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No. 273 octubre 2006

Alocución de los Obispos del Chad
al Papa Benedicto XVI
en su “Visita ad Limina”
Septiembre 2006

de Mons. Jean- Claude BOUCHARD, OMI
Obispo de Pala
Presidente de la conferencia episcopal


Santísimo Padre,

Saludos


1. Vinimos a Roma para rezar sobre la tumba de los Apóstoles Pedro y Pablo, de Pedro del que usted es el Sucesor como Jefe del Colegio de los Apóstoles, de Pablo el Apóstol de los Pueblos de quien nosotros, obispos del Chad, sucesores de los apóstoles y encargados del primer anuncio del Evangelio, con quien compartimos el carisma misionero. Este encuentro con usted, hoy reviste un particular sello, ya que se trata de nuestra primera visita al nuevo Papa como Conferencia episcopal. Le testimoniamos todo nuestro reconocimiento por la fraternidad con la cual nos acogió y estamos seguros que estos momentos de comunión intensa con el “que preside a toda la asamblea de la caridad” (LG 13c) y que recibió la misión “de confirmar a sus hermanos” (Luc 22,32) nos dará una nueva esperanza para nuestra misión, que a menudo es difícil ejercer.

Con motivo de esta visita, le traemos los saludos filiales de todos los cristianos del Chad, catecúmenos, bautizados, responsables laicos, religiosos, religiosas y clero. Estamos seguros de ser sus fieles intérpretes garantizándole su sincero afecto. Al mismo tiempo seremos portavoces para ellos, de lo que hayamos hecho, de lo que hayamos visto y habremos oído, y también de lo que hayamos dicho en Roma. Ya que nuestra joven Iglesia del Chad quiso compartir con usted, Santísimo Padre y con sus colaboradores, en un diálogo verdadero, su vivencia humana, a veces dolorosísima, como también su experiencia misionera. Este diálogo en la fraternidad cristiana y la comunión apostólica será ciertamente fructífero para nuestra Iglesia, que también esperamos que aporte su modesta contribución a la construcción de la “gran Iglesia”


El mundo que se debe evangelizar y el compromiso de la Iglesia


2. Decíamos más arriba que nuestro trabajo es a veces difícil. Estas dificultades se deben, en primer lugar al contexto en el cual vivimos y trabajamos. Anunciamos el Evangelio a una sociedad que está perdiendo sus puntos de referencia y sus valores, y no sabemos a veces en qué terreno fértil sembrar el Evangelio. En una sociedad que pretende también construirse políticamente, sin tomar en serio el funcionamiento los derechos más elementales de las personas, como el derecho a la seguridad, a la justicia, a la salud y a la educación. En nuestro país, la mortalidad infantil es de 102 por mil, la mortalidad materna de 1100 por 100.000 nacimientos; un 58% de los niños menores de 10 años no frecuentan la escuela. En algunas regiones el hambre es endémica.

Según Transparency Internacional, nuestro país, desde hace algunos años, encabeza de la lista de los países, en el índice de corrupción, sin que esto parezca preocupar mucho a nuestros dirigentes y a todos los que esta corrupción beneficia, los que son numerosos, por que lo que se llama “corrupción” arriesga convertirse en un arte de administrar el país y una manera de ganarse la vida. Por lo tanto, ¿ser “primero” en la corrupción no quiere decir ser “último” en la conciencia moral, cívica, político? Será muy difícil reparar los daños, sobre todo teniendo en cuenta, que no hay ninguna verdadera voluntad política para luchar contra esta situación.

3. Como toda Iglesia “local”, está situada en un lugar y en un tiempo determinado, tal es el contexto en que vive y trabaja actualmente la Iglesia del Chad. Lo que quiere decir que numerosos cristianos son tan responsables, o al menos cómplices, de esta situación, que no solamente compromete el futuro del país sino que es irreconciliable con la fe y la actuación de los cristianos. Numerosos bautizados viven permanentemente en un tipo de contradicción, en la que ellos asumen este hábito, que amenaza con hacerles perder todo sentido moral, ya sea evangélico o simplemente humano.

