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A medida que nos acercamos al 163 aniversario de nuestro querido Fundador, San Eugenio de Mazenod, el 21 de mayo, nos encontramos en una encrucijada de reflexión y acción. Esta ocasión no es simplemente un día de fiesta en el calendario litúrgico de la Iglesia, sino que para nuestra familia carismática, sirve como nuestra «llamada a la acción» anual. El apasionado amor de San Eugenio por servir a los pobres, su profundo sentido de comunidad y su dedicación a vivir los consejos evangélicos son hoy tan desafiantes como lo fueron en vida. De las muchas virtudes que ejemplificó a lo largo de su vida terrenal, su espíritu de generosidad resuena en mi corazón, particularmente en el mundo de hoy, empañado por el conflicto, el individualismo y una amenaza a nuestra Casa Común. El mundo necesita modelos de auténtica generosidad, amor y, sobre todo, valentía.

Una llamada a la generosidad

San Eugenio merece ser recordado como un «sacerdote de los pobres» y un modelo de generosidad. Su vida terrenal fue el epítome de la generosidad desinteresada y del coraje, una peregrinación terrenal dedicada a Dios, a la Iglesia y a los más abandonados. Es el modelo del peregrino de la esperanza en comunión. Su misión era clara: evangelizar a los pobres y ser evangelizado por los pobres. Esta relación bidireccional con los pobres y sus múltiples rostros sigue siendo una fuente de inspiración para nuestra misión hoy. En un mundo marcado por la división, la desigualdad y la hambruna espiritual, nuestro mandato es claro: debemos tender puentes, ver a Cristo en cada rostro y ser Cristo para los demás. Debemos ser lo bastante valientes para encontrar al otro en su sufrimiento, su dolor y su lucha por hallar esperanza. Esta misión no se limita a los muros de nuestras iglesias o nuestras comunidades. ¡Es una llamada urgente a la acción! Esta llamada nos arrastra fuera de la cama cada amanecer por nuestros propios pies, impulsándonos hacia adelante con amor por un mundo en dolor y necesitado del amor de Cristo. El Papa Benedicto XVI nos recordó que «la íntima participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte así en un darme a mí mismo: para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona» (Deus caritas est, 34).

Un sermón vivido en voz alta

Eugenio respondió generosamente a la voz de Dios en los pobres y los más abandonados. Fue un hombre cuya vida fue un sermón vivido en voz alta. Su llamada a «predicar, predicar y, si es necesario, usar palabras» resume la esencia de su santidad: una búsqueda incesante de la caridad, la compasión y el celo por las almas. Al igual que la madre pelícano, San Eugenio dedicó desinteresadamente su vida con pasión al amor de los pobres, los marginados, los jóvenes y los ancianos, así como a aquellos que se creía que habían sido olvidados. Respondió con valentía a la urgente llamada a la acción de su tiempo e inspiró a aquellos primeros misioneros a unirse a él en esta misión.

Una muerte feliz

La peregrinación terrenal de San Eugenio concluyó el 21 de mayo de 1861, y en presencia de sus compañeros, exhaló su último suspiro, no sin antes recordarles: «Si me duermo, despiértenme, pues quiero morir consciente». Incluso en su muerte, Eugenio deseaba compartir su esperanza de una «muerte feliz». Su enfoque holístico de la evangelización, arraigado en la compasión, la generosidad y el compartir comunitario, es un modelo para nuestra misión actual. Aferrémonos firmemente a sus últimas palabras: «Entre ustedes, la caridad, la caridad, la caridad en todo momento, y fuera celo por las almas». La caridad, la generosidad y la cultura del compartir comienzan en nuestras comunidades.

La generosidad humaniza

San Eugenio ha dejado un legado de sacrificio y generosidad que continúa inspirando a generaciones. Su vida nos recuerda la verdad fundamental de que compartir y ser generosos nos humaniza. Construye un puente entre lo divino y nuestra existencia terrenal. Como dice el famoso proverbio zulú: «Umuntu, ngumuntu, ngabantu» (una persona es una persona a través de otras personas). Hoy, San Eugenio sigue desafiándonos a encarnar un espíritu de generosidad y a abrazar una cultura del compartir, a extender nuestras manos y nuestros corazones más allá de los confines de nuestros círculos inmediatos, y a tejer una red de amor que atraiga y abarque toda la creación de Dios. La generosidad nace en el corazón humano. Como miembros de la familia carismática, debemos modelar este «obispo con un corazón tan grande como el mundo».

Compromiso con nuestra misión apostólica

La práctica de compartir nos remonta a los Evangelios, a la comunidad de Jesús y sus apóstoles, que compartían la vida entre ellos y con los pobres. San Eugenio adoptó el modelo de vida compartida para sus primeros misioneros de Aix. También invitó a otros, como los jóvenes, a formar parte de una vida compartida. Quiero animar a nuestros jóvenes oblatos a cultivar una cultura del compartir y de la generosidad. Debemos reconocer que el acaparamiento y el egoísmo no construyen un mundo nuevo como el que imaginó San Eugenio. Esta celebración de su vida renueva nuestro compromiso de vivir las virtudes de la caridad, la generosidad y el celo.

Seamos valientes al aceptar el cambio, innovadores en nuestra forma de compartir la Buena Nueva y firmes en nuestro esfuerzo por construir un mundo marcado por el amor divino y la unidad.

Invito a cada uno de ustedes a reflexionar sobre la vida de San Eugenio y a encontrar inspiración en su sentido de  fe, dedicación y caridad. Que su vida nos motive a compartir más profundamente, a amar más abiertamente y a servir con generosidad.

Pidamos la intercesión de San Eugenio para que podamos seguir creciendo en santidad y dedicación a nuestra misión. Que su espíritu nos guíe mientras nos esforzamos por vivir los valores que él defendió, abriendo camino hacia un mundo más compasivo y unido.

Para concluir, expreso mi más profundo agradecimiento por su continua dedicación a nuestra misión común. Juntos, como Familia Carismática, sigamos los pasos de nuestro fundador, inspirados por su vida y sostenidos por sus oraciones.

P. Kapena M. Erastus SHIMBOME, OMI
Consejero general para África-Madagascar