El Refugio San Eugenio es un lugar que se hizo el hogar para los jóvenes de la periferia de Buenos Aires. Allí funciona un programa de radio por Internet, se da merienda a muchos chicos, hay grupo scout y muchos adolescentes se reúnen para «curar su cuerpo y alma del flagelo de las adicciones”. Se realizan también distintas actividades deportivas, recreativas, sociales y misioneras. Sirven al refugio dos Oblatos, pp. Sergio MENEGONI y Antonio MARIANGELI. Aquí está el testimonio de un joven alemán que ha pasado algunos meses en el Refugio como voluntario.

Yo soy Friedrich Hartmann, alemán, y tengo 19 años. El año pasado terminé la secundaria y pensaba mucho en lo que iba a hacer este año. Se me ocurrió hacer un voluntariado en una comunidad cristiana, en un proyecto social afuera de Europa. Encontré los misioneros de Verbo Divino, quienes mandan jóvenes a vivir exactamente esta experiencia. Así llegué al Refugio. Acá estoy compartiendo la vida comunitaria. Esto significa la cocina, la oración, el trabajo, las charlas y muchas cosas más.

Un poco cansado pero muy contento con las actividades deportivas de la tarde voy a la pequeña capilla y preparo el teclado. Juntos con la guitarra empezamos tocar y cantar canciones de alabanza al señor. Lentamente se llena esta casa de Dios con jóvenes, los cuáles se mueven bailando al ritmo de la música. Cada uno ya conoce las melodías y los movimientos de memoria. Se crea un clima con mucha alegría y animación. Cuando terminamos, el predicador da un paso frente de la gente. Todos levantan sus manos y piden al Espíritu Santo que se mueva en él, para que pueda hablar lleno con la experiencia de la vida. En este momento se calla hasta el joven más ruidoso, cierra sus ojos y entra en esta atmósfera extraordinaria.

«Por qué nosotros creemos y confiamos en el Señor?” Empieza el predicador hablar. «Porque él dejó morir a su Hijo por su infinito amor”, dice uno. Otro agrega: «Para que me fortalezca en los desafíos de la vida.” Cada uno de los chicos puede responder sucesivamente ahora. De repente uno de los chicos más grandes levanta su voz: «Porque él cambio mi vida”, canta tan auténtico y obvios, como no lo he escuchado antes. Esta frase toca mi interior y me muestra una cara más del Dios Misericordioso. Mientras el Orador explica un texto de la Biblia con su oratoria, me pierdo un poco en mis propios pensamientos. Porque el testimonio últimamente no me quiere salir de la cabeza y yo empiezo a reflexionar un poco sobre eso.

Sobre las circunstancias acá en el sur de La Matanza. Esta zona es parte de la periferia del Gran Buenos Aires, la cual tiene 13 millones de habitantes. La Metrópolis del Tango, el centro cultural y lujoso de la Ciudad Buenos Aires parece bastante lejos, aunque esté solo a 30 kilómetros al norte. Acá existe otra realidad y otra sociedad marcada por la violencia, la droga y el alcohol. Especialmente los chicos y jóvenes en esta zona llevan el peso y las cruces de todos aquellos crímenes. Para ellos existe solamente ese mundo.

La falta de perspectiva, la falta de amor de sus propias familias, la falta de valores humanos les fuerza ir a la calle y les hace consumir drogas, les hace robar. Esto es el destino triste de muchos jóvenes. Para poder impedir esta mala influencia y darles un futuro a los jóvenes se fundó esta misión de los Misioneros oblatos de María Inmaculada hace ya más que 10 años. Desde ahí la idea es amar al joven como es, con todo lo que tiene. Se crea, junto con todos los animadores del Refugio, un clima que es totalmente lo contrario de la situación de la calle. Uno trata al otro respetándolo, escuchando, hablando bien, jugando junto. Más que nada se tratar el otro como un amigo o hermano.

A la tarde vienen los jóvenes y estoy todas estas horas junto con ellos. Jugamos juntos a la pelota, al vóley, al ping pon o tomamos mate hablando. En estos momentos tengo que estar atento también, porque a veces se juega fuerte, lo que puede causar peleas. Eso no es querido en el Refugio, porque acá no estamos en la calle. Cuesta crear este clima. Pero cuando hemos cumplido eso pasamos una tarde con mucha felicidad, especialmente de los jóvenes.

Dos días en la semana ofrezco mi «Taller de Circo”. Traje mis malabares (Diábolos) y una cinta para hacer equilibrio que se llama «Slackline”. A los jóvenes les gusta mucho eso. Y a mí me llena el corazón cuando veo especialmente los chicos con una sonrisa gigante cuando les ha salido un truco con el Diábolo o algunos pasos en la cinta. Ahora ya estoy volviendo a Alemania y estoy un poco triste. Pero llevo tantos recuerdos hermosos, gente muy amable y un idioma nuevo para mi tierra.