Esta degradación del sentido moral de la sociedad nos desafía fuertemente, a nosotros obispos del Chad, y se nos presenta desde ahora como un reto permanente que se ha de superar. Por ello, gracias al Evangelio y a la enseñanza social de la Iglesia, nos hacemos la voz de los “sin voz” y de aquellos que se llaman “sociedad civil”, con la cual muchos cuentan hoy, comenzando por las Instituciones internacionales (que no están, en absoluto, a favor del florecimiento de la corrupción), para defender los derechos humanos y luchar contra el mal gobierno. Cada año, para Navidad, publicamos un “Mensaje” sobre un tema que se refiere a la situación social, económica, política y religiosa del país. Estos Mensajes se alimentan de la palabra de Dios, aunque van dirigidos a todas las personas de buena voluntad, y son leídos con gran interés, seguramente por motivos diferentes, por unos y otros, de todas las etnias o religiones sin distinción. Nuestro próximo Mensaje para la Navidad 2006 se referirá a la Justicia.

Con motivo de circunstancias particulares, publicamos también “Declaraciones”. Mencionemos por ejemplo nuestra Declaración del 26 de abril pasado, publicada tras el abuso de autoridad de 13 de abril en la capital del país por una revolución armada “que arriesgó con volver a sumergir a nuestro país en el círculo infernal de la guerra y sobre todo de una mortal guerra civil urbana”, como lo escribimos. Hicimos un llamado al diálogo, al Gobierno y a todos los opositores, sin exclusión, a un diálogo que se comprometiera seriamente a resolver los males que gangrenan al país y no a hacer un simple parche electoral. Usted mismo declaró, el 18 de mayo de 2006, en su discurso al nuevo embajador Chad, que para “que una verdadera paz se instaure de manera definitiva”, “el diálogo y la concertación entre todas las partes interesadas, son esenciales “. Ahí usted también decía que la consolidación del proceso democrático “requiere especialmente de la aceptación por todos de una serie de valores, como la dignidad humana, el respeto de los derechos humanos, el bien común como fin y criterio de la regulación de la vida política y social”.

4. Pero, si los Mensajes y Declaraciones de los obispos son apreciados, hay que reconocer que el laicado cristiano y la élite de la sociedad en general tienen que esforzarse y comprometerse para denunciar la injusticia, defender los derechos del hombre, luchar contra la pobreza y la opresión, y construir una nueva sociedad. Sin embargo, merece destacarse, que ante las deficiencias del Estado, los propios campesinos se comprometen cada vez más para desarrollar su aldea, por ejemplo construyendo escuelas para escolarizar a sus hijos, tomando a su cargo a los profesores, desgraciadamente la mayor parte del tiempo, las personas reclutadas no están formadas. La vida asociativa se desarrolla, en el campo y en ciudad. Todo eso es positivo, y a menudo, son los cristianos los que se muestran más comprometidos en el desarrollo del pueblo y del país, poniendo así en práctica la afirmación de Jesús: “son la sal de la tierra y la luz del mundo” (Mt 5,13.14).

Para formar a los cristianos en la justicia y la paz, que son valores evangélicos básicos y corresponden a una gran necesidad, la Iglesia del Chad creó la Comisión “Justicia y Paz” que existe en las parroquias, las diócesis y en el ámbito nacional. Pero el trabajo de esta Comisión sigue siendo aún muy modesto, debido a la falta de competencia y organización de sus miembros, del temor a las autoridades, de la presión del medio social, y también debido a las graves fallas del sistema judicial.

