1. Introducción
  2. En Eugenio De Mazenod
  3. Oblación Fundamental
  4. Oblación Regular
  5. Oblación Decisiva
  6. Oblación Sin Reserva
  7. Oblación Mariana

INTRODUCCIÓN

1. VOCABULARIO

El Dictionnaire de spiritualité asimila «oblación» y «ofrenda» [1]. Por otro lado, distingue las nociones vecinas: don de sí, abandono y consagración. «La oblación designa el acto por el que el cristiano, bajo la inspiración del Espíritu Santo, se entrega a Dios. El don de sí es el estado al que llega el cristiano cuando, sostenido por la gracia, entrega a Dios, de manera constante y en la medida en que puede, toda su persona: pensamientos, voluntad y acciones. El don de sí supone evidentemente la oblación. La consagración es una oblación. Pero es un acto que compromete el porvenir y lo pone en las manos de Dios, ya por una decisión interior, ya por un acto externo oral o escrito. El abandono es una actitud de consentimiento y de sumisión a todo evento, a toda situación permitida por el Señor que pone en juego toda nuestra existencia» [2].

Podríamos añadir como nociones próximas a la oblación las de sacrificio, inmolación, holocausto, etc. Todas ellas se encuentran en la literatura mazenodiana: «Sublime sacrificio, purísimo holocausto» cantaba el cántico de oblación desde 1844. Con todo, no habría que buscar demasiada precisión en esas nociones, teniendo en cuenta que el oblato, igual que su Fundador, no es «un hombre dado a analizar sus devociones» [3]; él era «un hombre de acción, de decisión, un apóstol más que un teólogo. Se revela y se expresa en sus actos y en sus opciones más que en sus escritos» [4].

2. OBLACION CRISTIANA

Los evangelios sinópticos nos revelan que Cristo definió «en su persona un nuevo tipo de oblación. Esta abarca todo el ser humano, pues se trata nada menos que de dar la vida en rescate por la multitud (Mc 10, 45). Al mismo tiempo Cristo da a entender que su discípulo debe tender a una oblación total del mismo género (Mc 10,39; 16, 24-25 y paral.).[…] La materia de la oblación es siempre Cristo en persona […] Esta oblación salvífica es única. Sigue siendo siempre actual, sacramentalmente, en la Eucaristía (1 Cor 10,16-21; 11, 23-30) […] Y ahora únicamente es posible y lícito hablar de oblación de parte del hombre en relación con la oblación de Cristo. Toda oblación tiene fundamento cristológico» [5].

«El ofrecimiento de sí forma parte da la vida cristiana bajo una u otra forma […] La hora privilegiada del mismo es la celebración eucarística «fuente y cima de toda la vida cristiana» [6]. […] La oblación es un elemento de la vida cristiana fervorosa .[…] El deseo de una oblación lo más total y permanente posible ha originado un estado de vida estable, la vida religiosa. Los votos expresan la voluntad que anima al religioso de efectuar la oblación de su persona total y definitivamente» [7].

Hay numerosos testimonios concretos, entre ellos algunos que tuvieron influencia en Eugenio de Mazenod. «En los Ejercicios espirituales Ignacio de Loyola lleva al ejercitante hasta la oblación de su propia persona, y la propone total, ilimitada». Con la Escuela francesa, «la oblación pasa a ser una práctica, un ejercicio de piedad […] una donación total de mi ser y de mi vida, de mi estado y mis afectos» [8]. Una fórmula significativa de esto es la oración O Domina mea, esa ‘oblación mariana’ cotidiana que el Fundador de los oblatos conservó para sí mismo y para los suyos [9].

EN EUGENIO DE MAZENOD

Estamos lejos de conocer a Eugenio de Mazenod como sería preciso. Sobre todo algunos aspectos de su personalidad merecerían ser más estudiados, en especial su idea de la oblación. Esta tarea asusta a nuestra flaqueza, escribe acerca de Mons. de Mazenod Paguelle de Follenay, pues no se trata solo de describir aquellas circunstancias externas sin las cuales ciertos rasgos de la fisonomía moral serían inexplicables, sino de penetrar en el santuario íntimo de un alma eminente» [10].

