- Documentación OMI ofrece a sus lectores las tres primeras
partes de un estudio del p. Bernard Dullier sobre el tema la comunidad
en san Eugenio de Mazenod. El autor se propone poner de
relieve la esencia misma de la vida comunitaria en el pensamiento de
nuestro fundador. Este estudio abre perspectivas nuevas sobre
el tema. Continuará en el próximo número.
- El p. Bernard Dullier, de la provincia de Francia, es miembro de la
comunidad de Ste-Foy-les- Lyon. Forma parte también del equipo
responsable de la Experiencia de Mazenod en lengua francesa. Bernard
es el autor de Te arriesgaste..., una semblanza muy acusada
de san Eugenio, que Documentación OMI ha publicado en
octubre de 1995 (N· 205).
1. A lo largo de este estudio, hablaremos de "comunidad"
sin abordar la cuestión de saber de qué tipo de comunidad
se trata: comunidad de casa, comunidad de distrito, u otra. Poco importa
aquí. El pensamiento de san Eugenio ha evolucionado en esta materia
con los años y el desarrollo de la congregación. En 1918,
no tiene en perspectiva más que una sola comunidad con todos los
misioneros bajo un mismo techo y coincidiendo con la única casa
de la sociedad. Después, con la instalación en Notre-Dame
du Laus, acepta el principio de que la congregación estará
formada por varias comunidades que serán todas residenciales. Sin
embargo, al mismo tiempo, en las misiones por los pueblos de Provenza,
toma conciencia de que los misioneros forman, durante las
cuatro a seis semanas que duran las misiones parroquiales,
una verdadera comunidad y deben vivir como una comunidad. Con las implantaciones
en Canadá y Natal admite que algunas comunidades podrán
reducirse a dos miembros y eso por una duración muy larga. Por
último, con la misión de Ceilán, aun cuando eso le
parezca completamente insatisfactorio y pida que termine lo más
rápidamente posible, la comunidad estará compuesta de misioneros
viviendo solos y muy lejos unos de otros.
2. Nuestro propósito no será, pues, discutir
sobre la manera concreta de vivir en comunidad, sino tratar de poner
de relieve la esencia misma de la vida comunitaria en el pensamiento de
nuestro fundador. Una reflexión sobre comunidad oblata hoy
no nos parece poder hacerse válidamente si no se funda en los cimientos
que san Eugenio ha querido poner.
Nos interesaremos preferentemente por el período
que va de 1815 (fundación de los misioneros de Provenza) a 1826
(reconocimiento por la Iglesia de los misioneros oblatos de María
Inmaculada). Es, en efecto, durante este período cuando el pensamiento
de Eugenio de Mazenod se estructura para establecerse sobre bases que
apenas evolucionarán después de las Reglas de 1826. Pero
abundaremos también sobre el período de después de
1826, porque, estando las bases puestas, la forma de la comunidad ha evolucionado
según las necesidades de la misión.
3. Este estudio no podría estar completo sin
la lectura de dos textos importantes:
- el artículo "Comunidad" de Francis
Santucci en "Diccionario de los valores oblatos", páginas
191 a 216, y
- el artículo "Comunidad y misión según Eugenio
de Mazenod" de Yvon Beaudoin en "Vie Oblate" número
49, año 1990, páginas 181 a 201.
Cuando Eugenio de Mazenod se instala con el sacerdote
François de Paule Henri Tempier en el antiguo Carmelo de Aix de
Provenza, fines de 1815 - comienzos de 1816, su vida da un viraje radical:
el de la vida comunitaria. Tras de sí, hay dos experiencias muy
diferentes de cierta forma de vida común de las que uno ha podido
preguntarse si no han influido en su proyecto de vida comunitaria.
Experiencia de vida común
en el seminario, de 1808 a 1812.
Como en todos los seminarios, se vive bajo el mismo techo, se participa
en los mismos oficios y se comparte la misma mesa. Sin embargo, no podría
ser cuestión de hablar ahí de "vida comunitaria".
El grupo no es una comunidad, sino una colección de individualidades
puestas unas al lado de otras, no teniendo en común más
que lo necesario para simplificar la vida y estimular el celo en los estudios
y la oración. Además, ¿por qué se iba a querer
enseñar la comunidad a hombres que van a ejercer después
solos su ministerio y vivir solos en su rectoral? Por eso, cuando vuelve
a Aix de Provenza en 1812, Eugenio de Mazenod vive un ministerio a la
medida de su independencia y de su carácter. Funda él solo
su obra de juventud y asegura su continuidad. Se compromete él
solo con los presos. Y él solo, por último, comienza sus
predicaciones en provenzal a los "empleados domésticos".
