1. El Pensamiento Del Fundador
  2. La Obediencia En La Congregación De 1861 A 1965
  3. Del Vaticano Ii A Nuestros Días
  4. Conclusión

Este artículo pretende estudiar el voto de obediencia tal como lo comprendió el Fundador, como lo desarrollaron los Capítulos y superiores generales, y como lo expresan las Constituciones de 1982. El autor no intenta de ningún modo elaborar una teología o una espiritualidad de este voto ni hacer un estudio sobre la virtud de la obediencia.

EL PENSAMIENTO DEL FUNDADOR

A la luz de los escritos del Fundador, de 1809 a 1857, vemos que su pensamiento acerca del voto de obediencia se inspira en la doctrina comúnmente difundida en su tiempo. Esta se apoya en la enseñanza de santos como Tomás de Aquino, Buenaventura, Teresa de Jesús y el venerable Caraffa, y sobre todo en la doctrina sobre la obediencia ciega de San Ignacio de Loyola. Tal doctrina se mantuvo constante y casi inflexible hasta el fin de su vida.

1. NATURALEZA DE LA OBEDIENCIA

En las Constituciones y Reglas de 1818 no ofrece definición alguna de la obediencia. Pero da las razones por las que este voto debe ser tenido como «el principal y más esencial de todos» [1]. Hace suyo el pensamiento de S. Tomás de Aquino, para quien por el voto de obediencia «se ofrece más a Dios que por los otros votos», «comprende a todos los demás» y «una cosa es tanto más perfecta cuanto más nos acerca al fin para el que fue instituida» [2].

Con todo, al tratar de la extensión de la obediencia, indica brevemente los elementos esenciales de este voto: a. exige la sumisión de «la voluntad e incluso del entendimiento»; b. el superior «tiene el poder de ordenar en nombre del Señor», y c. «obedeciendo, se cumple la voluntad de Dios con más certeza que haciendo cualquier otra cosa por libre opción» [3].

La obediencia tuvo siempre importancia capital en la vida religiosa y sacerdotal del Fundador. Para él, la obediencia es «el fundamento de todo el edificio religioso» [4], y los oblatos deben ser «hijos de obediencia» [5]. Ya a su entrada en el seminario de San Sulpicio es evidente la estima que tiene de esta virtud. He aquí una de sus resoluciones de retiro de octubre de 1808: «Dedicación absoluta a las órdenes de los superiores, sumisión perfecta a las menores indicaciones de su voluntad, por pueriles que parezcan y por duras que puedan resultar para un hombre que ha vivido hasta los 26 años en la más completa independencia […] Observancia escrupulosa de la regla, aun cuando llegue a parecer meticuloso a los ojos de varios compañeros» [6]. Añade: «Nada contra Dios es la divisa indispensable de todo cristiano» [7].

Para él la obediencia es el medio seguro para cumplir siempre la voluntad de Dios y asegurar la salvación. «¡Oh santa obediencia! camino seguro que conduce al cielo. Ojalá no me aparte nunca de la línea que me trazas, ojalá sea siempre dócil a tus consejos más pequeños. Sí, querido hermano, fuera de este sendero, no hay salvación para nosotros» [8].

Al convertirse en fundador de una Congregación, era normal que exigiera de todos sus miembros una obediencia completa. Cuando se entera de que el P. Santoni habló de su falta de entendimiento con el Fundador, escribe al P. Pedro Aubert que la vida religiosa está allí «donde no se debe conocer otra cosa que la obediencia» [9].

2. LAS CARACTERISTICAS DE LA OBEDIENCIA

Es interesante observar que lasmismas características mencionadas en la primera redacción de las Constituciones de 1818 se repiten en la segunda circular del 2 de febrero de 1857 [10]. En ambos documentos pide que la obediencia sea pronta, humilde y universal. Las mismas características van a aparecer en todas las ediciones de la Regla hasta el Vaticano II.

2a. Obediencia pronta

El Fundador parece exigir cierta inmediatez en la ejecución de las decisiones de los superiores. Escribe al P. Bermond en 1842: «Hacen falta hombres […] de obediencia absoluta que actúen prontamente y de buena gana en contra de sus propias ideas» [11]. Espera que, una vez tomada la decisión por el superior, los súbditos dejen sus propias opiniones y sus objeciones y pasen completa e inmediatamente a la ejecución de lo mandado. Deben suspender los razonamientos, de forma que, aunque la decisión parezca irrazonable, debe llevarse a cabo. Escribe al P. Vicente Mille: «En nombre de Dios, no razone nunca cuando se trata de obediencia. Lo mejor será siempre cumplir simplemente lo que está prescrito» [12]. Toda discusión y todo razonamiento deben cesar «cuando ya no hay que discutir y yo me he pronunciado del modo más formal» [13].

En 1836, en carta al P. Casimiro Aubert, el Fundador recurre a una alegoría para demostrar la importancia de la obediencia pronta: «Todo lo que exijo en esas coyunturas penosas y molestas, es que el piloto ordene en la tempestad y que toda la tripulación obedezca en silencio […]» [14]. Exige esa prontitud por razón de la urgencia en llevar a cabo la obra que Dios le confió.

b. Obediencia humilde

Para el Fundador, la humildad en el campo de la obediencia se muestra sobre todo en una indiferencia total por los gustos y opiniones personales para adherirse a la decisión del superior con toda sumisión. La indiferencia del religioso ante las decisiones de los superiores exige una profunda humildad. Escribe al P. Courtès en 1831: «Lo esencial está en que uno se resuelva a la obediencia y a una total indiferencia respecto a este empleo o a otro, a este superior o a otro; sin esto no se ha logrado nada» [15].

El Fundador pide una humildad que lleve al religioso a evitar toda murmuración, toda crítica, toda recriminación, una vez tomada la decisión del superior. Es una humildad que exige renunciamiento total a los gustos y preferencias interiores que podrían surgir. En 1831 escribe al P. Mille: «Así , si usted renuncia por entero a sí mismo, a sus gustos y aun a los razona- mientos que su espíritu pudiera sugerirle, llegará a cumplir […] con el delicado cargo que se le ha impuesto» [16].

A consecuencia de una decisión del Fundador que no podía ejecutar,el P. Santoni, provincial había presentado su dimisión a Mons. de Mazenod. Por supuesto, éste se la rehusó; le respondió con estas palabras: «Lea sus santas Reglas sobre la obediencia; […]no se trata de convenio […] ese pretendido convenio no es admisible para con ningún superior; […] le falta a usted algo indispensable, que es la gracia de estado […] Para terminar, en la religión no se trata de convenio, sólo se conoce la obediencia […] Yo le mando, pues, en virtud de la santa obediencia, que continúe sirviendo a la Congregación en esa calidad de Provincial» [17].

La sumisión de la voluntad e incluso de la inteligencia que exige el Fundador presupone, en sus religiosos, una profunda humildad, ya que se trata de renunciar a lo más personal y precioso que hay en el corazón del hombre.

c. Obediencia universal

Según el pensamiento del Fundador, un superior puede exigir de su súbdito, ya en cuanto al voto, ya en cuanto a la virtud, cualquier acción que no sea manifiestamente pecado. En una carta escribe: «No hay nada contrario a nuestro Instituto más que lo que ofende a Dios. Todo lo demás está sujeto a la obediencia […] Usted se ha comprometido a todo lo que la obediencia pueda prescribir, y cae bajo su dominio todo lo que no es pecado […] Todo está dicho para los súbditos una vez que han recibido su obediencia […]» [18].

