1. En La Vida De Eugenio De Mazenod
  2. En Las Constituciones Y Reglas De 1982

Eugenio de Mazenod, un «apasionado por Jesucristo»; su espiritualidad, una espiritualidad «esencialmente cristocéntrica». Así se ha definido la espiritualidad del Fundador [1]. En este artículo vamos a exponer el puesto que Cristo ocupó en su vida y el que tiene en las Constituciones y Reglas editadas en 1982.

EN LA VIDA DE EUGENIO DE MAZENOD

Tres tesis se han presentado en la universidad Gregoriana sobre la espiritualidad de Eugenio de Mazenod [2]. Hay también algunos artículos sobre Cristo en nuestro Fundador en la revista Etudes Oblates, ahora Vie Oblate Life [3]. A la luz de esos documentos y especialmente a la luz de la colección de Ecrits Oblats [4] vamos a considerar el lugar de Jesucristo en la vida de Eugenio de Mazenod..

Es difícil dar una división clara y sobre todo elaborar una síntesis doctrinal sobre este punto. La adhesión a Jesucristo ha marcado toda la vida de Eugenio. Fue el encuentro experimental de una persona, la de Jesucristo, y el contacto vivo entre ambos expresado de continuo. Esta amistad se fue manifestando según los acontecimientos y se fue desarrollando a través de las penas y las alegrías de la vida.

El conocimiento y el amor de Cristo están en el centro de su vida, pero no están solos. Se unifican con el amor del Padre y del Espíritu. Se expresan en la búsqueda de la gloria de Dios, en la constante fidelidad a su voluntad, en el amor a la Iglesia y a los pobres. Para Eugenio de Mazenod la Iglesia es Cristo: «Amar a la Iglesia es amar a Jesucristo y viceversa» [5]. Ese conocimiento y ese amor se manifiestan en su devoción al Sagrado Corazón, en su apego al sacerdocio y en su amor a la Eucaristía.

Amar a Jesucristo y ser fiel a Jesucristo es algo que alcanza a todos los aspectos de la vida personal del Fundador, a todos los aspectos de sus relaciones con los oblatos y a todos los aspectos de su responsabilidad pastoral como sacerdote y como obispo.

Para captar mejor el lugar de Cristo en la vida de Eugenio de Mazenod, vamos a seguir las etapas de ésta: la primera abarca los comienzos y el desarrollo hasta la ordenación sacerdotal; la segunda es la de su orientación como fundador y padre de los oblatos; y la tercera, la de su irradiación apostólica entre sus diocesanos.

1. INICIOS Y DESARROLLO HASTA EL SACERDOCIO

Eugenio nació el 1 de agosto de 1782 en Aix de Provenza, en el seno de una familia cristiana. Durante su infancia fue iniciado en las realidades de la fe. «Dios había puesto en mí, anotará más tarde, casi osaría decir, como una especie de instinto para amarle. Mi razón no estaba todavía formada y ya me complacía en estar en su presencia, en elevar mis débiles manos hacia él, en escuchar su palabra en silencio, como si la hubiese comprendido. Naturalmente vivo y bullicioso, bastaba que me llevaran ante los altares para lograr de mí la calma y la más perfecta tranquilidad, tanto me encantaban ya entonces las perfecciones de mi Dios, por instinto como diría, pues a esa edad no podía conocerlas» [6]. Su madre y su abuela Joannis le enseñaron a arrodillarse, a hacer la señal de la cruz y a rezar.

A los 8 años de edad, en 1791,Eugenio con su familia va desterrado a Italia a causa de la Revolución francesa. En 1792 hace la primera comunión y recibe la confirmación en Turín, pero será en Venecia sobre todo (1794-1797) donde, gracias a un joven sacerdote fervoroso y buen educador, Don Bartolo Zinelli, se desarrollará su espíritu cristiano y las primeras manifestaciones de su adhesión a Jesucristo. Eugenio es adolescente; empieza a pensar en la vocación sacerdotal.

Don Bartolo le traza un reglamento preciso. Después de levantarse y del rezo de la mañana, «uniré mis débiles adoraciones a las de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, […] diré un padrenuestro lentamente y con gran respeto por esta oración salida de los labios de Nuestro Señor Jesucristo mismo. […] [Ofreceré a Dios] mis ejercicios de piedad, mis estudios, mis tareas, mis acciones más indiferentes, […] uniéndome a los sentimientos de su corazón adorable […] Vos, María, […] santo ángel de mi guarda, mis santos patronos […] sed mis abogados ante Dios y ante el Corazón de Jesús. Antes de salir de mi habitación, me volveré hacia una iglesia y pediré a Jesús de rodillas que me bendiga, diciéndole: Jesús, hijo de David, no te soltaré hasta que no me hayas bendecido […] Me santiguaré con agua bendita, besaré respetuosamente mi crucifijo en el lugar de las llagas y del corazón […]». Y el reglamento termina así: «Si soy fiel a estas reglas, mi vida será digna del nombre que llevo y Jesucristo será mi recompensa en el cielo, y mi fuerza y mi consuelo durante la vida y en la hora de la muerte» [7]. En octubre de 1795, cuando acompaña hasta Livorno a su madre que regresa a Francia, se provee de un crucifijo grande que cuelga a su cuello de forma que sea bien visible [8].

«Don Bartolo, escribe el P. Pielorz, orientando a su discípulo principalmente hacia un amor de Dios adaptado a su edad y a su temperamento, es decir vivo, sensible, tierno y expresivo, concretado en una devoción personal a Nuestro Señor, a la Virgen y a los Santos, le permitió dominar sus demonios interiores» [9].

El período siguiente (1797-1805) es período de crisis. Eugenio conoce la tibieza, manifiesta su suficiencia, cae en el pecado y se hace «esclavo del demonio» [10]. En 1797 abandona Venecia con su padre y su tío. Va a Nápoles, donde pasa un año de pesadumbre y de hastío, y luego, con ellos, se retira a Palermo (1799-1802). En 1799 tiene 17 años. En Palermo le ayudará una familia, la del duque de Cannizzaro, especialmente la duquesa, que es una santa mujer. El 12 de mayo de 1798 le había escrito Don Bartolo: «Ten siempre presente la devoción al adorable Corazón de Jesús […] y sé fiel a tus deberes de cristiano» [11]. Pero no, aunque siga siendo bastante buen cristiano, el espíritu mundano y la tibieza dominan en él.

En 1802 Eugenio regresa a Aix a vivir con su madre. Su estado espiritual no ha cambiado. Tiene 20 años, desea situarse en el mundo, no siente ningún atractivo por el matrimonio. Desea, sin éxito, volver a Sicilia. Se dedica, por algún tiempo, a atender a los prisioneros de Aix. La gracia, ciertamente, le está trabajando, y un buen día, un viernes santo, se manifiesta en forma mucho más intensa. Va a cambiar su vida: «He buscado la felicidad fuera de Dios y por mucho tiempo, para mi desgracia, recuerda en 1814. ¡Cuántas veces, en mi vida pasada, mi corazón desgarrado, atormentado, se lanzaba hacia su Dios de quien se había alejado! ¿Puedo olvidarme de aquellas lágrimas amargas que la vista de la Cruz hizo brotar de mis ojos un viernes santo? Ellas salían del corazón ; nada las podía detener; eran demasiado abundantes para que me fuera posible ocultarlas a quienes asistían como yo a aquella conmovedora ceremonia. Yo estaba en estado de pecado mortal y eso era precisamente lo que ocasionaba mi dolor. Pude entonces y también en alguna otra circunstancia medir la diferencia. Nunca mi alma quedó tan satisfecha, nunca experimentó tanta dicha. Es que en medio de ese torrente de lágrimas, a pesar de mi dolor, o mejor, a través de mi dolor, mi alma se lanzaba finalmente hacia su último fin, hacia Dios, su único bien, cuya pérdida sentía vivamente. ¿Para qué hablar más de ello? ¿Podré alguna vez expresar lo que entonces experimenté?» [12].

Fue su «conversión». Muchas cosas nos llaman la atención: Eugenio comprueba que está en pecado mortal, la visión de la Cruz de Cristo le abre los ojos, llora abundantemente y se lanza hacia Dios, su único bien. Esta gracia dejará marcada todo su vida: experimenta el misterio de Cristo, y se vuelve por completo hacia Dios, Padre de misericordia; queda lavado en la Sangre de Cristo. Jamás olvidará ese día ni la persona de Jesús crucificado que le ha salvado.

Por esa época siente crecer en sí la necesidad de ser sacerdote. Entra en el seminario de San Sulpicio en octubre de 1808. De su estancia en el seminario hay que destacar dos cosas: la adhesión cada vez más profunda a Jesucristo, que se manifiesta en sus cartas y sus otros escritos, y la influencia de la escuela francesa en su vida espiritual.

Respecto a sus cartas, los volúmenes 14 y 15 de Escritos Oblatos son de gran riqueza. Eugenio se ha enterado de que su tío Fortunato no iba a aceptar el episcopado; escribe a su padre: «¿Es la dificultad lo que asusta a mi tío? ¡Cómo! Cuando uno lleva la librea de Jesucristo ¿puede temer alguna cosa? ¿no debe esperar en aquél que nos conforta? Tengamos bien presentes los deberes que nos imponen nuestros caracteres de cristiano y de sacerdote» [13]. Era en 1805. Ese mismo año, a su amigo Manuel Gaultier de Claubry, joven militar que le confía sus dificultades de cristiano porque «profesa la fe de Jesucristo», le envía unos textos de la S. Escritura y añade: «No es, pues, Eugenio, es Jesucristo, es Pedro, Pablo, Juan, etc. quien le envía este alimento saludable que, recibido con el espíritu de fe de que usted es capaz, no quedará ciertamente sin efecto…» [14]. El 23 de diciembre escribe al mismo felicitándole de que haya «enarbolado el estandarte de la Cruz, pasando por encima del respeto humano y desafiando [con su fidelidad a Dios] los sarcasmos y las injurias» [15]. Lloró por ello, dice, pero sus lágrimas «se cambiaron pronto en transportes de alegría cuando vi que, acordándose de que era al Señor a quien servía, se comportó de una manera digna del Evangelio de Jesucristo […] y esa victoria le viene de Dios, pues es una gracia que él le ha hecho no solo el que crea en Jesucristo sino el que además sufra por él. Dulce efecto de la caridad entre los cristianos, que hace que todos los miembros de este cuerpo místico del que Jesucristo es la cabeza,caput, experimenten y tomen parte en los sufrimientos igual que en la victoria que cada miembro soporta o gana. Si esta maravillosa comunión no es suficientemente sentida es porque no se reflexiona en su excelencia, pues tiene su fuente en el seno mismo de la divinidad» [16].

