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Carta a los oblatos ancianos P Guillermo Steckling, O.M.I. Superior generalD O C U M E N T A C I Ó N – O M INº 242 (español) octubre 2001Queridos hermanos oblatos: “Ahora que estoy enfermo, he aceptado la voluntad de Dios y, como santa Teresita, me he hecho misionero en el convento, rezando... El Señor evangeliza más por lo que somos que por lo que hacemos, dando a nuestro trabajo una fecundidad que supera nuestra comprensión.” (Un oblato italiano en vísperas de su 60º aniversario de sacerdocio.) Escribo esta carta, en primer lugar, a ustedes, esa porción de nuestra familia misionera, avanzada en edad. Me gustaría conversar con ustedes sobre su manera específica de ser misioneros. Muchos se están dedicando a una gran variedad de actividades: como pastores y capellanes, profesores y predicadores de retiro, superiores y tesoreros para mencionar sólo algunos de nuestros ministerios. Algunos han entrado en la jubilación parcial o total, como en el caso del hermano anteriormente citado. Otros andan con su salud delicada y la enfermedad. Todas sus vidas y experiencia forman parte de la comunión entre oblatos. Espero, por tanto, que muchos otros puedan leer también esta carta. La Congregación es fundamentalmente una, y evangelizamos a los pobres como una familia. Cada uno de nosotros debe, pues, interesarse no sólo por sus cosas, por los de su edad, sino también por el modo en que otros responden a su llamada. Un buen número de los nuestros puede contarse entre los de edad avanzada. Hoy la gente vive más que antes. Si tomamos, por ejemplo, 70 años como el umbral de la vejez, hay entre los nuestros unos 1.400 mayores, aproximadamente el 30% del total. Téngase en cuenta que tenemos el mismo número con menos de 43 años. ¿Algún comentario que hacer a estas cifras? ¿Ojalá fueran diferentes? Naturalmente, a todos nos gustaría un florecimiento vocacional en todas partes. Es uno de los signos de vitalidad. Gracias a Dios, desde 1992 las vocaciones están aumentando constantemente, de 570 a 679 oblatos en formación primera, es decir, del 11% del total al 15%. Ciertamente un porcentaje superior sería aún mejor. Sin embargo, aun considerando nuestro número elevado de hermanos ancianos en algunas partes del mundo, no pienso que Dios está cometiendo un error cuando nos concede una vida más larga y a nuestras comunidades muchos hermanos en edad avanzada. Si es cierto que una cosecha abundante en vocaciones es señal de vida en algunos sectores de la Congregación, hay también otra vitalidad escondida en los oblatos más ancianos. Ustedes, nuestros hermanos mayores, tienen una parte importante como misioneros y evangelizadores. La Congregación está determinada a valorarles altamente como un tesoro escondido. El Fundador habría vendido la vajilla de plata y los cálices para atender a sus necesidades (cf. carta al P. Courtès en 1826, Selección de textos, nº. 388). Les expreso normalmente mi estima a través de una cartita para su jubileo, siguiendo la tradición mantenida por mons. Zago. A menudo recibo respuesta y, un poco más adelante, citaré algunas para que mi carta sea más una conversación. Lo que me dicen es prueba del gran tesoro espiritual que la Congregación tiene en ustedes. Quizá no debemos usar la palabra mayores sino ancianos siguiendo la costumbre de muchos pueblos antiguos que tienen en particular estima a los portadores de la sabiduría y los valores propios. La Iglesia ha valorado sin duda, desde los primeros tiempos, el liderazgo de los “presbíteros”. Permítanme explicar el sentido en que veo en ustedes un tesoro y una fuente de vida para nuestra Congregación. La importancia de ustedes, a mi modo de ver, es triple: nos ayudan a ver nuestro presente, nuestro pasado y nuestro futuro con los ojos del Evangelio. 