Si podemos comprender las dificultades a las cuales se enfrentan los cristianos para vivir su fe, debemos sin embargo preguntarnos sobre el contenido del Evangelio que anunciamos a los millares de catecúmenos que piden el bautismo cada año. Es de temer que no se establezca el vínculo entre la fe en Cristo y una vida cristiana conforme a los valores evangélicos. Incluso, si es necesario tiempo para producir tales frutos, siempre inciertos por otra parte, se debe reconocer que la evangelización ha fallado en este ámbito, y ciertamente se falla aún hoy, mientras que hablamos de “nueva evangelización”. Hay allí un desafío ante el cual nuestras Iglesias de África no tienen el derecho a quedarse sin hacer nada. Es un reto que involucra a la catequesis, a la predicación, y también a la formación de los agentes pastorales, laicos y de sacerdotes, e incluso a la investigación teológica y filosófica. Evidentemente que aun no se aprovechan realmente algunos de los grandes documentos del Concilio Vaticano II, por ejemplo la Constitución “Gaudium et Spes”. El Papa Juan Pablo II señalaba en una Alocución a la Comisión Teológica Internacional:

“Ya han pasado veinte años desde que el Concilio Vaticano II presentó una espléndida síntesis sobre la dignidad humana unida por la alianza a Cristo creador y redentor.” Podemos quizá lamentar que esta doctrina no se haya introducido mucho en la teología y sea bien aplicada. Los teólogos de nuestro tiempo tienen el deber de comprometerse con esta vía y progresar desde el momento que consideran con justa razón, que la gracia de Dios y los derechos y deberes de la persona humana están unidos por un vínculo recíproco”. (véase CTI Págs. 404-405)

5. A estos males y deficiencias de nuestra sociedad se añade aún el peligro constante de la guerra. Peligro de guerra que nace de la situación interna del país, y que favorece la violencia, debido también a las relaciones conflictivas con el vecino país Sudán, por la guerra en Darfour. Esta guerra, lo sabemos, se desarrolla en condiciones atroces, sin respeto a ninguna norma. Ya causó entre 200.000 y 300.000 muertos, hay millones de desplazados y refugiados, incluidos más de 200.000 en el Chad, y ninguno de los acuerdos de paz firmados, se ha respetado. La guerra se eterniza y las tropas de la Unión Africana para el mantenimiento de la paz, presentes in situ, parecen haber reducido su papel a ser “simples observadores”.

Santo Padre, sabemos que usted no ahorra esfuerzos y que ha hecho llamadas para el cese de las hostilidades en Darfour. Se lo agradecemos. La Santa Sede interviene también a través de sus servicios competentes, como el Consejo Justicia y Paz y las distintas representaciones de la Sede Apostólica en la ONU y en las otras instituciones internacionales, para interpelar a los que guían el mundo, en favor de la paz, para que también cese la explotación de los países pobres y se llegue a relaciones comerciales más equitativas. El Director de la FAO calificó como “catastrófico el fracaso de las recientes negociaciones de la OMC”. Este fracaso afecta también al Chad cuya producción de algodón, por ejemplo, hace vivir a decenas de millares de familias.

6. Las guerras que duran desde hace años en el sur de Sudán y ahora en Darfour, tienen causas que no son directamente religiosas, sino que sin lugar a dudas complican las relaciones entre las religiones ya sea Sudán o el Chad que se sitúan en la zona Norte, de mayoría musulmana, y el Sur, que es de mayoría cristiana. Hoy estas poblaciones se mezclan cada vez más, los que se realiza en medio de choques debido a factores raciales, culturales y religiosos, a los cuales se añade la búsqueda del poder. Y la religión, en nuestros hermanos musulmanes, muy a menudo, se pone al servicio del poder.

