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Documentación OMI noviembre 1999
DOCUMENTACIÓN - OMI
N· 230 noviembre 1999

* * * * *
La Comunidad en san Eugenio de Mazenod (I)

Índice

Preámbulo importante

Introducción

Primera parte: Una larga evolución de 1812 a 1815

  1. - La vuelta a Aix (1812 - 1814)
  2. - La crisis de 1814
  3. - La respuesta de la vida comunitaria

Segunda Parte: La comunidad apostólica según san Eugenio

  1. - La comunidad oblata: una comunidad instituida por Cristo
  2. - La comunidad oblata: una comunidad apostólica

Tercera parte: Los fines de la comunidad según san Eugenio

  1. - La comunidad para la gloria de Dios y la salvación de las almas
  2. - La comunidad para la santificación de sus miembros

Notas


  • Documentación OMI ofrece a sus lectores las tres primeras partes de un estudio del p. Bernard Dullier sobre el tema “la comunidad en san Eugenio de Mazenod”. El autor se propone “poner de relieve la esencia misma de la vida comunitaria en el pensamiento de nuestro fundador”. Este estudio abre perspectivas nuevas sobre el tema. Continuará en el próximo número.
  • El p. Bernard Dullier, de la provincia de Francia, es miembro de la comunidad de Ste-Foy-les- Lyon. Forma parte también del equipo responsable de la Experiencia de Mazenod en lengua francesa. Bernard es el autor de “Te arriesgaste...”, una semblanza muy acusada de san Eugenio, que Documentación OMI ha publicado en octubre de 1995 (N· 205).
Preámbulo importante

1. A lo largo de este estudio, hablaremos de "comunidad" sin abordar la cuestión de saber de qué tipo de comunidad se trata: comunidad de casa, comunidad de distrito, u otra. Poco importa aquí. El pensamiento de san Eugenio ha evolucionado en esta materia con los años y el desarrollo de la congregación. En 1918, no tiene en perspectiva más que una sola comunidad con todos los misioneros bajo un mismo techo y coincidiendo con la única casa de la sociedad. Después, con la instalación en Notre-Dame du Laus, acepta el principio de que la congregación estará formada por varias comunidades que serán todas residenciales. Sin embargo, al mismo tiempo, en las misiones por los pueblos de Provenza, toma conciencia de que los misioneros forman, durante las

cuatro a seis semanas que duran las misiones parroquiales, una verdadera comunidad y deben vivir como una comunidad. Con las implantaciones en Canadá y Natal admite que algunas comunidades podrán reducirse a dos miembros y eso por una duración muy larga. Por último, con la misión de Ceilán, aun cuando eso le parezca completamente insatisfactorio y pida que termine lo más rápidamente posible, la comunidad estará compuesta de misioneros viviendo solos y muy lejos unos de otros.

2. Nuestro propósito no será, pues, discutir sobre la manera concreta de vivir en comunidad, sino tratar de poner de relieve la esencia misma de la vida comunitaria en el pensamiento de nuestro fundador. Una reflexión sobre comunidad oblata hoy no nos parece poder hacerse válidamente si no se funda en los cimientos que san Eugenio ha querido poner.

Nos interesaremos preferentemente por el período que va de 1815 (fundación de los misioneros de Provenza) a 1826 (reconocimiento por la Iglesia de los misioneros oblatos de María Inmaculada). Es, en efecto, durante este período cuando el pensamiento de Eugenio de Mazenod se estructura para establecerse sobre bases que apenas evolucionarán después de las Reglas de 1826. Pero abundaremos también sobre el período de después de 1826, porque, estando las bases puestas, la forma de la comunidad ha evolucionado según las necesidades de la misión.

3. Este estudio no podría estar completo sin la lectura de dos textos importantes:

  • el artículo "Comunidad" de Francis Santucci en "Diccionario de los valores oblatos", páginas 191 a 216, y
  • el artículo "Comunidad y misión según Eugenio de Mazenod" de Yvon Beaudoin en "Vie Oblate" número 49, año 1990, páginas 181 a 201.
Introducción

Cuando Eugenio de Mazenod se instala con el sacerdote François de Paule Henri Tempier en el antiguo Carmelo de Aix de Provenza, fines de 1815 - comienzos de 1816, su vida da un viraje radical: el de la vida comunitaria. Tras de sí, hay dos experiencias muy diferentes de cierta forma de vida común de las que uno ha podido preguntarse si no han influido en su proyecto de vida comunitaria.

Experiencia de vida común en el seminario, de 1808 a 1812.
Como en todos los seminarios, se vive bajo el mismo techo, se participa en los mismos oficios y se comparte la misma mesa. Sin embargo, no podría ser cuestión de hablar ahí de "vida comunitaria". El grupo no es una comunidad, sino una colección de individualidades puestas unas al lado de otras, no teniendo en común más que lo necesario para simplificar la vida y estimular el celo en los estudios y la oración. Además, ¿por qué se iba a querer enseñar la comunidad a hombres que van a ejercer después solos su ministerio y vivir solos en su rectoral? Por eso, cuando vuelve a Aix de Provenza en 1812, Eugenio de Mazenod vive un ministerio a la medida de su independencia y de su carácter. Funda él solo su obra de juventud y asegura su continuidad. Se compromete él solo con los presos. Y él solo, por último, comienza sus predicaciones en provenzal a los "empleados domésticos". Aun cuando guarda de sus años de seminario el recuerdo de una gran fraternidad y de una sana emulación, nunca se remite a esto como origen o modelo de la vida comunitaria.

Experiencia de vida común con el hermano Maur, de 1812 a 1815.
De vuelta a Aix, se instala con el hermano Maur, antiguo trapense al que ha conocido en París. Pero, aun cuando éste último desempeña cierto papel espiritual al lado de Eugenio -«Encargo a Maur de corregirme de mis faltas, por la mañana, en la oración” (1)- es ante todo el compañero que lo ayuda a llevar la casa y los cuidados domésticos: “No puedo arreglármelas sin tener un hombre a mi servicio... Se encuentra en este momento, en la casa donde estoy, un hombre manso como un cordero, solícito y cuidadoso, piadoso como un ángel, sabiendo arreglar la ropa, empleo que ejercía en la comunidad donde era hermano, porque es un religioso, fervoroso, prestándose a todo sin perder nunca un minuto de tiempo, en una palabra, es un hombre cuyo servicio me convendría de lo más y me sería difícil encontrar otro igual” (2). En este caso tampoco podría ser cuestión de comunidad: el hermano Maur es un buen servidor sin más. Por eso, cuando deja a Eugenio de Mazenod para volver a su trapa, el 18 de septiembre 1815, eso no tiene nada de dramático y este breve episodio de vida común no condiciona en nada la vida comunitaria hacia la cual él va a lanzarse dentro de unas semanas.

No es, pues, en estas experiencias pasadas de cierta comunión de fe y de cierta vida en común donde hay que ir a buscar la intuición fundadora de san Eugenio. Tenemos que mirar a otra parte.

En realidad, es de una larga evolución que dura tres años, de 1812 a 1815, y que acentúa la grave crisis de 1814, como va a surgir la fundación de una comunidad original cuya intuición hunde sus raíces en la identidad de la primitiva comunidad apostólica.

Primera parte:
Una larga evolución de 1812 a 1815

1. - La vuelta a Aix (1812 - 1814)
Por de pronto, no olvidemos que Eugenio de Mazenod no vuelve a Aix inmediatamente después de su ordenación en Navidad de 1811. Tiene que quedarse unos diez meses en el seminario de san Sulpicio para reemplazar a los directores expulsados de sus puestos por Napoleón I. Aun cuando está muy ocupado por sus funciones, tiene, sin embargo, tiempo de soñar en el futuro.

Desde hace tiempo, sabe que no va a ser sacerdote al estilo del antiguo régimen. No pretende ningún cargo eclesiástico y rechaza de plano ser vicario general tanto de la diócesis de Amiens como de la de Aix.

Quiere ser sacerdote y sólo sacerdote, “buscando en todo sólo a Dios, su gloria, la salvación de las almas y el progreso en los caminos de la perfección(3). Que su madre se dé por enterada: cuando haya vuelto a Aix, no es cuestión de que ceda a las mundanidades a las que su rango, su título o su nombre pudieran llevarle: “No es menester que se imaginen que, a mi regreso, me ponga a hacer o recibir visitas, a satisfacer lo que se llama las conveniencias del mundo, etc., etc.. Nada de todo eso(4).