El concepto de oblación en Eugenio se remonta a lo primeros años de su destierro en Venecia: «¿No sería un gran honor para nuestra familia concluir con un sacerdote?», había replicado a su tío abuelo un día en que éste le ponía delante que era el único vástago de los Mazenod [11]. Este ideal germinó y creció partiendo de raíces profundas en su corazón generoso en seguida después de la Revolución francesa, ante el abandono en que se hallaban los pobres de la campiña provenzal y la Iglesia en general, «esa preciada herencia que Cristo adquirió a costa de su sangre [12]. Escribe a su madre el 29 de noviembre de 1809: «Yo quiero ser eclesiástico y lo quiero de verdad. Y note que no quiero ser eclesiástico por ocho días, o por seis meses, o por un año o incluso por diez años; quiero serlo toda la vida» [13]. Años después añadirá en sus Memorias: «Por cierto, si hubiéramos quedado un año más en Venecia, yo habría seguido a mi santo director y a su hermano, ya sacerdote, en la congregación religiosa que escogieron y donde murieron uno y otro en el ejercicio de un celo heroico» [14].

Uno de los que mejor le conocían, el P. José Morabito, presentaba a Mons. de Mazenod en el congreso mariológico internacional de Roma, el 26 de octubre de 1954. Distinguía muy acertadamente las tres etapas de la oblación del Siervo de Dios: su oblación fundamental, el 11 de abril de 1816, su oblación regular, el 1 de noviembre de 1818, y su oblación decisiva, el 13 de julio de 1826. «Esta idea de oblación es la que, después de haber brotado del alma ardiente del Siervo de Dios, después de haber quedado consagrada en las Reglas, después de haber dado el nombre a los votos del P. de Mazenod y de sus socios, acabó por invadirlo todo, dando el nombre no solo a los votos, sino también a las personas y a la sociedad entera, como para caracterizar no sólo un acto de su vida, sino sus mismas personas, toda su vida y su misión en la Iglesia» [15].

OBLACIÓN FUNDAMENTAL

Por dos veces, el 12 de setiembre y el 28 de octubre de 1814, el abate de Mazenod había comunicado a su amigo Carlos de Forbin-Janson sus deseos de vida religiosa. No hay duda que aspiraba a ella personalmente desde la fundación de los Misioneros de Provenza, y que contaba con atraerlos a su proyecto. De ahí esas adarajas que preparó en el reglamento inicial sometido a los Vicarios capitulares de Aix el 25 de enero de 1816 [16]. Son piezas que confirman lo que Mons. de Mazenod escribirá más tarde en sus Memorias: Así pues, yo miraba los consejos evangélicos […] como indispensables […] Mi idea fija fue siempre que nuestra pequeña familia debía consagrarse a Dios y al servicio de la Iglesia por los votos de religión» [17].

Se comprende su exultación al descubrir en Francisco de P. Enrique Tempier un sacerdote dispuesto a seguirle sin demora en una primera oblación fundamental: «El P. Tempier y yo juzgamos que no había que aguardar más, y el jueves santo (11 de abril de 1816) puestos los dos bajo el dosel del hermoso monumento que habíamos montado sobre el altar mayor de la iglesia de la misión, en la noche de aquel santo día hicimos nuestros votos con indecible alegría. Saboreamos nuestra dicha durante toda aquella hermosa noche en presencia de Nuestro Señor, al pie del magnífico trono en que lo habíamos depositado para la misa de presantificados del viernes, y suplicamos al divino Maestro que, si tenía a bien bendecir nuestra obra, indujera a nuestros compañeros presentes y a cuantos después se nos asociaran, a comprender el gran valor de la oblación total de uno mismo hecha a Dios, cuando se le quiere servir sin reservas, consagrando la vida a la propagación del santo Evangelio y a la salvación de las almas. Nuestros votos fueron escuchados» [18].