Son numerosas las cartas a su madre y a su hermana. Ante su madre, poco entusiasta de su orientación al sacerdocio, justifica de continuo su vocación, y lo hace repitiendo su adhesión a Jesucristo. A su hermana que se casa, le recuerda sus deberes de cristiana y de fidelidad a Cristo. Aducimos unos ejemplos.

A su madre le expresa su afecto entrañable y que no puede decir no a Jesucristo que tanto le ha amado y que le invita a seguirle en el sacerdocio. El día de Navidad de 1808 le escribe: «Queridísima mamá ¿piensa que anoche no me he encontrado con usted? […] Sí, mi querida madre, hemos pasado juntos la noche al pie del altar que me representaba el pesebre de Belén; juntos hemos ofrecido nuestros dones a nuestro Salvador y le hemos pedido que nazca en nuestros corazones y que fortalezca en ellos todo lo que es débil […] Ofrezcamos, pues, a Dios todos esos desgarramientos; [pensemos] que Jesucristo dejó el seno del Padre para revestirse de nuestros despojos […] Busquémonos a menudo en el Corazón de nuestro adorable Señor, pero sobre todo participe usted con frecuencia de su Cuerpo adorable; es el mejor modo de encontrarnos juntos, ya que, al identificarnos cada uno por nuestra parte con Jesucristo, seremos solo una cosa con él, y por él y en él seremos solo una cosa entre nosotros. He pensado que esta noche usted habrá querido honrar la venida de ese Niño bendito que nos ha nacido, depositándolo en su corazón. Como yo tuve la misma dicha a la misma hora aproximadamente, me he unido a usted con toda mi alma. ¿No encuentra admirable la grandeza de nuestra alma? ¡Cuántas cosas abarca a la vez! ¡Qué inmensa extensión recorre en el mismo instante! Es encantador. Yo adoraba a Jesucristo en mi corazón, lo adoraba en el corazón de usted, lo adoraba en el altar y en el pesebre, lo adoraba en lo más alto de los cielos» [17].

En febrero de 1809 indica a su madre qué dicha es «la de participar en la misión divina del Hijo de Dios» y cómo desde tiempo atrás «habría debido hacer la guerra [al mundo] porque es el enemigo de Jesucristo» […] ¿puedo resistir a su voz [del divino Maestro] para languidecer miserablemente fuera de mi ambiente? […] Somos cristianos […] ¿qué familia, incluso real no se sentiría honrada de acabar en la persona de un sacerdote, investido de todos los poderes de Jesucristo […]?» [18].

Un hombre como él, «fuertemente impulsado por el Espíritu de Dios a imitar la vida activa de Jesucristo» ¿puede «quedar cruzado de brazos» sin hacer nada? [19]. A la hora de recibir las órdenes menores y el subdiaconado, vuelve a insistir en el mismo tema: «Lástima que no estaba usted, querida mamá; sin duda, habría rezado con mucho fervor al Señor que me concediera la gracia de corresponder a tantos favores […] Tengo que confesar que siento en mí una confianza que me asombra[…]» [20]. Y al llegar la hora de recibir el subdiaconado: «No envidie, pues, mi querida mamá, no envidie a esta pobre Iglesia, tan atrozmente abandonada, despreciada y pisoteada, la cual, no obstante, nos ha engendrado a todos para Jesucristo, por el homenaje que quieren hacerle […]dos o tres individuos […] y ¿por qué querría usted que yo retrasase más el comprometerme, el consagrar a la Esposa de Jesucristo, que este divino Maestro formó con la efusión de toda su sangre, todos los instantes de una vida que yo he recibido únicamente para emplearla por la mayor gloria de Dios?» [21]. Por último, para el día de su ordenación sacerdotal, el 21 de diciembre de 1811, junto con el saludo L.J.C., que emplea desde hace unos meses, escribe: «Querida y buena mamá, se ha realizado el milagro; su Eugenio es sacerdote de Jesucristo» [22].

En estos textos, puede notarse que muchos elementos sobre Cristo –que van a reaparecer en la espiritualidad del oblato– están ya presentes: el carácter de cristiano, el espíritu de fe, la persecución padecida por amor de Cristo, el sufrimiento por Jesucristo, el estandarte de la cruz de Cristo, la presencia de un miembro a otro en el cuerpo místico, el nacimiento de Jesús en nosotros, la unión recíproca en la recepción del Cuerpo de Cristo, la participación en la misión divina de Cristo Salvador, la guerra al mundo enemigo de Jesucristo, la Iglesia abandonada y despreciada, la sangre de Cristo derramada por nosotros, la confianza, la fidelidad a la voluntad divina…

A Eugenia, su hermano le recordará su carácter de cristiana, sus obligaciones: la vida de oración, la cruz de Cristo, la práctica de la Eucaristía; le aludirá a su propia «conversión» y a su vida pasada. Reza por ella antes de su matrimonio [23]. Una vez casada, se muestra severo, de acuerdo a la época y a su propio temperamento, respecto a su participación en los espectáculos y en los bailes: «Pero tú tienes ideas demasiado claras sobre la santidad de nuestra vocación y sobre la pureza de la ley de Jesucristo, para ignorar que el abandonar cobardemente un solo punto de esta celestial doctrina […] es formar banda aparte y volver la espalda a Jesucristo […] Bien comprendes, mi querido corazón, que al hacer estas suposiciones, estoy lejos de prever que vayan a ocurrir; tengo mucho mayor fundamento para verte resistir con valentía a todos los incentivos del mundo, honrar la virtud de la que siempre has hecho profesión y mostrar a los hombres el modelo de la perfección cristiana en medio del campo del enemigo de Jesucristo. Para vivir en esa perfección, tendrás que observar varias cosas: mi doble título de hermano y de eclesiástico me autoriza a indicártelas […] Al cambiar de estado, te ves necesariamente metida en el mundo y obligada a vivir en medio de ese corruptor, por eso tienes necesidad de abrazarte a la cruz de Jesucristo más fuertemente que lo harías en una vida retirada; es preciso que acudas con más frecuencia a sacar las gracias del Salvador de la fuente inagotable de sus divinos sacramentos. Muchas veces te lo he dicho, y hoy te lo repito con mucha más razón; no frecuentas bastante la sagrada comunión» [24].

El 21 de enero de 1809, comenta con su madre: «Que vaya al mundo, está hecha para eso, pero que allí sea cristiana, y cristiana en alto grado. Es menester que se sepa que ella no va al teatro porque es discípula de Jesucristo. En una palabra, tiene que demostrar que Nuestro Señor tiene sus elegidos en todas las clases de la sociedad, que le son fieles en todas las circunstancias de la vida. Sobre todo, que no deje de frecuentar los Sacramentos; ahí es donde va a encontrar la fuerza [25]. Y el 9 de febrero de 1811, tras haber felicitado a su hermana por el cuidado que tiene de su hija Natalia, le repite de nuevo: «Ya estamos en carnaval […] Consultemos alguna vez a nuestro crucifijo, en las llagas de nuestro divino modelo encontraremos la respuesta a todos nuestros miserables pretextos. En ese fiel espejo es donde discerniremos lo que él puede tolerar de lo que prohíbe. Dejemos que hable su corazón al nuestro, escuchemos su voz, no nos aturdamos, y veremos cómo todos los mezquinos razonamientos de los seguidores del mundo van a quedar fundidos y disueltos por uno solo de los rayos de luz que emanan de Nuestro Señor consultado en el silencio y el recogimiento […] Él ha querido que sirvieras de ejemplo a todas las personas a las que en adelante iba a inspirar el santo deseo de santificarse en el mundo […] Cuando te veas obligada a estar en un baile o en otras reuniones ruidosas, recuerda a menudo la presencia de Dios, ejercicio precioso que nunca lograrás que te sea bastante familiar; haz uso también de las otras prácticas que te había indicado el año pasado: la muerte, el momento de la agonía, el juicio, el infierno; según la hora, trasládate en espíritu para unirte a las almas santas que alaban y bendicen el santo nombre de Dios: a las carmelitas […] a los santos religiosos […] a la Trapa […] Cuando se tiene fe y siquiera un poco de amor a Dios, es fácil encontrar los medios para no perder de vista por mucho tiempo al predilecto […] Pero el medio infalible […] es la recepción frecuente de los sacramentos» [26].

Ya Eugenio había lamentado que en su familia no se fuera a comulgar con bastante frecuencia. Escribía a su madre: «No quedaré contento hasta que no vea una reforma en esta materia. Es el único punto que me apena en mi querida familia: Nuestro Señor Jesucristo no es honrado en ella como quiere serlo: madre, abuela y hermana me afligen a este respecto» [27]. Por último, hay otra carta a Eugenia en la que lo resume todo: «Amemos a Dios con todo nuestro corazón, usemos de este mundo como si no lo usáramos, es decir, sin aficionarnos a sus vanidades y a sus mentiras. No sé si alguna vez has puesto en práctica un consejo que creo haberte dado, es el de no dejar pasar un solo día sin meditar algunas verdades de la salvación […] Ay, qué tema de pesar para mí que te estoy hablando; sé mejor que nadie el abuso que he hecho de las gracias del Salvador y sé lo que cuesta haber respingado contra el aguijón, y para evitar a otros ese pesar tardío y casi irremediable, no ceso de gritar: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo estaréis con el corazón embotado? […] En espera de que yo vuelva y podamos arreglar juntos lo que sea más conveniente para ti, sigue frecuentando los sacramentos […] ¿No eres tú casada, madre y nodriza por la voluntad de Dios? Así pues, cumpliendo los deberes de una esposa, de una madre y de una nodriza haces lo que Dios quiere y ¿cómo se puede defender que, cumpliendo los deberes que Dios nos ha impuesto, cualesquiera que sean, no estemos en disposición de responder a las dulces invitaciones que hace a todos los suyos de acudir a él y de sacar de su Sacramento la fuerza y la vida?» [28].

Se ve por estas cartas qué marcado estaba Eugenio por Jesucristo y hasta qué punto la vida de Cristo inspiraba su correspondencia. Si ahora nos fijamos en la actitud de Eugenio en el seminario, volvemos a encontrar la misma orientación reforzada, además, por la influencia de la escuela francesa y de la espiritualidad sulpiciana. Sus oraciones, su meditación, sus ejercicios de piedad y su apostolado reflejan esa inspiración. Pienso en la oración de la mañana a la Trinidad y en la fórmula Jesu, vivens in Maria, que han pasado a los oblatos; pienso en su vida espiritual resueltamente centrada en Cristo: «Jesús, escribe el P. Taché, es constantemente para él el punto de referencia. [Eugenio] se vuelve a él como al sacerdote perfecto, al modelo de quienes deben dar a Dios el culto que le es debido. La devoción a Jesús es, pues, por excelencia, la del sacerdote totalmente fiel a su vocación. Contemplando a Jesús en todos sus misterios, se examinará sobre la perfección requerida de cada acción para hacerla semejante a la de Él, y le pedirá un amor inquebrantable. Unido a Él de este modo, no tendrá más que un deseo: hacer que otros le amen» [29].