Evidentemente, el Fundador no exige esta clase de obediencia más que cuando su decisión es definitiva, es decir, «cuando han recibido su obediencia los súbditos […]». Entonces, la obediencia no se limita a los artículos de las Constituciones y Reglas, sino que se extiende a toda acción que no es pecado. Para el Fundador, «este principio es incontestable» [19].

En virtud de esta noción de la obediencia, el Fundador reconoce en los superiores un poder casi ilimitado. Escribe al P. Tempier que debe realizar la visita canónica en la misión del Canadá: «Obre con autoridad, no ande con miramientos con nadie cuando se trate de restablecer la regularidad y la obediencia […]» [20]. Escribe también al P. Mille: «El Superior no puede sujetarse a ninguna condición». Este aspecto de la obediencia puede parecer exagerado a nuestro pensamiento moderno. Pero si el Fundador, como todos los fundadores de órdenes, pedía a todos sus miembros una disponibilidad total, era para que se cumpliese la misión de Cristo confiada a la Congregación por medio de la Iglesia.

3. LOS MOTIVOS DE LA OBEDIENCIA

¿Por qué razones insistió tanto el Fundador en la necesidad de la obediencia?. Se pueden aducir muchas. Bástenos, con todo, fijar la atención en éstas: la imitación de Cristo, el apostolado, la unidad de la Congregación, la paz y la dicha de los religiosos y el mérito de las obras bien hechas.

a. La imitación de Cristo

La vida entera del Fundador estuvo centrada en la imitación del Salvador. Siendo todavía diácono en San Sulpicio, escribe en una conferencia espiritual: «No habiendo imitado a mi modelo en su inocencia ¿se me negará imitarle en la entrega por la gloria de su Padre y la salvación de los hombres?» [21] Se puede decir que estaba obsesionado con Cristo y que su único deseo era configurarse con Él. No sorprende, por tanto, que el primer artículo de las Constituciones y Reglas de 1818 subraye este aspecto: «El fin del Instituto de los Misioneros llamados de Provenza es, en primer lugar, formar una agrupación de sacerdotes […] que se esfuerzan por imitar las virtudes y los ejemplos de Nuestro Salvador Jesucristo» [22]. En sus notas de retiro de 1831 escribe también: «Todo está ahí: que se esfuercen por imitar las virtudes y los ejemplos de nuestro Salvador Jesucristo. Que se graben estas palabras en el corazón, que se escriban por todas partes para tenerlas sin cesar ante los ojos» [23]. Al invitarnos a imitar a Jesucristo, el Fundador nos invita a la santidad: «Trabajemos seriamente por hacernos santos», nos dice en la Regla de 1818 [24].

b. El apostolado

La obediencia es para el Fundador un instrumento al servicio de un proyecto apostólico. El voto no se ordena en primer lugar ni únicamente a la creación de una comunidad. Va dirigido ante todo hacia una tarea que cumplir. Así se desprende de una carta que escribía al P. Casimiro Aubert: «Todo lo que yo exijo en esas coyunturas penosas y embarazosas, es que el piloto ordene en la tempestad y que toda la tripulación obedezca en silencio y que se me ahorren las recriminaciones que están fuera de lugar en lo casos urgentes en que cada cual debe hacer su maniobra como puede, en el puesto que se le ha asignado» [25]. La obediencia no mira más que a la fidelidad de toda la comunidad a la llamada del Espíritu Santo respecto a la misión que se ha de cumplir.

c. La unidad de la Congregación

Como en el caso de las antiguas órdenes monásticas, el Fundador ve en la obediencia un medio de establecer entre los miembros una unidad por la cual todos son servidores entre sí. Uno de los valores fundamentales de la obediencia es la creación de la koinonia fraterna, en la que cada uno se esfuerza por amar a Dios y al prójimo. Las Constituciones de 1818 señalan que «la obediencia es el lazo de unión en toda sociedad bien ordenada» [26]. En carta al P. Juan B. Honorat, el Fundador relaciona la obediencia con las palabras de los Hechos «un corazón y un alma»: «[…] No teniendo más que un corazón y un alma, actuando con el mismo espíritu bajo la dependencia regular que os presenta a la vista de todos como personas que viven según la disciplina de su regla, en la obediencia y en la caridad, entregados a todas las obras de celo conforme a esa obediencia […]» [27]. Escribiendo a la comunidad de Ceilán (Sri Lanka) dice: «Estad unidos entre vosotros, viviendo en perfecta obediencia a aquel que me representa o, mejor dicho, que ocupa entre vosotros el lugar de Dios» [28]

d. La paz y el bien de los súbditos

Obedeciendo, además, los oblatos podrán experimentar en su interior una paz y una dicha profundas. Escribe al P. Mille: «[…] la santa obediencia que es la única que da valor a todas sus acciones» [29] Este tema aparece sobre todo en sus cartas donde da directrices a los oblatos que tienen tendencia al escrúpulo.Al P. J. A. Jourdan, inquietado por escrúpulos, le escribe: «Que la paz de Nuestro Señor Jesucristo esté con usted. ¡Cómo! ¿no poseería usted esa preciosa paz? […] ¡Ah! si así fuera, mi querido amigo, sería justamente por su culpa […] Nuestro Señor quiere que sus hijos marchen por el camino de la autoridad y de la obediencia; así es como manifiesta su santísima voluntad: qui vos audit, me audit» [30]. Y al P. Mille: «[…]estar contento con todo y vivir de verdad feliz bajo el suave gobierno de la obediencia […]» [31]. Esta paz de que habla el Fundador tiene su origen en el hecho de que la obediencia da al religioso la certeza de conocer y cumplir fielmente la voluntad de Dios. Es para él el único medio de conocer esa voluntad y así de salvar el alma.

e. El mérito de las obras

En los apuntes de retiro de 1814 escribe: «No debo olvidar que lo que más pena me daba cuando mi enfermedad era el haberme encontrado en una situación en que actuaba por mi sola voluntad, de modo que no sabía si mis obras, que no tenían el mérito de la obediencia, eran gratas a Dios» [32]. Repite el pensamiento en carta al P. Mille: «[…] la obediencia sola puede dar valor a todas sus acciones» [33].

4. NOCION DE OBEDIENCIA EN EL FUNDADOR

a. La obediencia ciega de Ignacio de Loyola

Es verdad que el Fundador tomó de San Alfonso de Ligorio muchos artículos de la Regla de 1818. Sorprende que solo lo nombra dos veces, mientras que menciona cinco veces a San Ignacio. Parece, como muy bien dice el P. Yvon Beaudoin, que el Fundador tomó de San Alfonso la letra de la Regla, y en cambio tomó de San Ignacio «más el espíritu, la espiritualidad, que la letra» [34]. El P. Beaudoin añade: «La inspiración ignaciana aparece en los artículos sobre la obediencia […]» [35]. Además, en sus cartas «propone de continuo a los jesuitas como ejemplo» [36]. Importa, pues, reflexionar sobre la obediencia ignaciana si queremos comprender la obediencia que el Fundador exigía a los primeros oblatos.