Aun cuando guarda de sus años de seminario el recuerdo de una gran
fraternidad y de una sana emulación, nunca se remite a esto como
origen o modelo de la vida comunitaria.
Experiencia de vida común
con el hermano Maur, de 1812 a 1815.
De vuelta a Aix, se instala con el hermano Maur, antiguo trapense al que
ha conocido en París. Pero, aun cuando éste último
desempeña cierto papel espiritual al lado de Eugenio -«Encargo
a Maur de corregirme de mis faltas, por la mañana, en la oración
(1)- es ante todo el compañero que lo
ayuda a llevar la casa y los cuidados domésticos: No puedo
arreglármelas sin tener un hombre a mi servicio... Se encuentra
en este momento, en la casa donde estoy, un hombre manso como un cordero,
solícito y cuidadoso, piadoso como un ángel, sabiendo arreglar
la ropa, empleo que ejercía en la comunidad donde era hermano,
porque es un religioso, fervoroso, prestándose a todo sin perder
nunca un minuto de tiempo, en una palabra, es un hombre cuyo servicio
me convendría de lo más y me sería difícil
encontrar otro igual (2). En este caso
tampoco podría ser cuestión de comunidad: el hermano Maur
es un buen servidor sin más. Por eso, cuando deja a Eugenio de
Mazenod para volver a su trapa, el 18 de septiembre 1815, eso no tiene
nada de dramático y este breve episodio de vida común no
condiciona en nada la vida comunitaria hacia la cual él va a lanzarse
dentro de unas semanas.
No es, pues, en estas experiencias pasadas de cierta
comunión de fe y de cierta vida en común donde hay que ir
a buscar la intuición fundadora de san Eugenio. Tenemos que mirar
a otra parte.
En realidad, es de una larga evolución que dura
tres años, de 1812 a 1815, y que acentúa la grave crisis
de 1814, como va a surgir la fundación de una comunidad original
cuya intuición hunde sus raíces en la identidad de la primitiva
comunidad apostólica.
Primera parte:
Una larga evolución de 1812 a 1815
1.
- La vuelta a Aix (1812 - 1814)
Por de pronto, no olvidemos que Eugenio de Mazenod no vuelve a Aix inmediatamente
después de su ordenación en Navidad de 1811. Tiene que quedarse
unos diez meses en el seminario de san Sulpicio para reemplazar a los
directores expulsados de sus puestos por Napoleón I. Aun cuando
está muy ocupado por sus funciones, tiene, sin embargo, tiempo
de soñar en el futuro.
Desde hace tiempo, sabe que no va a ser sacerdote al
estilo del antiguo régimen. No pretende ningún cargo eclesiástico
y rechaza de plano ser vicario general tanto de la diócesis de
Amiens como de la de Aix.
Quiere ser sacerdote y sólo sacerdote, buscando
en todo sólo a Dios, su gloria, la salvación de las almas
y el progreso en los caminos de la perfección (3).
Que su madre se dé por enterada: cuando haya vuelto a Aix, no es
cuestión de que ceda a las mundanidades a las que su rango, su
título o su nombre pudieran llevarle: No es menester que
se imaginen que, a mi regreso, me ponga a hacer o recibir visitas, a satisfacer
lo que se llama las conveniencias del mundo, etc., etc.. Nada de todo
eso (4).
Impulsado por el ejemplo de sus maestros de san Sulpicio,
se construye su reglamento interior con miras a su regreso a su ciudad
natal: seis horas de sueño, dos horas de oración, el oficio
completo, la eucaristía seguida de una larga acción de gracias,
cuatro horas de estudio y lectura de la sagrada Escritura, todo completado
por el rosario (5). No queda lugar apenas para
lo que se llama hoy un ministerio. Será, pues, sacerdote para sí,
habitando la casa materna de la calle Papassaudy, regular como un monje
y viviendo como un ermitaño: porque siempre se ha reconocido
en la Iglesia y entre las personas que han querido llegar a la perfección
que, para llegar y mantenerse en ella, era necesario someterse a una regla
fija e invariable que, cautivando sin cesar los desórdenes de los
sentidos y la inconstancia natural en la voluntad humana, fuese como un
pedagogo exacto y riguroso que no tolera jamás que su discípulo
se aparte de las reglas que una sabiduría ilustrada le ha dictado
(6).