Testigo privilegiado durante más de 25 años de las consecuencias de esta doble oblación, el P. José Fabre nos describió la naturaleza y la primordial importancia del gesto aquel: «A la sombra de la adorable víctima que se hizo obediente hasta muerte», los sacerdotes de Mazenod y Tempier pronunciaron «uno tras otro, una fórmula que contenía el voto de obediencia que se hacían mutuamente […]».

«No fue una simple ceremonia: por parte de ambos fue un acto señalado, uno de esos actos que influyen en los destinos. Solo a la luz de la eternidad se nos podrá revelar la cantidad de méritos de que ese acto fue principio para los dos religiosos. Quien por toda su vida siguió siendo el primer superior, supo seguir siendo también el primer obediente, y no sabemos a quién atribuir la mejor parte: si al superior que muchas veces obedeció a su inferior, o al inferior que tuvo la virtud de mandar a aquél en quien respetaba y amaba la imagen viva de la autoridad de Dios. Tal vez sea un caso único en la historia de las congregaciones religiosas; nosotros la registramos con el humilde agradecimiento que suscitan los dones de Dios» [19].

OBLACIÓN REGULAR

El origen del nombre de Oblatos de María Inmaculada queda envuelto en un halo de misterio. «Nos queda todavía por descubrir el significado preciso de nuestro nombre de Oblatos» [20]. La palabra ‘oblatos’ aparece por primera vez en los escritos de Eugenio el 9 de octubre de 1815 ya antes de la fundación de los Misioneros de Provenza. Le habría sido inspirada entonces por los «estatutos de San Carlos para los Oblatos»; ese santo era su patrono personal, e incluso iba a ser el «padrino» de su familia religiosa durante cierto tiempo en 1825, cuando se disponía a presentarla en Roma como los «Oblatos de San Carlos» [21].Antes de que su tío Fortunato le mandara de Palermo las Constituciones y Reglas de los redentoristas, él le había escrito el 16 de setiembre de 1817: «Tendrá en mi comunidad verdaderos oblatos, dispuestos a toda obra buena» [22].

Habiendo encontrado en el Beato Alfonso de Ligorio la palabra ‘oblación’ para designar la profesión religiosa, Eugenio elabora un largo párrafo donde la palabra ‘oblación’ aparece seis veces y la palabra ‘oblato’ cuatro [23].

Lo más seguro es que todo haya brotado de su corazón cuando, en San Lorenzo de Verdon, acababa de redactar los principales artículos de la Regla, especialmente después de haber «introducido resueltamente en ella la obligación formal, para todos los miembros de su Instituto, de emitir los votos de obediencia, de castidad y de perseverancia» [24].

«Un día, nos cuenta el mismo ardoroso novicio que lo acompañaba en la soledad, después de haber terminado el capítulo de los votos, llamó al joven Suzanne, que todavía no conocía el proyecto de obligar con votos a los miembros de la Sociedad, le leyó por entero el capítulo y le pidió su parecer y su disposición al respecto. Esa lectura y la petición que se le hizo, le extrañaron y le sorprendieron de buenas a primeras. Pide un momento de reflexión; sale pensativo al parque del castillo, y tras un cuarto de hora de reflexión y algunas oraciones, vuelve y promete al superior hacer los votos cuando se le juzgue digno» [25].

Era en setiembre de 1818. El mismo testigo prosigue su relato. Elabora el acta de la primera oblación regular de los Misioneros de Provenza. Se realizó en Aix, como se había convenido, el día de Todos los Santos. «A las tres de la mañana, escribe Suzanne, son despertados todos los componentes del Capítulo; antes de las cuatro, todos están en la iglesia, postrados ante el altar, preparándose al más hermoso y más consolador de todos los sacrificios.