Eugenio es ordenado presbítero el 21 de diciembre de 1811. A su madre le expresa su inmensa alegría [30]. Al Sr. Duclaux, su director espiritual, le describe sus sentimientos: «Mi muy querido y buen Padre, le escribo de rodillas, postrado, abismado, anonadado, para participarle lo que el Señor, por su inmensa e incomprensible misericordia, acaba de obrar en mí. Soy sacerdote de Jesucristo […] ¡Oh, mi querido Padre! no hay más que amor en mi corazón. Le escribo en un momento en que estoy rebosando, para servirme de una expresión que el Apóstol debió de usar en un momento semejante a este en que me encuentro. Si permanece aún el fondo de dolor de mis pecados, que siempre me acompaña, es porque el amor le ha dado otro carácter […] ¡Soy sacerdote! Hace falta serlo para saber lo que es. Este solo pensamiento provoca en mí arrebatos de amor y de gratitud, y si pienso en lo pecador que soy, el amor se acrecienta. Jam non dicam vos servos [Jn 15,15] etc. Dirupisti vincula mea. Tibi sacrificabo hostiam laudis [Sal 115, 16 s.] etc. Quid retribuam Domino [Sal 115, 12] etc. son otros tantos dardos que abrasan este corazón tan frío hasta hoy […] Desde los días que precedieron a la ordenación y sobre todo desde la ordenación, me parece que conozco mejor a Nuestro Señor Jesucristo. ¡Qué sería si le conociera tal como es!» [31] .

Las mismas reacciones dominan en sus intenciones de misas y en su resolución general. «Primera misa la noche de Navidad: por mí. Para obtener el perdón de mis pecados, el amor de Dios sobre todas las cosas y la caridad más perfecta con el prójimo […] El espíritu de Jesucristo, la perseverancia final e incluso el martirio […] El amor de la cruz de Jesucristo, de los sufrimientos y de las humillaciones […] Resolución general de ser por entero para Dios y para todos, de huir del mundo y de todo lo que puede ofrecer de deleitoso, etc., de buscar solo la cruz de Jesucristo y la penitencia debida a mis pecados […] ¿Somos nosotros semejantes a Jesucristo? ¿imitamos a Jesucristo con todas nuestras fuerzas? ¿vivimos la vida de Jesucristo? Entonces, seremos infaliblemente salvos» [32].

2. COMO FUNDADOR Y PADRE DE LOS OBLATOS

A finales de 1812, Eugenio abandona París y regresa a Aix. En 1813 da instrucciones familiares en provenzal en la iglesia de la Magdalena; entre ellas, su discurso a los pobres de Jesucristo: «El Evangelio debe ser enseñado a todos los hombres, y debe ser enseñado de modo que sea comprendido. Los pobres, porción preciosa de la familia cristiana, no pueden quedar abandonados en su ignorancia. Nuestro divino Salvador hacía tanto caso de ellos, que se encargaba él mismo de instruirles. Él dio como prueba de que su misión era divina que los pobres eran evangelizados: Pauperes evangelizantur […] Se trata de aprender lo que el Señor pide de vosotros para procuraros una dicha eterna […] Venid, ahora, a aprender de mí lo que sois a los ojos de la fe. Pobres de Jesucristo […] mis hermanos, mis queridos hermanos, mis respetables hermanos, escuchadme. Vosotros sois los hijos de Dios, los hermanos de Jesucristo, los herederos de su Reino eterno […] Hay dentro de vosotros un alma inmortal […] un alma rescatada con el precio de la sangre de Jesucristo […] Cristianos, reconoced vuestra dignidad» [33].

Eugenio funda también la Congregación de la Juventud: «La empresa es difícil; no lo disimulo. Incluso, no carece de riesgos […] Pero yo no temo nada, porque pongo toda mi confianza en Dios y no busco más que su gloria y la salvación de las almas que ha rescatado por su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo […]» [34]. Y en el acto de consagración de los jóvenes: «Por la presente declaramos también solemnemente reconocer a Nuestro Señor Jesucristo como nuestro Dios Salvador, soberano Señor y Maestro, de quien queremos ser toda la vida fieles discípulos» [35].

En diciembre de 1814 Eugenio hace un retiro de ocho días. Se inspira en un jesuita, el P. Francisco Nepveu, Retraite selon l’esprit et la méthode de s. Ignace pour les ecclésiastiques, edición de 1749. Este retiro le ayudará mucho y vendrá a suavizar su vida espiritual, tal vez demasiado dependiente de la formación sulpiciana, donde el sacerdote era ante todo «el religioso de Dios» [36]. Aquí el sacerdote será ante todo el hombre apostólico, el hombre del Reino de Jesucristo. Convendría releer las 21 meditaciones del fundador [37]. En ellas se ve «la humildad [de JC] en la encarnación, la pobreza en su nacimiento, la mortificación en la circuncisión, el abandono al querer del Padre en la huida a Egipto, la obediencia en la sujeción a María y a José durante los 30 años de su vida pública. Son las cinco virtudes opuestas a los cinco principales obstáculos que impiden el restablecimiento de la gloria de Dios y de su Reino en el corazón del hombre […]» [38]. Y después, con las «dos banderas» y los «tres grados de humildad», «la obligación de declararse abiertamente por Jesucristo y de imitarle en su vida pública» [39]. Y la conclusión: «Dejando de lado toda metáfora, yo he sido pecador, gran pecador, y soy sacerdote. Exceptuando el haber mancillado mi cuerpo con mujeres, desgracia de la que la bondad de Dios me ha preservado como por milagro, he seguido en todo las máximas del mundo corrompido. El mal se ha realizado. El bien ¡ay! queda todavía por hacer. Lo que he hecho hasta ahora no vale la pena mencionarlo. El público se engaña, yo estoy muy por debajo de mis obligaciones. Es preciso que pague doble, y luego, cuando comparo mi conducta con la de mi modelo, ¡Dios mío, qué lejos estoy todavía! Orgullo, cólera, búsqueda de mí mismo, etc. ¡Ay! ¿cómo puedo decir: Vivo ego, jam non ego, vivit enim in me Christus [Ga 2, 20]? No hay término medio, si quiero ser semejante a Jesucristo en su gloria, hace falta que antes me asemeje a Él en las humillaciones y en los sufrimientos , que me asemeje a Jesús crucificado. Tratemos, pues, de conformar en todo mi conducta a la de ese divino modelo para poder dirigir a los fieles estas palabras de San Pablo: Imitatores mei estote sicut et ego Christi [1 Co 4,16]. Si no se me pueden aplicar estas palabras, tengo que renunciar a reinar con Jesucristo en su gloria» [40]. «Sí, mi Rey, me parece que ardo en el deseo de señalarme por alguna hazaña brillante, que todo mi deseo es lavar en mi sangre la afrenta de mis defecciones pasadas y de probaros, si es preciso, combatiendo por vos, que vuestra magnanimidad ha sabido triunfar de un ingrato y de su perfidia» [41]

En 1815-1816 Eugenio funda la Misión de Provenza que luego será la Congregación de los Oblatos de María Inmaculada. En julio de 1816, precisa a los misioneros de Aix que Cristo para ellos es el Cristo Salvador: «Postdata. Os pido que cambiéis el final de las letanías; en vez de decir Jesu sacerdos, hay que decir Criste Salvator. Es el punto de vista desde el que hemos de contemplar a nuestro divino Maestro. Por nuestra vocación peculiar estamos asociados de una manera especial a la redención de los hombres; también el beato Ligorio puso su Congregación bajo la protección del Salvador. Ojalá cooperemos con el sacrificio de todo nuestro ser a que su redención no sea inútil ni para nosotros ni para aquellos a quienes estamos llamados a evangelizar» [42].

En 1818 Eugenio redacta las primeras Constituciones y Reglas. Varios elementos de ellas están presentes en las nuevas Constituciones de 1982. He aquí los principales textos de las de 1818 que se refieren a Jesucristo: «Emplead, en una palabra, los mismos medios que empleó nuestro Salvador cuando quiso convertir el mundo, y tendréis los mismos resultados. ¿Qué hizo Nuestro Señor Jesucristo? […] ¿Qué hemos de hacer nosotros por nuestra parte para lograr reconquistarle a Jesucristo tantas almas que han sacudido su yugo? […] Es, pues, urgente […] enseñar a esos cristianos degenerados lo que es Jesucristo [… y] extender el imperio del Salvador[…]» [43]. Definición de los Oblatos: «formar una reunión de sacerdotes seculares que viven juntos y se esfuerzan por imitar las virtudes y los ejemplos de Nuestro Señor Jesucristo, principalmente dedicándose a predicar a los pobres la palabra divina» [44]. «Su fundador es Jesucristo, el mismo Hijo de Dios; sus primeros padres, los Apóstoles. Han sido llamados a ser los cooperadores del Salvador, los corredentores del género humano […] La Iglesia, esta preciada herencia del Salvador, que él adquirió a costa de su sangre, ha sido en nuestros días atrozmente devastada» [45]. Se nos pide que prediquemos «como el Apóstol, a Jesucristo y éste crucificado, non in sublimitate sermonis, sed in ostensione spiritus, es decir, mostrando que estamos persuadidos de lo que enseñamos y que hemos comenzado a practicarlo nosotros antes de anunciarlo a los demás» [46]. » En una palabra, procurarán hacerse otros Jesucristo, expandiendo por doquier el buen olor de sus amables virtudes» [47]. «Los sacerdotes vivirán de tal suerte que puedan celebrar dignamente cada día el santo sacrificio» [48]. «No tendrán otro signo distintivo que el propio de su ministerio, es decir un crucifijo que llevarán siempre colgado al cuello […] Pondrán a menudo los ojos y la mano en esa cruz y le dirigirán frecuentes aspiraciones. La besarán por la mañana, al ponérsela al cuello y por la noche al colocarla a la cabecera de la cama, inmediatamente antes de revestirse de los hábitos sacerdotales y después de quitarlos, y cada vez que juzguen oportuno darla a besar a alguien» [49]. «Se hará la oración mental en común […] por la tarde, en torno al altar a modo de visita al Santísimo durante media hora. Las meditaciones versarán especialmente sobre las virtudes teologales, sobre la vida y las virtudes de Nuestro Señor Jesucristo, que los miembros de la Sociedad deben reflejar vivamente en sí mismos» [50]. «Los obreros evangélicos deben también dar la mayor importancia a la mortificación cristiana […] Se aplicarán principalmente a la mortificación interior, a vencer sus pasiones, a renunciar en todo a la voluntad propia, procurando, a imitación del Apóstol, gloriarse en los sufrimientos, los desprecios y las humillaciones de Jesucristo» [51]. Para alistarse entre nosotros, «hay que tener gran deseo de la propia perfección, gran amor a Jesucristo y su Iglesia y gran celo por la salvación de las almas» [52]. «Los novicios deben proponerse honrar de manera especial la vida oculta de Jesucristo […] Celosos de seguir las huellas de este divino modelo, se aplicarán únicamente a imitarle en la conducta que llevó en su vida privada […] Profesarán el más profundo respeto a todos los sacerdotes de la Sociedad, honrando en ellos a la persona misma del Hijo de Dios a quien representan en la tierra» [53]. «El espíritu de caridad es el que debe tenerlos a todos unidos en Jesucristo» [54].