Sin embargo, este hermoso reglamento, perfectamente
egocéntrico y previsto para ser invariable, permite casi en seguida
algunas excepciones, puesto que, en un documento que el padre Y. Beaudoin
data del comienzo de 1813, se ve aparecer una nueva resolución:
Visita a hospitales y presos y a casas de mendicidad (7).
Unos días más tarde, intenta calmar el celo apostólico
de su amigo Forbin- Janson. Modere ese celo a fin de que sea
más útil y de más larga duración (8),
pero al mismo tiempo termina diciéndole: Llegará
tal vez un tiempo en que te diré: matémonos ahora, ya no
somos buenos más que para eso. -Avancemos hasta la extinción!
(9).
Tomando esta última línea al pie de la
letra, se lanza a partir del 3 de marzo en su serie de predicaciones para
los empleados domésticos en la iglesia de la Magdalena. El 9 de
abril predica su primera misión, durante unos diez días,
en Puy-Ste-Réparade. Más o menos en las mismas fechas, comienza
su apostolado entre los presos de Aix (10). Y por
último, el 25 de abril, primer domingo después de Pascua,
funda la congregación de la juventud cristiana con siete jóvenes.
¿Qué pasó? Nada menos que Eugenio
de Mazenod se encontró con los hombres, personas concretas, por
las que Cristo su Señor ha derramado su sangre sobre el leño
de la cruz. No puede menos de tener para estos pobres, jóvenes
a la deriva, baja clase que constituyen los empleados domésticos,
presos abandonados de todos, los sentimientos de Cristo Jesús.
No vuelve a hablar sobre la necesidad de su reglamento
de vida, sobre el que meditará durante sus retiros de 1813 y 1814.
Pero, a esta necesidad de vida con Cristo en la eucaristía, la
oración y el estudio, se añade la necesidad de servir a
la Iglesia en los más abandonados con los que se cruza por las
calles de Aix.
Por el momento, le parece imposible armonizar sus dos
descubrimientos: pasa sin cesar de uno a otro, lamentándose, cuando
da demasiado tiempo a los hombres, de robar tiempo a Dios y lamentándose,
cuando se sume demasiado largamente en la oración y la meditación,
de no socorrer a los hombres que están a su puerta. Es
evidente para mí que trabajando por los otros, me he olvidado demasiado
de mí mismo... No está mal, indiscutiblemente, estar siempre
dispuesto a servir al prójimo, pero este año, este servicio
ha sido una verdadera esclavitud, y hay mucha culpa mía
(11).
Ya no es cuestión de vivir como ermitaño,
cerrado en su santificación personal. Pero sus múltiples
actividades pastorales, en respuesta a las necesidades de los hombres
con los que se encuentra, se parecen mucho al activismo desordenado en
el que reprochaba a su amigo Forbin-Janson haber caído. En todo
esto, Eugenio de Mazenod está solo y si, en un momento u otro,
habla de vida comunitaria
es para evocar la vida monástica en la que está
por buscar refugio para huir de la tensión que lo destroza.
2. - La crisis
de 1814
Al principio de 1814, Eugenio de Mazenod lleva, pues, al mismo tiempo
su triple ministerio con los jóvenes, con la gente humilde que
sólo habla provenzal y con los presos. A esto hay que añadir
la dirección espiritual en el seminario de Aix. Además,
comienza a ser conocido y muchos penitentes asedian su confesonario. Sobrecargado,
ya no sabe dónde dar con la cabeza. Su estricto programa casi monástico
no es ya más que un recuerdo lejano.
Por eso, cuando se detiene para analizar la situación,
el balance espiritual es catastrófico: He creído
reconocer que lo que ha causado más perjuicio en mi progreso durante
el transcurso de este año, es una excesiva inconstancia en mis
resoluciones y un desorden total en mis ejercicios, ocasionado por mis
relaciones con el prójimo (12).
El único remedio que encuentra para resolver
la tensión es reforzar su reglamento e imponerse una penitencia
por cada falta inexcusable a los artículos de este reglamento...
No hay en efecto otro medio para salir del deplorable estado de postración
en que caí (13). Pero constata
que esto lo aparta de los demás y se encierra cada vez más
en un círculo vicioso inextricable.