La relación entre cristianos y musulmanes en el Chad es paradojal. Por una parte, vivimos oficialmente en un Estado donde se declara oficialmente la laicidad en la Constitución. La Iglesia tiene derecho de residencia por su acción caritativa, cultural y de desarrollo, y también por lo que se refiere a su organización y sus instituciones, libertad de reunión y de culto. Nos alegramos. La Prefectura Apostólica de Mongo, de la que es Prefecto, el padre Henri Coudray, el que hace su primera visita ad Limina, ha sido erigida sin dificultades especiales, aunque cubre un territorio de mayoría musulmana. La Iglesia firmó y firma aún Protocolos con el Estado por lo que se refiere a la Educación y la Salud. Muchos musulmanes se formaron en las escuelas católicas en el pasado y aún hoy. Los vínculos así creados, ciertamente contribuyen a construir una sociedad multiétnica, y respetuosa de las religiones.

Por otra parte, actualmente no podemos dejar de constatar el aumento del Islam en la administración, el comercio, la política, y el número de mezquitas que se construyen, incluso en los pueblos donde no hay musulmanes. Se hacen algunas presiones para convertir al Islam, especialmente a los jefes de aldeas y cantones, también a los jóvenes por parte de algunos profesores. En tal situación, las relaciones entre Cristianos y Musulmanes no pueden sino limitarse a las relaciones de buena vecindad o profesionales, a la de frecuentar en común las escuelas y centros culturales, de intercambios sin verdadero diálogo en conferencias y grupos de reflexión.

7. Uno no se puede referir actualmente al Chad sin hablar del petróleo. Cada vez más, se dice o se escribe que en África el petróleo hace la desdicha de los países productores, por la destrucción del medio ambiente, la desmovilización de las poblaciones, que cuentan con “el maná petrolífero”, la mala gestión y la proliferación de la corrupción. Se observa también que los países petrolíferos han llegado a ser más pobres porque descuidaron otros recursos. En el Chad la producción de petróleo es aún reciente y poco desarrollada (sin embargo hay prospecciones en curso) pero esto no impide que se constate una degradación del medio ambiente y los daños sociales. El Primer Ministro de País, originario de la zona petrolífera de Doba, decía recientemente que en su región no se ve ningún desarrollo y ninguna mejora de la vida.

¿Por qué? Las causas son ciertamente, por una parte, la desmovilización de las poblaciones y el derroche de las indemnizaciones recibidas de las sociedades petrolíferas; y por otra la administración que nada hace para poner en aviso a las poblaciones. Pero sobre todo, la causa vuelve al espíritu mercantil y a la falta de deontología de las compañías petrolíferas. No se ha hecho nada con seriedad por las poblaciones de la región. En el mismo Komé, donde se sitúa el campo de base de la sociedad, no hay pozos (de agua, no de petróleo!) en ninguno de los pueblos de la región; peor aún, en un informe de la Esso, está escrito que se construyó una clínica por un valor de 250.000 $ (128 millones CFA); Ahora bien el pequeño centro de salud en cuestión se construyó utilizando los servicios de la diócesis de Doba con un costo de 17 millones CFA (¡33 000$!).

En el ámbito del petróleo, la Iglesia también debió asumir un papel de suplencia a causa de la ausencia de organización de la sociedad. Participó y participa aún en la reflexión y en la animación de las poblaciones sobre todo a través de la Comisión Justicia y Paz. Un sacerdote, elegido por la Iglesia, también forma parte del Colegio de Control y Vigilancia de las Rentas Petrolíferas (CCSRP). Los poderes de este Colegio existen según la ley, pero en la práctica son muy limitados, a causa de la falta de medios de funcionamiento y de la incapacidad de controlar la realización de los programas y proyectos. Pero el Colegio tiene el mérito de existir y a menudo es presentado por el Estado chadiano y el Banco Mundial, como un modelo para otros países.

Santidad, en conclusión de esta parte de nuestra alocución, afirmamos nuestro deseo que la Iglesia sea una voz todavía profética para una África realmente libre. África tiene necesidad de ser ayudada a explotar para sí misma, para sus hijas e hijos, las riquezas que le pertenecen, y que se le dé la posibilidad de desempeñar su papel en el mundo, el digno papel de este gran continente.