La obediencia que San Ignacio exige a sus discípulos es conocida como «obediencia ciega»; la explica en una célebre carta dirigida a los padres y hermanos de Portugal en 1553. Esta Carta sobre la obediencia ha ejercido considerable influjo en la vida religiosa durante los últimos cuatro siglos. La mayoría de las congregaciones de vida activa han adoptado la concepción ignaciana de la obediencia.

Esta noción de obediencia ciega abarca los puntos siguientes [37]:

1. La obediencia es ensalzada como el fundamento de todas las demás virtudes, y solo la fe puede motivar una sumisión que expresa la total confianza en el Señor. La Carta nos remite al texto de San Pablo: «se anonadó, haciéndose obediente hasta la muerte» (Fil 2, 8) que sitúa la obediencia en el corazón del misterio cristiano, y al texto de Lucas (10, 16): «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha». A este texto de San Lucas recurre el Fundador en la carta ya citada al P. Jourdan [38]. Solo la fe debe orientar la actitud del religioso en este campo.

2. La Carta de San Ignacio pone luego de relieve la abnegación necesaria para someter la propia voluntad a la del superior. La obediencia es el «don de una voluntad que se renuncia a la luz de la fe a fin de cumplir con más seguridad la voluntad divina» [39]. Sin esa renuncia a la voluntad propia, la obediencia es ilusoria.

3. San Ignacio enseña que la obediencia no alcanza su perfección si no implica, de parte del religioso, el sacrificio del propio juicio, que debe conformarse al juicio del superior. No se trata solo de vencer la propia voluntad sino también de convencerse de que la orden recibida es buena, aunque el juicio personal esté cierto de lo contrario. Solamente el salto en la fe puede hacer posible ese sacrificio y eliminar toda impresión de absurdo. Aquí es donde abordamos el punto principal de la Carta. Siete veces recuerda San Ignacio «que el religioso debe volverse ciego respecto a las cualidades y los defectos del superior». Y otras siete veces hace aparecer «esta ceguera como el simple reverso o la consecuencia de una visión que solo la fe puede volver radiante» [40]. San Ignacio enseña que es posible psicológicamente a la inteligencia adherirse a una decisión que no es evidente para ella, por razón de la interdependencia de nuestras facultades. «Por un lado, corresponde a la inteligencia inducir a la voluntad a la ejecución del acto que ella le presenta. Por otro lado, la voluntad influye en la inteligencia orientando su atención hacia los motivos que pueden modificar su juicio» [41]. Es precisamente esta falta de conformidad la que vuelve insoportable e ineficaz la obediencia. La obediencia de juicio es necesaria pues solo ella se hace agradable a Dios.

Es evidente que el Fundador se inspiró en esta noción ignaciana de la obediencia ciega en el gobierno de su Congregación. Encontramos en sus escritos todos los elementos presentados por San Ignacio, como se ve en estas afirmaciones: «[…] sería preciso también que la voluntad se sometiera interiormente» [42]; «[…] debe someter la voluntad y aun la inteligencia» [43]. Al final de su vida, escribe en su circular del 2 de febrero de 1857: «Observarán sobre todo una obediencia exacta, de modo que pueda decirse de ellos que no tienen voluntad propia, pues que la han depositado en las manos de quienes los gobiernan […]» [44]. En el mismo documento hace suya la célebre expresión de San Ignacio: «Uno debe estar en sus manos como cera blanda que toma la forma que se quiere. Uno debe mirarse como un cadáver que no tiene de por sí ningún movimiento» [45]. Sigue inmediatamente una cita de San Francisco Javier: «Tenéis que someter vuestra voluntad y vuestro juicio a vuestros superiores […]» [46].

4. ¿Qué decir, entonces, del deber de reflexión necesario para descubrir la voluntad de Dios antes de tomar una decisión? Según San Ignacio, la obediencia no suprime el deber de reflexión. El superior no es infalible, y su prudencia puede fallar. Reconoce el derecho, que data de la más antigua tradición monástica, de aducir «representaciones» [o aclara- ciones] [47]. El superior debe intentar aclararse y para ello recurrir a la reflexión de sus religiosos. Por otra parte, el religioso tiene el deber de ayudar al superior en el ejercicio de su cargo, brindándole su parecer y sus consejos, aunque manteniendo, en su fuero interno, una disponibilidad que deja a la autoridad la última palabra.

San Ignacio lleva más lejos esa consulta permitiendo a sus religiosos ofrecer sus pareceres y opiniones al superior, incluso después de la decisión de este último: «Si, después de así determinado el superior, sintiese el que trata con él que otra cosa sería más conveniente, o se le representase con fundamento alguno, aunque suspendiese el sentir, después de tres o cuatro horas, o otro día, puede representar al superior si sería bien esto o aquello, guardando siempre tal forma de hablar y términos , que no haya ni parezca disensión ni altercación alguna, poniendo silencio a lo que fuere determinado en aquella hora. Con esto, aunque sea la cosa determi- nada una y dos veces, de ahí a un mes o tiempo más largo, puede represen- tar asimismo lo que siente […] porque la experiencia con el tiempo descubre muchas cosas; y también hay variedad en ellas con el mismo» [48].

A pesar de la aparente severidad del Fundador en sus exigencias de obediencia, acude y se muestra abierto a las sugerencias de sus discípulos. En la Regla de 1818 escribe: «Se podrán, sin embargo, exponer las razones que pudieran tenerse para rehusar, lo cual se hará con mucha modestia y sumisión, remitiéndose, una vez expuestos los propios motivos, a la voluntad del superior como a la decisión de Dios mismo» [49]. Con ocasión de la elevación al episcopado de Mons. Bruno Guigues, el Funda- dor recibió muchas objeciones a ese nombramiento. Responde entonces al P. Juan F. Baudrand: «Se hubiera deseado que no sucediera esto. Muy bien; hasta ahí, nada había reprobable. Se escribió para impedir que se realizara esa promoción alegando las razones que había para ello. Es todavía acepta ble. Está permitido tener esa opinión. Pero […] cuando el asunto es ya un hecho consumado, que no se sepa acatar, que se lancen gritos de protesta, y que uno llegue hasta […] hacer declaraciones que herían el respeto y la obediencia debidos a los superiores […] era demencia» [50].

El Fundador no parece tolerar las reflexiones hechas una vez que el superior ha tomado una decisión. Escribe al P. Mille: «En nombre de Dios, no aduzca nunca razones cuando se trata de obediencia. Lo mejor será siempre hacer sencillamente lo que está prescrito» [51]. Al P. Eugenio Guigues que juzga imposible cumplir una de sus decisiones, le escribe el Fundador: «Está usted razonando sin medida cuando ya no hay nada que discutir y yo me he pronunciado del modo más formal. Con todo, debería saber que ese sistema nunca es admisible […]» [52].

