El Sínodo sobre la Eucaristía

Entrevista con Mons. Gerald Wiesner, OMI

 

Era el 26 de octubre de 2005; en Roma, el Sínodo sobre la Eucaristía acababa de terminar, el momento nos pareció conveniente para entretenernos con un participante en él, Mons. Gerardo WIESNER, OMI, de la diócesis de Príncipe Jorge, Columbia Británica, Canadá. Mons. Wiesner era uno de los cuatro obispos oblatos presentes.

Los otros tres eran el Arzobispo Liborio NASHENDA de Windhoek, Namibia; Mons. Eduardo RISI de Keimoes-Upington, Sudáfrica; y Mons. Pedro Antonio PAULO de Puerto de la Paz, Haití

Los cuatro obispos oblatos presentes.

Mons. Wiesner nació a Macklin, Saskatchewan, en 1937. Se ordenó sacerdote en los Oblatos de María Inmaculada el 23 de febrero de 1963. De 1964 a 1972, fue profesor de Teología en el Escolasticado San Carlos, Battleford, Saskatchewan. Durante este tiempo- también, allí formaba parte del equipo de los formadores en la comunidad oblata, ministerio que siguió aún, cuando en 1972 el escolasticado se transfirió a Edmonton, Alberta. De 1984 a 1990, fue Provincial de la Provincia de Santa María. De 1972 a 1984 y otra vez de 1991 a 1992 él enseñó la teología en “Newman Theological College”. En 1992 pasó a ser, por poco tiempo, Presidente provisional del Colegio, hasta su nombramiento episcopal. El 22 de febrero de 1993, fue ordenado como obispo de la diócesis de Príncipe George.

  • Monseñor, ¿A usted lo eligieron sus colegas obispos para el Sínodo, o fue nombrado por el Papa?

Fui elegido por la Conferencia Episcopal del Canadá durante la sesión plenaria de 2004. Esta sesión eligió a cuatro obispos: dos de la parte francófona y dos de la parte anglófona del país.

  • En un determinado momento fue Presidente de la Conferencia episcopal, ¿no es cierto?

Sí, lo fui.

  • Eso fue seguramente una experiencia interesante.

Sí. Fui vicepresidente durante dos años y presidente, otros dos años. Es un servicio que alguien debe hacer, del cual se pueden seguramente extraer beneficios. Como Presidente tuve una serie de experiencias por las cuales sigo estando agradecido. Aún no se lo dije, pero durante el Sínodo, nuestro pequeño grupo lingüístico, donde me parece, éramos unos treinta, nos entrevistamos con el Papa. Me encontraba en final de fila. Los cardenales y los arzobispos lo habían encontrado primero; luego ante mí había un obispo del Caribe y otro de África. Por último, iba a presentarme, cuando me precedió: “Mons. Wiesner, usted es del Canadá; tenía la costumbre de visitar a la oficina de la Conferencia.” Hacía cinco años, precisamente cuando era presidente. De una manera o de otra el se acordaba. ¡Extraordinario!

  • ¿Cuál es su impresión de este Sínodo?

Seguramente, una de las cosas que más me ha tocado fue la excelente experiencia de la colegialidad: Estar juntos como obispos, viniendo del mundo entero. Añadiría que fue también una gran experiencia de Iglesia. Anteriormente, había participado en el Sínodo de América, que fue también una buena experiencia; como alguien lo dijo: ¡»Fue necesario venir a en Roma para entender finalmente América!» Lo que es verdadero de muchas maneras.

Y con todo, este Sínodo fue muy diferente, más universal. Les doy un ejemplo. En nuestro grupito de debate, alguien había pedido hacer algo en el abrazo de la paz durante la Eucaristía… demasiado ruidoso, antes de la Comunión… irrespetuoso… demasiado intercambios a la vez; entonces un obispo del Sudán dijo: «Nuestro país conoce la guerra desde hace 14 años. El único momento en que la gente puede hacer una determinada experiencia de paz, de alegría, y de bondad, es en la Misa. Nuestro pueblo es concluyente y le gusta expresar la alegría que celebra.” Saben, al escucharlos me dije: «La señal de la paz en Sudán es mayor que en el Canadá.» Sólo un pequeño ejemplo, portador sin embargo de la gran experiencia de la Iglesia. Encontré eso extraordinario. Por supuesto, ya tenía cierta conciencia, pero cuando se escucha la vida concreta, la práctica, eso marca una gran diferencia.