Algunos aspectos de la Iglesia del Chad


8. Aunque las dificultades y los obstáculos no faltan en la vida de la Iglesia y el país, como se acaba de ver, nos sentimos en el deber de decir que en el Chad se construye la Iglesia de Jesucristo. Hay dolores y también alegrías. Debemos acoger el conjunto como una actualización del misterio pascual. Los desafíos que hay que afrontar son numerosos y nos hacen a menudo sentir nuestros límites. La tentación de caer en el dasliento es a veces fuerte, pero estamos sostenidos por la fe de los pequeños, el deseo de ser fieles a nuestra misión y la Fraternidad que existe con los agentes pastorales y entre nosotros los Obispos. Por la voz de sus Pastores, esta Iglesia del Chad le pide, Santo Padre, una palabra y gestos de apoyo y estímulo.

9. Si algunos ámbitos de la vida cristiana y el compromiso de las comunidades dejan que desear, como se dijo, debemos destacar el crecimiento y el dinamismo de un gran número de estas comunidades, y la generosidad de sus responsables. Ya señalamos que hay muchos bautismos cada año en la mayoría de nuestras regiones. Y un gran número de estos nuevos bautizados son jóvenes, muchachos y muchachas. Se trata de un fenómeno que va aumentando, debido ciertamente al número de padres ya bautizados, y también al hecho de que los jóvenes ya no encuentran en la Tradición de sus padres, que va perdiendo vigencia, la guía para sus vidas. La vida moderna hace mucho, pues mezcla las etnias y los medios de vida, además causa una búsqueda de identidad y un deseo de pertenencia a una comunidad más amplia que la de la familia o del clan. Los jóvenes señalan también el compromiso de la Iglesia en lo social, por ejemplo en la educación, por lo que son llevados a buscar en la Iglesia la satisfacción de sus necesidades.

10. Pero esta presencia creciente de los jóvenes en la Iglesia representa un gran desafío: pues es necesario evangelizarlos y catequizarlos, ya sea antes del bautismo, como después de él. No es seguro que la respuesta que nuestra Iglesia da actualmente a estas necesidades sea satisfactoria. Existe la tendencia en los adultos, y quizá aún más entre los jóvenes, a considerar el bautismo como un fin en sí, y no como un compromiso con Cristo: “(El bautismo) no es la purificación de las manchas del cuerpo, sino el compromiso con Dios de tener una buena conciencia; y los salva por la resurrección de Jesucristo”(1 Pe 3,21). La comunidad tiene en primer lugar el deber de realizar un discernimiento antes de engendrar hijos por el bautismo, y a continuación el deber de acompañar a estos nuevos hijos después de su bautismo. Todo eso requiere renovar el catecumenado y comprometer aún más a la comunidad.

El Sínodo de África consagró la expresión “Iglesia, Familia de Dios” (EIA 63). Pero es necesario hacer existir esta fraternidad. Hacemos mucho hincapié en las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) cómo: “Lugares de oración y escucha de la Palabra de Dios, de responsabilización de los propios miembros, del aprendizaje de la vida en Iglesia, de reflexión sobre los distintos problemas humanos a la luz del Evangelio” (EIA 89). Pero la tarea es dura ya que otro modelo de Iglesia dominó durante mucho tiempo: el de las grandes comunidades parroquiales que se encuentran en las celebraciones. Creemos, con todo, que las Comunidades de Base son indispensables para una Iglesia que quiere estar viva y activa.

En enero de 2005, se celebró en N’Djamena la Asamblea plenaria de la ACERAC (Asociación de las Conferencias Episcopales de la Región del África Central) cuyo tema era: “el lugar de los jóvenes en la sociedad y en la Iglesia”. Se había invitado a esta Asamblea a jóvenes de cada uno de los seis países. Los escuchamos. Lo que golpeaba de sus intervenciones, era el sentimiento de responsabilizarlos a ellos de la pérdida de confianza en sus padres, en los adultos en general, y en los dirigentes de sus países. Suplicaban a la Iglesia que se comprometiera aún más en el servicio de los jóvenes. El sínodo africano también pidió “volver a dar esperanza a los jóvenes” (EIA 115) ¿Nosotros queremos hacerlo, pero con qué medios?