La razón por la que el Fundador se resiste a aceptar las observaciones que se le presentan después de una decisión, es que éstas casi siempre se hacen en forma de críticas, recriminaciones y murmuraciones: «[…] reclamaciones. Estoy decidido a no escucharlas» [53]. «Detesto también esa costumbre de quejarse sin razón de infinidad de cosas, como si entre nosotros cada cual estuviera llamado a gobernar la Congregación» [54]. Sobre todo a los que murmuran les dirige las palabras más implacables: «Son malditos los murmuradores, […] son verdaderos agentes del infierno […]» [55]. En la concepción del Fundador, una vez que el superior ha tomado una decisión, el religioso debe pasar a la acción, pues la obediencia es sobre todo funcional y esencialmente apostólica. La obediencia es necesaria para la realización más perfecta del proyecto apostólico. Solo contempla la fidelidad de la comunidad a la llamada del Espíritu Santo y se impone como instrumento para la misión.

b. El carácter y la nobleza del Fundador

Otros dos factores contribuyeron probablemente a configurar el pensamiento del Fundador acerca de la obediencia. En el escrito que dirige al Sr. Duclaux al entrar en San Sulpicio, Eugenio dice que es de carácter vivo e impetuoso. Añade: «Los deseos que formo son siempre muy ardientes, sufro por el menor retraso y las dilaciones me resultan insoportables» [56]. Se indigna profundamente contra los obstáculos que se oponen a la ejecución de sus decisiones: «[…] nada me arredraría para superar los más difíciles» [57]. Todo su ser se subleva ante la mera apariencia de una contradicción, y si ésta persiste, él queda más convencido de que la oposición a sus proyectos es solo para un bien mayor. Podemos agregar que es propenso a la severidad, muy resuelto a no permitirse jamás el menor relajamiento y muy inclinado también a no tolerarlo en los demás. «No puedo soportar ningún tipo de acomodamiento en lo que se refiere al deber» [58]. El temple de su carácter ejerció sin duda fuerte influjo en su concepción y práctica de la obediencia durante toda su vida.

Eugenio, además, venía de la nobleza. Durante su infancia estuvo rodeado de sirvientes. En su destierro se codeó con la nobleza de Italia y sin duda adoptó ciertas actitudes comunes a las personas de esa clase social. Durante el exilio recibió una formación religiosa de los hermanos Zinelli, dos jesuitas que probablemente le iniciaron en la doctrina de San Ignacio. Todas esas experiencias contribuyeron a formar en Eugenio el jefe que Dios preparaba para su ministerio en la viña del Señor.

La noción de obediencia ciega, en la época del Fundador, estaba tan extendida en las comunidades religiosas que la consulta y la reflexión se olvidaron a menudo en el ejercicio de la obediencia. Tal situación prevaleció durante los cuatro siglos anteriores al Vaticano II. Con la renovación que precedió y sobre todo sucedió a este concilio, la obediencia ciega de San Ignacio no ha gozado ya de buena prensa en la literatura religiosa. Como dice muy bien M. Dortel-Claudot, a propósito de las comunidades femeninas, en un estudio exhaustivo sobre la obediencia: «[…] la superiora local ejercía una autoridad demasiado aplastante sobre sus hermanas, ahogando su perso- nalidad y frenando sus iniciativas» [59]. La misma observación vale para las comunidades masculinas, sobre todo antes de la segunda guerra mundial de 1939-1944. Esta obediencia contribuyó, sin embargo, a la santidad de gran número de religiosos y a la extensión del Reino de Dios por todo el orbe.

LA OBEDIENCIA EN LA CONGREGACIÓN DE 1861 A 1965

Tras la muerte del Fundador en 1861, los Capítulos y los superiores generales, en sus cartas circulares, elaboraron y comentaron la noción de obediencia oblata y trataron de adaptarla a las condiciones sociales siempre cambiantes. Hasta ahora la Congregación ha celebrado 32 Capítulos generales, y los superiores generales han escrito más de 300 circulares. Estos documentos constituyen una fuente inagotable de luz sobre todos los aspectos de la vida oblata.

1. LOS CAPITULOS GENERALES

Antes del Vaticano II, cuatro Capítulos revisaron la Regla: los de 1850, 1867, 1908 y 1926. Después del Vaticano II, otros dos Capítulos tuvieron que rehacer la Regla: el de 1966 redactó un nuevo texto de las Constituciones y Reglas, para adaptarlas a las directivas del Vaticano II, y el de 1980 elaboró y aprobó el texto definitivo.

La mayor parte de los 32 Capítulos tenidos entre 1818 y 1992 han tratado del tema de la obediencia. Legislaron especialmente sobre la extensión del voto. El Capítulo de 1850 introdujo en las Constituciones la frase: «Entre nosotros se hace voto de obediencia»; las de 1826 no mencionan explícitamente la emisión de este voto. Ese Capítulo legisló también sobre temas como el permiso necesario para oír confesiones o para mandar a la imprenta una obra, diversos aspectos del cargo de superior local y otras facetas del voto [60].

El Capítulo de 1898 declaró que entre nosotros el voto de obediencia es absoluto, es decir que no puede quedar limitado por ninguna condición o restricción; en consecuencia, el superior general puede designar a cualquier religioso para el ministerio que el bien de la Congregación exija [61].

Pero fueron los Capítulos de 1908 y 1926 los que se encargaron de conformar las Constituciones y Reglas a las nuevas decisiones de la Santa Sede. En 1901 la Congregación de Religiosos había publicado un documento titulado Normae con una lista de modificaciones que todas las congregacio- nes religiosas debían introducir en sus Constituciones. Para responder a esas normas, el Capítulo de 1908 adujo una definición del voto de obediencia, tomando los mismos términos del documento. Pues la Regla primitiva no contenía la definición del voto; por lo que resultaba difícil distinguir entre el voto y la virtud de obediencia [62].

Además, la Regla antigua no fijaba la extensión del voto, es decir, «cuándo se está obligado por razón del voto o solamente por la virtud» [63]. Se insertaron por eso dos artículos sacados textualmente de dichas normas [64]. «Un profeso sólo está obligado a obedecer en virtud del voto, cuando el superior legítimo ordena expresamente ‘en nombre de Nuestro Señor’ o ‘en nombre de la santa obediencia’. Al superior que da simplemente una orden, se está obligado a obedecer sólo por razón de la virtud» (C y R de 1908, art. 236). «Los superiores no ordenarán en nombre de la obediencia sino raramente, con precaución y prudencia y por causa grave, es decir, cuando parezca exigirlo un bien común o privado de gran importancia. Conviene también que impongan ese precepto formal por escrito o al menos en presencia de dos testigos» (ib. art. 237). Por último, para responder a las nuevas disposiciones, el Capítulo de 1908 precisó la obligación de la Regla y la obediencia a los superiores [65].

En 1917 aparecía el Código de derecho canónico que, por primera vez en la historia de la Iglesia, contenía toda su legislación. A raíz de ello, la Congregación de religiosos, por un decreto del 26 de junio de 1918, obligaba a todas las congregaciones religiosas a emprender la revisión de sus consti- tuciones para acomodarlas al nuevo código. Además, el 26 de octubre de 1921, la misma Congregación declaraba que no se debían cambiar más que las constituciones contrarias al código y que, en lo posible, «se debían usar las expresiones del mismo código» [66]. Esta fue la tarea del Capítulo de 1926. Como el Capítulo de 1908 había revisado ya las Constituciones según las normas de 1901, el Capítulo de 1926, «a más de ciertas correcciones de forma, […] cambió los artículos sobre la extensión del voto de obediencia, sobre la obediencia al Papa y a los obispos, sobre la obligación de las Reglas, la obediencia a los superiores, sobre los vicesuperiores, la presentación a las órdenes, el permiso para las confesiones, la obediencia al prefecto de la sacristía y el permiso para las publicaciones» [67].