La crisis que se preparaba desde la cuaresma de 1813
estalla en marzo de 1814 cuando llegan a Aix 2.000 prisioneros militares
austríacos, abandonados de todos. Se da a ellos, entregándose
en cuerpo y alma, hasta el punto de atrapar la enfermedad de
las cárceles (14) (cólera
o tifus). Su estado es considerado como desesperado y permanece varios
días en el artículo de la muerte. Sale de esto, sin embargo,
y atribuye su curación, considerada por todos como milagrosa, al
fervor y a las oraciones de los muchachos de su obra de juventud. Pero
el aviso ha sido serio y necesita una larga convalecencia. Este tiempo
de descanso le permite entrar en sí mismo, reflexionar. Constata
que nada va bien: Esta mañana, inmediatamente antes de
subir al altar, ha habido que confesar. Apenas me quité las vestiduras
sacerdotales, ha habido que hacerlo de nuevo. Ayer, era la una cuando
no había dicho aún Prima, porque estuve hasta esa hora en
el tribunal. Por la mañana no había hecho casi acción
de gracias, porque había que estar con una numerosa juventud que
estaba harta de 2 horas y tres cuartos de ejercicios de religión.
No hay quien lo aguante: siempre todo para los otros, nada para uno. En
medio de todo este ajetreo, estoy solo (15).
En septiembre, su amigo Forbin-Janson decide reunir
un grupo de sacerdotes para la predicación de misiones parroquiales.
Propone a Eugenio de Mazenod unirse a ellos. Éste último,
que acaba de escribir lo solo que se encuentra, debería a priori
sentirse tentado por una propuesta de esta índole.
Ahora bien, se niega: No pienso en esto por
el momento... Soy el servidor de todos y estoy a la disposición
del primero que llega. Es al parecer la voluntad de Dios (16).
Es importante señalar el motivo de esta negativa: no se
siente atraído por este tipo de reagrupación que no es sino
una cohabitación y no una comunidad en el sentido real del término.
Es la vida religiosa la que lo atrae: Suspiro a veces por la
soledad y las órdenes religiosas que se limitan a la santificación
de los individuos que siguen su Regla, sin ocuparse de otro modo que por
la oración de la de los otros... Cuando no tenga ante los ojos
las necesidades extremas de mis pobres pecadores, sentiré menos
no socorrerlos... Entre tanto, sin embargo, mi tiempo y mis atenciones
son para ellos (17). Pero se trata aún
de una vida religiosa que aparece más como una huída que
como el medio para resolver la tensión que lo atormenta.
Sin embargo, la solución está a la vista
y es un mes más tarde cuando llega a la etapa decisiva de su reflexión.
Siempre a Forbin-Janson anuncia que, a pesar de sus problemas financieros,
tiene en perspectiva no una sociedad de sacerdotes sino una comunidad:
Esta comunidad que, por lo demás, no está más
que en mi cabeza, se establecería en mi casa... (18).
El proyecto, por otra parte, ha madurado ya bien puesto que añade:
Tengo también en mi mente algunas reglas que proponer, porque
considero importante que se viva de una manera sumamente regular
La unificación de los tres polos de su vida -gloria
de Dios, santificación personal y salvación de las almas-
se va por fin a realizar con su retiro de diciembre 1814. El texto de
este retiro es uno de los documentos esenciales para comprender la evolución
espiritual de nuestro fundador.
Desde el principio, plantea claramente el problema ante
el que se encuentra: Para trabajar en la salvación de
las almas, es preciso ser santo, muy santo, porque, sin esto, sería
inútil intentar la conversión de nadie. ¿Cómo
dar de lo que no se tiene (19).
Ya no busca su propia santificación para su dicha
personal, para encerrarse celosamente en su amor por el Dios al que ha
descubierto, como era el caso después de su ordenación y
durante sus tres primeros años de sacerdocio. Es por el contrario
su solicitud por los hombres más abandonados la que lo impulsa
a ser santo. Cuanto más se siente llamado a anunciar la Buena Noticia
a los que están lejos, más se siente emplazado a su propia
santificación. Y cuanto más avanza en el camino de la santidad,
más experimenta en sí los sentimientos de tierna compasión
por los hombres, sentimientos que son los del corazón de Cristo:
Vamos, alma mía, recobra el fervor... para vivir en medio
del mundo, para edificarlo, para santificarlo, para salvarlo sin perjudicarte
a ti misma (20). Pero ¿cómo
hacer para que esta tierna compasión por el hombre no lo disperse
espiritualmente? Este prójimo a quien debo amar, a quien
quiero servir y para el alma y para el cuerpo, me disipa, me molesta y,
cuando vuelvo de junto a él, ya no soy bueno para nada. Esto no
debería ser así. (21).