11. Santo Padre, una de nuestras grandes dificultades es, en efecto, la falta de personal: religiosos y religiosas, sacerdotes. Las vocaciones no aumentan en proporción a las necesidades, e incluso se comprueba cierto estancamiento de las vocaciones ante las exigencias de este estilo de vida que no es evidente, es necesario reconocerlo, para una Iglesia joven (e incluso antigua, como se la ve hoy en Occidente) y ante las dificultades que representa una vida religiosa o presbiteral auténtica. Además, la sociedad sería un obstáculo más que una ayuda, pues parece que ya no puede seguir educando a sus hijos según valores coherentes. El nivel baja enormemente en los centros escolares debido a la insuficiencia de las estructuras y a la falta de los profesores calificados. Todo eso hace que se convierta en un enorme reto para la Iglesia y las Congregaciones religiosas que han de preparar el personal del que tienen necesidad.

Hay actualmente 113 seminaristas mayores para todo el país. Una parte llegará al sacerdocio pero eso no colmará los vacíos dejados por los misioneros, mientras que el trabajo se quintuplicó. Los sacerdotes a menudo son aplastados por el número de comunidades de las que son responsables, y por esta afluencia de jóvenes que la Iglesia debería acompañar, ya que son el futuro de la Iglesia y el país. Ni siquiera llegamos a destinar provisoriamente sacerdotes, para compromisos tan prioritarios, como la enseñanza en los seminarios mayores.

12. Como muchos otros países, el Chad se benefició en el pasado de la contribución considerable de religiosos y de los sacerdotes Fidei Donum que procedían de Europa y América del Norte. Este tiempo floreciente de las vocaciones en las antiguas Iglesias llega a su fin y la mayoría de los obispos se encuentran ante en la incapacidad de enviar nuevos sacerdotes e incluso de mantener las misiones que tenían. Algunos países de América Latina y Asia comienzan a orientarse hacia África, tomando así parcialmente el relevo. Esperamos que este movimiento vaya intensificándose, ya que en algunos países como la India y México, hay muchas vocaciones. Es a partir de ahora que África debe ser misionera, como lo decía el Papa Pablo VI en Kampala en 1969. Si es fácil decir que “la actividad misionera incluso deriva profundamente de la naturaleza de la Iglesia”, (AG 6) sin embargo, no es fácil vivir este aspecto esencial de la Iglesia. Es evidente que el reto es doble: hacer crecer el espíritu misionero en cada Iglesia y en toda la Iglesia, y formar los sacerdotes que se destinen a la misión.

Al decir eso, tenemos la convicción de tocar un ámbito eclesial importante, que merecería una reflexión profunda en toda la Iglesia, en particular en las Iglesias de África de las que formamos parte. Debido a la historia, éstas están acostumbradas más a recibir misioneros que enviarlos a otros países. De hecho, no es fácil obtener misioneros de los países de África donde la Iglesia es con todo mucho más antigua; además, los misioneros procedentes de los países del continente africano tienen a menudo dificultades para integrarse en otros países, al Chad por ejemplo. Es inevitable que los sacerdotes lleguen con su propia historia y la experiencia adquirida en la Iglesia de su país. Pero sería un error pensar que porque se es africano, se pueda adaptar en cualquier parte del África. Es también una mala teología, según nuestro modo de ver, el creer que hay un único modelo de Iglesia, como algunos parecen aún estar convencidos. Eso no corresponde ni a la naturaleza de la Iglesia ni se encuentra en el Nuevo Testamento (Act 8,1; 14,22-23) ni en el tiempo apostólico, y tampoco en la enseñanza más auténtica de la Iglesia (LG 26a).