«Después de haber implorado, con el canto del Veni Creator, las luces del Espíritu Santo, el superior dirige una emotiva exhortación a la pequeña asamblea […] Terminada la exhortación, agrega el P. Moreau, nuestro padre, revestido de los ornamentos sacerdotales, se postra al pie del altar, toma un cirio en su mano derecha y dice en voz alta e inteligible: ‘En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, en presencia de la Santísima Trinidad, de la Santísima Virgen María, de todos los ángeles y los santos, y de todos mis hermanos aquí reunidos, yo, Carlos José Eugenio de Mazenod, profeso, prometo a Dios y hago voto de castidad y obediencia perpetuas. Hago igualmente voto de perseverar hasta la muerte en el santo instituto y sociedad de los Misioneros llamados de Provenza. Dios me ayude. Amén» [26].

«Seguidamente empieza la misa, en la que ayudan los PP. Tempier y Meunier, los dos sacerdotes más antiguos de la Congregación. En el momento de la comunión, prosigue el P. Suzanne, mientras el Superior tiene en sus manos el Cuerpo adorable de nuestro divino Salvador, avanzamos uno tras otro, con una vela prendida en la mano, y emitimos los santos votos con una alegría indeible […]

«Mons. Fortunato de Mazenod, nombrado obispo de Marsella, estaba presente y parecía embelesado. Uno creería asistir a una de aquellas asambleas de los primeros fieles que se reunían en las catacumbas, a la luz de las antorchas, durante la noche, para cantar las alabanzas de Dios […].

«Tras la santa misa, el superior general entonó el Te Deum de acción de gracias, y luego todos los miembros de la comunidad se acercaron al altar de la Santísima Virgen para poner bajo su protección los sagrados compromisos que acababan de contraer ; y se pusieron también bajo la protección de todos los santos, rezando sus letanías.

«¡Con qué emoción nos abrazamos todos, cuando volvimos a la sacristía! Después de estos primeros momentos de alegría y de fraterna expansión, el superior bendijo las cruces de los tres nuevos profesos y se las entregó él mismo» [27].

OBLACIÓN DECISIVA

Una vez establecidas las Reglas de la oblación de los Misioneros de Provenza, faltaba completarlas y someterlas a la aprobación de la Iglesia. Como complemento importante, el Capítulo de 1821 introdujo el voto de pobreza; y el de 1824 sancionó la disponibilidad excepcional de los Padres de Mazenod y Tempier que los había llevado a ambos a ser vicarios generales de la diócesis de Marsella. Apoyado en la aprobación de varios obispos, el Fundador se presenta en Roma en noviembre de 1825, con la esperanza de obtener nada menos que una aprobación definitiva del Papa León XII. Fue en ese momento cuando el P. de Mazenod, por razones un tanto misteriosas, conocidas solo por él [28], decidió cambiar el nombre de sus Oblatos de San Carlos por el de Misioneros Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María «para evitar toda confusión de nombre con otras congregaciones», dice él mismo [29].

Es verdad que él mismo no juzgaba de importancia capital este asunto. Pero no es menos verdad que, una vez reconocido el carácter extraordinario de la aprobación solemne de la Santa Sede dada a una congregación que estaba todavía en pañales y una vez atestiguado el carácter sagrado que esa sanción confería al Instituto, el cambio de nombre tuvo notables consecuencias. «Es la Iglesia la que nos ha dado ese hermoso título» seguirán repitiendo los oblatos tras el Fundador, aunque saben bien que se debe a la inspiración de él. «Tiene usted razón al decir que les parecía a todos ser otros hombres, escribe el 20 de marzo de 1826, así es en verdad. ¡Ojalá comprendamos bien lo que somos!» [30]. Su sucesor, el P. Fabre llegará a escribir: «No olvidéis que si nuestro venerado Fundador nos hizo misioneros de los pobres, el Sumo Pontífice nos hizo Oblatos de María Inmaculada» [31].