Impulsado por el ejemplo de sus maestros de san Sulpicio, se construye su reglamento interior con miras a su regreso a su ciudad natal: seis horas de sueño, dos horas de oración, el oficio completo, la eucaristía seguida de una larga acción de gracias, cuatro horas de estudio y lectura de la sagrada Escritura, todo completado por el rosario (5). No queda lugar apenas para lo que se llama hoy un ministerio. Será, pues, sacerdote para sí, habitando la casa materna de la calle Papassaudy, regular como un monje y viviendo como un ermitaño: “porque siempre se ha reconocido en la Iglesia y entre las personas que han querido llegar a la perfección que, para llegar y mantenerse en ella, era necesario someterse a una regla fija e invariable que, cautivando sin cesar los desórdenes de los sentidos y la inconstancia natural en la voluntad humana, fuese como un pedagogo exacto y riguroso que no tolera jamás que su discípulo se aparte de las reglas que una sabiduría ilustrada le ha dictado” (6).

Sin embargo, este hermoso reglamento, perfectamente egocéntrico y previsto para ser invariable, permite casi en seguida algunas excepciones, puesto que, en un documento que el padre Y. Beaudoin data del comienzo de 1813, se ve aparecer una nueva resolución: “Visita a hospitales y presos y a casas de mendicidad” (7). Unos días más tarde, intenta calmar el celo apostólico de su amigo Forbin- Janson. “Modere ese celo a fin de que sea más útil y de más larga duración” (8), pero al mismo tiempo termina diciéndole: “Llegará tal vez un tiempo en que te diré: matémonos ahora, ya no somos buenos más que para eso. -Avancemos hasta la extinción!” (9).

Tomando esta última línea al pie de la letra, se lanza a partir del 3 de marzo en su serie de predicaciones para los empleados domésticos en la iglesia de la Magdalena. El 9 de abril predica su primera misión, durante unos diez días, en Puy-Ste-Réparade. Más o menos en las mismas fechas, comienza su apostolado entre los presos de Aix (10). Y por último, el 25 de abril, primer domingo después de Pascua, funda la congregación de la juventud cristiana con siete jóvenes.

¿Qué pasó? Nada menos que Eugenio de Mazenod se encontró con los hombres, personas concretas, por las que Cristo su Señor ha derramado su sangre sobre el leño de la cruz. No puede menos de tener para estos pobres, jóvenes a la deriva, baja clase que constituyen los empleados domésticos, presos abandonados de todos, los sentimientos de Cristo Jesús.

No vuelve a hablar sobre la necesidad de su reglamento de vida, sobre el que meditará durante sus retiros de 1813 y 1814. Pero, a esta necesidad de vida con Cristo en la eucaristía, la oración y el estudio, se añade la necesidad de servir a la Iglesia en los más abandonados con los que se cruza por las calles de Aix.

Por el momento, le parece imposible armonizar sus dos descubrimientos: pasa sin cesar de uno a otro, lamentándose, cuando da demasiado tiempo a los hombres, de robar tiempo a Dios y lamentándose, cuando se sume demasiado largamente en la oración y la meditación, de no socorrer a los hombres que están a su puerta. “Es evidente para mí que trabajando por los otros, me he olvidado demasiado de mí mismo... No está mal, indiscutiblemente, estar siempre dispuesto a servir al prójimo, pero este año, este servicio ha sido una verdadera esclavitud, y hay mucha culpa mía(11).

Ya no es cuestión de vivir como ermitaño, cerrado en su santificación personal. Pero sus múltiples actividades pastorales, en respuesta a las necesidades de los hombres con los que se encuentra, se parecen mucho al activismo desordenado en el que reprochaba a su amigo Forbin-Janson haber caído. En todo esto, Eugenio de Mazenod está solo y si, en un momento u otro, habla de vida comunitaria

es para evocar la vida monástica en la que está por buscar refugio para huir de la tensión que lo destroza.

2. - La crisis de 1814
Al principio de 1814, Eugenio de Mazenod lleva, pues, al mismo tiempo su triple ministerio con los jóvenes, con la gente humilde que sólo habla provenzal y con los presos. A esto hay que añadir la dirección espiritual en el seminario de Aix. Además, comienza a ser conocido y muchos penitentes asedian su confesonario. Sobrecargado, ya no sabe dónde dar con la cabeza. Su estricto programa casi monástico no es ya más que un recuerdo lejano.

Por eso, cuando se detiene para analizar la situación, el balance espiritual es catastrófico: “He creído reconocer que lo que ha causado más perjuicio en mi progreso durante el transcurso de este año, es una excesiva inconstancia en mis resoluciones y un desorden total en mis ejercicios, ocasionado por mis relaciones con el prójimo(12).

El único remedio que encuentra para resolver la tensión es reforzar su reglamento e “imponerse una penitencia por cada falta inexcusable a los artículos de este reglamento... No hay en efecto otro medio para salir del deplorable estado de postración en que caí” (13). Pero constata que esto lo aparta de los demás y se encierra cada vez más en un círculo vicioso inextricable.

La crisis que se preparaba desde la cuaresma de 1813 estalla en marzo de 1814 cuando llegan a Aix 2.000 prisioneros militares austríacos, abandonados de todos. Se da a ellos, entregándose en cuerpo y alma, hasta el punto de atrapar “la enfermedad de las cárceles(14) (cólera o tifus). Su estado es considerado como desesperado y permanece varios días en el artículo de la muerte. Sale de esto, sin embargo, y atribuye su curación, considerada por todos como milagrosa, al fervor y a las oraciones de los muchachos de su obra de juventud. Pero el aviso ha sido serio y necesita una larga convalecencia. Este tiempo de descanso le permite entrar en sí mismo, reflexionar. Constata que nada va bien: “Esta mañana, inmediatamente antes de subir al altar, ha habido que confesar. Apenas me quité las vestiduras sacerdotales, ha habido que hacerlo de nuevo. Ayer, era la una cuando no había dicho aún Prima, porque estuve hasta esa hora en el tribunal. Por la mañana no había hecho casi acción de gracias, porque había que estar con una numerosa juventud que estaba harta de 2 horas y tres cuartos de ejercicios de religión. No hay quien lo aguante: siempre todo para los otros, nada para uno. En medio de todo este ajetreo, estoy solo” (15).

En septiembre, su amigo Forbin-Janson decide reunir un grupo de sacerdotes para la predicación de misiones parroquiales. Propone a Eugenio de Mazenod unirse a ellos. Éste último, que acaba de escribir lo solo que se encuentra, debería a priori sentirse tentado por una propuesta de esta índole.

Ahora bien, se niega: “No pienso en esto por el momento... Soy el servidor de todos y estoy a la disposición del primero que llega. Es al parecer la voluntad de Dios(16). Es importante señalar el motivo de esta negativa: no se siente atraído por este tipo de reagrupación que no es sino una cohabitación y no una comunidad en el sentido real del término. Es la vida religiosa la que lo atrae: “Suspiro a veces por la soledad y las órdenes religiosas que se limitan a la santificación de los individuos que siguen su Regla, sin ocuparse de otro modo que por la oración de la de los otros... Cuando no tenga ante los ojos las necesidades extremas de mis pobres pecadores, sentiré menos no socorrerlos... Entre tanto, sin embargo, mi tiempo y mis atenciones son para ellos(17). Pero se trata aún de una vida religiosa que aparece más como una huída que como el medio para resolver la tensión que lo atormenta.

Sin embargo, la solución está a la vista y es un mes más tarde cuando llega a la etapa decisiva de su reflexión. Siempre a Forbin-Janson anuncia que, a pesar de sus problemas financieros, tiene en perspectiva no una sociedad de sacerdotes sino una comunidad: “Esta comunidad que, por lo demás, no está más que en mi cabeza, se establecería en mi casa...(18). El proyecto, por otra parte, ha madurado ya bien puesto que añade: “Tengo también en mi mente algunas reglas que proponer, porque considero importante que se viva de una manera sumamente regular”

La unificación de los tres polos de su vida -gloria de Dios, santificación personal y salvación de las almas- se va por fin a realizar con su retiro de diciembre 1814. El texto de este retiro es uno de los documentos esenciales para comprender la evolución espiritual de nuestro fundador.

Desde el principio, plantea claramente el problema ante el que se encuentra: “Para trabajar en la salvación de las almas, es preciso ser santo, muy santo, porque, sin esto, sería inútil intentar la conversión de nadie. ¿Cómo dar de lo que no se tiene(19).