El 17 de febrero de 1826 fue aprobada la Congregación por León XII con el título de Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Hubo gran fiesta, pero los años siguientes resultaron penosos para el P. de Mazenod: incomprensiones, dificultades en Marsella, duelos y enfermedades [55].

Eugenio vivió duramente estas pruebas, pero el Señor le ayudó. Expresa al P. Tempier su confianza en Jesucristo y la consolación que de Él recibió: «Aunque aguardo cada día peores noticias, cuando éstas llegan, me es imposible defenderme de una profunda impresión de tristeza, sobre todo cuando las penas domésticas vienen a acrecentar la carga ya tan pesada de llevar. Le diré, sin embargo, que no me desanimo y que estoy afligido pero no abatido. Me parece que Nuestro Señor nos ayudará con su gracia a soportar todos nuestros pesares. Esta mañana, antes de la comunión, me atreví a hablar a este buen Maestro con el mismo abandono con que lo habría hecho si hubiera tenido la dicha de vivir cuando él pasó por la tierra y si me hubiera encontrado en los mismos aprietos. Decía la misa en una capilla particular y no me molestaba la presencia de nadie. Le expuse nuestras necesidades, le pedí sus luces y su asistencia y luego me abandoné por entero a él, no queriendo nada más absolutamente que su santa voluntad. Comulgué luego con esta disposición. En cuanto tomé la preciosa sangre, me fue imposible sustraerme a tal abundancia de consuelos interiores que, a pesar de mis esfuerzos para que el hermano ayudante no se diera cuenta de lo que pasaba en mi alma, me fue preciso exhalar suspiros y derramar lágrimas con tal abundancia que quedaron empapados el corporal y el mantel. Ningún pensamiento penoso provocaba esta explosión, al contrario, me sentía bien, era feliz y, si no fuera tan miserable, creería que amaba y que estaba agradecido. Este estado duró bastante tiempo y se prolongó durante mi acción de gracias, que solo acorté por algún motivo. De ahí saqué la conclusión de que nuestro buen Salvador había querido darme la prueba de que aceptaba los sentimientos que acababa de expresarle en la sencillez de mi corazón. Con la misma sencillez le doy cuenta de lo que ocurrió, para su propio consuelo y aliento. No me hable más de ello y siga rezando por mí» [56].

Si miramos la correspondencia del fundador con los oblatos, vemos que el pensamiento de Jesucristo se repite constantemente. Los oblatos «anuncian a Jesucristo de un mar a otro» [57];»difunden el buen olor de Jesucristo» [58]; «emplean su vida por extender el Reino de Jesucristo» [59]; ven «las almas rescatadas por la sangre de Jesucristo» [60]; «sufren afrentas por amor de Jesucristo» [61]; son «verdaderos apóstoles de Jesucristo» [62]; están unidos en Jesucristo: «Querido Courtès, estemos unidos en el amor de Jesucristo en nuestra común perfección, amémonos siempre como lo hemos hecho hasta ahora, seamos solo una cosa […]» [63]; «procuran celebrar la misa todos los días […] ¿de dónde sacaréis esa fuerza si no es en el santo altar y junto a Jesucristo, nuestro jefe?» [64]; rezan a Jesucristo y a María por la misión: «Hay que obtener por [María] que Jesucristo ruegue hasta por aquellos, que se han vuelto tan numerosos, por los que dijo que no rogaba: Non pro mundo rogo (Jn 17,9). Este pensamiento me es familiar; se lo comunico a la vez que le bendigo y le abrazo» [65]. Ante los oblatos difuntos, el fundador sufre como Jesucristo sufrió por Lázaro [66]; los contempla en el cielo «al lado de Nuestro Señor Jesucristo, a quien siguieron en la tierra» [67]; en cuanto a los oblatos que dejan el Instituto, recuerda su relación con Jesucristo: «[`…] me siento afectado hasta el punto que puedo decir como Nuestro Señor: Tristis est anima mea usque ad mortem (Mt 26, 38)[…] Y mientras veo a turcos morir antes que faltar a su palabra, cuando al darla han invocado el nombre de Dios, hay sacerdotes que quebrantan promesas de un género muy distinto, hechas consciente y voluntariamente a Jesucristo, tomándolo por testigo y bajo su mirada. ¡Es espantoso!» [68].

En esta correspondencia era realmente el espíritu de Jesucristo el que animaba al P. de Mazenod. Al Sr. Viguier, un sacerdote que quería entrar con nosotros, el fundador le resume así su ideal: «El misionero, por estar llamado propiamente al ministerio apostólico, debe tender a la perfección. El Señor le destina a renovar entre sus contemporáneos las maravillas llevadas a cabo antaño por los primeros predicadores del Evangelio […] Lo que hemos encontrado de más adecuado para ayudarnos a lograr esa meta, es ceñirnos lo más posible a los consejos evangélicos, fielmente observados por cuantos han sido empleados por Jesucristo en la obra sublime de la Redención de las almas. […] Vivimos en comunidad […] El espíritu de caridad y de la más perfecta fraternidad reina entre nosotros. Nuestra ambición es ganar almas para Jesucristo. Todos los bienes de la tierra no podrían saciar nuestra codicia. Precisamos el cielo o nada; mejor dicho, queremos asegurarnos el cielo, no ganando en la tierra nada fuera de la persecución de los hombres. Si este proyecto no le asusta y tiene la firme resolución de perseverar toda la vida en nuestra santa Sociedad, acuda. Nuestros brazos y nuestros corazones están abiertos para usted, y le prometemos esa misma dicha que el Señor se digna hacernos disfrutar» [69].

3. COMO OBISPO DE MARSELLA

El 14 de octubre de 1832 Eugenio de Mazenod es ordenado en Roma obispo titular de Icosia. El gobierno francés no fue informado. Por eso, se inicia para el novel obispo un período de humillación y de profundo sufrimiento, pero tres años más tarde, en 1835, el asunto queda arreglado. Y el 24 de diciembre de 1837 Eugenio tomará posesión de la diócesis de Marsella.

Ante el episcopado, el P. de Mazenod experimenta sincera alegría: «Ha sido llamado […] a recibir la plenitud del sacerdocio» [70], a ser plenamente «sucesor de los Apóstoles» [71]. Al mismo tiempo, piensa en su pasado, en sus pecados de antes y se renueva en la confianza y en la reflexión sobre la bondad de Dios: «[…] me reconozco sin virtudes y sin méritos, y a pesar de ello, no desespero de la bondad de mi Dios y cuento siempre con su misericordia, y espero que acabaré siendo mejor, es decir, que, a fuerza de auxilios sobrenaturales y de la asistencia habitual de la gracia, desempeñaré mejor mis deberes y corresponderé a los designios de mi Padre celestial y de su Hijo Jesucristo, mi amabilísimo Salvador, y del Espíritu Santo que planea sobre mi alma para darle un nuevo temple dentro de pocos días» [72]. Antes de su ordenación episcopal, «concibió [incluso] la esperanza [para Icosia o Argel] de enarbolar allí por [sí] mismo y por [sus] misioneros la cruz de Jesucristo» [73]. Lo mismo ocurrió con Marsella: «Será preciso que me apegue a este pueblo como un padre a sus hijos» [74], que me haga «pastor y padre, investido de la misma autoridad de Jesucristo a quien deberé representar en medio de esta porción de su rebaño que pasará a ser mi propio rebaño […]» [75]. Las cartas de San Pablo a Timoteo y a Tito le inspirarán de continuo [76].

En sus cartas pastorales se manifiesta la importancia de Jesucristo para la santificación de los fieles [77]. Son «cristianos»: deben contemplar a Jesucristo, deben nutrirse de su cuerpo, deben vivir con él los tiempos litúrgicos, deben cooperar con él en la obra de la salvación. A menudo escribía las pastorales para el tiempo de cuaresma; ellas le permitían dar una síntesis más completa de la función de Jesucristo en la vida cristiana. Cito algunos ejemplos.

El 28 de febrero de 1838, Mons. de Mazenod recuerda a sus diocesanos el deber de la penitencia: «Jesucristo, el cordero de Dios venido a este mundo para salvar a los hombres, Jesucristo que quiso cargar sobre sí todas las iniquidades de la tierra para expiarlas con su sangre y por su muerte, no exime a nadie de esa condición. Al contrario, anuncia a todos los que quieren aprovecharse de su Redención, que tienen que aplicarse el valor infinito de sus méritos con la penitencia personal que se impongan a sí mismos […] En efecto, Jesucristo había manifestado claramente sus intenciones a los judíos, cuando, interrogado por ellos, les respondió que vendría un día en que sus discípulos ayunarían, cuando Él ya no estuviera con ellos […] Los Apóstoles se persuadieron tan bien de la voluntad conocida de su Maestro, que, desde que les fue arrebatado, siempre hicieron que el ayuno precediera las acciones importantes de su santo ministerio […]» [78].

«La cuaresma, dirá, es para el cristiano una época de renovación en la fe y en la piedad […]» [79]. «El conocimiento del catecismo comunica al niño ya bautizado el objeto mismo de la fe […] Él sabe lo que cree y profesa […] La doctrina de Jesucristo se hace su doctrina. Es verdaderamente cristiano por su creencia, y Jesucristo se va formando cada vez más en él, como dice San Pablo, a medida que crece en el conocimiento de esta santa verdad» [80]. «El mundo no ha conocido a Jesucristo (Jn 1, 10) porque no pudo recibir el Espíritu de la verdad; si hubiera podido recibir este Espíritu de verdad (Jn 14, 17), y si obedeciera a sus inspiraciones, reconocería que Jesucristo mismo es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6) y que no hay salvación más que en Él (Hch 4, 12) […] Más aún, unido a Jesucristo, yendo por Él a la meta que es Dios, iluminado por su luz y viviendo de su vida, revestido ya de Jesucristo mismo (Ga 3, 27) según la enérgica expresión del Apóstol, trataría de elevarse siempre más por una ascensión interior por encima de su propia naturaleza, hasta el estado de hombre perfecto y a la medida de la edad de la plenitud de Jesucristo» [81].

