1. El Fundador
  2. Los Superiores Generales
  3. Los Consejos Generales
  4. Las Constituciones Y Reglas Y Los Capítulos
  5. La Justicia En La Espiritualidad Oblata

Sumario: I. El Fundador. II. Los superiores generales. III. Los consejos gener. IV. las CC y RR y los capítulos gen. V. La acción de los Oblatos. VI. La justicia en la espiritualidad oblata.

La justicia se ha vuelto, en forma más evidente, una virtud oblata cuando la Iglesia se puso a considerar el ministerio por la justicia como esencial a la evangelización. La preocupación por la suerte de los pobres ha sido desde siempre una característica de la vida oblata, lo mismo que la preocupación por los derechos de la Iglesia. Pero más recientemente se ha reconocido que la pobreza podía deberse, entre otras causas, a diversas formas de injusticia. La evangelización ha tomado también el aspecto de una ayuda a quienes luchan contra la injusticia. Desde ese momento, la justicia social ha formado parte integrante de la espiritualidad oblata.

EL FUNDADOR

En el tiempo del Fundador, la justicia, en la Iglesia, se catalogaba entre las cuatro virtudes cardinales, y la enseñanza de la Iglesia sobre la justicia social se reducía principalmente a cuestiones de justicia conmutativa o distributiva. No obstante, el amor de Eugenio de Mazenod a los pobres le llevó a asumir a menudo su defensa y a consagrar su vida a enseñarles las riquezas de la fe. En su conocido sermón en la iglesia de la Magdalena en Aix durante la cuaresma de 1813, les dice: «La verdad debe ser conocida por todos, pues todos tienen igual derecho a poseerla» [1]. En el mismo sermón denunciaba las actitudes de injusticia con los pobres, poniendo en contraste la dignidad de los obreros, de los criados, de los labradores, de los campesinos, de los mendigos con lo que un mundo injusto pensaba de ellos.

Les animaba a reconocer su dignidad, a verse como los veía el Dios revelado por Jesús. Durante toda su vida, a menudo hace referencia, en sus cartas, a la condición social de ellos y a las otras cuestiones sociales. Como fundador de una Congregación misionera, pedía a sus hijos en las misiones extranjeras que enseñaran a la gente oficios como la agricultura, la mecánica, etc. Les decía que abrieran escuelas en cada misión, que se ocuparan de los servicios de sanidad y que promovieran la paz en la sociedad. Prevenía también a sus misioneros contra la tentación de implicarse directamente en el gobierno de los pueblos que habían convertido [2]. Al final de su vida, siendo senador como decano de los obispos de Francia, defendió los derechos de la Iglesia contra las injerencias del gobierno [3].

LOS SUPERIORES GENERALES

Lo que por los años cincuenta se llamó «apostolado social» y luego, en los años setenta, «ministerio por la justicia», se había presentado primero, en las discusiones oblatas de los años treinta, con el nombre de «acción católica». El P. Teodoro Labouré, séptimo superior general, pidió a la Congregación en general y a los miembros del Capítulo de 1938 en especial que hicieran de «ese movimiento de renovación cristiana» una prioridad misionera para los Oblatos [4]. Su preocupación por la reevangelización o la renovación de la fe no era una novedad, pero sí lo eran su análisis y su vocabulario. Los Oblatos iban a atender a los obreros en los suburbios de las grandes ciudades porque éstos estaban entonces más descristianizados que los medios rurales en tiempo del Fundador. El método de la Acción Católica -ver, juzgar, obrar- introducía una especie de análisis social en la misión oblata, aun cuando la mayor parte de los Oblatos no iban a implicarse directamente en esos movimientos.

El P. Leo Deschâtelets habló también de una nueva conciencia de la Iglesia por los años cincuenta y sesenta. Favoreció la formación de especialistas en las disciplinas tanto eclesiásticas como profanas. Sociólogos, antropólogos y pedagogos ayudarían a la Congregación a comprender el mundo contemporáneo y llevarían a los oblatos a responder a sus necesidades con conocimiento de causa [5]. Con los miembros del Capítulo de 1953, animaba a todos los oblatos a empeñarse «en todas partes y más que nunca en el apostolado de las masas populares más abandonadas y más expuestas al peligro del materialismo marxista» [6].

El P. R. Hanley , durante los dos años y medio que fue superior general, fundó ampliamente su animación sobre los elementos contenidos en el documento capitular de 1972 La perspectiva misionera (véase más abajo, sección III). Concebía la misión oblata más como una forma de acción por la justicia en el mundo que como una forma de implantar la Iglesia; miraba la lucha por la justicia en el mundo como un signo de los tiempos y del Reino de Dios en medio de nosotros. En sus homilías y sus cartas alentaba el ministerio por la justicia, aunque sin decir claramente lo que entendía por justicia evangélica. No obstante, su superiorado preparó el consenso que se creó sobre la justicia como virtud oblata durante los doce años del mandato del P. Fernand Jetté como superior general (1974-1986).