Ya no busca su propia santificación para su dicha personal, para encerrarse celosamente en su amor por el Dios al que ha descubierto, como era el caso después de su ordenación y durante sus tres primeros años de sacerdocio. Es por el contrario su solicitud por los hombres más abandonados la que lo impulsa a ser santo. Cuanto más se siente llamado a anunciar la Buena Noticia a los que están lejos, más se siente emplazado a su propia santificación. Y cuanto más avanza en el camino de la santidad, más experimenta en sí los sentimientos de tierna compasión por los hombres, sentimientos que son los del corazón de Cristo: “Vamos, alma mía, recobra el fervor... para vivir en medio del mundo, para edificarlo, para santificarlo, para salvarlo sin perjudicarte a ti misma(20). Pero ¿cómo hacer para que esta tierna compasión por el hombre no lo disperse espiritualmente? “Este prójimo a quien debo amar, a quien quiero servir y para el alma y para el cuerpo, me disipa, me molesta y, cuando vuelvo de junto a él, ya no soy bueno para nada. Esto no debería ser así.(21).

La vigésima meditación será capital. Se centra en la imitación de Jesucristo: “El tercer (y último) grado de perfección consiste en estar en esta disposición... estar animado por un deseo sincero de imitar a Jesucristo(22). Imitar a Jesucristo en su deseo de la gloria del Padre. Imitar a Jesucristo en su deseo de llevar la Buena Noticia a los pobres. Imitar a Jesucristo que convoca y envía a los apóstoles a fin de llevar a cabo esta misión.

En lo sucesivo, Eugenio de Mazenod conoce bien la respuesta a su pregunta. La vida comunitaria, como imitación de Jesucristo en medio de los apóstoles, va a ser objeto de toda su atención y la respuesta a la llamada que ha oído. Necesitará aún un año entero para concretar lo que acaba de presentir, pero los cimientos están puestos.

3. - La respuesta de la vida comunitaria
Si todo parece más o menos decidido a fines de 1814, hay que esperar al otoño del año siguiente para que el fundador pase a los hechos.

Los seis primeros meses de 1815 son en efecto muy agitados. Por de pronto es la vuelta de Napoleón de la isla Elba y el período de los Cien Días (1 de marzo - 18 de junio 1815) que ve el nuevo destierro de la monarquía legítima; los proyectos de Eugenio de comprometerse como capellán en los ejércitos reales del duque de Angulema (23) y las agitaciones del Terror Blanco en Provenza. A continuación, surgen las dificultades para alojar a su Congregación de la juventud que lo absorben varias semanas. Las ursulinas, que han acogido la obra después de su partida de la casa de Valbelle, se hacen de rogar cada vez más para alojar a este grupo de jóvenes sin duda muy piadosos, pero con todo y con eso muy molestos. Por último, llega una última dificultad en el momento en que el proyecto de fundación estaba a punto de concluir con la compra del antiguo convento de los mínimos: “las religiosas del santísimo Sacramento, con una jugarreta, se lo soplaron elegantemente” (24).

Es a partir del comienzo de octubre de 1815 cuando puede por fin dedicarse enteramente a la fundación de los misioneros de Provenza.

Disponemos hoy de cinco documentos esenciales para comprender cómo nuestro fundador concibe la vida comunitaria desde sus comienzos. Son:

  1. la carta al sacerdote Hilaire Aubert de octubre 1815
  2. la carta al padre Henri Tempier del 9 de octubre 1815
  3. la carta al padre Henri Tempier del 15 de noviembre 1815
  4. la carta al padre Henri Tempier del 13 de diciembre 1815
  5. la carta a los vicarios capitulares de Aix del 25 de enero 1816.

Vamos a examinarlas, precisando que nada puede reemplazar su lectura.

Carta al sacerdote Hilaire Aubert, octubre de 1815 (25)
El sacerdote Hilaire Aubert, director en el seminario de Limoges, está tentado de entrar en los jesuitas. Eugenio de Mazenod, que parece conocerlo bien, se pone en contacto con él para asociarlo al primer grupo de los misioneros de Provenza. Finalmente, el sacerdote Aubert preferirá entrar en los Señores de la misión de Francia de Forbin-Janson. Pero lo que cuenta para nosotros aquí, es la carta que el fundador le escribe.

El documento es breve. El autor va directamente al asunto y explica muy claramente sus intenciones.

Expone primero la urgencia: se trata de “poner remedio a los males más urgentes” de aquellos de los que “menos personas se ocupan”. Por eso, “nada es más indispensable”.

Después, da el medio que hay que utilizar: para esto, hay que estar juntos. “-Ah! si pudiésemos formar un núcleo”. Porque se tratará de vivir en comunidad, “unidos por los lazos de la más tierna caridad, por la sumisión exacta a la regla que adoptaremos”.

Eso producirá frutos en los que serán evangelizados como en los que evangelizarán en comunidad: “-Oh!, no lo dude, llegaremos a ser santos en nuestra congregación”.

Por último, una sola palabra resume y recapitula toda la carta: “Viviremos apostólicamente”.

Ya encontramos en esta breve cartita todos los elementos de lo que es, para nuestro fundador, la única razón de la vida comunitaria, elementos que repetirá, a tiempo y a destiempo, en todos sus escritos y a lo largo de su vida: la comunidad que quiere instituir es una 'comunidad regular' de hombres no teniendo más que un corazón y un alma, inspirados por un único amor a Cristo y a su Iglesia, y que, en un mismo movimiento, continúan la 'comunidad apostólica', trabajando en su propia santificación y participando en la evangelizacion de los más abandonados.

Carta al padre tempier, 9 de octubre 1815 (26)
El sacerdote François de Paule Henri Tempier ha frecuentado el seminario mayor de Aix hasta su ordenación en 1814. Es probablemente allí donde ha conocido a Eugenio de Mazenod. Es vicario en Arles cuando nuestro fundador le escribe la famosa carta cuyo comienzo conocen todos los oblatos: “Mi querido amigo, lea esta carta al pie de su crucifijo...”

El documento es más largo que el anterior. Vuelven las mismas ideas, pero más desarrolladas y los enlaces del pensamiento son más explícitos.

En el primer párrafo, expone las disposiciones interiores que hay que tener: “Lea esta carta al pie de su crucifijo, con la disposición de escuchar solamente a Dios”. Se trata, pues, de ponerse a los pies del Señor y de dejarse guiar por él. Es él y sólo él el 'Maestro', el que está en el centro y el que llama. Eugenio de Mazenod se contenta con repercutir la llamada del Señor. Entonces, así puesto a la escucha del crucificado, es posible oír: “el interés de su gloria y la salvación de las almas”.

En el segundo párrafo, Eugenio de Mazenod lanza su llamamiento al padre Tempier: “Le digo que usted es necesario para la obra que el Señor nos ha inspirado emprender”. Para convencerlo, pinta

el cuadro de la desolación de los campos provenzales a la cual se trata de poner remedio. El remedio no será posible más que por un solo medio: “destruir el imperio del demonio y al mismo tiempo dar el ejemplo de una vida verdaderamente eclesiástica”. Contrariamente a lo que había sentido en la tensión de los años 1812-1814, ya no opone el celo al exterior y la santidad personal. Ahora se completan el uno al otro y son necesarios el uno al otro.

Y es entonces cuando enuncia la frase capital, la que proporciona el medio de hacer esta unidad, de acabar con la tensión para realizar la gloria de Dios y la salvación de las almas: “(esto se hará) en la comunidad que formarán”. Y el fundador añade, para hacer comprender bien su pensamiento: “porque viviremos juntos en una casa que he comprado, bajo una regla que adoptaremos de común acuerdo”.

No es, pues, cuestión solamente de vivir bajo un mismo techo, sino de vivir bajo una misma regla, lo que sólo permitirá realizar el objetivo fijado. La vida común será el testimonio, en el sentido fuerte de la palabra, es decir, ya la realización significante de la obra a la cual se siente llamado. No se sitúa en esto desde el punto de vista de un medio cualquiera haciendo al grupo más fuerte o más eficaz, sino desde el punto de vista del signo que realiza lo que quiere significar: el anuncio del evangelio a los más abandonados y la santificación personal de los misioneros.

El tercer párrafo constituye la clave del pensamiento: “Queremos escoger hombres que tengan la voluntad y el valor de seguir las huellas de los apóstoles”.

Como en la carta al sacerdote Aubert, la palabra de apóstol figura en la cima del documento. Porque es a eso a lo que el fundador quiere llegar.