La vigésima meditación será capital.
Se centra en la imitación de Jesucristo: El tercer (y
último) grado de perfección consiste en estar en esta disposición...
estar animado por un deseo sincero de imitar a Jesucristo (22).
Imitar a Jesucristo en su deseo de la gloria del Padre. Imitar a Jesucristo
en su deseo de llevar la Buena Noticia a los pobres. Imitar a Jesucristo
que convoca y envía a los apóstoles a fin de llevar a cabo
esta misión.
En lo sucesivo, Eugenio de Mazenod conoce bien la respuesta
a su pregunta. La vida comunitaria, como imitación de Jesucristo
en medio de los apóstoles, va a ser objeto de toda su atención
y la respuesta a la llamada que ha oído. Necesitará aún
un año entero para concretar lo que acaba de presentir, pero los
cimientos están puestos.
3. - La respuesta
de la vida comunitaria
Si todo parece más o menos decidido a fines de 1814, hay que
esperar al otoño del año siguiente para que el fundador
pase a los hechos.
Los seis primeros meses de 1815 son en efecto muy agitados.
Por de pronto es la vuelta de Napoleón de la isla Elba y el período
de los Cien Días (1 de marzo - 18 de junio 1815) que ve el nuevo
destierro de la monarquía legítima; los proyectos de Eugenio
de comprometerse como capellán en los ejércitos reales del
duque de Angulema (23) y las agitaciones del Terror
Blanco en Provenza. A continuación, surgen las dificultades para
alojar a su Congregación de la juventud que lo absorben varias
semanas. Las ursulinas, que han acogido la obra después de su partida
de la casa de Valbelle, se hacen de rogar cada vez más para alojar
a este grupo de jóvenes sin duda muy piadosos, pero con todo y
con eso muy molestos. Por último, llega una última dificultad
en el momento en que el proyecto de fundación estaba a punto de
concluir con la compra del antiguo convento de los mínimos: las
religiosas del santísimo Sacramento, con una jugarreta, se lo soplaron
elegantemente (24).
Es a partir del comienzo de octubre de 1815 cuando puede
por fin dedicarse enteramente a la fundación de los misioneros
de Provenza.
Disponemos hoy de cinco documentos esenciales para comprender
cómo nuestro fundador concibe la vida comunitaria desde sus comienzos.
Son:
- la carta al sacerdote Hilaire Aubert de octubre 1815
- la carta al padre Henri Tempier del 9 de octubre 1815
- la carta al padre Henri Tempier del 15 de noviembre 1815
- la carta al padre Henri Tempier del 13 de diciembre 1815
- la carta a los vicarios capitulares de Aix del 25 de enero 1816.
Vamos a examinarlas, precisando que nada puede reemplazar
su lectura.
Carta al sacerdote
Hilaire Aubert, octubre de 1815 (25)
El sacerdote Hilaire Aubert, director en el seminario de Limoges,
está tentado de entrar en los jesuitas. Eugenio de Mazenod, que
parece conocerlo bien, se pone en contacto con él para asociarlo
al primer grupo de los misioneros de Provenza. Finalmente, el sacerdote
Aubert preferirá entrar en los Señores de la misión
de Francia de Forbin-Janson. Pero lo que cuenta para nosotros aquí,
es la carta que el fundador le escribe.
El documento es breve. El autor va directamente al asunto
y explica muy claramente sus intenciones.
Expone primero la urgencia: se trata de poner
remedio a los males más urgentes de aquellos de los que
menos personas se ocupan. Por eso, nada es más
indispensable.
Después, da el medio que hay que utilizar: para
esto, hay que estar juntos. -Ah! si pudiésemos formar
un núcleo. Porque se tratará de vivir en comunidad,
unidos por los lazos de la más tierna caridad, por la sumisión
exacta a la regla que adoptaremos.
Eso producirá frutos en los que serán
evangelizados como en los que evangelizarán en comunidad: -Oh!,
no lo dude, llegaremos a ser santos en nuestra congregación.
