables" [56]. Se indigna profundamente contra los obstáculos que se oponen a la ejecución de sus decisiones: "[…] nada me arredraría para superar los más difíciles" [57]. Todo su ser se subleva ante la mera apariencia de una contradicción, y si ésta persiste, él queda más convencido de que la oposición a sus proyectos es solo para un bien mayor. Podemos agregar que es propenso a la severidad, muy resuelto a no permitirse jamás el menor relajamiento y muy inclinado también a no tolerarlo en los demás. "No puedo soportar ningún tipo de acomodamiento en lo que se refiere al deber" [58]. El temple de su carácter ejerció sin duda fuerte influjo en su concepción y práctica de la obediencia durante toda su vida.

Eugenio, además, venía de la nobleza. Durante su infancia estuvo rodeado de sirvientes. En su destierro se codeó con la nobleza de Italia y sin duda adoptó ciertas actitudes comunes a las personas de esa clase social. Durante el exilio recibió una formación religiosa de los hermanos Zinelli, dos jesuitas que probablemente le iniciaron en la doctrina de San Ignacio. Todas esas experiencias contribuyeron a formar en Eugenio el jefe que Dios preparaba para su ministerio en la viña del Señor.

La noción de obediencia ciega, en la época del Fundador, estaba tan extendida en las comunidades religiosas que la consulta y la reflexión se olvidaron a menudo en el ejercicio de la obediencia. Tal situación prevaleció durante los cuatro siglos anteriores al Vaticano II. Con la renovación que precedió y sobre todo sucedió a este concilio, la obediencia ciega de San Ignacio no ha gozado ya de buena prensa en la literatura religiosa. Como dice muy bien M. Dortel-Claudot, a propósito de las comunidades femeninas, en un estudio exhaustivo sobre la obediencia: "[…] la superiora local ejercía una autoridad demasiado aplastante sobre sus hermanas, ahogando su perso- nalidad y frenando sus iniciativas" [59]. La misma observación vale para las comunidades masculinas, sobre todo antes de la segunda guerra mundial de 1939-1944. Esta obediencia contribuyó, sin embargo, a la santidad de gran número de religiosos y a la extensión del Reino de Dios por todo el orbe.