Habiéndose puesto al pie del Señor y habiendo descubierto en el corazón de Cristo su única voluntad que es servir la gloria del Padre, persuadido de que el servicio de esta gloria del Padre pasa por la salvación de los hombres, se siente llamado a esta misión única como los apóstoles y al estilo de los apóstoles. Ahora bien, los apóstoles sólo son apóstoles porque son una comunidad reunida por Cristo y en torno a Cristo, puesta bajo la misma regla, la del seguimiento de Cristo.

Carta al padre Tempier, 15 de noviembre 1815 (27).
El sacerdote Tempier responde positivamente, maravillado de haber sido juzgado digno “de trabajar por la gloria de Dios y la salvación de las almas (28). En seguida, Eugenio de Mazenod se abandona a la alegría y su breve respuesta le permite precisar lo que ha escrito el 9 de octubre y detallar la manera como vislumbra esta comunidad en ciernes.

Por de pronto debe ser una comunidad de hermanos y no una cohabitación de eclesiásticos aplicados a la misma tarea. Por eso comienza así: “Bendito sea Dios, queridísimo hermano”. Cuando se conocen las costumbres eclesiásticas de la época, se sabe que la costumbre era decirse "señor", sobre todo en el ambiente de san Sulpicio. Ahora bien, no solamente el señor es reemplazado por hermano, sino que toda la carta rebosa de este calor fraternal: “-Lástima que no esté cerca de mí para poder estrecharle contra mi corazón y darle un abrazo de hermano...! -Qué dulces son los lazos de la caridad!

Tal debe ser la comunidad formándose: una comunidad de caridad total donde se pueda leer en la perfecta fraternidad el signo de la comunidad apostólica reunida en torno a su Señor.

A continuación insiste en las cualidades comunitarias que serán necesarias. El sacerdote Tempier es llamado porque posee tales cualidades y poco importa que no esté muy dotado para las misiones: “Cuento con usted mucho más que conmigo para la regularidad de una casa que, en mi idea y en mis esperanzas, debe reproducir la perfección de los primeros apóstoles; fundo mucho más mis esperanzas en esto que en los discursos elocuentes”.

¿Puede decirse más claramente que la esencia misma del grupo misionero reuniéndose en el Carmelo de Aix es ser una comunidad apostólica?

El sacerdote Tempier había escrito: “Lo que no haga en grandes discursos, lo haré en catecismos, en conferencias, en el tribunal de la penitencia, y por todos los demás medios que puedan instaurar el reino de Jesucristo en las almas(29). Y el sacerdote de Mazenod le responde en sustancia: Lo haremos por nuestro ser comunitario.

Carta al padre Tempier, 13 de diciembre 1815 (30).
En respuesta a una segunda carta del sacerdote Tempier y ante la inminencia de la instalación en el antiguo Carmelo, el sacerdote de Mazenod envía un último mensaje, que sólo querría ser técnico, para arreglar el asunto del acuerdo de los vicarios generales.

Pero en realidad, el texto desborda este marco. En su pluma, las palabras de comunidad, que repite tres veces, y de misión están estrechamente mezcladas como si sólo se tratase, en su pensamiento, de una sola y misma realidad.

En tres ocasiones asimismo, vuelve a hablar de otro punto que lleva muy dentro: la comunidad es la vez el lugar de la santificación personal de sus miembros y el lugar de su envío en misión. Es el sentido del programa que él traza para los días venideros: “Comenzaremos por trabajar en nosotros mismos; después, reglamentaremos el género de vida que adoptaremos para la ciudad y para las misiones, por último, llegaremos a ser santos”.

La santificación personal y la misión son las dos facetas de la misma realidad, cristalizada por y en la vida comunitaria. Una sola consigna: “Trabajar juntos por la gloria de Dios y nuestra santificación”. Porque “es preciso que seamos francamente santos nosotros mismos” para que el proyecto dé resultado, ahora y en el futuro. El mismo vínculo entre la comunidad, la santidad y la misión lo expresa él días más tarde en una carta a Forbin-Janson. Teme que el sacerdote Tempier no obtenga la autorización para dejar Arles: “Un cuarto, que es un ángel, que parece creado para hacer la felicidad de una comunidad, no puede conseguir salir de su vicaría, aunque protesta que no puede aguantar y que sólo quiere trabajar en las misiones(31).

Este vínculo se volverá a encontrar a lo largo de su vida. No juzgará a los que se presentan para entrar en la congregación primero por su competencia en la predicación o sus conocimientos intelectuales sino por su actitud para entrar en la perspectiva de la comunidad apostólica que ha fundado: “Si sólo se tratara de ir a predicar mal que bien la palabra de Dios, mezclada con mucho ingrediente humano, recorrer los campos con el propósito, si quiere, de ganar almas para Dios, sin preocuparse mucho uno mismo por ser hombres interiores, hombres verdaderamente apostólicos, creo que no sería difícil reemplazarlo, pero ¿puede creer que quiera esta mercancía?”

Carta a los vicarios capitulares de Aix, 25 de enero 1816 (32)
Vayamos, por último, al documento capital que es la súplica redactada por Eugenio de Mazenod, firmada por sus primeros compañeros (33) y dirigida a los vicarios generales capitulares de Aix.

Por su naturaleza misma, este texto tenía que ser breve y claro puesto que se trata de una petición oficial. Pues bien, pese a su aridez administrativa, refleja perfectamente, y tal vez aún más claramente que las cartas anteriores, la perspectiva de comunidad apostólica que va a constituir la Sociedad de los misioneros de Provenza.

En los cinco primeros párrafos, el fundador describe la situación “deplorable de las ciudades pequeñas y pueblos de Provenza que han perdido casi por completo la fe”.

Después, en los cinco párrafos siguientes, anuncia lo que la sociedad de los misioneros de Provenza se propone hacer. Aunque se trata de hablar de una sociedad de sacerdotes naciendo, es la palabra de "comunidad" la que se repite, una vez por párrafo. Se proponen “vivir en comunidad bajo una regla”. Encontrarán “en la comunidad de misioneros poco más o menos las mismas ventajas que

en el estado religioso”. “Han preferido formar una comunidad para hacerse útil a la diócesis y para trabajar en su propia santificación”. “Se ejercitarán en comunidad en adquirir las virtudes propias de un buen misionero”. Por último, “al regresar de sus correrías apostólicas, entrarán en la comunidad”.

Los últimos párrafos, sin emplear las palabras de vida religiosa que no serán introducidas oficialmente sino en el capítulo de 1818, establecen, sin embargo, todas las estructuras. Así, la primera cosa que es instituida es la perseverancia: “Los misioneros deben proponerse, al entrar en la sociedad, perseverar en ella toda la vida”. Porque ¿cómo constituir una comunidad de hermanos, una verdadera familia, sin estabilidad? Luego viene la obediencia: “Cada uno de los miembros asume con ella (el compromiso) de vivir en la obediencia al superior y la observancia de los estatutos y reglamentos”. Pues la comunidad debe vivir en imitación a Cristo obediente al Padre. Finalmente insiste en la exención: “La casa de la misión estará totalmente exenta de la jurisdicción del párroco de la parroquia... Gozará a este respecto de los privilegios de las antiguas casas religiosas”. Porque no se trata de añadir una obra a todas las obras ya presentes en la parroquia, la ciudad o la diócesis, sino poner la comunidad naciente en las huellas de la comunidad apostólica y, por tanto, bajo la sola dependencia de Cristo y del que lo representa: el obispo.

Esta petición que define oficialmente el estatuto de los misioneros de Provenza concluye lo que hemos visto establecerse poco a poco en el fundador desde su vuelta a Aix, en octubre de 1812. Pone en debida forma lo que estaba presente, pero disperso, en las tres cartas a Henri Tempier. El padre Yvon Beaudoin ha resumido muy bien esta evolución: “El proyecto de predicar a los pobres de Provenza implica, desde el principio, la formación de una comunidad de sacerdotes que viven juntos en la misma casa y están reunidos bajo una regla y en un estilo de vida regular” (34).

