El fundador, Eugenio de Mazenod, los superiores generales que le han sucedido y también los Capítulos generales solo raramente han hablado en forma explícita del sacerdocio en la Congregación. Nadie debería extrañarse de ello por esta simple razón: el sacerdocio, como lo demuestran las Constituciones, la tradición viva y la vida de la Congregación forma parte de ella y de su ministerio en tal grado que no se ha sentido la necesidad de hablar expresamente de él. De ese modo también, ni Eugenio ni sus sucesores han creído necesario decir que los miembros de la Congregación eran católicos; su vida y su ministerio lo atestiguan.
Si hubo un problema, éste vino de la presión que ejercía el trabajo presbiteral; fácilmente podía ocasionar negligencia en la vida religiosa respecto a los ejercicios espirituales y a las observancias. Por eso, se ha hablado con frecuencia de las exigencias de la vida religiosa y de su observancia como de medios necesarios para ser fieles a la vocación de sacerdotes misioneros. Ahí es, pues, donde encontraremos los elementos de la espiritualidad sacerdotal. Para el oblato, vida sacerdotal, vida misionera y vida religiosa son inseparables. Su vida debe formar un solo todo con aspectos diferentes.
Los primeros miembros de la Congregación eran todos sacerdotes o aspirantes al sacerdocio. La mayor parte de los que vinieron después, si no eran ya sacerdotes, entraban para serlo. Consagraron varios años a la formación espiritual e intelectual requerida para ser ordenados, y como sacerdotes actuaron durante el resto de su vida.
Parece que fue únicamente después del Capítulo de 1966 cuando ciertos oblatos empezaron a poner en discusión el carácter presbiteral de la Congregación [1]. El concilio Vaticano II extendió la noción de "misionero" en sentido estricto a los no ordenados [2]. Con todo, no se tocaba el punto fundamental del envío, de parte de un superior jerárquico, para predicar y ejercer los demás ministerios apostólicos con el fin de llevar las personas a Jesucristo y a la plena comunión con la Iglesia por la celebración de los sacramentos. La función del sacerdocio ministerial no quedó disminuida o rebajada; fue más bien el sacerdocio común de los fieles el que fue reconocido en su justo valor. Eugenio de Mazenod fundó una sociedad de sacerdotes que iban a ser misioneros y asoció algunos laicos a ese trabajo sacerdotal.
Suprimir el papel principal del sacerdocio ministerial en la Congregación sería cambiarla sustancialmente y, por consiguiente, destruir lo que quiso crear San Eugenio de Mazenod al fundar los Misioneros Oblatos de María Inmaculada.
[1] Cf. DESCHATELETS, Informe sobre el estado de la Congregación, 11-4-1972: Circ. Adm. 8, p. 381.
[2] Cf. canon 784 del Código de derecho canónico.
[3] A Forbin-Janson, 28-10-1814: Ecr. Obl. I, t. 6, nº 2.
[4] Carta a Tempier, 9-10-1815: Ecr. Obl. I, t. 6, nº 4.
[5] Citado en Circ. adm. nº 14, de 20-5-1865.
[6] CyR de 1818.
[7] CyR de 1827, parte 2ª cap. 3, art. 5.
[8] Cf. SEUMOIS, A., Théologie missionnaire, vol. I, p. 8-15.
[9] CyR de 1853, parte 1ª, cap. 3, § 1, art. 1.
[10] CyR de 1818, parte 1º, cap. 3, § 2.