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Diccionario de valores oblatos... (54)



URGENCIAS

En la tradición oblata la expresión "las necesidades más urgentes" está muy conectada con varios conceptos fundamentales de los que saca su riqueza. La podríamos estudiar, por ejemplo, a partir del sentimiento de impaciencia que experimentaba el Fundador cuando reprendía a sus misioneros porque al parecer no ponían su prioridad pastoral en la conversión de los paganos [1]. También nos ayuda a entenderla la palabra "celo", como la entendía Eugenio de Mazenod. Cuando él convoca a hombres "de celo ardiente por la salvación de las almas, se percibe claramente su sentido de urgencia [2]. Cabe decir lo mismo a propósito de la expresión "los más abandonados". Habría que estudiar también la importancia y el lugar que los oblatos han dado, más recientemente, a expresiones clave como "los signos de los tiempos" y "las prioridades regionales". Estas dos expresiones se han traducido en llamamiento y compromiso para responder a las necesidades más urgentes del mundo tal como las captan los oblatos de las seis regiones. Implican que se está dispuesto a renunciar a las posiciones establecidas y a empeñarse por senderos nuevos a fin de hacer de Cristo una realidad más viva junto a los más abandonados. El objetivo primero de este artículo es, pues, estudiar cómo Eugenio vio las necesidades más urgentes de su tiempo y cómo intentan hoy hacerlo los oblatos. Se descubrirá rápidamente que ese sentido de urgencia es una característica evidente de nuestra espiritualidad y de nuestra misión.

EL FUNDADOR

1. URGENCIA ESPIRITUAL

Como sucede con la belleza, la percepción de toda necesidad urgente se sitúa en el ojo de quien mira. Es algo subjetivo, que se percibe desde adentro, a nivel existencial o, si se quiere, a nivel de las convicciones. Lo que parece urgente para uno, no lo es necesariamente para otro. Para el Fundador, lo que urgía sobre todo era "avanzar en las vías de la perfección eclesiástica y religiosa" [3]. El aspecto apremiante de esta necesidad aparece por todas partes en sus escritos, especialmente en el Prefacio de la Regla: "Deben trabajar seriamente por ser santos". A sus ojos, ninguna otra necesidad eclipsa o supera esta llamada a la santidad personal, ni exige un cuidado tan inmediato y continuo, a tiempo y a destiempo, o, como él mismo dice: "tanto en la misión como en el interior de la casa" [4]. "El que quiera ser de los nuestros, deberá arden en el deseo de su propia perfección" [5] "En nombre de Dios, insiste, seamos santos" [6]."Que los oblatos se persuadan bien de lo que la Iglesia espera de ellos; no bastan virtudes mediocres para responder a lo que exige su santa vocación […] Que se apresuren, pues, a hacerse santos, si no lo son todavía en el grado que se requiere" [7].

Lo que hace tan apremiante este llamamiento a los ojos de Eugenio de Mazenod, es "el estado deplorable" en que se halla la Iglesia misma de su tiempo. Aquella situación de profundo desamparo fue la que dio su carácter de urgencia a su búsqueda de santidad personal, así como fue la misión que cumplir la que dictó el esfuerzo personal que había que hacer. De hecho, no se puede separar lo uno de lo otro; ambas realidades forman el tejido y la corona de la misma urgencia, la de conocer y amar a Cristo. "Cuanto más santos, ejemplares y regulares seáis, tanto más se propagará el bien" [8]. El Fundador veía claramente el lazo fundamental que se da entre la santidad personal y el esfuerzo misionero. Y, en efecto, de la percepción profunda de ese lazo iba a nacer y progresar su instituto Su sentido de la urgencia espiritual estará, pues, en adelante inextricablemente unido a su sentido de la urgencia misionera.