Pero, para estar del todo completo y llegar al fundamento de la vida comunitaria en Eugenio de Mazenod, tenemos que añadir: “al estilo de los apóstoles instituidos por Cristo”, puesto que esta noción está presente en todos estos documentos. Es esencial en las cartas dirigidas a Aubert, Tempier y a los vicarios generales capitulares. Se repite con insistencia en otros escritos que datan de la misma época así como en esta carta a los vicarios capitulares. Está incluso presente en otros documentos de la misma época y, por ejemplo, en la carta que el fundador escribía a su padre, en exilio en Palermo, para que pida “a los ricachones de Palermo contribuir” a la financiación de la compra del antiguo Carmelo. Le dice que está fundando “como un establecimiento de misioneros que estarán encargados de recorrer los campos para hacer volver a los pueblos a los sentimientos de religión... Es en las antiguas carmelitas donde nos establecemos para, desde ahí, hacer las correrías apostólicas(35). Incluso aquí, el vínculo entre la comunidad y la obra apostólica es determinante.


Segunda Parte:
La comunidad apostólica según san Eugenio

En muchos fundadores, de san Antonio del desierto a san Francisco de Asís, pasando por san Basilio de Cesarea, padre de los monjes de oriente, por san Benito de Nursia, padre de los monjes de occidente y por muchos otros, la inspiración y la intuición de su vocación a la vida religiosa se encuentran en el evangelio del joven rico (Mt 19,16-22). Como él, se sienten invitados a dejar todo para seguir a Jesús. En un gran impulso de generosidad, parten y se comprometen, solos, en este seguimiento de Cristo. No es sino más tarde, a veces después de muchos años, cuando algunos compañeros se les unen y les piden ponerse a su escuela. Entonces, pero solamente entonces y, por tanto, en un segundo tiempo e impulsados por los discípulos que vienen a ellos, constituyen una comunidad, le dan una regla y fundan así una familia religiosa.

En san Eugenio, el proceso es inverso. Sacerdote diocesano, comienza por reunir otros sacerdotes para, con ellos y, por tanto, en comunidad, ponerse al seguimiento de Cristo. Es después y poco a poco cuando esta comunidad, paso a paso y según las necesidades de la misión, toma la forma y el estatuto de la vida religiosa. Primero un embrión de regla, en febrero-marzo de 1816, con las nociones de perseverancia y de obediencia. Luego los votos, formulados como tales y aún, en un primer tiempo, solamente los votos de obediencia y de castidad en el capítulo de 1818. Por último,

el voto de pobreza, en el capítulo de 1821. Pero la comunidad está ahí desde el principio, como la piedra angular sobre la cual todo el edificio va poco a poco a construirse.

En él la comunidad es de tal manera primordial que no aceptará nunca dispensar a cualquiera que sea. A veces, concederá "dispensas" de uno u otro voto (así el padre Deblieu sólo hará los votos de castidad y de obediencia en 1819 y el padre Dupuy no hará nunca el de pobreza). Cuando autoriza a tal o tal oblato a vivir solo, a menudo por razones familiares como el padre Gondrand, le pide relacionarse con un comunidad de la que formará parte totalmente. Cuando, por las necesidades de la misión, en Ceilán, por ejemplo, los padres partan solos, estarán, sin embargo, constituidos en comunidades aun cuando no vivan bajo el mismo techo. La vida comunitaria es constitutiva de la obra que ha fundado.

Es, pues, normal que, contrariamente a la mayor parte de los otros fundadores de orden, Eugenio de Mazenod no haga nunca referencia o incluso alusión al evangelio del "joven rico". En cambio, es en el texto de 'la institución de los doce' donde él se inspira: “Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó (36) doce, a los que llamó apóstoles (37), para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar (Mc 3,13-14).

Lo que es primero en este texto es la acción de Cristo. Es él quien toma la iniciativa de llamar y de instituir. Por su acción, por su llamada, individuos aislados son hechos apóstoles por el hecho mismo de que son instituidos doce, es decir, comunidad.

Estas dos ideas de institución por Cristo y de institución apostólica son esenciales y resumen todo lo que el fundador pone bajo la palabra de comunidad. Todas las palabras llevan y se encuentran casi literalmente en los textos constitutivos de la congregación:

1. - La comunidad oblata: una comunidad instituida por Cristo
Ya en el texto de 1818, la expresión “Cristo fundador de la comunidad” está en el centro de la regla. “Su fundador es Jesucristo, el mismo Hijo de Dios(38). Y el texto añade: “sus primeros padres, los apóstoles”.

En el texto definitivo de 1825 aprobado por el papa en 1826, no solamente la misma frase es mantenida, sino el título de “Sociedad de los misioneros de Provenza” pasó a ser “Instituto de los misioneros de Provenza”, luego cuando la aprobación pontificia, “Instituto de los misioneros oblatos de María Inmaculada”. Instituto: llega a ser constitutivo para toda la Sociedad en su ser mismo de ser instituida por el Señor Jesucristo. En el capítulo primero, el fundador escribe: “El fin del instituto de los misioneros llamados de Provenza, del nombre de la provincia donde han nacido, es formar una reunión de sacerdotes seculares que viven juntos y que se esfuerzan en imitar las virtudes y los ejemplos de nuestro Salvador Jesucristo, dedicándose principalmente a predicar a los pobres la palabra de Dios(39).

Durante su retiro de 1831, cuando medita largamente sobre el texto de las reglas, señala con insistencia esta idea que considera como constitutiva del instituto: “¿Podría creerse que la regla supone que se ha insistido bastante en la necesidad indispensable de imitar a Jesucristo? No. Ella nos presenta al Salvador como verdadero fundador de la congregación y a los apóstoles, que fueron los primeros que siguieron las huellas de su Maestro, como nuestros primeros padres. ¿Puede haber algo más apremiante que nos lleve a imitarlos? -Jesús, nuestro fundador; los apóstoles, nuestros predecesores, nuestros primeros padres!... Juremos ser fieles, hacernos dignos de nuestra gran vocación... Íntimamente unidos a Jesucristo, su jefe, no harán sino uno entre sí, sus hijos, muy estrechamente unidos por los lazos de la más ardiente caridad” (40).

Esta noción de 'Cristo fundador' transcribe en el estilo peculiar de Eugenio de Mazenod el texto del evangelio de Marcos. Las palabras son un poco diferentes, pero es la misma idea: la reunión, por Cristo que llama, forma y envía, es el acto fundador de la comunidad.

Comprendemos por qué Cristo es llamado tan a menudo el fundador. Como ha instituido a los doce haciendo de ellos una comunidad, de la misma manera instituye a los misioneros oblatos de María Inmaculada haciendo de ellos una comunidad. Como Cristo ha instituido a los doce para ser sus compañeros y enviarlos a predicar, de la misma manera instituye a los oblatos para que se santifiquen en su compañía y para que vayan a los más abandonados. “¿Qué hizo nuestro Señor Jesucristo”? (41), se pregunta el fundador en las reglas de 1818. “¿Qué debemos hacer nosotros?”, pregunta en este mismo texto.

2. - La comunidad oblata: una comunidad apostólica
«Su fundador es Jesucristo, el mismo Hijo de Dios, y sus primeros padres son los apóstoles”, dice la regla de 1818. Los misioneros de Provenza no tienen otra referencia sino los apóstoles y su comunidad no tiene sentido más que identificándose con la comunidad apostólica. Con Marcos hemos descubierto que llegan a ser apóstoles porque Cristo los ha hecho "doce", es decir, comunidad. Es el proceso seguido por san Eugenio cuando insiste en nuestra identidad apostólica. Este eje atraviesa todos los escritos del fundador.

En 1819, responde al vicario general de Digne, intrigado por sus métodos misioneros: “Las misiones son eminentemente la obra apostólica. Es necesario, si se quiere llegar al mismo resultado que los apóstoles, tomar los mismos medios que ellos(42).

Casi 30 años más tarde, es la misma manera de ver cuando escribe al maestro de novicios: “Qué hermoso ministerio formar a estas almas llamadas por Dios para seguir las huellas de los apóstoles(43), volviendo a lo que escribía 25 años antes a otro maestro de novicios: “Debe enseñarles a vencer al estilo de los apóstoles” (44). Y cuando el joven novicio Guibert flaquea en su vocación, no le dice otra cosa: “El servicio que va a ser el suyo es el que se parece más al que el Señor ha prescrito a los apóstoles(45).

Al enterarse del buen resultado de la misión de Rognac, el fundador da rienda suelta a su alegría: “-Alabado sea Dios, mis querido amigos y verdaderos apóstoles!(46).