Sin pretender comentar todas esas revisiones, puede ser útil subrayar los siguientes puntos:

a. Respecto a la extensión del voto, el Capítulo de 1926 añade al texto de 1908 las palabras «en términos expresos» para indicar que el voto entra en juego sólo cuando se trata «de una verdadera orden sobre un punto determinado y no sobre la vida religiosa en general» [68].

b. El Capítulo establece que hay que obedecer al Papa «también en virtud del voto» como a superior supremo de la Congregación. Añade un artículo sobre la obediencia a los obispos, no en fuerza del voto sino de la virtud de la obediencia [69].

c. El Capítulo declara también que todos los miembros de la Con- gregación, súbditos y superiores, deben vivir según las exigencias de las Constituciones y tender a la perfección del propio estado. Para lograr estos fines, los oblatos deben poner su voluntad en las manos de los superiores y someterse humildemente a todos los hermanos que tienen autoridad sobre ellos [70].

2. LAS CARTAS CIRCULARES

La mayor parte de las circulares se escribieron con ocasión de los Capítulos generales, ya como informes sobre el estado de la Congregación en el momento del Capítulo, ya como comentarios de las decisiones tomadas por éste. Evidentemente, resulta imposible hacer aquí un estudio a fondo sobre la doctrina de la obediencia contenida en esas cartas. Bastará recordar algunas para expresar su aportación a la práctica del voto de obediencia en la Congregación.

a. En una circular escrita a los diez años de la muerte del Fundador, su sucesor el P. José Fabre, con ocasión de la publicación de las Actas del Capítulo de 1867, recuerda que la obediencia debe ser «pronta, humilde y universal, y no solo efectiva sino afectiva: esas son las cualidades que debe tener la obediencia de un religioso; ¿las tiene la nuestra?» [71]. Observa que en aquella época la obediencia presenta «graves dificultades» [72] y recuerda la enseñanza del Fundador sobre la obediencia afectiva, que somete no solo la voluntad sino también el juicio a los superiores legítimos. Esta circular tiene como objetivo recordar a los oblatos la belleza y la santidad de su vocación y el deber que les incumbe de corresponder generosamente.

b. Al año siguiente dirige otra circular a los superiores locales y directores de residencia [73]. En ella el P. Fabre explica la misión del superior local y las obligaciones inherentes a ese cargo. Es una carta del temple de las del Fundador, pues brota del corazón y parece más una efusión de su alma y de su corazón de padre que expresión de su autoridad como superior. Después de decir a los superiores que deben «mantener el espíritu de familia» [74], difundir «el amor de nuestra santa vocación» [75] y «preocuparse de la obligación que les incumbe de mantener en su casa el espíritu de caridad entre los miembros que la componen» [76], el P. Fabre recuerda que «entre todos no formamos más que una misma familia; solo la obediencia nos asigna la comunidad de la que debemos formar parte. Sin duda, nuestro deber es consagrarnos al bien de esa casa y cultivar con los hermanos que viven a nuestro lado las relaciones de una caridad constante y habitual» [77]. Teme que «el espíritu de independencia e insubordinación que reina en el mundo se infiltre demasiado hasta en las comunidades» [78]. Por eso pide a los superiores: «¡El ejemplo, el ejemplo! queridos Padres […] Acordémonos de la eficacia irresistible de este medio de acción en el interior de nuestras comunidades» [79]. Y recomienda con fuerza: el superior «debe hacerse amar en su casa y conquistar la confianza de sus súbditos, […] es superior para el bien de sus hermanos» [80].

Sobre los deberes del superior, el P. Fabre da estas consignas: «Que haga observar la Regla, es su deber; pero que sepa volver lo más suave posible ese yugo. Que su acción sea la de un padre que ama y no la de un amo que manda. Que muestre verdadero interés por todos sus religiosos, que los acoja siempre con bondad, que tenga compasión de sus penas y de sus miserias, que sus palabras no salgan solo del espíritu sino que se sienta que brotan de un corazón entregado» [81]. Finalmente, pide al superior local que «deje a cada uno, según la Regla, la amplitud necesaria para hacer el bien en el santo ministerio y también para cumplir las tareas que se le pueden encargar en casa y fuera […] No conviene que intervenga directamente en todo y se mezcle personalmente en todo. Que quede en su lugar» [82].

Esta carta merece ser leída y meditada por todos los oblatos que ejercen el cargo de superior local. El P. Fabre intenta suavizar los rigores de la obediencia recomendando a los superiores dulzura, bondad y caridad en el ejercicio de su función. Es una carta llena de buen sentido, de ternura y de caridad evangélica. Estos mismos consejos se repiten en otra carta circular dirigida igualmente a los superiores locales [83].

c. En su informe al Capítulo de 1887 el P. Fabre advierte que la obediencia está decayendo en la Congregación. «Como religiosos, debemos ante todo estimar la obediencia. Pero la comprensión, el amor y la práctica de esta virtud fundamental bajan y bajan mucho. Nunca se pierden de vista los propios derechos reales o pretendidos […] Se encuentra severa a la autoridad, la cual es censurada y menospreciada» [84]. Agrega que no se trata solo de una «tendencia, sino de una cruel realidad» [85]. Atribuye esa falta de obediencia a «la multiplicidad de las obras externas», que se ha vuelto «uno de los grandes obstáculos para la observancia de la Regla» [86]. Para poner remedio a tal situación, recuerda: «En una Congregación no puede ni debe haber obra alguna personal. Todas las obras deben ser realizadas según la Regla, es decir, según la obediencia […]» [87]. Se requiere, pues, que todos los oblatos sometan «sus actos al control de la obediencia» [88].

d. De un tono bien distinto es la circular del P. Luis Soullier del 26 de marzo de 1894 [89]. Expone una concepción militar de la obediencia religiosa, marcada por cierta distancia y frialdad entre superiores y súbditos. «En un ejército, tanto vale el ejército mismo cuanto vale la disciplina. La disciplina entre nosotros consiste arriba en un gobierno justo y bueno que se ejerce en nombre de una regla fija y autorizada, […] y abajo, en una obediencia generosa y filial […] que vuelve fácil la misión [de los superiores] por la práctica de un profundo y tierno respeto. […] La disciplina es el espíritu de cuerpo, el amor a la bandera, la fidelidad valiente a toda consigna, aunque acarreara grandes peligros, grandes sufrimientos e incluso la muerte» [90].