Durante el Sínodo, tomé notas, escribiendo simplemente los títulos de las distintas intervenciones. Es interesante observar que varias cosas se encuentran en distintos países. Pero hay también cosas que hacen detenerse y reflexionar. Tal manera de hacer asombra, pero al escuchar atentamente el relato de los interesados, se puede captar de dónde vienen.

Será interesante ver lo que el Santo Padre va a hacer con las propuestas del Sínodo. Sólo que no estoy seguro que en este Sínodo haya sucedido nada de extraordinariamente nuevo. La mirada fue nueva, una mirada más profunda sobre la vida eucarística de la Iglesia. Era uno de los objetivos del Sínodo y lo alcanzamos. Vuelvo a entrar en casa con una experiencia renovada y profunda de la Eucaristía que querría compartir con la gente de mi diócesis.

En el corazón mismo de la variedad de las situaciones y experiencias se afirmaba la unidad de la vida eucarística de la Iglesia. En cada situación, se tiene la impresión que la Eucaristía alcanza básicamente las mismas realidades. Queda claro: está en el centro de la vida de la Iglesia.

  • ¿Y para usted hay algo que realmente salió de lo ordinario?

La primera cosa que me tocó, como lo dije, es la colegialidad. Estaba en un grupo de lengua inglesa donde 25 tenían derecho a voto. En este grupo, los Occidentales éramos cinco. Esto dice algo sobre la Iglesia. Sentado y observando en torno a mi, me di cuenta de la presencia de los otros ritos, en particular Orientales. Es para mi un punto luminoso, y una invitación que debe profundizarse en la riqueza de la vida eucarística de la Iglesia. Son las dos cosas más bonitas que llevaré conmigo.

  • … ¿y algo que habría deseado y que no pasó?

¡Bien! Hay seguramente un número de cosas que habríamos podido proponer al debate, pero eso no tuvo lugar. Entre otras cosas, la imposibilidad de poder garantizar la Eucaristía a todo el mundo… hablo de la falta de los ministros ordenados. Eso se mencionó en algunas ocasiones, pero hubiera deseado una mayor apertura. Seguramente no hubiéramos resuelto el problema, pero al menos habríamos planteado algunas cuestiones. Por lo que se refiere a este punto, el Sínodo reafirmó mucho el vínculo casi esencial entre el sacerdocio y el celibato.

De igual modo, la posibilidad de ordenar «viri probati», es decir, hombres catequistas u otros responsables, a los que se han probado, teniendo realmente cuidado de las personas, en zonas marginales, dónde es realmente difícil encontrar sacerdotes para celebrar la Eucaristía, esta posibilidad – decía – no avanzó.

Pensaba, y esperaba que pudiéramos decir: “Eso puede discutirse; se podría pensar”. Pero, no llegamos a eso. No sé si las posiciones en pro y contra fueran cada una de un 50%. Quizá no, pero estaban muy cerca. Una noche, un cardenal habló «proféticamente», diciendo que representábamos a los obispos de la Iglesia, pero que tendríamos que escuchar el Espíritu que habla en la Iglesia. Pues si se trata de hacer la Eucaristía más presente por todas partes, parece que no hemos sido capaces de avanzar. Diría que las propuestas presentadas eran más bien tradicionales.

Otro argumento que volvió de nuevo en sucesivas ocasiones, fue el de las personas que no pueden participar plenamente en la Eucaristía, en particular, los divorciados casados de nuevo. Aquí aún hubo muchos debates, esperaba que pudiéramos mirar este problema de más cerca, para explorar los caminos posibles para una mejor acogida de estas personas.