En su carta del jueves santo de 1823, cuando, retenido en París, piensa en su querida comunidad de Aix, la identificación de su familia religiosa con la comunidad de los apóstoles es para él una evidencia: “Me trasladé en espíritu a esta sala, verdadera imagen del cenáculo, donde los discípulos preparados por el espíritu del Salvador que vive en ella, se reúnen en nombre de su Maestro y representan a los apóstoles de los que Jesucristo pudo decir: 'vos mundi estis' esperando en silencio y recogimiento que el representante del Maestro entre ellos, después de haber oído pronunciar el mandato del Señor, 'mandatum', se prosterne a sus pies, se los lave, ponga en estos pies... respetuosamente sus labios”. (47).

Por último para los escolásticos: “Deben estar en las disposiciones en que estaban los apóstoles (48).

Se podría continuar esta serie de citas. La comunidad es únicamente cristocéntrica y sus miembros son como los apóstoles en torno al Señor: “Se ha dicho ya que los misioneros deben, en cuanto lo permite la fragilidad humana, imitar en todo los ejemplos de nuestro Señor Jesucristo, principal fundador de la sociedad, y de los apóstoles, nuestros primeros padres” (49). Eso se transparenta hasta en las dificultades, porque incluso “las comunidades más santas y más fervorosas no están exentas de algunas miserias”. Pero esto también ¿no es a ejemplo de la comunidad apostólica? “Nuestro Señor, nuestro divino modelo, tenía mucho que sufrir con sus queridos apóstoles que eran demasiado a menudo insoportables y fastidiosos” (50).

El ritmo de la comunidad oblata debe identificarse con el ritmo de la comunidad de los apóstoles, enviados de dos en dos en misión y luego invitados a descansar en un lugar apartado al lado de Jesús: “La regla insiste para que el misionero, sobre todo el que ha prestado mayores servicios a la Iglesia, el que ha dado más gloria a Dios y salvado más almas en el ejercicio de las santas misiones, acuda gozoso al seno de nuestras comunidades para hacerse olvidar de los hombres y cobrar nuevo vigor por la práctica de la obediencia y la humildad y de todas las virtudes escondidas, en el espíritu de su vocación y el fervor de la perfección religiosa” (51).

Tercera parte:
Los fines de la comunidad según san Eugenio

1. - La comunidad para la gloria de Dios y la salvación de las almas
Sin que eso sea tan tajante como pudiera parecer, recordemos, sin embargo, las dos grandes etapas de la vida espiritual del fundador, antes de la fundación de 1815.

En un primer tiempo, domina la preocupación por la gloria de Dios. Ya en 1809, escribe a su madre, citando así la primera carta a los corintios: “Haga todo por la gloria de Dios” (52) y los consejos dados a su hermana van en este sentido: “Espero que Dios sea glorificado por nuestra correspondencia(53). Sus retiros manifiestan el mismo deseo profundo: “Agradaros, Señor, actuar por vuestra gloria será mi ocupación diaria(54).

En un segundo tiempo, viene la solicitud por los hombres. A su regreso a Aix en 1812 (pero esto era ya de antes), se siente conmovido ante la miseria material y espiritual de los más abandonados, presos, empleados domésticos, jóvenes. Conocemos el famoso sermón de la Magdalena y su razón de ser: “Los pobres, porción preciosa de la familia cristiana, no pueden ser abandonados a su ignorancia(55). Al mismo tiempo, consagra también mucho tiempo a los jóvenes, y exactamente por las mismas razones: “No es difícil caer en la cuenta de que el propósito del impío Bonaparte es destruir totalmente la religión católica... y aquél de los medios con el cual cuenta más es desmoralizar a la juventud... ¿Había que seguir siendo triste espectador de este diluvio de males, contentarse con lamentarse en silencio sin poner algún remedio? Sin duda alguna no y aunque tuviera que ser perseguido, al menos no tendré que reprobarme no haber intentado nada(56). No tenemos que olvidar la parte importante, que concede a los presos, por las mismas razones: “El domingo, voy a las cárceles para dar a esos desdichados una instrucción en francés, después de la cual paso al confesonario para oír hasta las 6 de la tarde a aquellos de los presos que se presentan (57).

Durante su retiro de diciembre de 1814, meditando sobre el sentido de la encarnación y la redención, hace la síntesis de su doble preocupación por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Su contemplación de Cristo, tanto en su vida oculta como en su vida pública, pero sobre todo en la noche del jueves santo y en la elevación de la cruz, lo lleva a descubrir al Salvador trabajando en la gloria del Padre por la salvación del mundo. En adelante es ese Cristo, el Hijo cumpliendo la voluntad del Padre por la salvación del mundo, quien llega a ser el modelo a imitar en estas dos facetas de su vida: “No habiendo imitado mi modelo en su inocencia, ¿me será negado imitarlo en su entrega por la gloria de su Padre y la salvación de los hombres?(58).

Nos hemos acostumbrado a ver en nuestro fundador un apasionado por Jesucristo. Pero hay que añadir “Eugenio de Mazenod apasionado por Jesucristo, quien él mismo es apasionado por su Padre”. Cristo viene a cumplir la voluntad del Padre. Y la voluntad del Padre es que no se pierda ninguno de aquellos a los que es enviado (según Juan 6,38-39).

La experiencia del viernes santo de 1807 lo lleva poco a poco a mirar el mundo con la mirada misma de Cristo, uniendo gloria de Dios y salvación de los hombres puesto que Dios sólo puede ser glorificado si el hombre 'llega a ser lo que es', según esta expresión de san León Magno que el fundador repite tan a menudo. Y llegar a ser lo que se es, es llegar a ser un hombre, en todos los componentes de la humanidad, es llegar a ser un cristiano capaz de confesar que Dios es Padre, es llegar a ser santo, capaz de participar en la intimidad trinitaria.

Por eso, la finalidad del instituto que funda no puede ser sino entrar en estas miras del Hijo de Dios: “¿Tendremos algún día idea exacta de (nuestra) sublime vocación? Sería preciso para eso comprender la excelencia del fin de nuestro instituto, indiscutiblemente el más perfecto que pueda proponerse aquí abajo, puesto que el fin de nuestro instituto es el mismo que tuvo el Hijo de Dios al venir a la tierra: la gloria de su Padre celestial y la salvación de las almas(59). Y la finalidad siendo la misma que la de Cristo, los medios serán igualmente los mismos que los del Señor Jesús. Para cumplir su misión, “¿qué hizo nuestro Señor Jesucristo? Escogió a unos cuantos apóstoles y discípulos a los que él mismo formó en la piedad y llenó de su espíritu y, una vez instruidos en su doctrina, los envió a la conquista del mundo(60). La comunidad de los apóstoles es el medio que se procura el Salvador para continuar su obra. Esta comunidad de los doce es el signo, el lugar y el medio de esta misión de glorificación y de salvación.

Tal es la comunidad que funda Eugenio de Mazenod. La vislumbra aún vagamente en 1814: “Esta comunidad no está aún más que en mi cabeza... Pero, que Dios sea glorificado y que las almas se salven: todo está en eso, no veo más allá” (61).

El proyecto que expone al sacerdote Tempier un año más tarde llegó a ser más preciso: “No es fácil encontrarse con hombres que se sacrifiquen y quieran consagrarse a la gloria de Dios y a la salvación de las almas(62). Es elaborado perfectamente en 1817: “Por amor de Dios, no cese de inculcar y de predicar la humildad, la abnegación, el olvido de sí mismo, el desprecio de la estima de los hombres. Que sean para siempre los fundamentos de nuestra pequeña sociedad, lo que, unido a un verdadero celo desinteresado por la gloria de Dios y la salvación de las almas, y a la más tierna caridad, hará de nuestra casa un paraíso en la tierra y la establecerá de una manera más sólida que todos los reglamentos y todas las leyes posibles(63).

Es la única misión que Cristo, fundador de los misioneros de Provenza, confía a esta comunidad que reúne: “La consideración de estos males ha conmovido el corazón de algunos sacerdotes celosos de la gloria de Dios, que aman entrañablemente a la Iglesia, y están dispuestos a entregar su vida, si es preciso, por la salvación de las almas(64).

Ésta será la línea de conducta que la comunidad deberá seguir siempre y es lo que la guiará en sus opciones. Así, por ejemplo, cuando los oblatos de Nîmes se preguntan para saber si deben aceptar o no una misión que el obispo quiere confiarles: “Debemos tener presente siempre y únicamente la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas. En cuanto se den las dos cosas, hay que dejar en seguida de lado todo pensamiento, todo interés particular(65).