En la misma circular el P. Soullier afirma que el religioso debe obedecer a la Regla, pero siempre según la interpretación del superior. «Los súbditos hacen voto de obedecer a los superiores que aplican la Regla, y no a la Regla independientemente de la voluntad del superior. La autoridad viviente prevalece sobre la letra muerta» [91]. Además, precisa que un candidato a la vida religiosa no puede alegar como conditio sine qua non el derecho a ser destinado a las misiones extranjeras. «El voto de obediencia, recalca, se hace sin restricción […] no hay exención» [92]. Añade, no obstante, que «los que verdaderamente son llamados por el Señor pueden estar seguros de que serán enviados a las misiones», ya que «los gustos nunca serán del todo contrariados pues nunca están por entero separados de las aptitudes» [93].

e. En sus circulares del 19 de marzo de 1899 y del 2 de julio de 1905 [94], el P. Casiano Augier deplora el estado de insubordinación que se da en la Congregación: «La intolerancia de todo yugo […] una vida hecha de impresiones y de actividad inquieta, impregnada de naturalismo y de actitudes meramente humanas [hacen que] la casa se vaya transformando en un simple hotel, al que se acude en las horas de comer y dormir» [95].

f. En su circular del 19 de marzo de 1927 [96], Mons. Agustín Dontenwill promulga las decisiones del Capítulo de 1926. Consagra una sección importante del documento al voto de obediencia. Recoge la doctrina comúnmente aceptada en la época, que es la de San Ignacio. Tras haber recordado que «el voto de obediencia es el voto religioso por excelencia» [97], indica que las santas Reglas «distinguen tres grados en la obediencia: la obediencia efectiva, la obediencia afectiva y la obediencia de juicio» [98]. «La obediencia efectiva consiste en la obediencia externa: se hace lo que está mandado y se omite lo que está prohibido» [99]; la afectiva va más lejos; es la voluntad que se pliega, es el alma que acompaña el acto exterior» [100]. Se extiende después sobre la obediencia de juicio, que se da cuando uno induce su voluntad a ver «a Dios en el superior, cuando uno acepta su mandato y lo acepta como venido de Él. Esto mismo es el objeto de la obediencia de juicio» [101]. Sin esta calidad, la obediencia será imperfecta, «desprovista de su cima, privada de su mérito, despojada de todo carácter sobrenatural» [102]. Según esta doctrina, «la obediencia de juicio será siempre no solamente posible, sino necesaria, si queremos obedecer sobrenaturalmente» [103].

g. Finalmente, el P. Leo Deschâtelets define en su circular del 15 de agosto de 1951 [104] lo que es la obediencia oblata. Escribe: «Solo hay una manera de obedecer como oblato: es la que no deja ningún resquicio libre a la voluntad propia, en una palabra, una obediencia afectiva y efectiva a la voluntad de Dios manifestada por la de los superiores. Solo a ese precio es uno oblato» [105]. Esta obediencia es necesaria para cumplir mejor la obra que nos ha confiado la Iglesia. En la Iglesia, no se puede hacer el bien sino «a condición de tener en manos la voluntad de todos los sujetos para lanzarlos al cumplimiento de las tareas más difíciles» [106]

En su circular del 8 de diciembre de 1953 el P. Deschâtelets expone las decisiones del Capítulo de 1953 [107]. En el nº 9 del documento el Capítulo aborda la cuestión de la obediencia: «Como es mal comprendida la obediencia religiosa y se difunde la independencia personal, se pide al Capítulo que ponga remedio». Este responde: «Que, por su parte, los súbditos, recordando el verdadero motivo y la absoluta necesidad de la obediencia, se sometan humildemente a todas las órdenes legítimas de sus superiores y se esfuercen por entrar de lleno en el espíritu de ellos» [108].

En conclusión, se echa de ver que todas las decisiones de los Capítulos generales sobre la obediencia y todas las circulares de los superiores generales que han abordado este problema, han sido motivadas por los abusos extendidos entre los miembros de la Congregación. El único documento que trata del tema elaborando una enseñanza positiva es la carta circular del P. Fabre, del 5 de marzo de 1872. Por eso el voto no ha sido objeto de un estudio a fondo después de la muerte del Fundador. Los textos no hacen más que repetir la doctrina tradicional de San Ignacio sobre la obediencia ciega, aunque suavizándola con exhortaciones a los superiores, a quienes se anima a ser amables, prudentes y cuidadosos del bien común de la comunidad a ellos confiada.

Además, todos los documentos insisten en la obligación de obedecer a las decisiones de los superiores en todo lo que no es pecado. La autoridad de los superiores parece sin límite, aunque deba ejercerse según las Constitu- ciones y Reglas. El calificativo «universal» de la obediencia de los súbditos implica que los superiores son infalibles en sus decisiones y manifiestan siempre la voluntad de Dios. Se menciona, con todo, muy raramente que los superiores deben por su parte buscar esa voluntad de Dios y tomar los medios más aptos para descubrirla. Es verdad que todos los superiores tienen su consejo para asistirlos en esa gestión, pero no encontramos en los documen- tos capitulares ni en las circulares mención alguna de la obligación de consultar a la comunidad ni a la persona interesada. No es que la obediencia ciega sea falsa; pues ha contribuido a la santificación de muchos religiosos. Pero debe ser completada con el discernimiento necesario para la toma de decisión del superior. Hasta aquí los documentos dotados de autoridad han insistido en la obediencia que debía seguir a las decisiones de los superiores. Durante todo ese período la autoridad era la voz de Dios y quedaba poco lugar para la participación activa del subordinado [109].

DEL VATICANO II A NUESTROS DÍAS

Con el Concilio Vaticano II y con el descubrimiento de la necesidad de discernimiento que debe preceder a las decisiones de las autoridades religiosas, la noción de obediencia encuentra su equilibrio. El Concilio recuerda, primero, al religioso que debe hacer la oblación total de su voluntad a Dios y que debe someterse con reverencia y humildad a los superiores, según las Constituciones y Reglas, con espíritu de fe y de amor a la voluntad de Dios [110]. Y luego añade: «[…] fomentando su sumisión voluntaria [… los superiores] lleven a los religiosos a que, en el cumplimiento de los cargos y en la aceptación de las empresas, cooperen con obediencia activa y responsable. Oigan, pues, de buen grado a sus hermanos y promuevan la colaboración para bien del Instituto y de la Iglesia, quedando, no obstante, en firme su autoridad para ordenar y mandar lo que se debe hacer» [111]. Esta orientación hacia una obediencia que implica un diálogo con los subordinados alarmó a muchos padres conciliares. Más de 450 de entre ellos pidieron que se eliminara del documento esa noción por razón del espíritu democrático que podría filtrarse en las comunidades.

El Concilio obligó a todas las congregaciones religiosas a renovarse según el espíritu y los principios que había adoptado, y para lograr ese objetivo, a tener, si era preciso, tres capítulos generales a fin de presentar un texto definitivo antes de 1980.

1. EL CAPITULO DE 1966 Y LA CIRCULAR DEL P. DESCHATELETS

La Congregación de los oblatos fue una de las primeras que en la Iglesia respondió a ese deseo del Vaticano II. Apenas mes y medio después de su clausura, los oblatos tenían, en enero de 1966, un Capítulo cuyo objeto era la renovación de la Congregación. Ese Capítulo refundió completamente las Constituciones y Reglas; cuya sección sobre la obediencia «representa la parte más elaborada de una visión renovada de nuestros votos» [112].