«La Iglesia os dio a luz para Jesucristo […]» [82]. «Sois católicos, hijos de esta Iglesia santa que Jesucristo adquirió al precio de su sangre (Hch 20, 28). Ella es una sociedad pública de la que vosotros sois los miembros […] Ella tiene un Jefe supremo que representa aquí abajo para vosotros a su cabeza invisible, Jesucristo, pastor y obispo de vuestras almas (2 Pe 2,25)» [83]. Los pastores, los misioneros y los cuerpos religiosos trabajan en esta obra. «Sí, contamos con los pastores secundarios, con tanto mayor razón cuanto que ya se han identificado con nosotros para que en adelante nuestro pensamiento sea su pensamiento, nuestros sentimientos los suyos y su palabra nuestra palabra, o más bien que no tengan con nosotros más que los pensamientos, los sentimientos y las palabras de Jesucristo […]» [84]. «No, no necesitábamos una experiencia reciente para saber cuánto bien resulta siempre de las misiones. Por cierto, quién podría ponerlo en duda, cuando se sabe que ellas no son más que el poder de enseñar dado por Jesucristo a su Iglesia; cuando se sabe que los sacerdotes que las realizan no se meten por su cuenta en esa obra de celo y de caridad, sino que son enviados por los obispos, quienes son enviados a su vez por Jesucristo […]» [85]. «Las órdenes religiosas, siempre enfrentadas con los errores y las pasiones humanas, siempre empeñadas en formar a Jesucristo en las almas, en restablecer o acrecentar su reino, siempre opuestas al mal y eficaces para el bien, no tuvieron más vida, más dicha y más porvenir que la vida, la dicha y el porvenir de la Iglesia» [86].

Mons. de Mazenod insiste mucho en la práctica de los sacramentos, la de la penitencia y especialmente, como había hecho en su familia, la de la Eucaristía: «No es así como el Señor infinitamente misericordioso actúa con los hombres. Los incita, los apremia a convertirse para que acudan a sentarse a su mesa, a comer su carne y beber su sangre, les abre en todo momento los tesoros de su amor […]» [87]. «La intención de esta santa Madre [Iglesia] no es que os limitéis a cumplir el precepto de alimentaros una vez al año con el pan eucarístico, ella querría que sus hijos se dispusieran a recibir este pan de vida a lo menos en cada una de sus solemnidades. Ella los llama, los convida esos días al sagrado banquete. Así es como sobre todo ella quiere asociarlos a sus fiestas. Son nupcias divinas que ella celebra en santa unión con su celeste Esposo, y desea vivamente que todos los suyos sean admitidos a participar en la dicha de esa unión inefable, ocupando un lugar en la sala del festín, tras haberse revestido del traje de bodas. Os lo hemos dicho, unidos a Jesucristo, quedamos establecidos con respecto a Él en una venturosa solidaridad de la que depende totalmente nuestra salvación. Incluso la vida cristiana no es más que una comunión perpetua con Jesucristo. Nos interesa, pues, aprovechar con una fidelidad agradecida la invitación de la Iglesia, para estrechar siempre más nuestras lazos con nuestro Salvador, quien sin cesar desea ardientemente comer la Pascua con nosotros (Lc 22, 15)» [88].

Más tarde, en 1859, vuelve a hablar de la unión con Dios y de la unión con Jesucristo: «Esta felicidad de los elegidos consiste en la visión intuitiva de Dios y en su posesión que obtenemos al poseer a Jesucristo, cuya persona es en sí misma el premio que debemos ganar, según el enérgico lenguaje del Apóstol: Ut Christum lucrifaciam (Fil 3, 8). Ahora bien, en el designio de Dios no está que gocemos en esta vida de la visión intuitiva; conocemos a Dios por la fe, pero, en cuanto a poseerlo, lo alcanzamos bajo el velo del misterio en la santa comunión. Entonces se establece la más íntima unión entre Jesucristo y nosotros, hasta el punto que Él nos dice: El que come mi carne y bebe mi sangre mora en mí y yo en él (Jn 6, 57). Y como la divinidad en Jesucristo es inseparable de la humanidad también el Padre y el Espíritu Santo son inseparables de la persona del Verbo divino y lo acompañan en aquel que mora en Jesucristo y en quien Jesucristo mora. Así en la comunión la unión entre el Creador y la criatura es la más perfecta que pueda concebirse […] Nuestras prerrogativas de hijos de Dios y de hermanos de Jesucristo no podrían tener una expresión más alta […] Por eso, no se concibe que el cristiano rehúse esa unión de un valor realmente infinito […] uniéndose así con Jesucristo, el cristiano se asocia del modo más perfecto al sacrificio de la cruz y participa, en la medida de sus buenas disposiciones, en los méritos infinitos de ese sacrificio. Se hace uno con la adorable Víctima que se inmoló por él, y la obra de la Redención se afianza y se perfecciona. ¿Quiere su salvación? Allí la encuentra. ¿ Su grandeza? allí está […]» [89].

La Eucaristía, al mismo tiempo, establece el lazo más estrecho entre los cristianos y asegura la resurrección para la vida eterna. «En efecto, como la Iglesia no forma más que solo cuerpo, cuya cabeza es Jesucristo, quienes no reciben la vida de esa cabeza son miembros muertos, ya no están unidos al cuerpo por los lazos divinos, la sangre de Jesucristo, por así decirlo, no circula ya por sus venas, y sus hermanos, a quienes esa sangre generosa se comunica con todo su vigor en la santa comunión, ya casi no son sus hermanos, pues no son de su misma sangre. Por eso, quien no acude a sentarse en el banquete divino, rompe en cierto modo la unión con aquellos que no forman más que un todo místico con su Redentor. Estos no pueden ya reconocerlo como uno de los suyos; no pueden ya, como los discípulos de Emaús que reconocieron a su Maestro en la fracción del pan, ver a un cristiano, es decir, a otro Jesucristo, en la persona de aquel que no come el pan celestial y no bebe la copa del Salvador» [90]. «La vida sobrenatural se comunica al alma que recibe al Hijo de Dios, y la muerte es el castigo de quien no la recibe en la comunión de su cuerpo y de su sangre, y además, después de la vida temporal, la resurrección a la verdadera vida será el premio de esta comunión. Esta es la garantía de la inmortalidad dichosa» [91].

Por último, otro ejemplo es el de la liturgia. La pastoral del 8 de febrero de 1846 es admirable en este punto. La participación en el misterio litúrgico, en el del nacimiento de Jesús como en el de su Pascua, puede transformar nuestras vidas. «La antigua costumbre de la Iglesia ha sido siempre que precediera un tiempo de ayuno y abstinencia a sus principales solemnidades. […] Las cuatro semanas de Adviento […] estaban marcadas por las mismas mortificaciones y el mismo acrecentamiento de fervor que las vigilias, y tienen también el mismo objetivo, pues son un tiempo preparatorio a la celebración de Nuestro Señor Jesucristo. […] Lo mismo ocurre con el santo tiempo de Cuaresma. Su fin es sobre todo disponer las almas para participar en el gran misterio de la Resurrección del Hombre-Dios, haciéndolas pasar por el camino de penitencia y dolor que Él mismo trazó, haciéndolas subir con Él al Calvario y bajar espiritualmente con Él a la tumba, para renacer con Él a la vida nueva que nos adquirió por su victoria sobre el infierno, el pecado y la muerte» [92].

Como Él quiso caminar con nosotros en la semejanza de una carne de pecado, nosotros debemos caminar con Él según el espíritu, a fin de que se cumpla en nosotros la justicia de la fe (Rom 8, 3-4). Nosotros debemos estar sin cesar con Él por el espíritu […] Así se nos comunicarán sus propios méritos y los derechos que nos ha adquirido a la recompensa celestial; así nosotros seremos otros Él mismo, viviendo, sufriendo y muriendo con Él en el día pasajero de los sufrimientos y de los oprobios, resucitando, triunfando y reinando con Él en el día eterno de la gloria. Así pues, muy queridos hermanos, para hacernos practicar esta unión de espíritu y de corazón con Jesucristo, es para lo que la Iglesia nos llama a recorrer la santa Cuarentena antes de llegar a la Pascua. Entonces, nosotros nos retiramos con Él al desierto, rezamos, ayunamos, resistimos a las tentaciones con Él, y luego nos ponemos a seguirle para soportar en espíritu los trabajos, las fatigas y las contradicciones de su vida pública. Por la noche, nos encontramos reunidos en la montaña para recoger el fruto de sus oraciones, y por el día, testigos de sus milagros,[…] conmovidos por su inagotable caridad y por su ternura infinita para con los hombres, escuchamos con recogimiento su divina palabra y, como María, su Santa Madre, la meditamos en nuestro corazón (Lc 2, 19); nos impregnamos de los sentimientos de nuestro Redentor, nos entregamos a las inspiraciones de su amor, ponemos nuestra alma en contacto con la suya, hasta que estando Él mismo formado en nosotros (Ga 3, 19), vivamos de tal manera su vida humilde, laboriosa y penitente, y seamos tan conformes a su imagen, reproducida sin cesar ante nuestros ojos, que Él sea respecto de nosotros el primogénito de una multitud de hermanos y que, tras haber sido llamados, seamos justificados, y tras haber sido justificados seamos glorificados (Rom 13,29-30)» [93]. Eugenio escribirá en su testamento: «Imploro la misericordia de Dios, por los méritos de nuestro divino Salvador Jesucristo, en quien pongo toda mi confianza, para obtener el perdón de mis pecados y la gracia de que reciba mi alma en el santo paraíso» [94].

Al principio de este artículo, presentábamos la amistad de Eugenio de Mazenod con Jesucristo como «el encuentro experimental de una persona» y «el contacto viviente entre ambos sin cesar expresado». El estudio de los textos y de la conducta de Eugenio no hacen más que precisar tal actitud.

Eugenio de Mazenod consideró a Jesucristo, Hijo de Dios, como Salvador: es el que le ha salvado del pecado, y el que salva al mundo; lo consideró como el Esposo de la Iglesia, el que forma una cosa con ella y que sigue sufriendo a través de ella; lo consideró como un Amigo por encima de todos los otros y con quien se ha comprometido a cooperar plenamente en la obra de la salvación; lo consideró como un Modelo y un Maestro de vida, el que nos incorpora a sí y nos hace penetrar en su misterio, en su nacimiento, en su acción redentora, el que nos pide sufrir con Él, soportar la prueba con Él y resucitar con Él en la gloria del Padre.

