La homilía predicada por el Superior General P. Louis Lougen, OMI
durante la celebración eucarística de clausura
del Taller de Formación para formadores de Postnoviciado

30 de julio de 2021

«¿Qué han de hacer a su vez los hombres que desean seguir las huellas de Jesucristo, su divino Maestro, para reconquistarle tantas almas que han sacudido su yugo? Deben trabajar seriamente por ser santos, y caminar resueltamente por los senderos que recorrieron tantos obreros evangélicos…» (Prefacio de San Eugenio).

San Eugenio fundó su comunidad misionera con dos finalidades: evangelizar a los pobres, los más abandonados y crecer en santidad para que se conviertan en santos. Como formadores, ustedes tienen la misión de ayudar a nuestros jóvenes a crecer en celo y santidad. De esta manera, comparten esta especial responsabilidad del Superior general, la cual es vital para la vida y misión de la Congregación (C # 49).

«¡La tarea es abrumadora!», expresaron algunos de ustedes.

Darnos cuenta de que la formación es abrumadora y es algo más allá de nosotros, es entonces un muy buen lugar para estar. Nos hace humildes. Nos llama a prepararnos bien, a hacer de la formación nuestra prioridad en tiempo y energía y a buscar continuamente a prepararnos más plenamente en el arte del acompañamiento. El Espíritu Santo es el formador por excelencia y somos humildes instrumentos del Espíritu. Con la conciencia de que estamos ante los recorridos sagrados, nos acercamos a nuestros hermanos menores con gran respeto por lo que Dios está haciendo en sus vidas.

También te he oído decir muchas veces que en el ministerio de la formación se trata tanto del crecimiento de los formadores como del crecimiento de los jóvenes. Has dicho que aprendemos de los hombres en formación; nos enseñan; nos llaman a crecer. Como formadores no solo trabajamos para formar o ministrar a los jóvenes, sino también hay una interacción mutua y descubrimos que somos moldeados por aquellos a quienes acompañamos. Hay humildad y vida en tal actitud. Los animo a que atesoren esta dinámica misionera y la dejen que se convierta en una fuente de vida para ustedes.

¡Imagínense cómo se sintieron los apóstoles con el Señor resucitado entrando por las puertas y reprendiéndolos, y luego enviándolos a proclamar las Buenas Nuevas al mundo entero! Esa también fue una tarea abrumadora. Como los Apóstoles, Jesús nos asegura que está con nosotros, trabajando a través de nosotros y confirmando nuestra misión con los signos que acompañan al ministerio de la formación. Han compartido muchas buenas señales durante estos días. ¡Gracias por dar testimonio de la gracia del proceso de formación!

En esta Eucaristía, en el espíritu del C. 49, los miembros del Consejo General y yo queremos bendecirlos, confirmarlos en su ministerio y enviarlos nuevamente a su misión de formadores. Cito las palabras de san Pablo a Timoteo: “En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargo: Predica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar.” (2 Tim. 4: 1).

Son formadores misioneros cuyos pies llevan la alegría y la paz del Evangelio a quienes acompañan. Bendecimos tus pies que acompañan a nuestros postnovicios por la montaña, en los altibajos de su camino vocacional. ¡Ayúdales a descubrir la alegría de la salvación, el don de la curación interior y la libertad evangélica para la misión de llevar la Buena Nueva a los pobres y convertirse en santos en esta Congregación misionera!

¡Dios los bendiga!