1. El presente: Ustedes nos muestran cómo evangelizar más por nuestro ser que por nuestro hacer La cita, al comienzo de esta carta, expresa bien la idea: “El Señor evangeliza más por lo que somos que por lo hacemos”. Si el Señor evangeliza a través de nuestro ser, esto no implica que tenemos que ser perfectos primero. Implica una autenticidad humilde, una virtud que la gente joven aprecia de una manera especial. Ustedes se muestran cada vez más como son en realidad, incluso con algunos de sus defectos. Las personas más ancianas nos muestran que lo que cuenta es el corazón, no una perfección falsa y sólo aparente. La contemplación está en la base de este evangelizar a través de lo que somos. Cierto, muchos de ustedes han recibido la gracia de llevar una vida activa hasta más allá de los ochenta, y es bueno permanecer activos siempre que es posible. Sin embargo, la vejez ofrece a muchos un modo especial de hacer realidad lo que la Redemptoris Missio dice, en el nº 91: “El misionero ha de ser un ‘contemplativo en acción’. ... el futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación. El misionero, sino es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble”. Lo que me escribe un oblato de Bélgica, puede ser un mensaje para todos nosotros: “Después de 50 años de sacerdocio, una persona no ha terminado de conocer y amar a Jesucristo. Afortunadamente, ahora, puedo dedicar más tiempo a la oración”. A veces, ustedes expresan su vida misionera, además de por la oración, a través de pequeños servicios que podríamos, en sentido amplio, llamar sacramentales. Están más en el terreno del ser que del hacer. Ocuparse de las flores, tener tiempo para hablar con alguien que está solo, mantener limpio un rincón de la casa, es más que una contribución útil para la marcha de una comunidad: llega a ser un sacramento de la presencia amorosa de Dios entre nosotros. 2. El pasado: Ustedes son los guardianes de nuestra historia y nos mantienen en contacto con nuestras raíces. Parte de nuestra memoria colectiva como oblatos se ha puesto por escrito. Pero ¿qué es eso comparado con el testimonio del pasado que ustedes pueden dar en persona, las historias que pueden contar de su experiencia? Me alegré de encontrarme, hace años, con un sacerdote anciano que en su juventud había encontrado a otro sacerdote anciano que había sido ordenado por el Fundador. Necesitamos sus memorias para seguir en contacto con nuestras raíces. Por consiguiente, hemos incluido la celebración de nuestra memoria en el proyecto Inmensa Esperanza. Cuéntennos sus historias de viva voz, pero también los animo a poner por escrito o en cinta su parte de historia oblata. Hay otro tesoro escondido en el que tiene tras sí un rico pasado. Cuando somos más jóvenes, tendemos a considerar personas y cosas, como algo a lo que tenemos derecho. Muchos de nuestros ancianos, en cambio, se han hecho personas muy agradecidas. La gratitud significa reconocer que todo ha sido un regalo generoso de Dios y que la mayor parte pasó por personas que han vivido antes de nosotros. Sus cartas reflejan, a menudo, este modo de relacionarlo con su propia historia. Escribe un oblato con motivo de sus Bodas de Oro sacerdotales: “En estos cincuenta años, han sido muchas las ocasiones para dar gracias al Señor por todos aquellos a quienes él puso en mi camino y me han ayudado a servir”. Personas como él, nos enseñan a los más jóvenes que las cosas más importantes en nuestra vida se nos han dado. Sólo comprobar esto, nos dará la humildad para hacernos servidores de otros en su proceso de crecimiento, desde sus propias raíces. 