Zacharie en la alta sociedad

El padre Zacharie Laçasse ha entrado en la leyenda, en Québec, sobre todo por su alegría y su humor irresistibles. Este rasgo de carácter, sin embargo, no disminuye en nada la gran influencia que este ardiente predicador ha podido ejercer en los canadienses de su generación por su lenguaje encendido y su nacionalismo convencido.

Su carrera
Zacharie nace en Saint-Jacques-de-Montcalm, el 9 de marzo de 1845. Entra en los oblatos, es ordenado sacerdote en 1869. Antes misionero en la Côté-Nord, le confían, durante un par de años, la obra de colonización en la región de Beauce y Dorchester. Es en esta época, en 1881, cuando se funda la hermosa parroquia que lleva su nombre: San Zacharie. La predicación le tiene ocupado durante unos doce años. En 1895, es nombrado cura de Ville-Marie, en Témiscamingue, y, dos años después, va al Oeste, donde residirá hasta su muerte que sobrevendrá en Gravelbourg, el 28 de febrero de 1921. El padre Zacharie, como le llaman familiarmente, es un verdadero animador. En su libro Une mine de souvenirs (Una mina de recuerdos), nos deja el cuento de sus aventuras de juventud.

Una visita a Montreal
Nuestro joven campestre tenía quince años cuando se fue por la primera vez a la gran ciudad. Era el 10 de agosto de 1860, en ocasión de la visita del príncipe de Gales, Albert Edouard, invitado a la inauguración del puente Victoria, así designado en honor de su madre, la reina de Gran Bretaña. Zacharie aprovecha para visitar a una tía, la señora L’Heureux. Esta buena tía ha decidido subrayar, en esa jornada, el aniversario del nacimiento de su hija Imelda, de la misma edad que su primo Zacharie. Un poco a pesar suyo, el joven colegial de la Asunción, tímido, torpe en su traje mal adaptado, se encuentra entonces en la fiesta, en medio de chicos y chicas más avispados que él.

Las festividades empiezan con juegos de sociedad bastante alegres. Siguen cantos y declamaciones. Luego se pasa a la mesa para abundantes comidas. Como debe, Zacharie tiene el puesto de honor al lado de la protagonista del día, ¡la hermosa Imelda! Por miedo de ofender a su huésped, se siente obligado a probar todos los alimentos que le presentan: rico consomé, pavo relleno, entremés… y, sobre todo, como postre, un plato desconocido pero de buen parecer: ¡una charlotte rusa! Luego se invita a los convidados a pasar al mirador, una especie de jardín con caminos bordeados de flores. Dejemos que sea el mismo padre Laçasse terminar el relato.

Un columpio fatal
“Cuando llegué al chalé circular, vi que alguien estaba ya en el columpio. Llegó mi turno… “Es un privilegio, dijo la señorita Imelda, estar en el columpio más alto de la ciudad de Montreal. Lo hemos hecho a propósito, de manera que, desde lo alto de este columpio, usted pueda contemplar el panorama de la ciudad que se extiende delante de su mirada sorprendida”. ¡Mi mirada sorprendida! Cerré los ojos justo cuando llegué a la mitad de la altura. ¡Querían que hiciera la vuelta completa! Todos los invitados de la fiesta se pusieron en dos filas para ser testigos de mis hazañas. Había ya balanceado con mis amigos en una pértiga de valla, ¡pero nunca había ido más alto que las estancas! ¡Y ahora estaba lanzado a cuarenta pies en el aire!

El miedo me invadió y grité: “¡No tan alto! ¡No tan alto!”. Para colmo de la desgracia, puse a prueba desde lo alto mi corazón… palidecí a vista de ojo. El estómago era como fuego. Una señorita que no sospechaba el estado crítico en que me encontraba, exclamó: “¡Qué agradable sensación, no es verdad, revolotear como una golondrina al aire libre, sobre todo en una tarde tan caliente!”. “Si no retrocedes, pensé, ¡eres tu la que va a probar la sensación!”. Grité. “Estoy enfermo… Pare… Pare”. Pero era demasiado tarde. Al primer movimiento de abajo arriba del columpio, una mezcla de charlotte rusa y de yuyuba salpicó en el parterre. Una señorita exclamó: “¡Oh, mi vestido de seda!”. Pero el raro visitante, desde lo alto del cielo, ¡no ahorró ni la seda de su vestido ni el crin blanco de su chaqueta!”.

Así se acabó, piadosamente, la visita de Zacharie en la alta sociedad.

André DORVAL, OMI