Vuelto a Marsella, el P. de Mazenod se apresuró a convocar un Capítulo general extraordinario el 10 de julio de 1826 para promulgar la Carta apostólica de León XII, en virtud de la cual habían quedado formalmente aprobados la Regla y el Instituto. Dos ceremonias de excepcional solemnidad marcaron el acontecimiento el 13 de julio. Primero, en la capilla interior de la casa del Calvario en Marsella, el Fundador celebró la misa del Espíritu Santo ante el Santísimo expuesto. Acabada la misa, todos los profesos avanzaron por turno para renovar los votos por vez primera como «Misioneros Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María». La misma fórmula era escrita y firmada por ellos en un papel que entregaban inmediatamente al superior general, quien la depositaba en el altar. «La presencia de Nuestro Señor en medio de toda nuestra familia reunida en tan especial circunstancia, el profundo recogimiento de todos y el objeto sublime que nos ocupaba daban a la ceremonia una belleza celestial» [32].

Al salir de la capilla, todos fueron a la sala capitular. Dirigiéndose entonces a toda la Sociedad reunida, el Superior declaró: «Es el feliz comienzo de una era nueva para la Sociedad, Dios ha ratificado los proyectos que habíamos concebido para su gloria; ha bendecido los lazos que nos unen; en adelante, combatiremos a los enemigos del cielo bajo un estandarte que nos es propio y que nos es dado por la Iglesia. En ese estandarte brilla el nombre glorioso de la Santísima Virgen María Inmaculada; este nombre es ya el nuestro, pues hemos sido consagrados a la Santísima Virgen; somos sus hijos en forma más especial; y la protección que nos brinda, ya tan sensible hasta hoy, lo será aún más en lo sucesivo, si nos mostramos dignos de tal madre» [33].

Como signo de esta pertenencia especial a María, el Capítulo de 1837 escogerá, «entre varios objetos propuestos», un escapulario: «Se adoptó unánime- mente de este modo: El día de la Oblación, se recibirá, junto con la cruz, signo auténtico de nuestra misión, el escapulario de la Inmaculada Concepción, que se deberá llevar bajo el hábito» [34].

«Fue la Iglesia quien nos dio tan hermoso título», y es también la Iglesia quien por la voz popular sigue distinguiéndonos de los demás religiosos como «los Oblatos». «Me gusta mucho también vuestro nombre de Oblatos» dijo Juan XXIII al Capítulo general de 1959 [35]. Por eso, al término de su análisis sobre Nuestra vocación, el P. León Deschâtelets subrayaba que «nuestro espíritu más característico, nos gusta repetirlo, es ese espíritu de oblación sin reserva bien significado por nuestro nombre» [36]. La expresión ha quedado ya consagrada y ha pasado al texto del artículo 2 de las Constituciones y Reglas de 1982: «Su celo apostólico es sin cesar sostenido por el don sin reserva de la propia oblación, oblación sin cesar renovada en las exigencias de su misión».

OBLACIÓN SIN RESERVA

El 25 de enero de 1948 el P. José M. Simon, profesor de dogma en Solignac, presentaba a la encuesta sobre la espiritualidad oblata «una síntesis cuya clave de bóveda es la idea de oblación» [37]. El 15 de agosto de 1951, el P. Leo Deschâtelets, superior general, consagraba «una larga y sustanciosa circular a la vocación oblata en unión con María Inmaculada, circular que fue leída, comentada y profundizada por los oblatos» [38]. «No es un texto que se inscriba en el mismo plano de los que luego vamos a invocar, advertía Emiliano Lamirande en 1956, al aducir una serie de testimonios históricos en apoyo de la hipótesis avanzada por el profesor de Solignac; los supera todos por la autoridad que reviste y sanciona en cierto modo todo lo que encierran de mejor» [39].