2. URGENCIA MISIONERA

A los ojos de Eugenio la necesidad misionera es más urgente "cuando va en ello la salvación de las almas" [9]. A este respecto es muy explícito en el Prefacio de la Regla: "Es, pues, sumamente importante, es urgente hacer que vuelvan al redil tantas ovejas descarriadas, enseñar a los cristianos degenerados quién es Jesucristo y, arrebatándolos al dominio de Satanás, mostrarles el camino del cielo" [10]. Detrás de esa necesidad apremiante, hay una teología de la salvación (y del infierno) que es la del Fundador y de su tiempo. Para él, se trataba de arrancar a las almas del dominio del infierno, es decir, de la "ignorancia supina" de todo lo concerniente a su salvación. En contrapunto, estaba la voluntad salvífica de Dios, que no podía alcanzarles más que por el trabajo misionero. Para él era urgente ir a evangelizar a aquellos a quienes hoy llamaríamos los marginados o los no practicantes, los que estaban en peligro de perder la fe o que, en la práctica, ya la habían perdido. En una palabra, los que no conocían realmente a Jesucristo y no tenían a nadie que se lo anunciara. Analizando las causas de aquella situación, escribía: "Se pueden reducir a tres capítulos principales: 1. el debilitamiento, por no decir la pérdida total de la fe; 2. la ignorancia de los pueblos; 3. la pereza, el descuido y la corrupción de los sacerdotes. Esta tercera causa debe mirarse como la principal y como la raíz de las otras dos" [11]. En el contexto de "este deplorable estado" se despertó en Eugenio de Mazenod el sentido de la urgencia. Nunca lo iba a perder. "Los oblatos, escribía, […] tienen como misión principal convertir a los infieles e instruir a este pueblo ignorante que se dice cristiano pero que no lo es ni en principio ni en práctica" [12]. Eran los "pobres", los "más abandonados", los que estaban, en lo más profundo de sí mismos, privados de su dignidad. Justamente pensando en ellos escribía al párroco de Barjols el 20 de agosto de 1818: "Nuestro deber es acudir allí donde el peligro es más apremiante" [13].

Para Eugenio de Mazenod, la evangelización de los pobres no brotaba solo de una opción deliberada para él mismo y para su sociedad, sino también de una coacción, de algo que se imponía a él desde su interior. Como hombre realista y muy de su tiempo, sentía la urgencia que provenía de las verdaderas necesidades de su época; pero como hombre de fe que ardía en un gran amor a Jesucristo crucificado, sentía esa urgencia como un fuego interior. En este punto, Eugenio refleja a san Pablo que describe su apostolado en términos de apremio divino del que no podía escapar: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16). Esta necesidad, esta urgencia nace de que una parte del plan de salvación de Dios se le ha confiado, y la gravedad de su situación nace del hecho de no poder escapar de ese plan sin atraer sobre sí la desgracia de la perdición eterna. ¡Cuánta verdad era esto en Eugenio de Mazenod!

A la luz de esta coacción cargada de fe es como debemos comprender muchas expresiones que se hallan en sus escritos, por ejemplo: "hay que intentarlo todo", "nuestro deber es acudir donde el peligro es más apremiante". "dispuestos a volar en cualquier tiempo y a la menor señal allí donde la obediencia les muestre algún bien que realizar" [14].

Este sentimiento de urgencia explica por qué Eugenio, siendo joven sacerdote, pidió a las autoridades diocesanas que no le dieran puesto en una parroquia sino que lo dejaran libre para dedicarse del todo a aquellos que no eran alcanzados por las estructuras parroquiales. Explica también por qué aquellos que quedaban fuera de la vida pastoral y de las estructuras parroquiales de la Iglesia fueron el objetivo principal de sus primeras actividades apostólicas. Son, como indica el P. Jetté en una conferencia sobre el fundador, "los criados, los artesanos, la gente humilde que prácticamente es dejada de lado por causa del horario de los oficios y por causa de la lengua […]; la juventud: las parroquias no tienen nada para los jóvenes […]; los prisioneros, grandes criminales o pequeños delincuentes […]; los enfermos, los agonizantes, los pobladores del campo cuya ignorancia es todavía más grande que en la ciudad" [15].Tales eran las necesidades urgentes de la Iglesia que Eugenio percibió primero. Para él, estos diferentes grupos de personas tenían una cosa en común: todos eran pobres por estar privados de Jesucristo. Esta privación constituía, a sus ojos, la necesidad más apremiante, dentro de la Iglesia como fuera de sus límites y de su pertenencia.

Se comprende, entonces, fácilmente por qué el Fundador nunca quiso que sus misioneros se contentaran con ser "simples" sacerdotes de parroquia, es decir, sacerdotes que emplean la mayor parte del tiempo y de las energías en la atención de aquellos que ya conocen y aman a Jesucristo, los cristianos que practican. "Que se ayude a los párrocos, de paso, está bien; pero hacer de nuestros misioneros párrocos, eso no se puede" [16]. Ese mismo sentimiento misio- nero de urgencia está también detrás de su decisión de retirar de Argelia a sus misioneros: no se les había confiado la tarea de convertir a los árabes, como había esperado el Fundador; en cambio se les habían asignado parroquias, como a "simples párrocos de pequeñas aldeas donde casi no hay nada de bien que hacer" [17]. Su repugnancia inicial a enviar misioneros a Estados Unidos se fundaba en el mismo principio: "Nunca me habían gustado las fundaciones en Estados Unidos porque me parecía que no eran más que parroquias, y el proyecto de Nueva York no parece ser otra cosa" [18]. Aquí como en otras partes, la línea de conducta del Fundador es tan coherente como clara: "Fundar […]una comunidad de misioneros que puedan cumplir los deberes de su vocación, que no es precisamente ser párrocos, sino verdaderos misioneros, recorriendo la región para anunciar las verdades de la salvación y llevar las almas a Dios" [19].