Cuando el P. Jetté hablaba en sus cartas y conferencias de justicia, se refería a menudo a cuatro puntos fundamentales. En primer lugar, identificaba a «los pobres de hoy» y señalaba que su presencia en el mundo exigía cambios en nuestro ministerio. Entre esos pobres de hoy encontramos «al refugiado, al emigrado […], al drogadicto, al joven delincuente […],al ateo […]. al creyente sin religión ni iglesia» [7].

Tras haber identificado a los pobres de hoy, el P. Jetté se detenía, luego, en lo que ellos esperan del sacerdote y del oblato: «Ciertamente esperan que él les muestre mucha estima, respeto y amor […] Esperan también que el sacerdote y el oblato les dé a Dios, que les revele su propia grandeza a los ojos de la fe […]Y si son cristianos, esperan que el sacerdote les dé a Jesucristo, brindándoles la eucaristía […] Esperan asimismo de nosotros que les ayudemos a salir de su miseria […] Esto quiere decir también la promoción de la justicia […]» [8].

En tercer lugar, el P. Jetté ha hablado con frecuencia de incorporar la justicia al ministerio regular del oblato para con los pobres: «[…] la acción por la justicia como parte integrante de la evangelización […] ha entrado en nuestro ministerio y en él seguirá. Ahora lo importante es que se desarrolle y se integre de veras, en su verdadero lugar, dentro de la obra evangelizadora de la Congregación. Recuerdo a este propósito lo que dije en Cap-de-la-Madeleine en mayo de 1982: «En el discernimiento propio de esta clase de compromiso, dos criterios me parecen importantes. El primero: que nuestra orientación sea netamente la evangelización, es decir, la purificación y la transformación de las estructuras por los valores evangélicos y las Bienaventuranzas, lo cual excluye ciertos métodos incompatibles con el Evangelio, por ejemplo, el fomento del odio entre los hombres o la lucha de clases. El segundo: que la forma concreta de nuestra acción corresponda a la vocación que tenemos en la Iglesia, como religiosos y como sacerdotes […] La formación de las conciencias, la educación cristiana, el apoyo espiritual a los laicos comprometidos, con algunas eventuales posturas tomadas en público y oportunas, tendrán habitualmente el primer puesto en esta acción» [9].

El cuarto punto mana naturalmente del tercero. El P. Jetté insistía a menudo en la necesidad de enraizar en la fe el ministerio por la justicia. Iba a precisar su pensamiento sobre estos puntos en sus encuentros con los oblatos de todo el mundo así como en las deliberaciones del consejo general [10].

LOS CONSEJOS GENERALES

Fue en las dos sesiones plenarias tenidas en 1977 donde el consejo general discutió por vez primera detalladamente sobre el ministerio por la justicia. Estas discusiones se insertaban en el marco de una serie de estudios realizados por el consejo acerca de los lazos que existen, para los oblatos, entre sus diversos ministerios y su carisma. La cuestión se planteó de esta forma: «¿Cómo se inserta el ministerio por la justicia en la acción misionera de la Congregación?». Nos dimos cuenta poco a poco de que entre los oblatos había tres enfoques diferentes del ministerio por la justicia: el del ministerio mismo, el del carisma, y el del Reino.

Considerando, primero, el ministerio como la actividad total de la Iglesia, algunos miembros del consejo definieron el de los oblatos por algunas de sus cualidades: profético, inspirado por el Evangelio, etc. Este enfoque permitía partir del trabajo de la Congregación tal como existe hoy, más que de un «espíritu idealista» o de un modelo puramente histórico. Se podía luego llegar a algo de más característico de los oblatos, de más eficaz en el trabajo por la justicia, sin volver a discutir la totalidad de los compromisos presentes. Mientras aseguraba la continuidad de la institución, este enfoque permitió al consejo general descubrir cómo podían los oblatos, en su ministerio actual, conceder mayor lugar a las cuestiones de justicia. En el segundo enfoque, el consejo partió de lo que vivía la Iglesia como familia que tiene en su seno diversos institutos religiosos, los cuales la enriquecen con sus carismas peculiares. Se concebía el carisma como una clase de diferencia específica que permitía al instituto definirse en la Iglesia partiendo del propio «espíritu» (los propios valores, o sea lo más importante) y de la propia actividad. Discutiendo sobre la justicia en esta perspectiva, el consejo pudo profundizar el sentido de la voz ‘evangelización’ y también de la voz ‘pobre’. Así se pudieron precisar, en continuidad con la historia de la Congregación, las opciones más importantes acerca de este ministerio.

