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Diccionario de valores oblatos... (54)



VIDA INTERIOR

Habría que hacer largas y arduas investigaciones para hallar en los escritos de Eugenio de Mazenod la expresión "vida interior". Simplemente, no formaba parte de su vocabulario, por otra parte muy amplio. Tras haber escrutado los 12 volúmenes ya publicados de sus cartas a los oblatos, su diario y sus notas de retiro, no hemos logrado encontrar más que dos veces la fórmula "hombres interiores" que escapa de su pluma y esto -no nos cae de sorpresa- en una carta al P. Henry Tempier [1].

La ausencia de todo empleo significativo de esta expresión venerable por parte del Fundador, o mejor, de la distinción clásica entre "hombre interior" y "hombre exterior", que es parte del vocabulario cristiano desde san Pablo [2], merece ser destacada por varias razones. La expresión era ciertamente bien conocida y usada en su época. La palabra "interior", tomada como adjetivo o como sustantivo, había tenido ya extraordinario éxito en la Francia del siglo XVII e iba a quedar como palabra usual en los autores espirituales antes del siglo XIX. Lo que estos autores entendían por vida interior puede resumirse así: la atención más o menos sostenida que una persona presta al trabajo interior de la gracia, su cooperación voluntaria al movimiento y al progreso de la vida divina en ella para desprenderse de lo creado y acercarse a Dios. Por atento que esté un hombre a su vida interior, queda marcado por su época y su ambiente. En el seminario de San Sulpicio, donde Eugenio recibió su formación espiritual e intelectual, y donde las tradiciones de la escuela francesa se mantenían con "profundo respeto" [3], uno de los principios fundamentales de la espiritualidad era ciertamente el de cultivar la vida interior.

Discípulo De Pedro de Bérulle a través de Carlos de Condren, Juan Santiago Olier había considerado siempre la devoción a la vida interior de Jesús como la piedra angular de la piedad en su seminario. Aún más que Pedro de Bérulle, insistió en las consecuencias prácticas de la dimensión interior de la vida espiritual. Vivir con Cristo significa para él adoptar enteramente las disposiciones interiores de Jesucristo y no contentarse con imitar algunas de sus virtudes. Como más tarde explicaría Tronson, nuestra alma no es un cañamazo sobre el que se aplica tal o cual color, tal o cual rasgo de Jesús, como lo haría un pintor con un modelo delante. El alma es como un trozo de tejido que debe sumergirse en un baño de tinte hasta que esté completamente saturado de nuevo color. Sabemos también que la fiesta de la Vida interior de la Santísima Virgen, instituida por el Sr. Olier y aprobada por Roma en 1664, se celebraba todavía con honor en San Sulpicio durante los años del seminario de Eugenio. Por lo demás, él habla de ella en una carta a su abuela Catalina-Isabel Joannis [4].

Lo que es curioso en todo esto es que, a pesar de la innegable influencia de la formación sulpiciana, el Fundador pareció siempre vacilar en usar explícitamente la expresión "vida interior". ¿Era deliberado por parte suya? Y si lo era ¿ cuáles podían ser los motivos? O bien ¿era un modo inconsciente de evitar el uso de una fórmula que no le iba o que no respondía adecuadamente a la estructura interna de su alma y a su espiritualidad. La respuesta, como trataremos de demostrar, se halla en el modo especial en que Eugenio de Mazenod se entregó a su misión y a su búsqueda de la santidad. Precisamente, tomando como punto de partida la originalidad y el dinamismo de esta búsqueda tal como él mismo la vivió, podremos comprender cómo entendía la vida interior y la importancia que le daba para la vida de cada oblato.

LA ESTRUCTURA INTERNA DEL ALMA DEL FUNDADOR

Debemos, en primer lugar, recordar que Eugenio era, como él mismo reconocía, un hombre práctico. "Eugenio de Mazenod, escribe Juan Leflon, no tiene nada de un hombre especulativo; será toda su vida un realizador" [5]. No sorprenderá, pues, comprobar que en su vida en su vida interior, a lo largo de su itinerario espiritual, Eugenio de Mazenod no haya sido menos "realizador" en su fuero interior que en servicio apostólico. Es verdad que en sus escritos espirituales hace a menudo una distinción explícita entre fin y medios: entre el fin de nuestra misión, que es "reavivar la fe que se extingue entre los pobres" [6] y los medios prácticos espirituales para alcanzarlo, es decir, los consejos evangélicos, la oración y la observancia de la Regla [7]. Pero para él, es la urgencia y el valor intrínseco del fin lo que confiere a los medios toda su importancia y su valor. Esto es tanto más verdad, cuanto que los medios que tiene en vistas y que propone son precisamente los mismos que emplearon el Salvador y los Apóstoles, "los primeros". De ahí su grito del corazón: "¿Puede darse algo más urgente para llevarnos a imitarlos. Jesús, nuestro Fundador, los Apóstoles, nuestros antecesores, nuestros primeros Padres!" [8].