Me acuerdo, durante una de mis visitas hace algunos años, haber discutido con un cardenal que era Prefecto de una Congregación. Hablamos de este tema. Era realmente un Pastor, ya que había sido obispo de una diócesis. Decía: «Debemos encontrar una solución pastoral para estas personas.» Sabe, hay algunos a los que esto no les preocupa, pero hay otros que, a pesar de su casamiento, querrían participar plenamente en la Eucaristía y no pueden, impedidos por la situación en la cual se encuentran, debido a un conjunto de razones.

En la prolongación de esta reflexión, apareció la poligamia; lo que era nuevo para mí, tras respetar el matrimonio. Una serie de obispos africanos plantearon esta cuestión: ¿Qué se debe hacer en estos casos? ¿Cómo podemos encontrar una solución? ¿Cómo podemos invitar a los polígamos a iniciarse plenamente en la Eucaristía? Uno de estos obispos dijo haber nacido en una familia polígama, dónde su padre tenía tres mujeres. Su padre que se convirtió al cristianismo, durante su iniciación en la Iglesia, debió abandonar a dos mujeres. Así el futuro obispo, con sus dos hermanas y su madre fueron despedidos. El obispo lloraba contando esta historia. Y eso ocurre muchas veces en la Iglesia africana.

Hay aquí dos aspectos pastorales con los cuales habríamos debido enfrentarnos aún más, sin poder quizá resolverlos.

  • ¿Qué es lo que piensa llevar consigo al Canadá? Conociendo a su gente como los conoce, ¿Qué querrán escuchar de su parte?

Diría una cosa que ya mencioné más arriba: el llamado a que debe profundizarse el aprecio de la Eucaristía. Durante el año de la Eucaristía, intentamos hacer reflexionar a nuestra gente para entrar más profundamente en este misterio. Para eso produjimos 4 vídeos con el fin de suscitar el debate en toda la diócesis. Pienso, no obstante, que hicimos muy poco en el sentido de una verdadera renovación. Esta es pues una cosa que llevaré conmigo para… para animar a la gente. Además nosotros, en el Canadá, tenemos un activo suplementario, ya que preparamos el Congreso Eucarístico Internacional de 2008, en Québec. Vamos a recordarlo constantemente y así toda la nación podrá prepararse a este acontecimiento.

  • Did you offer any of your own thoughts to the Synod?

Mi propia intervención en el Sínodo se refería a una llamada para una mayor participación de los fieles en la Eucaristía. El Vaticano II habló muy claramente de una participación plena, consciente y activa. Era el primer objetivo de reforma litúrgica. Pienso que no llegamos aún ahí. Muchos van a la misa sin tener una idea precisa de que se trata. Tampoco tienen conciencia de ser llamados, a participar en la Eucaristía, en virtud de su bautismo. Si no me equivoco, los documentos del Concilio Vaticano II hablan, en cuatro lugares, del pueblo de los bautizados que ofrece el Santo Sacrificio al Padre, en la Eucaristía. Pienso que el 90% de los bautizados no se dan cuenta que, en virtud del sacerdocio bautismal, son capaces de ofrecer este Santo Sacrificio al Padre.

Otra cosa se impuso durante el Sínodo: la llamada a una vida eucarística para los laicos, en lo ordinario de la vida diaria. Vinculado con este aspecto es la misión, tal como se desprende de la Eucaristía. En efecto, una de las propuestas sugiere traducir mejor, en un nuevo rito de conclusión de la celebración, nuestra misión, como resultante de la participación en la Eucaristía. Pues no decir «vayan simplemente en paz», sino expresar mejor el latín del «Ite missa est». Debemos ir para ser Eucaristía… la misión está siempre allí, pero no se expresa bien, no se comprende bien. Es pues algo que hay que trabajar. En este mismo sentido, ¿Por qué no organizar también misiones parroquiales referentes a la Eucaristía?

 

Por James ALLEN, OMI