Es Cristo y sólo Cristo, siempre presente en medio de los suyos, quien puede hacer de este grupo la verdadera comunidad apostólica capaz de glorificar al Padre y de salvar a los hombres. Por eso, es esencial tomar el tiempo de descubrirse reunidos por Cristo, “nuestro común amor(66). “Encontrémonos así a menudo juntos en Jesucristo, nuestro centro común en quien todos nuestros corazones se confunden y todos nuestros afectos se perfeccionan(67).

Todo está resumido en las líneas que el fundador escribe al padre Tempier y a los misioneros de Aix que le habían pedido “algunas palabras capaces de hacer bien a la comunidad”: “Nuestro Señor Jesucristo nos ha encomendado continuar la gran obra de la redención de los hombres. Únicamente hacia este fin deben tender todos nuestros esfuerzos... Este espíritu de consagración total por la gloria de Dios, el servicio de la Iglesia y la salvación de las almas, es el espíritu propio de nuestra congregación, pequeña, es verdad, pero que será siempre poderosa en la medida en que sea santa (68).

La comunidad oblata, para Eugenio de Mazenod, nació de la misión misma de Cristo, enviado del Padre, y tiene como fin el cumplimiento, aquí y ahora, de esta misión de Cristo. No existe para sí misma, sino únicamente en función de la ternura de Dios por los hombres que les envía a su Hijo a fin de que puedan conocerle y volverse a él.

2. - La comunidad para la santificación de sus miembros
Para comprender la obra de un fundador, hay que hacer referencia siempre a su propia experiencia. Debemos, pues, acordarnos de la vida y las tensiones espirituales de Eugenio de Mazenod hasta 1815.

Durante todo su seminario, se lanza en la carrera frenética a una santidad que querría conquistar en reñida lucha, para la expiación de sus infidelidades y de sus pecados de juventud. Lo que escribe a su entrada en el seminario es del todo característico de sus sentimientos. “No pudiendo ocultarme que soy indigno, y muy indigno, de habitar entre los santos que componen esta casa verdaderamente celestial, debo humillarme profundamente al ver las iniquidades que hubieran debido cerrarme la entrada del santuario” (69). Sentimientos que no han cambiado en vísperas de su ordenación, tres años más tarde. “-Pero quién soy yo, miserable pecador, para querer amar la pureza y la santidad mismas! -Ah!, lo sé, por mis iniquidades pasadas, elegí otra cosa muy distinta, me consagré al demonio y a sus obras perversas(70).

Es con estos sentimientos de indignidad y esta voluntad de llegar a ser santo a pulso como entra en Aix. Negándose a todo ministerio diocesano, se refugia en la soledad de la casa de campo materna y lleva ahí una vida casi monacal: “Se me llamará salvaje, deshonesto si se quiere. Todo me será igual con tal que sea un buen sacerdote” (71).

Se hace un reglamento muy duro y “se impone una penitencia por cada falta inexcusable a los artículos de este reglamento (72). Porque “el sacerdocio es un estado de perfección que exige de todos los que tienen la dicha de revestirse de él una fidelidad escrupulosa... sumo horror al pecado por más leve que pueda aparecer(73).

Pero al hilo de los días, es llevado a constatar que este voluntarismo, lejos de acercarlo a la santidad, lo aleja por el contrario. Descubre que todos los medios que se procura para llegar a santo son inútiles. “Para trabajar en la salvación de las almas, es preciso que sea santo, muy santo, puesto que sin eso, es inútil intentar la conversión de nadie. ¿Cómo dar lo que no se tiene? Siento mi corazón enfriarse para la persona de Dios(74).

Esta tensión hacia la santidad alcanza su paroxismo al fin del año 1814 y la resume bien cuando se hace a sí mismo la gran pregunta: “¿Cómo hacían los santos?(75).

La constitución de la comunidad apostólica es la respuesta a esta pregunta. La santidad no se conquista, se recibe de otro. Es por su contacto cotidiano con el Señor como los apóstoles son santificados. Ellos no han hecho nada para eso, sino dejarse llamar e instituir. Será, pues, lo mismo para los misioneros reunidos en comunidad.

El fundador le dijo ya al sacerdote Aubert: “No lo dude, llegaremos a ser santos en nuestra congregación, libres pero unidos por el vínculo de la más tierna caridad. Viviremos apostólicamente(76). Esto se repite en las cartas a Tempier: “Llegaremos, a pesar de los obstáculos, a trabajar juntos por la gloria de Dios y nuestra santificación... Es preciso que seamos francamente santos nosotros mismos(77). Y de nuevo: “Comenzaremos por trabajar en nosotros mismos; después, regularemos el género de vida que adoptaremos para la ciudad y para la misión; por último, llegaremos a ser santos(78). Esto llega a ser evidente en la petición de autorización hecha a los vicarios capitulares de Aix: “Si (los misioneros de Provenza) han preferido formar una comunidad regular de misioneros es para tratar de hacerse útiles a la diócesis al mismo tiempo que van a trabajar en la obra de su propia santificación, en conformidad con su vocación(79).

Para él, la comunidad es el instrumento que Dios utiliza para santificar a los miembros, si es que saben aprovechar los medios de salvación que su misericordia les proporciona: “Estamos en la tierra, y particularmente en nuestra casa, para santificarnos ayudándonos con nuestros ejemplos, nuestras palabras y nuestras oraciones(80). Y lo repite en las primeras líneas de la regla de los misioneros de Provenza: “Si los sacerdotes, a quienes el Señor ha dado el deseo de reunirse en comunidad para trabajar más eficazmente en la salvación de las almas y en su propia santificación, quieren hacer

algún bien en la Iglesia, deben penetrarse del fin del instituto que van a abrazar(81).

En la "Nota bene" de la regla de 1818, texto que llegará a ser con pocos cambios el prefacio de la regla de 1826, la santificación personal de los miembros de la comunidad es expresada más claramente: “¿Qué hizo nuestro Señor Jesucristo? Escogió a unos cuantos apóstoles y discípulos que él mismo formó en la piedad... ¿Qué debemos hacer nosotros para reconquistarle tantas almas que han sacudido su yugo? Trabajar seriamente por ser santos, y seguir resueltamente las huellas de tantos apóstoles” (82).

Si la primera parte de la regla expone los medios para trabajar en la salvación de las almas, la segunda parte desarrolla largamente los medios -en particular comunitarios- considerados necesarios para la santificación de los misioneros.

Porque es juntos como se santifican, sea que recen juntos y reciten el oficio divino juntos, sea que evangelicen juntos. El esfuerzo hacia la santidad es siempre comunitario y con miras al ministerio a fin de que sea fecundado por la bendición de Dios.

Señalemos, como ejemplo, lo que se dice del oficio: “Todos los sacerdotes, oblatos o novicios, están obligados a recitar el oficio divino públicamente y en común... El instituto mira este ejercicio como la fuente de todas las bendiciones que deben derramarse en el conjunto del santo ministerio de la sociedad (83). O también, cuando la fundación de la comunidad de l' Osier: “Nadie puede haber olvidado qué importancia se atribuye en nuestro instituto a la recitación del oficio divino en común. Por eso, se recomienda en todas nuestras comunidades adherirse de tal modo al cumplimiento de este deber según el espíritu que nos es propio que aun cuando, por la ausencia de la mayoría de los miembros de una casa, sólo se encontrasen dos miembros de nuestro instituto en la comunidad, éstos deben reunirse en el coro en las horas prescritas para recitar el oficio juntos (84). En el mismo texto, va aún más lejos: “Según estos principios, que se desprenden del espíritu propio de nuestra congregación y que deben, por consiguiente, ser adoptados por todos los miembros de la sociedad, nadie estará sorprendido de que no hayamos podido aprobar que se hubiera suprimido el domingo todo ejercicio común para entregarse por completo al servicio exterior(85).

Sería ilusorio querer evangelizar, es decir, llevar a los demás a ser santos sin estar en camino hacia la santidad. Sería ilusorio pensar en poder llegar a santo sin preocuparse por los demás hombres: “Debo ante todo convencerme realmente de que hago la voluntad de Dios entregándome al servicio del prójimo, ocupándome de los asuntos exteriores de nuestra casa, y después obrar lo mejor posible sin inquietarme si, trabajando de este modo, no puedo hacer otras cosas por las cuales tal vez tendría más inclinación y que me parecerían ir más directamente con mi propia santificación(86).

En sus cartas, recuerda a menudo la necesidad de la santificación a la vez personal y comunitaria, una llevando a la otra.

Al novicio Hippolyte Guibert, escribe: “Tendemos todos a la perfección, perfección que no dejaremos de alcanzar siguiendo fielmente nuestra santa regla(87).