La espiritualidad del Fundador está, con toda evidencia, marcada por su formación sulpiciana, con ese constante volver sobre sí mismo, en el recogimiento y la oración, para evaluarse ante Dios con vistas a hacer al alma más receptiva a la voluntad de Dios. Pero, para él, la vida interior nunca podía significar un ejercicio de pura introspección, un ejercicio completamente separado y sin relación con el mundo externo envolvente. En Eugenio. las dos cosas debían interpenetrarse siempre. Cada vez que se ponía a orar o pasaba largas horas ante el Santísimo Sacramento, como hacía a menudo, se encontraba con la abundante compañía de todo lo que le ocurría o pasaba a su alrededor. En este sentido, puede decirse con plena verdad que el Fundador nunca rezaba solo. Igual, por lo demás, que sus cartas, su vida de oración estaba siempre poblada de sueños y de solicitud por sus misioneros, por su diócesis, por el Papa y, por supuesto, por los pobres, "los más abandonados". Ninguna de esas personas reales ni de esas preocupaciones concretas era dejada de lado, es decir, eludida de su vida interior y por tanto alejada de su espíritu. Su oración, como su visión, tenía la amplitud del mundo. Al ponerse frecuentemente en presencia de Dios, el Fundador estaba siempre presente e íntimamente unido a aquellos y aquellas que llevaba en su corazón. Por lo demás, lo afirma él mismo y de forma bien explícita. Por ejemplo, en una carta al P. José Fabre escribe: "Yo estaba solo en mi capillita para celebrar tan gran fiesta [el 17 de febrero…] y comprendes que en ese momento no había espacio que nos separara. Justo en este centro, en nuestro divino Salvador, nos encontrábamos reunidos. Yo no os veía, pero os escuchaba, sentía vuestra presencia y me regocijaba con vosotros igual que si hubera estado en Marsella, que quedaba a más de 200 leguas de mí" [9].

Tal vez por esta profunda solidaridad con los suyos, el Fundador vacilaba en hacer suya la expresión "vida interior", a lo menos en los aspectos más individualistas que el término podía sugerir en su época. "Vida interior" y "vida exterior" se entremezclaban de tal modo en sus perspectivas, que le resultaba prácticamente imposible separarlas. Tal vez también sea esto lo que explica, en él, el pretendido conflicto entre vida de oración y vida de servicio apostólico [10]. La magnanimidad no acostumbra levantar tales barreras artificiales o hacer opciones restrictivas. Dada la amplitud de su corazón, el verdadero dilema para Eugenio debió de ser menos la cuestión de optar por una u otra vocación que la de ver el modo de unir y abrazar lo mejor de ambas. En esto, como en todos sus momentos inspirados, hizo honor a su propia intrepidez: "Hay que intentarlo todo". Aunque conocía a los grandes autores de su tiempo, Eugenio de Mazenod sabía que debía seguir su propio camino, sus propias inspiraciones.

Si se quiere comprender cómo concebía Eugenio la vida interior, se debe tener en cuenta otro factor. En todo su itinerario espiritual, él sabía que no debía depender más que de sí mismo o, como dicen nuestras Constituciones, debía ser "el agente principal de su propio crecimiento" (C 49). Si hay un principio que haya mantenido con firmeza, para sí mismo y para sus oblatos, es el de la motivación personal. Nunca pudo tolerar que se abandonara o descuidara la propia responsabilidad en la búsqueda de la perfección y de la santidad. En este punto, hubiera suscrito plenamente el viejo proverbio: "A Dios rogando y con el mazo dando". ¡Cuántas veces vemos confirmado esto en la vida del Fundador! Dos ejemplos bastarán para ilustrarlo.

En primer lugar, lo confirma el Prefacio de las Constituciones con sus quince llamadas enérgicas a la responsabilidad: "Es preciso…deben". Sin querer apropiarse la voluntad de Dios o minimizar el papel de la gracia, el Fundador nunca vaciló en su convicción fundamental de que cada cual es responsable de su santificación y de la de los otros. Esto resulta muy claramente de los muchos propósitos de retiro formulados por él mirando a su propio progreso en la vida espiritual. Son dignos de nota tanto por su número como por la atención minuciosa a los detalles de la vida concreta.

