Nació en Gillonay (Isère) en 1820
Tomó el hábito en N.-D. de l’Osier el 14 de agosto de 1851
Hizo la oblación perpetua en Limoges el 8 de diciembre de 1855 (nº 405)
Murió en Autun el 28 de marzo de 1880.

Miguel Falque (su apellido era en realidad Falcoz) nació en Gillonay, diócesis de Grenoble, en 1820. Inició el noviciado en Notre-Dame de l’Osier el 14 de agosto de 1851 como hermano e hizo sus votos por un año en 1852. Tras el noviciado, fue enviado a Limoges, donde hizo la oblación perpetua el 8 de diciembre de 1855. Quedó en Limoges hasta el final de 1861. El 6 de octubre el superior, padre Burfin, pide al padre Fabre que lo envíe a otra parte, pues ese hermano es “esencialmente un labrador” y la casa de Limoges está en el centro de la ciudad. En el Registro del personal de 1862-1863 se escribe bajo su nombre: “De gran talla, fuerte, robusto, trabajador del campo; hortelano, hombre sensato, razonable y apegado a su deber. Muy virtuoso, piadoso. Después de haber pasado unos años en Limoges, fue llamado a Notre-Dame de la Garde en 1862”.

En la nota necrológica sobre el hermano, el padre Fabre escribe que “ha ocupado muchos puestos en la familia durante los treinta años que vivió en ella; pocas son nuestras casas de la provincia del norte, e incluso del mediodía, que no lo hayan visto trabajando en su santificación personal y que no hayan admirado su entrega a la Congregación”. Esto no aparece en las fuentes que no lo mencionan entre 1862 y 1865. Sabemos, sin embargo, que está en Notre-Dame de Sion en 1865, que es hortelano y recadero en Angers de 1866 a 1875, hortelano en Nancy de 1876 a 1879, hortelano y luego cocinero en San Juan de Autun en 1879- 1880. A fines de 1879 en una carta al padre Fabre escribe el hermano: “Nunca he rehusado nada ni nunca lo rehusaré…” pero añade que está demasiado enfermo para continuar siendo cocinero. El 28 de marzo de 1880 el padre Marchal anuncia el fallecimiento del hermano tras unos meses de enfermedad. Sus restos descansan en el cementerio de Autun.

En la nota sobre el hermano el P. Fabre escribe, entre otras cosas: “Digamos ante todo que el exterior del buen hermano denotaba a primera vista al hombre del campo, de modales simples y sin pretensión. Cuando le hemos conocido, la edad había despoblado su frente, moderado su marcha y disminuido sus fuerzas, aunque sin hacerle perder su actividad. Se le podían reprochar algunas brusquedades, pero bajo su apariencia rústica, ocultaba excelentes cualidades, frutos espontáneos de un alma recta y de un buen corazón. De carácter amable, se prestaba de buen grado a brindar servicios; dotado de cierto ingenio natural, le gustaba conversar y sabía interesar por su modo original de decir las cosas y de narrar los hechos. Así, durante los recreos y en los días de fiesta, se gozaba mucho escuchándole; con sus salidas ingenuas, a menudo envueltas en una fina sencillez, sabía desarrugar todos los rostros y suscitar una dulce hilaridad”.

El padre Fabre añade que el hermano permaneció fiel a su vocación porque “encontró su salvaguardia en las virtudes religiosas que le distinguían especialmente y que parecen resumir su vida entera: quiero decir, las virtudes de oración, de pobreza y de obediencia”.

YVON BEAUDOIN, O.M.I.