Con el padre Courtès se deja llevar por la alegría: “Me congratularé con mis hermanos, con mis hijos, porque estoy orgulloso de sus obras y de su santidad... Querido Courtès, estemos unidos en el amor de Jesucristo, en nuestra común perfección, amémonos siempre como lo hemos hecho hasta ahora, seamos uno(88).

Y a todos los oblatos, inmediatamente después de la aprobación pontificia de la congregación: “La conclusión que hemos de sacar, mis queridos amigos y buenos hermanos, es que debemos trabajar, con un nuevo ardor y una dedicación más absoluta aún, por procurar a Dios toda la gloria que dependa de nosotros, y a las pobres almas de nuestro prójimo su salvación por todos los medios que podamos. Es adherirnos de corazón y de alma a nuestras reglas y practicar con más exactitud lo

que nos prescriben... Reconozcan su dignidad... En nombre de Dios, seamos santos(89).

Notas:
  1. E. de Mazenod - Resoluciones de 1813
  2. E. de Mazenod - Carta a su madre - 14 octubre 1811
  3. E. de Mazenod - Resoluciones como director de san Sulpicio - enero 1812
  4. E. de Mazenod - Carta a su madre del 22 abril 1812
  5. E. de Mazenod - Reglamento para la vuelta a Aix - septiembre 1812
  6. E. de Mazenod - Retiro de diciembre 1812
  7. E. de Mazenod - Hoja de los archivos de la postulación DM IV-2
  8. E. de Mazenod - Carta a Forbin-Janson - 19 febrero 1813
  9. E. de Mazenod - ibidem
  10. Es cuestión por primera vez de su ministerio con los presos en la carta a Forbin-Janson, comenzada el 9 de abril 1813 y terminada el 22.
  11. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - diciembre 1814
  12. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - diciembre 1813
  13. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - diciembre 1813
  14. E. de Mazenod - Carta a su padre - 17 junio 1814
  15. E. de Mazenod - Carta a Forbin-Janson -12 septiembre 1814
  16. E. de Mazenod - Carta a Forbin-Janson -12 septiembre 1814
  17. E. de Mazenod - Carta a Forbin-Janson -12 septiembre 1814
  18. E. de Mazenod - Carta a Forbin-Janson - 28 octubre 1814
  19. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - diciembre 1814 - tercera meditación
  20. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - diciembre 1814 - sexta meditación
  21. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - diciembre 1814 - undécima meditación
  22. E. de Mazenod - Notas de retiro - diciembre 1814 - vigésima meditación
  23. E. de Mazenod - Carta a su padre - 26 marzo 1815
  24. E. de Mazenod - Carta a Forbin-Janson - 23 octubre 1815
  25. Colección "Escritos oblatos" 1,6 - documento 3 página 5
  26. Colección "Escritos oblatos" 1,6 - documento 4 página 6
  27. Colección "Escritos oblatos" 1,6 - documento 6 página 11
  28. Henri Tempier - Carta a Eugenio de Mazenod - Rey - tomo I página 183
  29. Henri Tempier - Carta a Eugenio de Mazenod - Rey - tomo I página 183
  30. Colección "Escritos oblatos" 1,6 documento 7 página 13
  31. E. de Mazenod - Carta a Forbin-Janson - 19 diciembre 1815
  32. Colección "Escritos oblatos" 1,13 - documento 2 página 12
  33. Los firmantes de esta petición son los sacerdotes de Mazenod, Tempier, Icard, Mie y Deblieu
  34. Yvon Beaudoin - Vie Oblate 1990 - págs. 181-184
  35. E. de Mazenod - Carta a su padre - 8 noviembre 1815
  36. Hemos utilizado adrede la traducción 'él instituyó doce' (en griego 'epoiesen' porque es su traducción literal y así es como traduce 'constituit' san Jerónimo en la Vulgata, texto de que disponía el fundador
  37. Así mismo hemos añadido la expresión "a los que llamó apóstoles", inciso ausente de los mejores manuscritos griegos, pero presente en la Vulgata
  38. E. de Mazenod - Reglas de los misioneros de Provenza - primera parte - capítulo I - párrafo 3 - Nota bene - texto de 1818
  39. E. de Mazenod - Reglas de los misioneros de Provenza - primera parte - capítulo I - párrafo I - artículo I - texto de 1818
  40. E. de Mazenod - Apuntes de retiro -fin de octubre 1831
  41. E. de Mazenod - Reglas de los misioneros de Provenza - primera parte - capítulo I - párrafo 3 - Nota bene - texto de 1818
  42. E. de Mazenod - Carta al sacerdote Arbaud, vicario general de Digne - 1 enero 1819
  43. E. de Mazenod - Carta al padre Dorey, maestro de novicios - 15 octubre 1848
  44. E. de Mazenod - Carta al padre Courtès, maestro de novicios - 30 julio 1824
  45. E. de Mazenod - Carta al hermano Guibert - 26 junio 1823
  46. E. de Mazenod - Carta al padre Tempier - 16 noviembre 1819
  47. E. de Mazenod - Carta al padre Courtès - 27 marzo 1823, día de jueves santo
  48. E. de Mazenod - Carta al padre Tempier - 4 noviembre 1817
  49. E. de Mazenod - Regla de los misioneros de Provenza - segunda parte - capítulo I - párrafo 4 - 1818
  50. E. de Mazenod - Carta al padre Guigues - 18 agosto 1843
  51. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - fin de octubre 1831
  52. E. de Mazenod - Carta a su madre - 29 noviembre 1809
  53. E. de Mazenod - Carta a su hermana - 12 agosto 1809
  54. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - diciembre 1811
  55. E. de Mazenod - Apuntes para el sermón de la Magdalena - 3 marzo 1813
  56. E. de Mazenod - Diario de la congregación de la juventud - 25 abril 1813
  57. E. de Mazenod - Carta a Forbin-Janson - 9 abril 1813
  58. E. de Mazenod - Conferencia espiritual - 1808
  59. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - fin de octubre 1831
  60. E. de Mazenod - Reglas de los misioneros de Provenza - primera parte - capítulo I - párrafo 3 - Nota bene - texto de 1818
  61. E. de Mazenod - Carta a Forbin-Janson - 28 octubre 1814
  62. E. de Mazenod - Carta al padre Tempier - 9 octubre 1815
  63. E. de Mazenod - Carta al padre Tempier - 12 agosto 1817
  64. E. de Mazenod - Reglas de 1825 - Prefacio
  65. E. de Mazenod - Carta al padre Honorat - 23 junio 1825
  66. E. de Mazenod - Carta a los misioneros de Aix - julio 1816
  67. E. de Mazenod - Carta al padre Mille - 1 noviembre 1831
  68. E. de Mazenod - Carta al padre Tempier - 22 agosto 1817
  69. E. de Mazenod - Apuntes de retiro de entrada en el seminario - septiembre 1808
  70. E. de Mazenod - Apuntes de retiro de ordenación sacerdotal - diciembre 1811
  71. E. de Mazenod - Carta a su madre - 22 abril 1812
  72. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - diciembre 1813
  73. E. de Mazenod - Resoluciones - enero 1812
  74. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - diciembre 1814
  75. Ibidem
  76. E. de Mazenod - Carta al sacerdote Hilaire Aubert - octubre (?) 1815
  77. E. de Mazenod - Carta al padre Tempier - 13 diciembre 1815
  78. E. de Mazenod - Ibidem
  79. E. de Mazenod - Cartas a los vicarios generales capitulares de Aix - 25 enero 1816
  80. E. de Mazenod - Carta al padre Tempier - 22 agosto 1817
  81. E. de Mazenod - Reglas de los misioneros de Provenza - Prefacio - Nota bene - texto de 1818
  82. E. de Mazenod - Reglas de los misioneros de Provenza - primera parte - capítulo I - párrafo 3 - Nota bene - texto de 1818
  83. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - julio-agosto 1816
  84. E. de Mazenod - Actas inéditas de la visita canónica a l' Osier de 1835 - pág. 6
  85. E. de Mazenod - Actas inéditas de la visita canónica a l' Osier de 1835 - pág. 7
  86. E. de Mazenod - Apuntes de retiro - julio-agosto 1816
  87. E. de Mazenod - Carta al novicio Guibert - 11 mayo 1822
  88. E. de Mazenod - Carta al padre Courtès - 3 marzo 1822
  89. E. de Mazenod - Carta a los oblatos de Aix - 18 febrero 1826
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