3. Ustedes apuntan al futuro, recordándonos cuán central es el Misterio pascual Sería un error idealizar demasiado la “edad dorada”. Ustedes no viven siempre días luminosos y felices y, para algunos, sus muchos años pueden haberse convertido en una carga pesada. Pero en esta situación también, su misión es importante para nosotros y para el mundo desde que ella nos habla de algo central para nuestra fe: el misterio de Pascua y la futura transformación de todas las cosas. Hace dos años, cuando participé en el Sínodo para Europa, un buen número de participantes expresó su preocupación porque en Europa ya no hablamos del fin de nuestra vida y de lo que viene después. La perspectiva escatológica parece olvidada. Son ustedes los que pueden recordar a la gente de esta edad moderna y de este tiempo, y también a nosotros oblatos, disponerse a ese bautismo por el que todos debemos pasar. Encontré el camino pascual de la muerte que se acerca, poéticamente expresado, en unos versos del hermano Willi Günschmann de la Provincia de Francia, que falleció en 1992. Escribe, aunque no sabemos en qué contexto: “Anoche, Señor.... tuve miedo. Llamaste tan fuerte que pensé que había llegado la muerte. Y sin embargo... viniste como un amigo a recordarme que la vida no dura siempre... ¿Estoy dormido, estoy soñando? Sube un telón misterioso. ¿Estoy vivo... moribundo? Ya no sé. Una vez más, llegó la luz, y en la mañana temprano, me quedé al fin dormido. ¿Qué queda de tu visita, Señor? Todo está grabado en mi corazón, nunca más lo olvidaré, lo recordaré siempre.” Y otro hermano me escribía hace poco más sencillamente: “Me puse en las manos del Padre. Que ella que es la Madre de todos nosotros y san José me ayuden a llegar un día al lugar donde tantos de los nuestros están ya reunidos. Pidamos para que podamos alcanzar esa meta.” Tenemos tendencia a olvidarnos de “la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Pero, como afirma claramente san Pablo, si la muerte y la resurrección no son nuestro horizonte, nuestra fe no tiene sentido. Nosotros, misioneros, no recibiríamos la fuerza espiritual para llegar a santos sin antes haber renacido de los misterios pascuales. Ustedes están para recordárnoslo conforme se preparan para el gran viaje. En su librito Reste avec nous car le soir vient (Quédate con nosotros porque atardece), el cardenal Godfried Danneels escribe: “Cuanto más nos acercamos a la muerte más hemos de soñar en un nuevo nacimiento”. Queridos ancianos, ustedes son una parte importante de nuestra Congregación misionera, tan importante como los más jóvenes a quienes escribí una carta hace un año. Gracias por lo que son, por su evangelizar por su misma presencia. Si viven su misión a fondo, la labor de todos los oblatos dará mucho fruto y los pobres serán evangelizados de modos inesperados. No veo mejor modo de terminar mi conversación con ustedes que con las palabras de P. Fernand Jetté cuando describe cómo veía su propia vejez. Después de unos renglones, el texto es una invocación a la Madre de los oblatos. Ella estará siempre junto a nosotros, sea cual sea la forma de nuestra misión. “Viví toda mi vida en compañía de María. Ella me ha sostenido, animado, ayudado. A ella confío el tiempo que me queda de vida. Ayúdame, María, a dar gracias al Señor por todo el bien que ha hecho en mí y por mí. Presérvame de una vejez egoísta, triste, pesada para mí y para los otros.Presérvame de los pesares inútiles, los recuerdos inquietantes, las angustias y las dudas. Ayúdame a ofrecer al Señor cada día mis sufrimientos físicos y morales, uniéndolos a los de Cristo para la salvación del mundo, el bien de la Iglesia, el desarrollo de mi familia religiosa. ¡Guárdame hasta el fin en el amor, la confianza y la alegría!" (Apuntes y testamento, 1986) Unido a ustedes en la misma misión oblata, los saludo en Cristo y María Inmaculada, Guillermo Steckling, o.m.i. Superior general Roma, 8 de septiembre de 2001 DOCUMENTACIÓN OMI es una publicación no oficial de la Administración general de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada C.P. 9061, 00100 ROMA-AURELIO, Italia Fax (39) 06 39 37 53 22 E-mail: information@omigen.org |