¡Quiero que usted sea Papa!

Henri Faraud, futuro obispo del Gran Norte canadiense, nace en Gigondas, diócesis de Avignon, el 17 de marzo de 1823. Una primera papeleta de su maestro de escuela nos
lo presenta como “un brillante alumno y un gran bullicioso”. El joven Henri es tan disciplinado que un día su madre, desmoralizada, le regaña: “¡No harás nunca nada bueno!”.
Entonces la señora Faraud, mujer de profunda fe, coge a su hijo por el brazo, le hace ponerse de rodillas a los pies de una estatua de la Virgen y le consagra a la divina
Madre. Este gesto produce un efecto benéfico: el pequeño pícaro sienta la cabeza. Toma una firme resolución: “estaré
listo para entrar en una congregación devota a la santísima Virgen”.
“Estaré listo”
De hecho, unos años después, entra en la congregación de los Oblatos de María Inmaculada, en Nuestra Señora de las Luces. En 1846, cuando no es ni siquiera subdiácono,
llega a San Bonifacio, en Canadá. El año siguiente, el 8 de mayo de 1847, Mons. Norbert Provencher le da la unción sacerdotal. Pronto, sigue su extraordinaria carrera
misionera que durará cuarenta y tres años y que le conducirá hasta la desembocadura del Mackenzie. En unos meses consigue aprender el “cri” y el “montagnais[1]“. Dotado de una alta estatura, muy hábil para trabajar la madera, logra, a pesar de la penuria de herramientas adecuadas y de las temperaturas
espantosas, construir las primeras obras de albañilería de sus misiones. Sin embargo, estos tres años de viajes, de duros trabajos e incesantes miserias terminan ganando
contra su salud. Un doloroso reumatismo paraliza gravemente su paso. Piensa retirarse a un monasterio para ocuparse sólo de su alma.
“¡Me quieren obispo!”
La Provincia, sin embargo, había decidido otra cosa. En 1862, es nombrado obispo, encargado del nuevo Vicariato Apostólico de Athabaska-Mackenzie. Entonces, cambiando
de opinión, empujado por su temperamento de luchador, escribe: “Me quieren obispo… ¡bien! Lo seré y no por la mitad”. En seguida, parte para Europa, resuelto a recibir
la consagración episcopal, a encontrar recursos y a personas para sus misiones y también a obtener a un auxiliar por el Papa. Todo este programa se cumplirá cuando, un
año después, se hace a la mar para Canadá. Es consagrado obispo, el 30 de noviembre de 1863, por Mons. Hippolyte Guibert, o.m.i., arzobispo de Tours. Elige a seis jóvenes
oblatos para que le siguieran y el papa Pío IX le otorga poderes extraordinarios que hoy en día apenas podemos imaginar para un obispo. Dejemos que sea él quien nos cuente
en qué circunstancias le ocurre todo esto. Escribe a Mons. Taché: “En Roma vi al Papa y al cardenal Prefecto de la Propaganda. El Soberano Pontífice estaba muy enfermo
cuando fui a verle. Estaba en la cama en su pequeño dormitorio donde el gran Pío IX se hizo cenobita. Apenas besé su mano venerada, me levanté
y el agradable pontífice me dijo sonriendo: “¿Cómo se porta usted?”. “Bien y mal al mismo tiempo”, contesté. “Entonces, usted es como el Papa, ya que mi pierna me hace
mal, pero el busto se porta bien”. “Qué Dios le conserve largo rato a nuestro cariño, Santísimo Padre”. “Lo espero”, dijo, y en seguida añadió: “Ya que usted es como el
Papa, quiero que sea Papa. Le otorgo todos los poderes, también el de nombrar a los obispos. Nombrará a un obispo a su elección, le consagrará y se retirará a un país
menos desheredado para trabajar desde ahí para las misiones”.
Los poderes del Papa
Las palabras del Papa no son palabras vanas ni promesas en el aire. De hecho, algunos meses después de su vuelta a Francia, Mons. Faraud recibe desde Roma un breve de
Pío IX, que le autoriza a elegir como auxiliar, después de haber consultado a sus misioneros, a él que entre ellos juzga el más digno y el más capaz. Luego podría consagrarle
con la asistencia de dos sacerdotes solamente. Es una especie de “¡bula en blanco!”.
De vuelta a Canadá, Mons. Faraud deja el Río Rojo, el 13 de junio de 1865. Se embarca con sus nuevos reclutas en los pontones de la compañía de la Bahía de Hudson. Durante
cuatro meses, recorre miles de kilómetros para encontrar a todos sus misioneros, en Portage la Loche, la Nativité, Fort Resolution, Fort Simpson, Fort Good Hope. Finalmente
vuelve a Fort Providence, lugar elegido para su residencia episcopal. Los términos de la bula papal han hecho necesaria esta excursión. Sólo uno de sus misioneros no es interrogado:
el padre Isidoro Clut, o sea el que le ha llamado más la atención como el que mejor correspondería a las visiones de la Santa Sede.
André DORVAL, OMI
[1] Lenguas algonquinas habladas en la parte oriental de Norteamérica.