(Una reflexión para el Mes Extraordinario de la Misión de Octubre de 2019)

Antoni Bochm, OMI

La misión que cumplimos es fundamentalmente la misión de Jesucristo. Nos ha llamado a sí mismo y nos la ha confiado, pero sigue siendo su misión de salvar el mundo. La consecuencia de esto es que no somos nosotros los actores principales en el campo del Señor sino trabajadores gozosos en su misión. Esta toma de conciencia debería influenciar mucho nuestro estilo de vida y nuestra manera de trabajar. Somos discípulos y mensajeros de Cristo con todo lo que ello significa. A veces, en diversos encuentros, sesiones de formación o encuentros personales, escuchamos la opinión que los oblatos somos misioneros pero no somos monjes, queriendo decir que estamos llamados a la vida activa, a estar siempre presentes en medio de la gente, promover actividades que los lleven a Cristo y darles la ayuda que necesitan en su camino. Parcialmente esto es verdad, no somos monjes, pero no podemos olvidar que para ser buenos misioneros de Cristo necesitamos estar cerca de Él y tener una profunda relación con Él. Por decirlo llanamente, la condición para ser un buen misionero es tener una vida espiritual profunda. Alguien dijo que no podemos servir a Cristo sin Cristo, que no podemos participar de la misión de Cristo descuidando nuestra relación con Él.

El pasado mes de julio en Obra, Polonia, los líderes de la Congregación tuvieron el encuentro Intercapitular. Uno de sus objetivos era, según la Regla 128e, evaluar nuestro compromiso misionero tal como nos invitó a hacerlo el Capítulo general de 2016. Antes y durante el encuentro intercapitular, las Regiones, las Unidades y la asamblea de participantes observaron lo que la Congregación había sido capaz de realizar entre las recomendaciones del  último Capítulo y cuáles podíamos decir que eran los fallos para implementarlo. Los participantes se preguntaron, ¿cuál es el motivo por el que en muchos lugares de la Congregación no somos capaces de cumplir todo lo que se planificó? Las diferentes reflexiones y deliberaciones nos llevaron a ver claramente que para cumplir las audaces pero también concretas recomendaciones del Capítulo es necesario tener la valentía y la prontitud de dejar a veces lo que ya conocemos demasiado bien en nuestra manera de hacer la misión y vivir la vida comunitaria. De cualquier forma, para realizar la inspiración del Espíritu Santo se necesita también que nuestros corazones estén abiertos a la conversión. Conversión significa que siempre volvamos nuestro rostro hacia Jesús. Por eso los participantes en el encuentro Intercapitular captaron que para actualizar nuestra vocación, la vida espiritual profunda es tan importante como nuestro celo misionero, nuestra creatividad y nuestra audacia para ir y proclamar la Buena Noticia y servir a los pobres. Como misioneros en salida muy frecuentemente hacia los más abandonados y pobres, deberíamos ser o irnos convirtiendo en hombres contemplativos.   

San Eugenio de Mazenod en sus primeras Reglas, decía: “Imitando a esos grandes modelos, (Jesucristo y los Apóstoles), emplearán una parte de su vida en la oración, el recogimiento y la contemplación, en el retiro de la casa de Dios, en la que habitarán juntos. La otra parte, la consagrarán enteramente a las obras exteriores del celo más activo,…”

P. Fernand Jetté, O.M.I. (Tenencia: 1974.11.26 – 1986.09.13)

El padre Fernand Jetté fue incluso más lejos diciendo que cuando Eugenio de Mazenod hablaba del “hombre apostólico” se refería más al estilo de vida de los oblatos que a sus actividades misioneras.

En nuestra misión nos gustaría imitar a Jesucristo, nuestro Maestro. Cuando lo contemplamos, lo vemos como un hombre muy activo: cercano a la gente, predicando, curando, ayudando, etc. Pero pocos  momentos después lo vemos también orando y permaneciendo en íntima relación con el Padre. 

El papa Francisco escribió en la Evangelii Gaudium: Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración”. (n. 262).

Para el misionero el tiempo dedicado con Jesucristo en oración y contemplación nunca es tiempo perdido. Aquí encuentra fuerza, inspiración, nuevo celo; en la oración también pide para que fructifique su trabajo misionero. De nuevo el papa Francisco en la Evangelii Gaudium nos indica que “el verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera. Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. (n. 266)

Nuestra constitución n. 2 nos dice: «Escogidos para anunciar el Evangelio de Dios» (Rom 1, 1), los Oblatos lo dejan todo para seguir a Jesucristo. Para ser sus cooperadores, se sienten obligados a conocerle más íntimamente, a identificarse con Él y a dejarle vivir en sí mismos. Esforzándose por reproducirle en la propia vida…”

Esto no puede ocurrir si no existe un tiempo dedicado a la oración, la meditación, el estudio, etc. Somos misioneros pero misioneros religiosos y esto significa que somos hombres de Dios y de la gente, llamados a trabajar en la misión pero también a construir esa misión sobre la roca que es Jesucristo.

Por el tiempo que dedicamos a estar con Jesús mostramos que comprendemos qué tipo de misión es y quién es el Salvador que da la eficacia a nuestras actividades para cumplir la misión.

No es por casualidad que santa Teresa de Lixieus es la patrona de la misión aunque nunca abandonara el monasterio. Los frutos de nuestra misión vienen de dos fuentes: nuestras actividades múltiples que dan testimonio de nuestro amor por Jesús en medio de la gente y nuestro seguir a Jesús con nuestras manos unidas en oración.

En nuestros esfuerzos misioneros necesitamos encontrar un equilibrio entre contemplación y acción. Por una parte la oración no puede ser un escape de nuestro trabajo misionero y pastoral. Al mismo tiempo nuestras numerosas actividades misioneras no pueden robarnos el tiempo que deberíamos dedicar a nuestro encuentro con Jesús. Encontrar el equilibrio entre estos dos elementos que componen nuestra vida nos permite verdaderamente mirar el mundo y sus necesidades a través de los ojos del Salvador crucificado (cf. C. 5)