Cristo es su Mediador, el objeto primero de su devoción; Cristo le alimenta cada día con su pan y su presencia, le sostiene en el fracaso y las dificultades, le anima en su ministerio, le ayuda a aguantar en medio de las oposiciones. Cristo es quien le une a los hombres, a su familia, a todos sus hermanos oblatos a los que alcanza por todo el mundo. La Eucaristía está en el centro de su vida; Eugenio pasa horas ante ella, y difunde su culto dondequiera que puede; encuentra en ella su fuerza y allí encuentra a todos los que ama. Anota un día en su Diario, cuando estaba ante el Santísimo Sacramento expuesto en la iglesia de San Teodoro: «Confieso que he sido yo quien había procurado a Jesucristo la gloria que se le tributa desde hace seis años en San Teodoro. Le ofrecía […] con un secreto gozo […] todo el honor, las alabanzas, las acciones de gracias que ha recibido, todo el amor de reparación que se le ha tributado […] Se lo ofrecía con satisfacción, como si fuera algo mío, para expiación de mis propias irreverencias, de mi pobre correspondencia a las grandes luces e inspiraciones que Dios ha tenido a bien comunicarme desde hace buen número de años acerca del admirable sacramento de nuestros Altares, y para reparar el escaso fruto que he sacado de las impresiones extraordinarias que me ha brindado a menudo la Persona divina del Salvador , las cuales habrían debido hacer de mí un santo mientras que sigo siendo un miserable pecador.[…] Siento que Dios es excesivamente bueno cuando me hace comprender incluso estas cosas y me brinda encima el consuelo que disfruto con sobreabundancia en días como éste y en otros más» [95].

En conclusión, al menos tres elementos hay que retener de este estudio sobre el Fundador: Primero, la continuidad de su adhesión a Jesucristo, desde la infancia, pero sobre todo desde su «conversión» un viernes santo, hasta la muerte. Fue su devoción principal. «Es útil, loable y santo rezar a los Angeles y a los Santos, dirá en octubre de 1857, […] pero nuestra devoción principal debe ir siempre hacia Jesucristo […] único mediador soberano, por cuyos méritos infinitos podemos ser escuchados y llegar a la vida eterna» [96]. En segundo lugar, la fidelidad. Los puntos y aspectos particulares en que insistía en su juventud como la Cruz, el sufrimiento con Cristo, la Eucaristía, el celo, la participación en los diferentes misterios…son siempre los mismos. Los ha profundizado, los ha vivido, penetraron más hondamente en él, pero no han cambiado. En tercer lugar, la dimensión práctica de su amor a Cristo. Es un amor concreto, que se enraíza en el encuentro de una persona y florece en la amistad cotidiana con ella, que crece de día en día a través de las experiencias de la vida y las responsabilidades del ministerio. Viene a la mente la imagen de San Pablo: sigue su carrera para tratar de alcanzarlo, habiendo sido él mismo alcanzado por Cristo Jesús (Fil 3, 12).

Para completar este tema, se puede leer un hermoso texto, no compuesto por Eugenio de Mazenod pero aprobado por él, hacia 1836, sobre la devoción de los novicios a Nuestro Señor Jesucristo. Se habla de la vida oculta de Jesús. El texto refleja la actitud del Fundador y muestra cómo, en el comienzo del Instituto, Jesucristo estaba en el corazón de la vida oblata: «Como el fin principal de nuestra Sociedad es imitar a Nuestro Señor Jesucristo con toda la perfección posible, es fácil comprender que la devoción de los novicios debe sobre todo dirigirse a la sagrada Persona de nuestro Salvador adorable. Lo que se deben proponer en el tiempo de su prueba se reduce a establecer en sus corazones el reinado de Jesucristo hasta llegar a no vivir más que de su vida divina, pudiendo decir con San Pablo: ‘Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí: Vivo ego, jam non ego, etc.’ Es preciso que el divino Salvador continúe en cierto modo en cada uno de ellos la vida que llevó en la tierra, vida de inocencia y de pureza, vida de mortificación y de humildad, vida en fin de todas las virtudes […]» [97].

EN LAS CONSTITUCIONES Y REGLAS DE 1982 [98]

En la primera parte de este estudio hemos visto hasta qué punto Cristo estuvo presente en la vida de nuestro fundador, Eugenio de Mazenod. Todas las Constituciones oblatas, desde 1826 hasta 1966, se atuvieron sustancialmente al texto del fundador. En 1966, a la luz del Vaticano II, se redactó y se promulgó ad experimentum un texto nuevo. En el Capítulo de 1980 quedó votado y aprobado por la Iglesia un texto final que trataba de ser fiel al Concilio y de hundir sus raíces en el pensamiento del fundador. Es nuestro texto actual. ¿Cómo aparece Cristo en este texto? Su presencia en él ¿es tan constante y tan fiel a la orientación del fundador? Intentaremos verlo en esta segunda parte.

La presencia de Cristo se ve en la Presentación y en el Prefacio, recorre toda la primera parte de las Constituciones, anima la segunda parte sobre la formación y se encuentra también en la tercera, sobre la organización del Instituto. Sin Cristo, la vocación del oblato es impensable, ya sea como misión en el mundo, ya como vida religiosa apostólica. Vamos a releer los textos, recogiendo todos los pasajes de las Constituciones y Reglas que se refieren a Cristo. A la vez, sugeriremos algunos puntos especiales que fluyen de esos textos.

1. PRESENTACION Y PREFACIO

La presentación que introduce las Constituciones empieza con estas palabras: «Nuestro Señor Jesucristo». El texto evoca la vocación de Cristo, describe la de Eugenio de Mazenod y presenta la de los oblatos.

«Nuestro Señor Jesucristo, en la plenitud de los tiempos, fue enviado por el Padre y lleno del Espíritu ‘para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’ (Lc 4, 18-19) Llamó a algunos discípulos a tomar parte en su misión y, desde entonces, en su Iglesia sigue llamando a otros para que le sigan».

Así nacerá la vocación de Eugenio: «Este fue el llamamiento que oyó el beato Eugenio de Mazenod. Abrasado de amor a Cristo y a su Iglesia, quedó hondamente impresionado por el abandono en que estaba el pueblo de Dios. Decidió ser ‘el servidor y el sacerdote de los pobres’ y sacrificar por ellos su vida entera».

Y de ahí nació la vocación de los Oblatos: «[Eugenio] los impulsó a ‘vivir juntos como hermanos’ y a ‘imitar las virtudes y los ejemplos de nuestro Salvador Jesucristo, ocupándose principalmente en predicar a los pobres la palabra divina'».

En el Prefacio la primera palabra es «la Iglesia»: la Iglesia como herencia del Salvador, como Esposa de Cristo: «La Iglesia, preciada herencia que el Salvador adquirió a costa de su sangre, ha sido en nuestros días atrozmente devastada. Esta querida Esposa del Hijo de Dios llora aterrorizada la vergonzosa defección de los hijos por ella engendrados».

Tras haber mencionado las desgracias de la Iglesia –«apenas podríamos reconocer la religión de Jesucristo en las huellas que quedan de lo que fue»–, escuchamos la llamada de la Iglesia, Esposa de Cristo: «En esta lamentable situación, la Iglesia llama a voces a los ministros a quienes confió los más preciados intereses de su divino Esposo, para que se esfuercen en reavivar con la palabra y el ejemplo la fe a punto de extinguirse en el corazón de buen número de sus hijos».

Pocos sacerdotes responden al llamamiento. Pero hay algunos «celosos de la gloria de Dios, que aman entrañablemente a la Iglesia y están dispuestos a entregar su vida, si es preciso, por la salvación de las almas». A éstos el Fundador les presenta de inmediato la actitud de Jesucristo: «¿Qué hizo en realidad nuestro Señor Jesucristo cuando quiso convertir el mundo? Escogió a unos cuantos apóstoles y discípulos que Él mismo formó en la piedad y llenó de su espíritu y, una vez instruidos en su doctrina, los envió a la conquista del mundo, que pronto habían de someter a su santa ley».

Eso es lo que nosotros debemos hacer: «¿Qué han de hacer a su vez los hombres que desean seguir las huellas de Jesucristo, su divino Maestro, para reconquistarle tantas almas que han sacudido su yugo? Deben trabajar seriamente por ser santos […] trabajar sin descanso por hacerse humildes, mansos, obedientes, amantes de la pobreza, penitentes y mortificados, despegados del mundo y de la familia, abrasados de celo, dispuestos a sacrificar bienes, talentos, descanso, la propia persona y vida, por amor de Jesucristo, servicio de la Iglesia y santificación de sus hermanos».

Luego, llenos de confianza en Dios, podrán entrar en la liza y empeñar el buen combate del Reino de Dios. El campo que se les abre es inmenso. Hay que «enseñar a los cristianos degenerados quién es Jesucristo […] Hay que intentarlo todo para dilatar el Reino de Cristo, destruir el imperio del Mal […]».

«Tales son los frutos copiosos de salvación que pueden resultar del trabajo de los sacerdotes a quienes el Señor inspiró la idea de reunirse en sociedad para dedicarse más eficazmente a la salvación de las almas y a su propia santificación […]».

A partir de ahí es como nuestras Constituciones y Reglas van a hablar de Jesucristo y hacer referencia a Él.

2. EL CARISMA OBLATO

Ya en el art. 1 Cristo está presente. Él nos llama y nosotros le respondemos: «El llamamiento de Jesucristo, que se deja oír en la Iglesia a través de las necesidades de salvación de los hombres, congrega a los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. […] Cooperando con Cristo Salvador e imitando su ejemplo, se consagran principalmente a la evangelización de los pobres» (C 1).

En el art. 2 nuestro don es total. Lo dejamos todo para seguirle: «[…] los Oblatos lo dejan todo para seguir a Jesucristo Para ser sus cooperadores, se sienten obligados a conocerle más íntimamente, a identificarse con Él y a dejarle vivir en sí mismos. Esforzándose por reproducirle en la propia vida, se entregan obedientes al Padre, incluso hasta la muerte, y se ponen al servicio del pueblo de Dios con amor desinteresado» (C 2).

En el art. 3 se explica que nuestra entrega se hace en comunidad con Él y con los Apóstoles: «La comunidad de los Apóstoles con Jesús es el modelo de su vida. Él reunió en torno suyo a los Doce para que fueran sus compañeros y sus enviados (cf. Mc 3, 14). El llamamiento y la presencia del Señor en medio de los Oblatos hoy los unen en la caridad y la obediencia, haciéndoles revivir la unidad de los Apóstoles con Él, y la común misión en su Espíritu» (C 3).