Por último, una sola palabra resume y recapitula
toda la carta: Viviremos apostólicamente.
Ya encontramos en esta breve cartita todos los elementos
de lo que es, para nuestro fundador, la única razón de la
vida comunitaria, elementos que repetirá, a tiempo y a destiempo,
en todos sus escritos y a lo largo de su vida: la comunidad que quiere
instituir es una 'comunidad regular' de hombres no teniendo más
que un corazón y un alma, inspirados por un único amor a
Cristo y a su Iglesia, y que, en un mismo movimiento, continúan
la 'comunidad apostólica', trabajando en su propia santificación
y participando en la evangelizacion de los más abandonados.
Carta al padre
tempier, 9 de octubre 1815 (26)
El sacerdote François de Paule Henri Tempier ha frecuentado el
seminario mayor de Aix hasta su ordenación en 1814. Es probablemente
allí donde ha conocido a Eugenio de Mazenod. Es vicario en Arles
cuando nuestro fundador le escribe la famosa carta cuyo comienzo conocen
todos los oblatos: Mi querido amigo, lea esta carta al pie de
su crucifijo...
El documento es más largo que el anterior. Vuelven
las mismas ideas, pero más desarrolladas y los enlaces del pensamiento
son más explícitos.
En el primer párrafo, expone las disposiciones
interiores que hay que tener: Lea esta carta al pie de su crucifijo,
con la disposición de escuchar solamente a Dios. Se trata,
pues, de ponerse a los pies del Señor y de dejarse guiar por él.
Es él y sólo él el 'Maestro', el que está
en el centro y el que llama. Eugenio de Mazenod se contenta con repercutir
la llamada del Señor. Entonces, así puesto a la escucha
del crucificado, es posible oír: el interés de
su gloria y la salvación de las almas.
En el segundo párrafo, Eugenio de Mazenod lanza
su llamamiento al padre Tempier: Le digo que usted es necesario
para la obra que el Señor nos ha inspirado emprender.
Para convencerlo, pinta
el cuadro de la desolación de los campos provenzales
a la cual se trata de poner remedio. El remedio no será posible
más que por un solo medio: destruir el imperio del demonio
y al mismo tiempo dar el ejemplo de una vida verdaderamente eclesiástica.
Contrariamente a lo que había sentido en la tensión de los
años 1812-1814, ya no opone el celo al exterior y la santidad
personal. Ahora se completan el uno al otro y son necesarios el uno al
otro.
Y es entonces cuando enuncia la frase capital, la que
proporciona el medio de hacer esta unidad, de acabar con la tensión
para realizar la gloria de Dios y la salvación de las almas: (esto
se hará) en la comunidad que formarán. Y el
fundador añade, para hacer comprender bien su pensamiento: porque
viviremos juntos en una casa que he comprado, bajo una regla que adoptaremos
de común acuerdo.
No es, pues, cuestión solamente de vivir bajo
un mismo techo, sino de vivir bajo una misma regla, lo que sólo
permitirá realizar el objetivo fijado. La vida común será
el testimonio, en el sentido fuerte de la palabra, es decir, ya la realización
significante de la obra a la cual se siente llamado. No se sitúa
en esto desde el punto de vista de un medio cualquiera haciendo al grupo
más fuerte o más eficaz, sino desde el punto de vista del
signo que realiza lo que quiere significar: el anuncio del evangelio a
los más abandonados y la santificación personal de los misioneros.
El tercer párrafo constituye la clave del pensamiento:
Queremos escoger hombres que tengan la voluntad y el valor de seguir
las huellas de los apóstoles.
Como en la carta al sacerdote Aubert, la palabra de
apóstol figura en la cima del documento. Porque es a eso a lo que
el fundador quiere llegar.
Habiéndose puesto al pie del Señor y habiendo
descubierto en el corazón de Cristo su única voluntad que
es servir la gloria del Padre, persuadido de que el servicio de esta gloria
del Padre pasa por la salvación de los hombres, se siente llamado
a esta misión única como los apóstoles y al estilo
de los apóstoles. Ahora bien, los apóstoles sólo
son apóstoles porque son una comunidad reunida por Cristo y en
torno a Cristo, puesta bajo la misma regla, la del seguimiento de Cristo.
Carta al
padre Tempier, 15 de noviembre 1815 (27).