3. GRANDES CUALIDADES

Para captar bien el sentido agudo que el Fundador tenía de la urgencia de las situaciones, hay que darse cuenta de lo que toda necesidad apremiante requiere de un individuo. O, por decirlo un poco distinto, ¿qué cualidades personales permitían a Eugenio de Mazenod identificar las necesidades más urgentes de su pueblo y responder a ellas? Toda la luz que se haga en este campo nos será especialmente útil en los esfuerzos que hacemos para responder a las necesidades misioneras más urgentes de nuestro tiempo.

a. Hombre de discernimiento

En las circunstancias concretas en que vivimos, hay siempre lugar para la equivocación, los motivos ocultos y el celo intempestivo. La tarea de evaluar la urgencia de cada verdadera necesidad en la Iglesia no está exenta de este peligro. Estudiando de cerca el modo en que Eugenio ejercitó la virtud del discernimiento, saltan a la vista tres cosas:

Primero, pide siempre la luz divina antes de tomar una decisión importante, sobre todo si ésta implica la necesidad urgente de enviar misioneros a una nueva misión. Un ejemplo característico lo tenemos cuando se le propuso aceptar un nuevo vicariato apostólico en Natal; la necesidad era ciertamente apremiante: "Va en ello la salvación de las almas", escribía en su diario [20]. Y sin embargo, el dilema era real: simplemente, no tenía los hombres necesarios para aceptar esa misión. Pidió, pues, en la oración "las luces de lo alto". "Es preciso, pues, ponerse en la presencia de Dios antes de responder, prosigue. […] He rogado mucho a Dios que nos dé la gracia de conocer su voluntad y de conformarnos a ella". La decisión de retirar a sus misioneros de Argelia y de mandarlos a Natal se tomó, dice, "en la visita de las Iglesias que hicimos el jueves santo" [21]. Era una idea luminosa, una idea que él podía, con toda confianza, atribuir a la inspiración de Dios. Así sucedía en todas sus decisiones importantes: las llevaba a la oración, se ponía a la escucha de Dios y se esforzaba por captar los signos de la presencia de Dios en los acontecimientos.

El segundo elemento importante del método de discernimiento del Fundador era su sed de información y de detalles de la parte de sus misioneros metidos en la obra, y la importancia que daba a esa fuente de información. Nunca le gustó que le dejaran en la ignorancia de cualquier asunto. Pedía, en la oración, "las luces de lo alto" pero buscaba también las luces de abajo , es decir, tomaba sus datos de las cartas y los informes que recibía de sus oblatos. Si su inmensa correspondencia algo nos manifiesta, es su deseo ardiente de ser informado y de mantener contacto en forma objetiva con los acontecimientos. Esta sed de informaciones no solo le servía para sostener el celo y el valor de sus hijos; era también un elemento crucial de su modo de discernir las urgencias de las misiones. Sin datos e informaciones suficientes, se sentía vulnerable: "No hay que temer replicarme cuando crea que he dado una decisión que presenta algunos inconvenientes. Esto probablemente se deberá a que no habré sido informado suficientemente" [22]. A menudo difería una decisión importante por el mismo motivo, como el proyecto de enviar oblatos a Nueva York y a Toronto: "No estoy suficientemente informado para decidir la cuestión de Nueva York" [23]. Es el estribillo que se repite en su correspondencia y que expresa su frustración: "Es absolutamente intolerable que esté tres meses sin escribirme" [24]. Para discernir con tino, hay que estar bien informado; nadie sabía esto mejor que el Fundador.