[1] "C et R de la Société des Missionnaires de Provence", 2ª parte, cap. 1, § 2 : voto de obediencia.
[2] Ib.
[3] Ib.
[4] Al P. Bermond, 19-8-1841: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 4.
[5] Al P. Honorat: Ib. nº 6.
[6] Retiro de octubre 1808: Escr. Espir. t. 14, nº 28.
[7] Ib.
[8] Al P. Bourrelier, 19-9-1821: Ecr. Obl. I, t. 6, nº 72.
[9] Al P. Aubert, 5-12-1853: Ecr. Obl. I, t. 2, nº 186.
[10] En C y R de 1818 escribe: "debe ser pronta, humilde y entera". En la 2ª circular:" nuestra obediencia sea pronta, humilde y universal": Ecr. Obl. I, t. 12, p. 192 s.
[11] Al P. Bermond, 8-9-1842: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 12.
[12] Al P. Mille: 4-6-1837: Ecr. Obl. I, t. 9, nº 624.
[13] Al P. Guigues, 24-5-1845: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 54.
[14] Al P.C. Aubert, 26-11-1836: Ecr. Obl. I, t. 8, nº 590.
[15] Al P. Courtès: 3-1-1831: Ib. nº 378.
[16] Carta de 25-9-1831: Ecr. Obl. I, t. 8, nº 404. Cf. a Mons.Guigues, 26-9-1848: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 103. "Un religioso virtuoso debe comprender que cada cual está obligado a recibir con humildad las observaciones y aun los reproches de sus superiores": al P. Mille,21-5-1836:Ecr. Obl.I, t.8, nº 573.
[17] Al P. Santoni, 24-11-1853: Ecr. Obl. I, t. 2, nº 183.
[18] Al P. Pélissier, 30-5-1839: Ecr. Obl. I, t. 9, nº 693.
[19] Ib.
[20] Al P. Tempier, 24-6-1851: Ecr. Obl. I, t. 2, nº 147.
[21] Conferencia espiritual: Escr. Espir., t. 14, nº 48.
[22] C y R de 1818, parte 1ª, cap. 1, § 1, art. 1.
[23] Notas de retiro, oct. de 1831: Ecr. Obl. I, t. 15, nº 163.
[24] C y R de 1818, 1ª parte, cap.1, § 3, Nota bene.
[25] Carta de 26-9-1836: Ecr. Obl..I, t. 8, nº 590. Al P. L´Hermite, que debe pasar de Burdeos a N.D. de Cléry le escribe, 24-2-1855: "Se trata del bien y provecho de la Congregación. Todo debe ceder ante eso…": Ecr. Obl. I, t. 11, nº 1259.
[26] C y R de 1818, 2ª parte, cap. 1, § 3.
[27] Carta de 26-3-1842: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 10. Cf. a Tempier, 9-3-1826: Ecr. Obl. I, t. 7, nº 229.
[28] Carta de 5-6-1854: Ecr. Obl. I, t. 4, nº 38. Cf. al P. Tempier, 9-3-1826: "¿Por qué no puede el P. Touche vivir bajo la obediencia del P. Honorat?¿De dónde viene esa repugnancia que turba el orden de una sociedad naciente en la que no debería haber más que un corazón y un alma?": Ecr. Obl. I, t. 7, nº 229 [ed. españ. p. 45].
[29] Carta de 21-4-1832: Ecr. Obl. I, t. 8, nº 420. Cf. al P. Arnoux,24-1-1852: Ecr. Obl. I, t. 3, nº 53.
[30] Carta de 30-3-1823: Ecr. Obl. I, t. 6, nº 99. Cf. al P. Dandurand,11-8-1843: Ecr. Obl. 1, t. 1, nº 23: por la obediencia la comunidad se vuelve "un paraíso terrestre".
[31] Carta de 21-5-1836: Ecr. Obl.I, t. 8, nº 573.
[32] Escr. espir. t. 15, nº 130.
[33] Carta de 21-4-1832: Ecr. Obl. I, t.8, nº 420 [Sel.de Text, nº 234]. Cf. al mismo, 6-4-1837: "El Señor no remunera el bien que se hace fuera de la obediencia, y menos aún el que se pretende hacer contra las prescripciones de la obediencia": Ecr. Obl. I, t. 9, nº 611.
[34] BEAUDOIN, Y., "Mgr Eugène de Mazenod et les Jésuites": VOL, 51 (1992) p. 166.
[35] Ib.
[36] Ib. p. 170.
[37] Cf. OLPHÉ-GAILLARD, M., "La lettre de sant Ignace de Loyola…":RAM, 30 (1954) p. 7-28; PARENTEAU, H., "La notion d'obéissance aveugle…": RAM, 38 (1962) p. 31-51; 170-196; TILLARD, J.M., "Aux sources de l'obéissance religieuse": Nouv. Rev. Théol. 98 (1976) p. 592-626 y 817-838.
[38] Carta de 30-3-1823: Ecr. Obl. I, t. 6, nº 99.
[39] OLPHÉ- GAILLARD, M., art. cit. p.15.
[40] PARENTEAU, H. A., art. cit. p. 38; TILLARD, J.M., art. cit. p. 616-626.
[41] OLPHÉ-GAILLARD, M., art. cit. p. 16.
[42] Retiro de diciembre 1814: Escr. Espir. t. 15, nº 130.
[43] C y R de 1818, parte 2ª, cap. 1, § 3.
[44] En Ecr. Obl. I, t. 12, p. 192.
[45] Ib. p. 193
[46] Ib.
[47] OLPHÉ-GAILLARD, art. cit. p. 18
[48] IGNACIO DE LOYOLA, Instrucción sobre el modo de tratar o negociar con cualquier superior, Roma, 29 mayo 1555: Obras completas de San Ignacio de Loyola, ed. manual,BAC, Madrid,1952, p. 925.
[49] C y R de 1818, parte 2ª, cap. 1, § 3.
[50] Carta de 30-9-1849: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 124. Cf. al P. Lagier, 14-12-1841: Ecr. Obl. t. 9, nº 753.
[51] Carta de 4-6-1837: Ecr. Obl. I, t. 9, nº 624.
[52] Carta de 24-5-1845: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 54.
[53] Al P. Tempier, 17-8-1847: Ecr. Obl. I, t. 10, nº 939.
[54] A Mons. Guigues, 20-1-1857: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 227.
[55] Al P. Honorat, 18-7-1844: Ib. nº 43.
[56] Retrato para el Sr. Duclaux, oct. 1808: Escr. Espir. t. 14, nº 43, p. 77.
[57] Ib.
[58] Ib.
[59] DORTEL-CLAUDOT, M., sj, Obéir aujourd´hui dans la vie religieuse…Canadá, 1986, p. 56.