El sacerdote Tempier responde positivamente, maravillado de haber sido
juzgado digno de trabajar por la gloria de Dios y la salvación
de las almas (28). En seguida, Eugenio
de Mazenod se abandona a la alegría y su breve respuesta le permite
precisar lo que ha escrito el 9 de octubre y detallar la manera como vislumbra
esta comunidad en ciernes.
Por de pronto debe ser una comunidad de hermanos y no
una cohabitación de eclesiásticos aplicados a la misma tarea.
Por eso comienza así: Bendito sea Dios, queridísimo
hermano. Cuando se conocen las costumbres eclesiásticas
de la época, se sabe que la costumbre era decirse "señor",
sobre todo en el ambiente de san Sulpicio. Ahora bien, no solamente el
señor es reemplazado por hermano, sino que toda la carta
rebosa de este calor fraternal: -Lástima que no esté
cerca de mí para poder estrecharle contra mi corazón y darle
un abrazo de hermano...! -Qué dulces son los lazos de la caridad!
Tal debe ser la comunidad formándose: una comunidad
de caridad total donde se pueda leer en la perfecta fraternidad el signo
de la comunidad apostólica reunida en torno a su Señor.
A continuación insiste en las cualidades comunitarias
que serán necesarias. El sacerdote Tempier es llamado porque posee
tales cualidades y poco importa que no esté muy dotado para las
misiones: Cuento con usted mucho más que conmigo para
la regularidad de una casa que, en mi idea y en mis esperanzas, debe reproducir
la perfección de los primeros apóstoles; fundo mucho más
mis esperanzas en esto que en los discursos elocuentes.
¿Puede decirse más claramente que la esencia
misma del grupo misionero reuniéndose en el Carmelo de Aix es ser
una comunidad apostólica?
El sacerdote Tempier había escrito: Lo
que no haga en grandes discursos, lo haré en catecismos, en conferencias,
en el tribunal de la penitencia, y por todos los demás medios que
puedan instaurar el reino de Jesucristo en las almas (29).
Y el sacerdote de Mazenod le responde en sustancia: Lo haremos por nuestro
ser comunitario.
Carta al
padre Tempier, 13 de diciembre 1815 (30).
En respuesta a una segunda carta del sacerdote Tempier y ante la inminencia
de la instalación en el antiguo Carmelo, el sacerdote de Mazenod
envía un último mensaje, que sólo querría
ser técnico, para arreglar el asunto del acuerdo de los vicarios
generales.
Pero en realidad, el texto desborda este marco. En su
pluma, las palabras de comunidad, que repite tres veces, y de misión
están estrechamente mezcladas como si sólo se tratase, en
su pensamiento, de una sola y misma realidad.
En tres ocasiones asimismo, vuelve a hablar de otro
punto que lleva muy dentro: la comunidad es la vez el lugar de la santificación
personal de sus miembros y el lugar de su envío en misión.
Es el sentido del programa que él traza para los días venideros:
Comenzaremos por trabajar en nosotros mismos; después, reglamentaremos
el género de vida que adoptaremos para la ciudad y para las misiones,
por último, llegaremos a ser santos.
La santificación personal y la misión
son las dos facetas de la misma realidad, cristalizada por y en la vida
comunitaria. Una sola consigna: Trabajar juntos por la gloria
de Dios y nuestra santificación. Porque es preciso
que seamos francamente santos nosotros mismos para que el proyecto
dé resultado, ahora y en el futuro. El mismo vínculo entre
la comunidad, la santidad y la misión lo expresa él días
más tarde en una carta a Forbin-Janson. Teme que el sacerdote Tempier
no obtenga la autorización para dejar Arles: Un cuarto,
que es un ángel, que parece creado para hacer la felicidad de una
comunidad, no puede conseguir salir de su vicaría, aunque protesta
que no puede aguantar y que sólo quiere trabajar en las misiones
(31).
Este vínculo se volverá a encontrar a
lo largo de su vida. No juzgará a los que se presentan para entrar
en la congregación primero por su competencia en la predicación
o sus conocimientos intelectuales sino por su actitud para entrar en la
perspectiva de la comunidad apostólica que ha fundado: Si
sólo se tratara de ir a predicar mal que bien la palabra de Dios,
mezclada con mucho ingrediente humano, recorrer los campos con el propósito,
si quiere, de ganar almas para Dios, sin preocuparse mucho uno mismo por
ser hombres interiores, hombres verdaderamente apostólicos, creo
que no sería difícil reemplazarlo, pero ¿puede creer
que quiera esta mercancía?