El tercer elemento del método de discernimiento de Eugenio, que no hay que olvidar, es la voz de la Iglesia. Entre las numerosas peticiones que se le dirigieron, las que venían de Roma, en particular de Propaganda, tenían prioridad para él. "Estamos, pues, en el caso, escribía, de preferir una misión que se nos ofrece por el órgano del Jefe de la Iglesia" [25]. La urgencia de estas llamadas era, para él, tanto mayor cuanto que parecían venir directamente de Dios. En un sentido muy real, para el Fundador, la vox ecclesiae era vox Dei (la voz de la Iglesia es la voz de Dios). En todos estos casos, como la llamada era más clara y las necesidades más apremiantes, el fundador se sentía impulsado a darles una atención más inmediata [26].

b. Hombre de gran valentía

Una cosa es identificar una necesidad urgente y otra bastante distinta es encontrar en sí la valentía necesaria para responder a ella. Eugenio de Mazenod era, en una palabra, un hombre de notable coraje. Una vez que había discernido bien una necesidad, ponía todos los medios para responder a ella. Estaba dispuesto a asumir riesgos, a imponerse sacrificios y a afrontar el porvenir, confiando en que el plan de Dios acabaría por realizarse. De hecho, gracias a su audacia excepcional y a su valentía, la Congregación de los Oblatos ha conocido un desarrollo rápido y extenso. El P. Jetté lo resume bien así: "En el espacio de unos diez años, toda una serie de fundaciones en todas las direcciones y casi todas, humanamente hablando, bien imprudentes. La prudencia natural habría aconsejado afianzarse bien, arraigarse en Francia, antes de mandar misioneros a lo lejos. La audacia apostólica ha podido más que la prudencia" [27].

La valentía del Fundador corría parejas con la confianza en la divina Providencia. Creía que el porvenir, aunque es desconocido, no es amenazante; al contrario, se inserta en el plan de Dios. La Biblia nos habla de kairós, delmomento presente que nos ofrece ocasiones únicas de promover el Reino de Dios. Eugenio manifestaba una apertura llena de confianza. Para él las dificultades y las pruebas se volvían un kairós, un desafío que superar, de forma que no se permitía a sí mismo, ni tampoco a sus misioneros, titubear o hacer las cosas sin entusiasmo. Así reprochó a Mons. Allard que no daba ejemplo y permanecía demasiado sedentario [28]. Manifestó también su disgusto ante la timidez y las vacilaciones del P. Juan B. Honorat en mandar oblatos a la misión de Bytown (Ottawa): "No es un ensayo lo que había que hacer. Había que ir con la firme resolución de superar todos los obstáculos, de permanecer, de fijarse allí. ¡Cómo dudar! ¡Qué misión más hermosa! Ayuda en los campos de trabajo, misiones a los salvajes, fundación en una ciudad llena de porvenir. El ideal estaba realizándose y usted le habría dejado escapar. Solo el pensarlo me estremece. Recobre, pues, todo su coraje y que la fundación se haga en regla" [29].

c. Hombre perspicaz

Uno de los peligros reales del empeñarse sin reserva en responder a una necesidad urgente, es el de dejarse absorber en forma demasiado exclusiva. Uno puede dejarse absorber por el aspecto de inmediatez hasta el punto de no ver casi ninguna otra cosa. Se ve bien el árbol, pero se oculta el bosque. Una de las características bien manifiestas para quien está familiarizado con los escritos del Fundador es su perspicacia y su sentido de lo posible. Uno no puede menos de quedar admirado ante el hecho de que él formaba plenamente parte de su época , pero sin dejarse absorber totalmente por ella. Era hombre de su tiempo, aunque se adelantaba bastante al mismo.

A pesar de las múltiples necesidades apremiantes que lo asaltaban y se disputaban sus cuidados inmediatos, Eugenio de Mazenod nunca perdió de vista el retrato o el sueño de conjunto. Miraba siempre más allá de aquello que ya se había logrado y pensaba en nuevos desafíos así como en nuevas aperturas. Todo es posible para Dios; para Eugenio de Mazenod, esto quería decir que toda situación, por desesperada que pudiera parecer a primera vista, se podía transformar. Tenía la perspicacia y el impulso de una persona que ve con amplitud en toda situación, que no se deja encerrar por nada ni por nadie, pero siempre encuentra una solución. De ahí su magnanimidad. "No soy profeta, decía, pero he sido siempre el hombre de los deseos" [30].

Ya en 1818 en la primera edición de la Regla, vemos que el Padre de Mazenod soñaba ya con las oportunidades de éxito que el amor de Dios le reservaba a él y a su sociedad. Él quería hombres que, como él, miraran lejos y soñaran con amplitud : "Su ambición debe abarcar, en sus santos deseos la inmensa extensión de la tierra entera" [31]. Lo que sigue demuestra también su magnanimidad:

--- Sin salir de Europa, el Fundador siempre estaba, con su oración y su amplísima correspondencia, al lado de sus misioneros, en cualquier rincón del mundo que estuvieran.