Nos parece importante, Santo Padre, llamar la atención de toda la Iglesia, en particular de las Iglesias de África, sobre el deber y las exigencias de la misión. El quincuagésimo aniversario de la Encíclica Fidei Donum, que celebraremos en 2007, ¿Acaso no proporciona una única ocasión de renovar el espíritu y la práctica misionera de la Iglesia?

13. Para desarrollar el espíritu misionero, nos parece fundamental volver a dar toda su importancia a la Iglesia particular, que envía y acoge a los misioneros, y está pues en los dos polos de la misión. Es por otra parte la enseñanza que encontramos en el Decreto “Ad Gentes” del Concilio Vaticano II, y en la Exhortación Apostólica “Evangelii Nuntiandi” que contienen una enseñanza capital sobre la misión y que no son adecuadamente conocidos, o en cualquier caso, no suficientemente aprovechados. Actuamos como que si la evangelización ya se hubiera hecho en África, y que el trabajo del sacerdote misionero no consistiría sino en garantizar “el mantenimiento” de las comunidades cristianas, según un modelo probablemente universal que nos llegó desde Europa y que por otra parte está superado hoy día.


La Iglesia particular, fruto y autora de la misión


Ya en la visita ad Limina de 1988, la Conferencia episcopal del Chad había presentado a la Congregación para la Doctrina Fe, de la cual era Prefecto, su Santidad, un documento en el cual afirmaba que “la Iglesia sólo podrá llenar plena y verdaderamente su misión de evangelización si volvía a dar toda su importancia a las Iglesias particulares y a los sínodos locales”.

Como lo aclara Evangelii Nuntiandi: “La Iglesia universal se personifica de hecho en las Iglesias particulares constituidas, ellas, por tal o cual porción de humanidad concreta, hablando tal lengua, tributaria de una herencia cultural, de una visión del mundo, de un pasado histórico, de un substrato humano determinado. La apertura a las riquezas de la Iglesia particular responde a una sensibilidad especial del hombre contemporáneo.” (EN 62)

Son estas Iglesias particulares (LG 13c) en las que la actividad misionera debe pensar construir, las Iglesias que sean realmente autóctonas, con sus características propias, las Iglesias que “se arraigan en el pueblo” (AG 15), ellas mismas que anuncian el Evangelio a su pueblo “por medio de una catequesis adaptada”, que rezan “en una liturgia conforme al carácter del pueblo”, que son reguladas “por una legislación canónica conveniente” (AG 19). Por ello estas podrán “contribuir al bien de toda la Iglesia”. (AG 6)

Conviene, siempre según el Concilio, que estas nuevas Iglesias, incluso aún jóvenes, “participen efectivamente en la misión universal de la Iglesia, enviando ellas también misioneros que podrán anunciar el Evangelio por toda la tierra, aunque sufran de una escasez de clero. La comunión con la Iglesia universal será de una determinada manera consumada cuando, ellas también, participen activamente en la acción misionera en otras naciones”. (AG 20) (EIA 130)

Santo Padre, deseamos, con su estímulo, construir tales Iglesias vivas y misioneras, que reciben misioneros, pero que también los envían a otra parte.


La preparación de los misioneros


Pero no es misionero solo quien lo desea sino que, aún es necesario ser apto y preparado para “ir a la misión”. Esta preparación, de hecho pedida por la Iglesia, nos parece muy importante: “para todos los obreros de la evangelización, una preparación seria es necesaria” (EN 73). “El futuro misionero debe ser preparado a una tan noble tarea por una formación espiritual y moral especial... Se adaptará generosamente a las costumbres extranjeras del pueblo, a las situaciones cambiantes; de pleno acuerdo con ellos, con una caridad recíproca, aportará su trabajo y su ayuda a sus hermanos y a todos los que se consagran al mismo trabajo, de modo que sean, a imitación de la comunidad apostólica, un único corazón y una única alma (véase Act. 2,.42; 4, 32)”. (AG 25)

Nos parece que tal preparación de los misioneros exigiría a las Iglesias de África organizarse en las Conferencias episcopales, como lo hicieron las Iglesias de Europa. Nos permitimos pedir a la Congregación para la Evangelización de los Pueblos apoyar y sostener esta organización. A las Congregaciones misioneras, pedimos poner al servicio de las Iglesias jóvenes su competencia y algunos medios humanos y por qué no financieros, no olvidando al mismo tiempo, que ellas mismas deben renovarse permanentemente ya que las condiciones de la misión cambian, como lo dijo el Concilio.
 