En la primera mitad de su circular 191 sobre nuestra vocación, el superior general se entretiene ampliamente en calificar nuestro tipo de oblación. Sacerdotes y religiosos oblatos: ningún límite a nuestra santidad personal. Ningún límite tampoco a nuestro celo. «Y entonces ¿no nos parece exactamente justificado nuestro título de oblatos? Nuestra vida sacerdotal, religiosa y misionera ¿no es una donación total de nosotros mismos, un compromiso a fondo, una oblación sin límites? El Fundador, al llamarnos Misioneros de Provenza, luego Oblatos de San Carlos, y después Oblatos de María Inmaculada ¿no obedecía a una ley imperiosa, consecuencia de los principios espirituales que servían de base a la nueva vida apostólica que se le había dado suscitar en la Iglesia? Sin saberlo quizá.¿no aplicaba así el último trazo, el trazo más fuerte y característico del religioso sacerdote y misionero que había soñado ante Dios? [40]. Nos parece bien indicado en los textos que lo que nos constituye verdaderamente en nuestra vocación, en nuestra misión, es cierto grado superior de compromiso al servicio de Dios y de las almas, de entrega loca al servicio de Dios, de su gloria, de su amor y de su misericordia infinita; es un impulso, una intensidad especial de caridad sacerdotal , de celo por las obras más difíciles, es, digamos la palabra – no podemos encontrar una expresión más fuerte – una oblación sin límite de nosotros mismos, que hace que no se nos pueda definir más que afirmando: «Son oblatos por excelencia» [41] «Semejante oblación, un compromiso tan ardiente y absoluto al servicio del amor divino, de la Iglesia y de las pobres almas, no podrá nacer, mantenerse ni intensificarse en nosotros sin una unión profunda con Jesús, nuestro Salvador y Redentor, el Amor y la Misericordia en persona, ni tampoco sin unión con María Inmaculada nuestra Madre: «la mirarán siempre como Madre», y nuestra Reina: Reina de nuestra Congregación» [42].

OBLACIÓN MARIANA

«Que haya sobre todo una renovación en la devoción a la Santísima Virgen, para que nos hagamos dignos de ser los Oblatos de María Inmaculada» [43]. Tras este requerimiento lanzado por su santo Fundador, los oblatos no han cesado de renovarse en su adhesión a su Madre y Patrona. Muy especialmente a la luz de la participación de Mons. de Mazenod en la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, que recuerdan cada día en Completas [44]y con ocasión de diversos Capítulos generales. El de 1920 decidió «consagrar solemnemente la Congregación a María Inmaculada en una consagración pública que se ha de realizar oficialmente en todo el Instituto el 17 de febrero y el 8 de diciembre cada año [45]. Faltaba todavía codificar todo esto en forma más precisa en un texto de la Regla. Fue la tarea del Capítulo de 1926 con el famoso artículo 10 al tratar de los fines de la Congregación, artículo que ha triunfado de las pruebas contemporáneas de la piedad mariana, de la renovación de la vida religiosa y de la doble revisión de las Constituciones en 1966 y 1982.

«María Inmaculada es la Patrona de la Congregación» proclama de entrada la versión más reciente de esa Constitución 10. «Es un texto muy hermoso» afirma el P. Jetté, que nos brinda un análisis detallado. Al tratar más especialmente de «María modelo de nuestra oblación» escribe: » ‘Dócil al Espíritu, se consagró enteramente, como sierva humilde, a la persona y a la obra del Salvador’. Esta es la actitud general de María que se nos propone como modelo. Fue dócil al Espíritu, respondió con un sí incondicional a la invitación de Dios: ‘Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu palabra’. Desde entonces estuvo totalmente consagrada a la persona y a la obra del Salvador.

En el amor y en la fe, María se adhiere con todo su ser al designio de Dios sobre ella, a medida que Dios se lo hace conocer. Observa los acontecimientos, los medita en su corazón y se compromete al cumplimiento de la voluntad del Señor. A esto son invitados los oblatos: a convertirse en hombre de la voluntad divina, a estar totalmente disponibles para responder a sus llamadas a medida que se las da a conocer, y esto como servidores y amigos de Jesús, Salvador del mundo. Más adelante en el art. 13 se dirá explícitamente: ‘María Inmaculada, por su respuesta de fe y su total disponibilidad a la llamada del Espíritu, es el modelo y la salvaguardia de nuestra vida consagrada’ » [46].

Herménégilde CHARBONNEAU