--- Si en sus memorias pudo escribir: "Mi atención se fijaba únicamente en la deplorable situación de nuestros cristianos degenerados" [32], podía escribir igualmente a uno de sus misioneros en Ceilán: "Siempre he creído que se miraba a convertir a los paganos. Nosotros estamos hechos para eso más aún que para lo demás" [33].

--- Aunque vivió cada jornada con una intensidad que asombra a quien conoce bien sus horarios cargados, encontraba, no obstante, el tiempo para rezar, para recibir visitas, para oír confesiones y para visitar las parroquias.

--- Siendo francés hasta el fondo del alma, nunca manifestó apego exclusivo a su cultura nativa. Insistió muchas veces en que sus misioneros se adaptaran a las poblaciones que atendían y en que aprendieran sus idiomas.

En resumen, Eugenio de Mazenod fue capaz de trascender los límites estrechos de su entorno inmediato y de mirar más lejos. En casi todas sus cartas a los misioneros, se esfuerza por estimular su imaginación, por ensanchar su campo de visión, y por llevarlos a ver, como él, las ilimitadas posibilidades del amor misericordioso de Dios. El anticiparse a su tiempo lleva consigo grandes sufrimientos. Con todo, Eugenio optó por amar a la Iglesia con la mirada puesta en el porvenir.


[1] Cf. BOUDENS, R.,"Le travail d'évangelisation des Oblats a Ceylan au 19 siecle":VOL 42 (1983) p. 184 s.; "Connection betwen Popular Mission and the Charism of the Institute":VOL 40 (1981) 164-167
[2] GOUDREAULT, H. "Etre enflammé d'un zèle ardent pour le salut des ames": VOL 39 (1980) 287-302.
[3] Regla de 1818: en CyR de 1982, p. 38.
[4] Ib.
[5] Ib. p. 52
[6] Carta a los oblatos, 18-2-1826:Ecr. Obl. I, t. 7, nº 226. Sel. de Text. nº 208.
[7] Al P. Mouchette, 2-12-1854: Ecr. Obl. I, t. 11, nº 1256. Sel. de Text. nº 19.
[8] Al P. Honorat, 9-10-1841: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 9.
[9] Diario, 27/28-3-1850: Sel. de Text. nº 193.
[10] CyR de 1982, p. 10.
[11] Constitutions et Règles de la Société des Missionnaires de Provence, parte 1ª, cap. 2, § 3, Nota bene
[12] A Mons. Bravi, 27-4-1852: Ecr. Obl. I, t. 4, nº 29.
[13] Sel. de Text. nº 193.
[14] Carta al arzobispo de Aix, 16-12-1819: Sel. de Text. nº 194.
[15] "Nuestro Fundador…": El Misionero OMI, [ México, 1987] p.21.
[16] Al P. Courtès, 26-2-1848: Ecr. Obl. I, t. 10, nº 968.
[17] Diario, 27 de marzo a 1 de abril 1850: LEFLON, III, p. 690; REY, II, p. 331 s.
[18] Al P. Honorat, 17-1-1843: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 15a. Sel. de Text. nº 169.
[19] Al Sr. Hope-Scott, 17-1-1859: Sel. de Text. nnº 174.
[20] Diario, 27/28-3-1850: Sel de Text. nº 195.
[21] Ib.
[22] Al P. Honorat, 17-1-1843: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 15a.
[23] Ib.
[24] Al P. Honorat, 27-4-1843: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 17.
[25] Diario, 27/28-3-1850: Sel. de Text nº 195.
[26] Cf. CIANCIULLI, F.X., "Mgr de Mazenod et le Pape":Et. Obl .15 (1956) p. 204-220; FILIPPINI, Y., "Hombres del Papa": SEO, nº 10, p. 21-41.
[27] "Nuestro Fundador…": El Misionero OMI, p. 29 s.
[28] A Mons. Allard, 10-11-1857: Ecr. Obl. I, t. 4, nº 27.
[29] Al P. Honorat, 1-3-1844: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 32.
[30] Al P. Honorat, 9-10-1841: Ecr. Obl. I, t. 1, nº 9. Cf. MITRI, A., "El B. Eugenio de Mazenod, hombre de deseos y el oblato de hoy": SEO, nº 20 (1986) p. 1-23.
[31] Constit. et Règles de la société des Miss. de Provence, p. 1ª, cap. 1, § 3. Nota bene. Sel de Text. nº 8.
[32] RAMBERT, I, p. 162.
[33] Al P. Semeria, 21-2-1849: Ecr. Obl. I, t. 4, nº 10.