También ilustra ese sentido agudo de la responsabilidad en la búsqueda de la perfección, la intolerancia que el Fundador manifestaba ante lo que él veía como mediocridad espiritual o infidelidad a las santas Reglas. Las palabras duras con que censuraba a quienes dejaban o estaban tentados de dejar la Congregación, como también el modo severo de reprender incluso a los más seguros de sus queridos oblatos, nos sorprenden hoy todavía. Con todo, atribuir esas explosiones paternas únicamente a su naturaleza apasionada o a su temperamento provenzal sería olvidar hasta qué punto las convicciones de fe de alguien raramente van contra su personalidad y su carácter. Aunque la teología de Santo Tomás de Aquino era prácticamente ignorada durante su formación de seminarista [11], Eugenio parece haber comprendido siempre que la gracia no destruye la naturaleza sino que la respeta, y que cada una de las dos, gracia y naturaleza, tiene leyes a las que ha de obedecer. Igual que no podía separar servicio apostólico y oración, vida activa y vida contemplativa, tenía la firme convicción de que no podía haber divorcio ni oposición entre fidelidad a Dios y fidelidad a sí mismo. Este deseo de autenticidad va a estar presente en el Fundador a lo largo de todo su itinerario espiritual. Todavía hoy, eso forma parte del misterio de cada santo que la Iglesia osa canonizar.

Este rápido bosquejo de la estructura interna del alma del Fundador nos permite concluir una cosa cierta: en lo más profundo de sí mismo, él no ve ningún rastro de dualismo, ninguna dicotomía entre los dos géneros de vida, la activa y la contemplativa. Parece que siempre percibió la real unidad de ambas. Eugenio de Mazenod cantará toda su vida esta connaturalidad profunda entre "vida exterior" y "vida interior". Por ejemplo, al meditar sobre la Regla en su retiro anual de 1831, da gracias al Salvador por esa "mezcla feliz de la vida activa y la contemplativa, de la que nos dieron ejemplo Jesucristo y los Apóstoles […] y de la que nuestras Reglas no son más que el desarrollo" [12].

Es evidente, en sus escritos espirituales sobre todo que, aunque nunca haya usado la expresión como tal, el Fundador tenía ciertamente conceptos bien precisos sobre la vida interior. Hay que notar dos cosas en el modo como se hizo "práctico" de la vida interior. En primer lugar, para él, la vida interior es un medio indispensable para adquirir el conocimiento propio. Los que han llegado al amor de Dios o los que quieren llegar a él deben conocerse y para ello pedir las luces de Dios. Desde su ingreso en el seminario y durante toda su vida, Eugenio revela una vida interior intensa en la que hace esfuerzos constantes para conocerse tal cual es ante Dios [13]. Este raro conocimiento de sí mismo que adquirió y el candor con que se descubre en sus apuntes de retiro son un primer indicio de que llevaba una vida interior bastante relevante.

Para Eugenio de Mazenod, el conocimiento de sí mismo así como los diversos desgarramientos en los que tuvo que consentir son solo el primer fruto de la vida interior. El segundo era el conocimiento de la bondad divina para con él. El conocimiento de sí con todo lo que en él había de flaqueza, de insuficiencia, de lagunas, le condujo a reconocer mejor la bondad divina para con él. De este doble conocimiento -de sí y de la bondad divina para él- brota la gratitud. Si hay un rasgo destacado que caracteriza todo el itinerario espiritual del Fundador, es sin duda el de su vivo agradecimiento por el don gratuito de Dios que precede a toda obra y a todo mérito del hombre. Solo en el silencio y el recogimiento, en la interioridad de nuestro fuero interno, es como aprendemos de verdad lo que es la gratuidad, la "gracia", la prioridad del amor de Dios. Es lo que hizo Eugenio. Así todos sus escritos se leen como un gran himno de acción de gracias. Tras haber esbozado la estructura fundamental de la vida interior del Fundador, podemos volvernos ya a la pedagogía de la vida interior que él propone a sus oblatos.


[1] 13-12-1815: Ecr. Obl. I, t. 6, nº 7.
[2] Cf. "Homme intérieur", en Dictionnaire de Spiritualité, t 7, París, 1969, col. 650-674.
[3] LEFLON, I, p. 329.
[4] Carta de 18-10-1808: Escr. Espir. t. 14, nº 29, p. 76 (ed. españ.).
[5] LEFLON, I, p. 320.
[6] A su madre, 29-6-1808: Escr. Espir. t. 14, nº 27, p. 69 (ed. españ.).
[7] Cf. notas de retiro, 1831: Ecr. Obl. I, t. 15, nº 163.
[8] Ib. p. 225.
[9] Carta de 20-2-1859: Ecr. Obl. I, t. 12, nº 1405.
[10] Cf. TACHÉ, A., La vie spirituelle d'Eugène de Mazenod…1812-1818, Roma, 1963.
[11] Cf. LEFLON, I, p. 348.
[12] Notas de retiro de 1931: Ecr. Obl. I, t. 15, nº 163.
[13] Cf. el "Retrato de Eugenio para el Sr. Duclaux": Escr. Espir. t. 14, nº 30.