En el art. 4 se agrega que la Cruz de Jesús está en nosotros y que a través de la mirada de Él vemos el mundo rescatado por su sangre: «La cruz de Jesús ocupa el centro de nuestra misión. Como el Apóstol Pablo, predicamos a ‘Jesucristo y éste crucificado’ (1 Cor 2, 2). Si llevamos ‘en el cuerpo la muerte de Jesús’, es con la esperanza ‘de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo’ (2 Cor 4,10). A través de la mirada del Salvador crucificado, vemos el mundo rescatado por su sangre, con el deseo de que los hombres en quienes continúa su pasión conozcan también la fuerza de la resurrección (cf. Fil 3, 10)» (C 4).

En el art. 5 se afirma que la Congregación es misionera: «La Congregación entera es misionera. Su primer servicio en la Iglesia es el de anunciar a Cristo y su Reino a los más abandonados. […] Nuestra misión, en efecto, nos lleva en todas partes principalmente hacia aquellos cuya condición está pidiendo a gritos una esperanza y una salvación que solo Cristo puede ofrecer con plenitud» (C 5).

En el art. 6 se indica con precisión que nuestra misión, recibida de Cristo, no puede llevarse a cabo más que en la Iglesia y en unión con todos sus discípulos: «Por amor a la Iglesia, los Oblatos cumplen su misión en comunión con los pastores que el Señor ha puesto al frente de su pueblo […] Su acción debe manifestar también un verdadero deseo de unidad con todos aquellos que se reconocen discípulos de Cristo para que, según su oración, el mundo crea que el Padre le ha enviado (Jn 17, 21). Finalmente, están unidos a los hombres que, sin conocer a Cristo como Señor, se dedican a promover los valores del Reino que se acerca» (C 6).

En el art. 7, sobre el trabajo de los oblatos, padres y hermanos, se recuerda el fin de su misión: «Lo intentan todo para suscitar o despertar la fe de aquellos a quienes han sido enviados, haciéndoles descubrir ‘quién es Cristo'» (C 7).

En el art. 9, sobre los oblatos como miembros de la Iglesia profética, se indica su misión fundamental: «Anuncian la presencia liberadora de Cristo y el mundo nuevo que nace de su resurrección» (C 9).

En el art. 10 se habla de María Inmaculada, patrona de los oblatos y se les presenta como modelo de su fe y de su misión. Cristo está ahí muy claramente: «[…] Dócil al Espíritu, se consagró enteramente, como sierva humilde, a la persona y a la obra del Salvador. En la Virgen que recibe a Cristo para darlo al mundo, del que es única esperanza, los Oblatos reconocen el modelo de la fe de la Iglesia y de la suya propia» (C 10).

Se acoge a Cristo y se le da al mundo como hizo la Virgen María. Siendo dócil al Espíritu, uno se consagra por entero a la persona y a la obra del Salvador. La Virgen lo hizo ‘como sierva humilde’; nosotros lo haremos también como humildes servidores y cooperadores que se comprometen libremente en su obra de salvación.

En las reglas 1-10, hay dos referencias a Jesucristo. En la R 3, sobre los hermanos oblatos, se dirá: «participan del único sacerdocio de Cristo. Están llamados a colaborar a su manera en la reconciliación de todos los seres en Él (cf. Col 1, 20)». Y en la R 7, sobre la reconciliación, se dice: «[…] reflejaremos la bondad, la paciencia y la comprensión del Salvador».

Tal es la orientación de las Constituciones sobre la misión de la Congregación. Cristo está en el centro. Él nos llama, y nos pide que colaboremos con Él. Lo dejamos todo para seguirle, y le dejamos vivir plenamente en nosotros; vivimos en comunidad con Él como los Apóstoles; llevamos su cruz; vemos a través de su mirada de Salvador el mundo rescatado por su sangre; estamos consagrados a extender su Reino y a dar a conocer al mundo, sobre todo al mundo de los pobres, quién es Él, Jesucristo; lo hacemos en la Iglesia, con todos sus discípulos, y lo hacemos como Él, con su acogida, su paciencia y su comprensión de Salvador, y para hacerlo mejor, lo hacemos con la Virgen Inmaculada, atenta a recibirlo para darlo al mundo cuya esperanza es.

El capítulo siguiente, sobre la vida religiosa apostólica del oblato, nos enseñará cómo hacerlo, cómo Cristo puede y debe volverse el centro de nuestra vida.

Ya en el art. 11, desde el punto de partida, se nos sitúa en esta perspectiva: nuestra misión es proclamar el Reino de Dios y buscarlo ante todo. Lo hacemos como comunidad, en Cristo: «La comunidad es un signo de que en Cristo, Dios lo es todo para nosotros. Juntos aguardamos la venida del Señor en la plenitud de su justicia, para que ‘Dios sea todo en todos’ (1 Co 15, 28). Y, para hacerlo, «creciendo en la fe, la esperanza y el amor, nos comprometemos a ser levadura de las Bienaventuranzas en el corazón del mundo» (C 11). A tal fin, practicaremos los consejos evangélicos, viviremos en la fe y avanzaremos en comunidades apostólicas.

La práctica de los consejos evangélicos, que se expresa sobre todo por los votos de religión, nos centra todavía más profundamente en Jesucristo: «[…] los Oblatos quieren seguir de forma radical el ejemplo de Jesús que fue casto y pobre y rescató el mundo con su obediencia […] Los votos los unen, en el amor, al Señor y a su pueblo e imprimen un sello característico en el ambiente vital de la comunidad» (C 12).

Como respuesta a una invitación de Cristo, escogemos la castidad. Ella «nos consagra al Señor» y «nos permite ser testigos de la entrañable alianza que une a la Iglesia con Cristo, su único Esposo» (C 15). «Como respuesta a una especial invitación de Cristo, los Oblatos escogemos el camino del celibato consagrado con miras al Reino (cf. Mt 19,12)» (C 14). En la regla 12 se precisa que esta castidad ayudará al oblato a amar a los otros, a amar al mundo y a los pobres «con el corazón de Cristo». El oblato «sabrá cultivar amistades sinceras que enriquezcan su personalidad de hombre apostólico y le hagan más apto para amar con el corazón de Cristo».

La pobreza, elegida igualmente como respuesta a una llamada de Cristo, nos une más íntimamente a Él: «Seguimos las huellas de un Maestro que se hizo pobre por nosotros. Respondiendo a su llamada: ‘Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres…y luego vente conmigo’, escogemos la pobreza evangélica» (C 19). Y esta opción nos lleva a una unión mayor con Él: «Esta opción nos induce a vivir en más íntima comunión con Cristo y con los pobres […]» (C 20).

Con la obediencia ocurre lo mismo. Siguiendo a Jesús, los oblatos vivirán a la escucha del Padre para entregarse sin reserva a la salvación del mundo: «El alimento de Cristo era ‘hacer la voluntad de aquel’ que le había enviado (Jn 4, 34). Él se hizo ‘obediente hasta la muerte y muerte de cruz’ (Fil 2, 8). Llamados a seguirle, los Oblatos permaneceremos, como Él, en escucha del Padre, para entregarnos sin reserva al cumplimiento de su designio de salvación» (C 24). Y en los superiores «veremos un signo de nuestra unidad en Cristo, y aceptaremos con fe [su] autoridad» (C 26).

Por último, el voto de perseverancia los unirá a Jesús y los empujará a la constancia en el amor a ejemplo de Cristo: «El Señor Jesús, ‘habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’ (Jn 13,1). Su Espíritu invita sin cesar a todos los cristianos a perseverar en el amor. Este mismo Espíritu nos impulsa a vincularnos más estrechamente a la Congregación, de forma que nuestra perseverancia sea signo de la fidelidad de Cristo a su Padre» (C 29).

Más allá de los votos, y para encontrar la unidad espiritual, los oblatos son invitados a vivir de continuo en la fe. Así vivirán siempre con Cristo y lo encontrarán en todas partes. Es lo que enseña el art. 31y los siguientes sobre la oración, los sacramentos, la ascesis y la renovación espiritual (C 32-36). «Como peregrinos, caminan con Jesús, en la fe, la esperanza y el amor» (C 31).

«Los Oblatos realizan la unidad de su vida solo en Jesucristo y por Él. Están comprometidos en tareas apostólicas muy variadas y, al mismo tiempo, cada acto de su vida es ocasión de un encuentro con Cristo que por ellos se da a los otros, y por los otros, a ellos. Manteniéndose en una atmósfera de silencio y de paz interior, buscan la presencia del Señor en el corazón de los hombres y en los acontecimientos de la vida diaria, lo mismo que en la Palabra de Dios, la oración y los sacramentos» (C 31).

En efecto, «nuestra vida entera es oración [y oración misionera] para que el Reino venga a nosotros y por nosotros» (C 32). La C 33, que presenta nuestras fuentes espirituales, menciona constantemente nuestra relación con Cristo:

— Por la Eucaristía, que ponemos en el centro de nuestra vida y de nuestra acción: «Participando en ella con todo nuestro ser, nos ofrecemos nosotros mismos con Cristo Salvador; nos renovamos en el misterio de nuestra cooperación con Él, estrechamos los lazos de nuestra comunidad apostólica y ensanchamos los horizontes de nuestro celo hasta los confines del mundo».

— Por la visita al Santísimo: «Agradecidos por el don de la Eucaristía, visitamos con frecuencia al Señor presente en este sacramento».

— Por la Palabra de Dios: «La Palabra de Dios es el alimento de nuestra vida interior y de nuestro apostolado. No nos contentaremos, pues, con estudiarla asiduamente; la acogeremos con corazón atento, para conocer mejor al Salvador a quien amamos y deseamos revelar al mundo. Esto nos dispone para interpretar los acontecimientos de la historia a la luz de la fe».

— «Por la Liturgia de las Horas, oración de la Iglesia, Esposa de Cristo, glorificamos al Padre por sus maravillas y le pedimos que bendiga nuestra misión».

— Por el tiempo de oración: «En la oración silenciosa y prolongada de cada día, nos dejamos modelar por el Señor y encontramos en Él inspiración para nuestra conducta»

— Por el examen de conciencia, que «es para nosotros una ocasión privilegiada de reconocer las llamadas y la presencia del Señor a lo largo de nuestras jornadas, y para interrogarnos sobre la fidelidad de nuestra respuesta» (C 33).

En la C 34 se nos invita a «aceptar con fe, por amor del Señor crucificado, los sufrimientos personales, las pruebas provenientes del trabajo apostólico y las molestias de la vida comunitaria (cf. 2 Co 12, 10). Seguiremos, además, las inspiraciones del Señor, cuando nos invite a otras formas de penitencia voluntaria».