14. Un último punto que queremos mencionar con respecto a la Iglesia del Chad se refiere a otra de nuestras prioridades actuales: promover el desarrollo de los recursos propios de nuestras Iglesias. Tal “asunción de responsabilidades” es no sólo necesaria, sino que es una condición esencial para construir una Iglesia realmente “local”. Es necesario no obstante reconocer que la tarea no es fácil, debido a las circunstancias históricas que hicieron que se haya acostumbrado a los cristianos, al menos los católicos de África, a menudo, a esperar todo de los misioneros. Es ahora difícil volver de nuevo atrás pero aprovecharemos todas nuestras fuerzas

Dicho esto, tenemos una gran necesidad de ayuda de las otras Iglesias en el plano material, por lo que agradecemos a las Pontificias Obras Misioneras que garanticen este servicio que comparte entre las Iglesias. Agradecemos también a todos los benefactores de los distintos países. Nos permitimos recurrir muy humildemente a las Iglesias más antiguas que nos ayudan por el envío de misioneros. Que nos ayudan también, según sus posibilidades, a asumir a estos misioneros, ya que los viajes y el mantenimiento cuestan caro, y no querríamos por una razón económica privarnos de la experiencia de las otras Iglesias, como las de América Latina por ejemplo.


Conclusión


Al terminar, Santísimo Padre, nos atrevemos a presentarle una petición: que el próximo Sínodo para África, decidido por su antecesor y confirmado por usted, se tenga en la tierra africana, volviendo a restablecer así la gran Tradición de Concilios regionales africanos de los siglos III, IV, V. Le reiteramos que África necesita este acontecimiento. Creemos que el Sínodo sobre “la Iglesia en África al servicio de reconciliación, justicia y paz” tendría mucho más impacto si se celebrara en África. El mundo entero tendría los ojos puestos en África y la Iglesia de África ella misma se sentiría mucho más comprometida.

En la alocución que usted pronunció con motivo de su encuentro con la Clero de Roma, en San Juan de Letrán, el 13 de mayo de 2005, mencionó varias veces África. Esta insistencia podría parecer asombrosa pues usted hablaba a su clero local. ¿Por qué África? Es la señal ciertamente de su compromiso con este continente especialmente olvidado en nuestro mundo de hoy. Usted pronunció fuertes palabras refiriéndose a Europa que habría exportado sus defectos al mismo tiempo que la fe en Cristo. Y animó a los cristianos de Roma a hacer todo lo posible frente África “para que la fe llegue y, con la fe, la fuerza de reconstruir una África cristiana, que será una África feliz, el gran continente del nuevo humanismo”. Les agradecemos, Santo Padre, estas palabras espléndidas.

Sí, nuestros países necesitan un nuevo humanismo y el Evangelio puede contribuir mucho a crear este nuevo humanismo, como lo fue en Europa en su tiempo. Pero son antes que nada los mismos hijos de África que deben y pueden construir este nuevo humanismo, permitiendo al Evangelio personificarse profundamente en la tierra africana. Para eso los hijos de África tienen necesidad de tener confianza en si mismos, de ser menos dependientes de los otros, y la Iglesia que se siente en el deber animarlos.

Santísimo Padre, que el Señor le asista en su pesada tarea. Le garantizamos nuestra comunión y nuestra oración, y solicitamos su bendición apostólica.

Los obispos del Chad

DOCUMENTACIÓN OMI es una publicación no oficial
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