Carta a los
vicarios capitulares de Aix, 25 de enero 1816 (32)
Vayamos, por último, al documento capital que es la súplica
redactada por Eugenio de Mazenod, firmada por sus primeros compañeros
(33) y dirigida a los vicarios generales capitulares
de Aix.
Por su naturaleza misma, este texto tenía que
ser breve y claro puesto que se trata de una petición oficial.
Pues bien, pese a su aridez administrativa, refleja perfectamente, y tal
vez aún más claramente que las cartas anteriores, la perspectiva
de comunidad apostólica que va a constituir la Sociedad de los
misioneros de Provenza.
En los cinco primeros párrafos, el fundador describe
la situación deplorable de las ciudades pequeñas
y pueblos de Provenza que han perdido casi por completo la fe.
Después, en los cinco párrafos siguientes,
anuncia lo que la sociedad de los misioneros de Provenza se propone hacer.
Aunque se trata de hablar de una sociedad de sacerdotes naciendo, es la
palabra de "comunidad" la que se repite, una vez por
párrafo. Se proponen vivir en comunidad bajo una regla.
Encontrarán en la comunidad de misioneros poco más
o menos las mismas ventajas que
en el estado religioso. Han preferido
formar una comunidad para hacerse útil a la diócesis y para
trabajar en su propia santificación. Se ejercitarán
en comunidad en adquirir las virtudes propias de un buen misionero.
Por último, al regresar de sus correrías apostólicas,
entrarán en la comunidad.
Los últimos párrafos, sin emplear las
palabras de vida religiosa que no serán introducidas oficialmente
sino en el capítulo de 1818, establecen, sin embargo, todas las
estructuras. Así, la primera cosa que es instituida es la perseverancia:
Los misioneros deben proponerse, al entrar en la sociedad, perseverar
en ella toda la vida. Porque ¿cómo constituir
una comunidad de hermanos, una verdadera familia, sin estabilidad? Luego
viene la obediencia: Cada uno de los miembros asume con ella
(el compromiso) de vivir en la obediencia al superior y la observancia
de los estatutos y reglamentos. Pues la comunidad debe vivir
en imitación a Cristo obediente al Padre. Finalmente insiste en
la exención: La casa de la misión estará
totalmente exenta de la jurisdicción del párroco de la parroquia...
Gozará a este respecto de los privilegios de las antiguas casas
religiosas. Porque no se trata de añadir una obra a todas
las obras ya presentes en la parroquia, la ciudad o la diócesis,
sino poner la comunidad naciente en las huellas de la comunidad apostólica
y, por tanto, bajo la sola dependencia de Cristo y del que lo representa:
el obispo.
Esta petición que define oficialmente el estatuto
de los misioneros de Provenza concluye lo que hemos visto establecerse
poco a poco en el fundador desde su vuelta a Aix, en octubre de 1812.
Pone en debida forma lo que estaba presente, pero disperso, en las tres
cartas a Henri Tempier. El padre Yvon Beaudoin ha resumido muy bien esta
evolución: El proyecto de predicar a los pobres de Provenza
implica, desde el principio, la formación de una comunidad de sacerdotes
que viven juntos en la misma casa y están reunidos bajo una regla
y en un estilo de vida regular (34).
Pero, para estar del todo completo y llegar al fundamento
de la vida comunitaria en Eugenio de Mazenod, tenemos que añadir:
al estilo de los apóstoles instituidos por Cristo,
puesto que esta noción está presente en todos estos documentos.
Es esencial en las cartas dirigidas a Aubert, Tempier y a los vicarios
generales capitulares. Se repite con insistencia en otros escritos que
datan de la misma época así como en esta carta a los vicarios
capitulares. Está incluso presente en otros documentos de la misma
época y, por ejemplo, en la carta que el fundador escribía
a su padre, en exilio en Palermo, para que pida a los ricachones
de Palermo contribuir a la financiación de la compra
del antiguo Carmelo. Le dice que está fundando como un
establecimiento de misioneros que estarán encargados de recorrer
los campos para hacer volver a los pueblos a los sentimientos de religión...
Es en las antiguas carmelitas donde nos establecemos para, desde ahí,
hacer las correrías apostólicas (35).
Incluso aquí, el vínculo entre la comunidad y la
obra apostólica es determinante.
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