Y la C 36 nos recuerda que esta vida de fe y este crecimiento de nuestra intimidad con Cristo, lo realizamos con María Inmaculada: «Intensificaremos nuestra intimidad con Cristo en unión con María Inmaculada, fiel servidora del Señor, y bajo la guía del Espíritu. Con ella, contemplaremos los misterios del Verbo encarnado, particularmente en el rezo del Rosario».

Entre las reglas que siguen, la R 20 menciona «las nuevas formas de oración» que «pueden favorecer nuestro encuentro con el Señor». Las acogeremos con discernimiento.

Finalmente, en la sección «En comunidades apostólicas» se repite que Jesús vive en medio de nosotros y realiza nuestra unidad con miras a la evangelización: «A medida que va creciendo nuestra comunión de espíritu y de corazón, damos testimonio ante los hombres de que Jesús vive en medio de nosotros y nos mantiene unidos para enviarnos a anunciar su Reino» (C 37).

En la C 40 sobre la oración en común, «uno de los momentos más intensos de la vida de una comunidad apostólica», se recuerda la presencia del Señor y la comunión de espíritu con los hermanos ausentes: «Reunidos ante el Señor, y en comunión de espíritu con los ausentes, nos volvemos hacia Él para cantar sus alabanzas, buscar su voluntad, implorar su perdón y pedirle fuerzas para servirle mejor».

Así es la vida religiosa apostólica del Oblato. Cristo es ciertamente central en ella: para seguirle nos hemos comprometido, y esta fidelidad en su seguimiento nos moverá a dejarlo todo, nos ayudará a descubrirle en toda persona y en toda cosa, nos llevará a vivir con Él en la oración y en el renunciamiento, y nos empujará a cooperar con Él en la obra de la salvación. En Él y solo en Él es donde encontraremos la unidad de nuestra vida.

3. LA FORMACION OBLATA

En la segunda parte de las Constituciones, sobre la formación oblata, seguirá siendo constante esa presencia de Cristo. Es Él, por su Espíritu, quien nos llama y nos forma; esta formación consistirá en hacerle vivir cada vez más en nosotros; ella nos llevará a penetrar, comprender y saborear «el misterio del Salvador y de su Iglesia»; nos impulsará «a consagrarnos a la evangelización de los pobres». Tomará la forma de una amistad profunda, interior, apostólica con Jesús. En nuestros estudios, nuestra atención se centrará en Él; y en nuestro ministerio, a Él le vamos a encontrar dondequiera. Poco a poco, el oblato que ha optado personalmente por Cristo llegará a ser adulto en la fe y verdadero discípulo y amigo de Jesús.

La C 45 nos presenta el cuadro general: «Jesús formó personalmente a los discípulos que había elegido y los inició en los secretos del Reino de Dios (cf. Mc 4, 11).Para prepararlos a la misión, los asoció a su ministerio, Y para fortalecer su celo, les envió su Espíritu. Este mismo Espíritu forma a Cristo en aquellos que se comprometen a seguir las huellas de los Apóstoles. Cuanto más los introduce en el misterio del Salvador y de su Iglesia, más los impulsa a consagrarse a la evangelización de los pobres».

En la C 46 se precisa el compromiso del Oblato. Es un compromiso con Jesucristo: «La formación tiene como objetivo el crecimiento del hombre apostólico animado por el carisma oblato; hombre que, inspirándose en el ejemplo de María, vive con fidelidad siempre creadora, su compromiso con Jesucristo y se pone totalmente al servicio de la Iglesia y del Reino».

La C. 50 precisa ese objetivo en la formación primera: «asegurar el crecimiento de aquellos que Jesús llama a ser plenamente sus discípulos […]».

La C 51 añade que los formadores y los miembros en formación son «discípulos de un mismo Señor» y «constituyen una sola comunidad».

En la C 52 se recuerda que «Cristo no deja de llamar a algunos hombres para que le sigan y anuncien su Reino […] Rogaremos también y haremos que se ruegue al Señor para que mande trabajadores a su mies».

En la C 53 se advierte que a menudo es en las familias cristianas o en grupos juveniles donde muchos jóvenes descubren a Jesús, y que habrá que ayudar a esos jóvenes «a discernir lo que el Señor espera de ellos»: «Las familias cristianas , los grupos juveniles, las comunidades cristianas, parroquiales u otras, constituyen ambientes favorables para el desarrollo de las vocaciones. Ahí descubren muchos jóvenes la persona de Jesús y experimentan el atractivo de su mensaje.[…] Los ayudaremos fraternalmente a discernir lo que el Señor espera de ellos […]».

En el noviciado se insiste en el discernimiento de la vocación, en la respuesta que da el novicio y en su esfuerzo por crecer en la amistad con Jesús y en su preparación para descubrirlo en todo. Dos artículos se dedican al tema: «Bajo la guía del Maestro de novicios, los aspirantes se aplican a captar el sentido de la vida consagrada. Así pueden discernir más claramente el llamamiento del Señor y disponerse, en clima de oración, a responder al mismo» (C 55). «Guiados por el Espíritu que vive en ellos, los novicios crecen en amistad con Cristo y se adentran gradualmente, por la oración y la liturgia, en el misterio de la Salvación. Se acostumbran a escuchar al Señor en la Escritura, a encontrarse con Él en la Eucaristía, y a reconocerle en los hombres y en los acontecimientos» (C 56).

Después del noviciado, vendrá el compromiso religioso y también ahí la mirada se fijará más intensamente en Cristo Salvador: «Tras haber experimentado el amor del Padre en Jesús, el novicio consagra su vida a manifestar ese amor. Confía su fidelidad a aquél cuya cruz comparte y en cuyas promesas espera» (C 59).

Hace su profesión religiosa «en nombre de Nuestro Señor Jesucristo» (C 62), y su cruz oblata le repite el amor que lo une a Cristo: «La cruz oblata, recibida el día de la profesión perpetua, nos recordará constantemente el amor del Salvador que desea atraer hacia sí a todos los hombres y nos envía como cooperadores suyos» (C 63).

En la formación que sigue al noviciado, los oblatos, escolásticos y hermanos, «vivirán su consagración religiosa de tal manera que penetre todos los actos y aspectos de su vida cotidiana». «Tratarán de ir haciéndose hombres de Dios, misioneros enraizados en Cristo y firmemente decididos a entregarse del todo mediante la oblación perpetua» (C 65).

La regla 52 añade esta prescripción: «El objetivo de la formación espiritual es llevar a la madurez en la fe a quien ha optado personalmente por Cristo».

En cuanto a los escolásticos, se insiste en el aprecio del ministerio de Cristo sacerdote y se pide que los estudios estén centrados en Cristo Salvador: «Deben llegar, además, a apreciar el don del sacerdocio, ya que por él van a participar de una forma del todo especial en el ministerio de Cristo sacerdote, pastor y profeta» (C 66) «Los estudios estarán centrados en Cristo Salvador» (R 59).

Respecto a los hermanos, se insiste en la necesidad de conocer a Cristo: «En su vida de oración, los hermanos tratarán de conocer más íntimamente a Cristo, Palabra encarnada, a fin de poderle reconocer en la vida de los que están agobiados, y sobre todo en el mundo de los pobres» (R 65).

Sobre la formación continua, la C 68 indica su sentido y recuerda el papel de los oblatos como instrumentos del Verbo: «Dios sigue actuando en el mundo, y su Palabra fuente de vida, transforma a la humanidad para hacer de ella su pueblo. Los Oblatos, instrumentos de la Palabra, deben permanecer abiertos y flexibles; deben aprender a hacer frente a nuevas necesidades y a buscar soluciones a nuevos problemas». Hay que permanecer abiertos y disponibles para llevar a cabo la obra del Verbo en el mundo nuevo que se desarrolla.

Así, la formación oblata tratará de hacer de nosotros verdaderos discípulos de Jesús, amigos que le estarán adheridos en forma indefectible y que no tendrán otra meta que procurar que se le conozca y se le ame y que se extienda su Reino.

4. LA ORGANIZACION DE LA CONGREGACION

En la tercera parte de las Constituciones, sobre la organización de la Congregación, el nombre de Jesús será menos frecuente. Hay que tener aquí presente la enseñanza anterior: Jesús está presente en todas nuestras comunidades; en torno a Él formamos juntos comunidad (C 3, 11, 37, 40). Esta idea debe animarnos cuando leemos la tercera parte. Algunos artículos nos lo harán recordar, pero sobre todo se va a insistir en que «Jesús es fuente y modelo de autoridad en la Iglesia. A ejemplo del Señor, que lavó los pies de sus discípulos, los que son investidos de autoridad entre nosotros, están llamados no a ser servidos sino a servir. Su servicio consiste [… también] en animarnos a llevar una vida inspirada por la fe y a compartir intensamente nuestro amor a Cristo» (C 73). En la C 74 se recuerda que los superiores, «como administradores del Señor, en cada nivel de gobierno, [han] de dar cuenta a las autoridades superiores […]». En la C 80 se repite que «los superiores son un signo de la presencia del Señor, que está en medio de nosotros, para animarnos y guiarnos» (cf. C 26).

Por último, la C 105, a propósito del Capítulo general recuerda que Cristo está con nosotros: «La familia oblata, unida en torno a Cristo, comparte la experiencia vivida de sus comunidades, lo mismo que las llamadas y las esperanzas de sus ministerios».

Retengamos de esta segunda parte al menos tres conclusiones:

Uno no puede comprometerse seriamente en la vida oblata sin haber tenido un encuentro real con Jesús o un deseo ardiente del mismo. Optar por ser oblato es optar primero por Jesús, por Jesús evangelizador de los pobres.

Toda la formación, desde el ingreso en el noviciado, gira siempre sobre este eje, con cada candidato. ¿Por qué he venido? ¿Qué lugar ocupa Jesucristo en mis preocupaciones? ¿Qué estoy haciendo para conocerlo mejor? ¿Cómo expreso a diario mi compromiso con Él? ¿En qué medida me empuja Él a una gran fidelidad a la voluntad del Padre y a una entrega sin límites al servicio de la Iglesia y de los pobres?

Todo oblato vive de Jesucristo y para Jesucristo: «crece en amistad con Él», «trata de hacerse un misionero enraizado en Cristo»; lo deja todo para seguirle; por la castidad, pobreza, obediencia y perseverancia se compromete a seguirle radicalmente; su oración personal, su vida comunita- ria, su misión, a través de la cual lo descubre doquiera, en los eventos como en los hombres, todo tiende a hacer de él un adulto en la fe y un hombre de Jesucristo. Entonces es de verdad hijo de Eugenio de Mazenod.

Fernand JETTÉ