En 1968 el P. Deschâtelets escribía una circular titulada «El espíritu de la renovación en la Congregación» [113] donde enumera y desarrolla todos los elementos de renovación contenidos en las decisiones del Capítulo de 1966. Estos son los puntos principales de la carta:

a. «La Iglesia […] delega una parte de su autoridad a la comunidad -superiores y miembros- para facilitar su misión de anunciar el Evangelio. No podría ser de otro modo.

b. En una comunidad […] el principio y el lazo invisible que coordina todas las voluntades […] es el Espíritu de Cristo […].

c. Esta unidad interior […] debe expresarse exteriormente; le hace falta un signo. Le hace falta un animador […] Este jefe, este signo de unidad en Cristo, es el superior […].

d. El superior […] los invita [a los súbditos] a actuar con él. Lejos de imponer decisiones desde arriba, estimula a su equipo a prepararlas con él y, una vez tomadas, los sostiene en la ejecución. […] Les deja un campo de iniciativa y de acción personal […].

e. Las relaciones de la cabeza con los miembros constituyen el ejercicio de la autoridad; y a la inversa, las relaciones de los miembros con la cabeza fundan la obediencia.

f. El superior no está por encima y menos aún fuera de la comunidad […] : todos se ponen a buscar la voluntad de Dios y se ayudan mutuamente a cumplirla bajo la inspiración del Espíritu Santo […] El espíritu de caridad facilita su colaboración y su sumisión a las decisiones que, aun tomadas a raíz de un diálogo franco y abierto, podrían hallarse en oposición al sentimiento personal» [114]. El P. Deschâtelets termina esa sección de su circular planteando esta pregunta: «¿No tendremos que repensar el servicio que [la obediencia] debe asegurar en la unidad y la caridad?» [115]

2. EL CAPITULO DE 1980

Este Capítulo terminó la obra gigantesca de la renovación de nuestras Constituciones y Reglas. El texto fue aprobado por la Congregación de Religiosos por un decreto del 3 de julio de 1982. El tema de la obediencia se trata en las constituciones 24-28 y en las reglas 18 y 19. Estas Constituciones y Reglas definen la obediencia oblata a la luz de los principios del Vaticano II e integran varios puntos del Capítulo de 1966. Por eso, el comentario de las Constituciones de 1966, Dans une volonté de renouveau, sigue siendo, junto con el del P. Jetté al texto definitivo, Hombre apostólico [116],el mejor comentario sobre la obediencia oblata en el mundo moderno.

En las nuevas Constituciones «subsiste el mismo espíritu, pero con una insistencia nueva en el compromiso de cada uno, en su responsabilidad, en su ‘libertad robustecida por la obediencia’ (LG 43)» [117]. Se restablece el equilibrio y se integran plenamente en la vida de la Congregación los principios de renovación del Vaticano II. La obediencia no comprende solo el deber del religioso de obedecer a todas las decisiones de sus superiores. Exige también que cada decisión sea preparada por un discernimiento, sea de la comunidad, sea del superior con el oblato interesado a fin de descubrir juntos la voluntad de Dios. Sin disminuir la autoridad del superior, la obligación de obedecer está ahora equilibrada con el deber del superior de buscar esa voluntad en un contexto de discernimiento y de diálogo, aunque conservando su derecho de decisión.

Las Constituciones de 1982 conservan intacto el espíritu de obediencia, «pero con una insistencia nueva en el compromiso de cada uno, en su responsabilidad, en su ‘libertad robustecida por la obediencia’ (LG 43). A este voto se consagran cinco artículos y dos reglas. Al artículo 26 se le añadió un párrafo en el Capítulo de 1986: ese párrafo venía del nuevo Código de derecho canónico (c 832) y se insertó por sugerencia de la Congregación para los Religiosos» [118]. Desde su fundación, la Congregación ha ido acumulando un patrimonio de puntos de referencia importantes, que ha debido completar con las nuevas aportaciones del Vaticano II. La obra del Capítulo de 1980 consistió en integrar los principios del Concilio a dicho patrimonio oblato.

3. IDEAS FUNDAMENTALES DE LA OBEDIENCIA

Según las Constituciones y Reglas de 1982 ¿cuáles son las ideas maestras que deben inspirar a cada oblato en el campo de la obediencia?

a. Como para el Fundador, la obediencia sigue siendo un medio fundamental para imitar a Cristo. El Vaticano II dice: «A ejemplo de Jesucristo , que vino a cumplir la voluntad de su Padre […] los religiosos, por moción del Espíritu Santo, se someten con fe a sus superiores […]» [119]. También la primera Constitución sobre la obediencia comienza con estas palabras: «El alimento de Cristo era ‘hacer la voluntad de aquél’ que le había enviado (Jn 4, 34)» (C 24). Nuestra obediencia tiene, por tanto, como fundamento teológico la obediencia misma de Cristo. Debe enraizarse en la actitud de Cristo y configurarse con ella. Vivimos así con Cristo su obediencia al Padre y la reproducimos en nosotros mismos. Siguiéndole, nos identificamos con Él en el abandono total de su ser al Padre. Él solo tenía un deseo: el de agradar a Dios. Nuestra obediencia debe apoyarse siempre en la de Cristo, que constituye el fundamento y la razón de ser de nuestro voto.

b. La obediencia nos introduce en el designio salvífico de Dios. El oblato emite ese voto «para entregarse sin reserva al cumplimiento de su designio de salvación» (C 24). «Mediante esta profesión, dice Pablo VI en la exhortación Evangelica testificatio, vosotros inmoláis íntegramente vuestra voluntad y entráis más decididamente y con más seguridad en su designio de salvación» [120]. Y poco después indica que se trata de «servir en los hermanos el designio amoroso del Padre» [121]. La finalidad de nuestros actos de obediencia es permitir a Dios «realizar a través de nosotros su único designio de salvación de los hombres en Jesucristo. Es decir de otro modo que, por la obediencia, participamos en la misión de Cristo» [122].

c. La obediencia es siempre un misterio de fe. La C 26 nos dice: «[…] aceptaremos con fe la autoridad […]». Este voto sigue siendo un misterio que se ha de vivir en la oscuridad de la fe y por amor a Cristo. La visión de fe sobre nuestra vida y sobre el mundo ayuda siempre a obedecer, pues «esto nos lleva a volvernos hacia Dios solo» [123]. Nuestra obediencia nos sumerge en el corazón del misterio de Cristo haciéndonos asumir las rupturas y las muertes al propio yo que este voto lleva consigo. Esta fe debe estar presente en todas las etapas de la obediencia: primero, en la búsqueda de la voluntad de Dios; luego, en la adhesión de la voluntad a las decisiones de los superiores, y sobre todo, cuando el voto lo exige, en el desprendimiento y en la muerte a sí mismo. Hay que dejar los propios caminos, para entrar en los del Padre.

d. El voto de obediencia nosobliga a buscar la voluntad de Dios. «Como personas […] tenemos la responsabilidad de buscar la voluntad de Dios» (C 26). Dios trasmite sus llamadas a todo religioso y le indica sus voluntades. El oblato debe, pues, servirse de cuantas mediaciones utiliza Dios para comunicar su voluntad. Las Constituciones nos dan a conocer esas mediaciones. Algunas son comunes a todo cristiano que busca la voluntad de Dios, pues el religioso es ante todo un cristiano como los demás. Así, «ciertas mediaciones utilizadas por Dios para dar a conocer al religioso su voluntad serán las mismas de que se sirve para darla a conocer a cualquier cristiano» [124]. Otras mediaciones serán propias a la vida religiosa, pues el compromiso en esta vida, que es un segundo bautismo, identifica más con Cristo al religioso y le ofrece medios propios para descubrir la voluntad del Padre.

Mediaciones comunes. Dios nos habla, en primer lugar, por mediaciones comunes a todos los discípulos de Cristo. La más importante, que siempre ha de ocupar siempre el primer puesto, es evidentemente la Sagrada Escritura. «La Palabra de Dios es el alimento de nuestra vida interior y de nuestro apostolado […]» (C 33, § 2).

Viene luego la Iglesia que «llama a voces a los ministros a quienes confió los más preciados intereses de su divino Esposo, para que se esfuercen en reavivar con la palabra y el ejemplo la fe a punto de extinguirse en el corazón de buen número de sus hijos» ( Prefacio). Por eso nuestras Constituciones nos «comprometen a obedecer al santo Padre» (C 27).

En tercer lugar, podemos agrupar el mundo, los acontecimientos de la vida, los demás, los pobres, etc. «Nuestra vida es dirigida por las exigencias de nuestra misión apostólica y por las llamadas del Espíritu, ya presente en aquellos a quienes somos enviados»(C 25 § 2).

Mediaciones propias. Pero el religioso es un cristiano situado en una vocación particular; pertenece a una Congregación religiosa. Entonces, algunas mediaciones de la voluntad de Dios serán específicas de la vida religiosa «en el sentido que Dios no se sirve de tales mediaciones para indicar su voluntad al cristiano que no es religioso» [125]. Estas mediaciones propias para el religioso son:

La mediación propia más importante es evidentemente la de las Constituciones y Reglas .»Por el voto, los Oblatos se comprometen a obedecer […] a sus superiores legítimos en todo lo que atañe directa o indirectamente a la observancia de las Constituciones y Reglas» (C 27). «Los Oblatos ajustarán su vida y su actividad misionera a las Constituciones y Reglas de la Congregación» (C 28). Las Constituciones han sido siempre el objeto primero del voto de obediencia. Por eso, en la ceremonia de la profesión, se nos entrega un ejemplar de las Constituciones y Reglas con las palabras: «Haz esto y vivirás».

La segunda mediación propia a la vida oblata es el superior, nombre que hay que entender en todos sus niveles: general, provincial y local. «Por el voto, los Oblatos se comprometen a obedecer […] a sus superiores legítimos» (C 27). Las Constituciones nos recuerdan que el superior es «un signo de nuestra unidad en Cristo» (C 26) y «de la presencia del Señor, que está en medio de nosotros para animarnos y guiarnos» (C 80). «La unidad de una comunidad religiosa, según el P. Jetté, descansa en buena parte sobre su actividad [de los superiores] y sobre nuestra actitud con ellos» [126].

Finalmente, las Constituciones indican que la comunidad es una mediación de la voluntad de Dios. «Nuestras decisiones reflejan mejor esta voluntad [de Dios] cuando se toman tras un discernimiento comunitario y en la oración» (C 26). No se trata aquí de introducir un sistema democrático en que toda decisión deba resolverse por voto mayoritario. Las Constituciones son claras al respecto: «Apoyaremos lealmente las decisiones tomadas [por los superiores] y, con espíritu de cooperación y de iniciativa, consagraremos nuestros talentos, actividades y la vida misma, a nuestra misión apostólica en la Iglesia» (C 26, § 2). Con todo, la Regla 18 propone: «Para las decisiones más importantes y los asuntos que conciernen a la vida y a la misión del conjunto de la comunidad, adoptaremos un modo de discernimiento que favorezca un consenso». Para favorecer ese diálogo y ese discernimiento, las Constituciones piden que se elija como superiores a hombres que tengan «habilidad para animar a una comunidad que sepa compartir y dialogar en clima de mutua confianza y aceptación» y «espíritu de discernimiento y capacidad para tomar decisiones después de haber consultado» (C 81). Este diálogo y este discernimiento son importantes, sobre todo «antes de confiar a alguien nuevas responsabilidades» (R 19). En esa ocasión, debe consultar al interesado y permitirle «que exprese su punto de vista» (ib.).

El clima de diálogo no ahorra al superior la responsabilidad de decidir en último término. Durante el diálogo, el religioso o la comunidad y su superior deben descifrar los signos de la voluntad de Dios. En el primer momento, el religioso tiene el derecho y el deber de exponer a los superiores los signos de esa voluntad que él percibe en los acontecimientos. El superior debe tomar en serio la colaboración del religioso; pero, llegado el tiempo de decidir, toca al superior hacerlo ante Dios. A partir de ese momento, el religioso debe obedecer.

e. La obediencia no es una abdicación de la libertad humana, sino la consagración de uno mismo a la moción del Espíritu que lleva a la verdadera libertad . La Constitución 25 afirma: «Si aceptamos juntos la voluntad de Dios, se convierte en realidad para nosotros la libertad evangélica». Este principio se había enunciado ya en el Perfectae caritatis: «Así, la obediencia religiosa, lejos de menoscabar la dignidad de la persona humana, la lleva a la madurez por la más amplia libertad de los hijos de Dios» [127]. El voto de obediencia, lejos de disminuir nuestra personalidad, la perfecciona integrándola en la de Cristo y llevándola a su pleno desarrollo por la unión de nuestra voluntad a la de Dios.

f. Finalmente, nuestras Constituciones nos recuerdan que la obediencia reviste un carácter profético para nuestro tiempo. «Con ella impugnamos el espíritu de dominación y queremos ser testigos del mundo nuevo en el que los hombres reconocen su íntima dependencia recíproca» (C 25). Nuestra obediencia es ya un anuncio del Reino de Dios que no puede realizarse sino en el amor, la humildad y el servicio. Con nuestra obediencia somos testigos de ese mundo nuevo donde el hombre no busca ya dominar a su hermano y donde todo poder se vuelve servicio a los demás. Una obediencia bien vivida establece relaciones de comunión. Se convierte así en buena noticia para los hombres y las mujeres de hoy y da testimonio de un mundo que ha sido creado por un Dios-Amor.

CONCLUSIÓN

Por su obediencia el oblato hace ofrenda total de sí mismo a Dios: «una ofrenda sin reserva para ser de Jesucristo y de ahí ser enviado a cualquier lugar del mundo, según las necesidades, para cooperar a su obra de salvación» [128]. El P. Jetté ha expresado bien la realidad fundamental que está en juego en el campo de la obediencia: «Que el conjunto de los oblatos, como personas, se renueven en una actitud de completa disponibilidad. Que estén prontos a sacrificar su gusto personal, su proyecto apostólico personal […] para ponerse al servicio de la Congregación y entregarse a la evangelización de los pobres a través de las prioridades apostólicas de la Congregación» [129].

Los sentimientos que animaban al Fundador cuando la primera renovación de las Constituciones en 1850 valen todavía para el oblato de hoy: En su carta del 2 de mayo de 1853 escribía: «Cifro toda mi esperanza, mis queridos hijos, en que esta segunda promulgación de nuestras leyes excite en el corazón de cada uno de vosotros un nuevo fervor, que produzca una especie de renovación de vuestra juventud […]» [130].