El tercer enfoque partía de una visión del Reino de Dios, Reino de justicia, de paz y de amor proclamado por Jesús e identificado en substancia, pero no completamente, con la Iglesia. En esta perspectiva, toda acción en pro de la justicia, de la paz y del amor se vuelve una especie de ministerio. Y se vuelve un ministerio de los oblatos en la medida en que éstos se identifican como hombres del Reino de Dios, dedicados a mantener en el mundo los valores propios de ese Reino. Este enfoque asegura cierta continuidad con los valores que siempre han apreciado los oblatos. Son, sin embargo, las estructuras institucionales las que crean problema. La acción de Dios en el mundo, incluso fuera de la Iglesia, se reconoce explícitamente; los hombres liberados son llamados a ser los instrumentos de esa acción.

Cada enfoque presenta, como se ve, ventajas e inconvenientes. El primero no lleva tal vez a la Congregación a poner en discusión en forma adecuada sus compromisos presentes; el segundo puede imponer límites; el tercero conduce a la secularización si no se mantiene una distinción rigurosa entre la utilización de medios seculares y la propia secularización.

Dos números de COMMUNIQUÉ presentaron el fruto de las deliberaciones del consejo general [11]. Se subrayaban dos puntos: primero, que «la promoción de la justicia está intrínsecamente ligada a la misión de la Congregación, predicar el Evangelio a los pobres»; y segundo, que, aunque la promoción de la justicia es, por razón de ese lazo, deber de todos los oblatos, solamente algunos tendrán «compromisos especializados» en este campo. En un programa destinado a la Congregación se indicaban las formas en que tal preocupación por las cuestiones de justicia podía impregnar la vida y el ministerio de los oblatos. El objetivo de dicho programa era éste: «para la Congregación […] comprometerse con conocimiento de causa y de manera efectiva a trabajar por más justicia y más paz en el mundo». Entre los medios que tomar, se sugerían diversas formas de oración, de diálogo, de estudio y especialización y de compromiso directo. Digamos algo sobre cada uno.

1. La oración está en el corazón del ministerio por la justicia. Cada mañana, los oblatos piden poder servir al Señor «con santidad y justicia» (Lc 1, 75). Su vida está consagrada al Dios santo y justo. No es una idea, sino una Persona lo que está en el origen de su ministerio; su motivación no la hallan en la rectitud de una causa, sino en el amor, incluso a los enemigos.

2. El programa exige también, en la Congregación, el diálogo entre los grupos de diversas tendencias, entre los diversos niveles de gobierno, entre los especialistas del ministerio por la justicia y los otros oblatos. Todo diálogo es por sí mismo un ejercicio de justicia pues presupone una reciprocidad entre interlocutores. Es un clima de participación más que de dominación, de confianza más que de fuerza, lo que hace posible el diálogo. El consejo general pidió, pues, a los oblatos que practicaran el diálogo entre sí, reconociendo que nadie tiene todas las respuestas en un dominio tan complejo como el ministerio por la justicia en el mundo contemporáneo.

3. El estudio y la especialización son parte también del programa, porque es vasto el campo y complicados los problemas. Si la Congregación en su conjunto debe comprometerse en el ministerio por la justicia, es preciso que todos los oblatos estén familiarizados con la doctrina de la Iglesia en esta área. La Congregación tiene necesidad al menos de algunos oblatos especializados en las ciencias políticas y económicas, en la organización comunitaria y el desarrollo. Por encima de todo, los oblatos deben poder ayudar a los laicos a asumir sus responsabilidades en estos campos.

4. Esto pide cierto compromiso inmediato pues es en la acción donde, en definitiva, se aprende la justicia. Hace falta una unidad de acción y de reflexión, de proyectos y de oración.

Un número de DOCUMENTACIÓN OMI [12] presentaba en 1978 un cuestionario que debía servir para una evaluación comunitaria de las obras oblatas. Se esperaba así suscitar, en la base, el tipo de discusiones deseadas por el consejo general en su programa. Las preguntas que siguen tenían por objetivo ayudar a los oblatos a formarse una opinión sobre la injusticia ligada a las situaciones económicas, políticas y sociales corrientes:

«1. ¿Cuál es el grado de sufrimiento actual infligido al pueblo: hambre, discriminación individual o colectiva, importancia dada al encarcelamiento de los pueblos sometidos? ¿A quién o qué se ha sacrificado para mantener el statu quo? ¿Cuáles son las quejas de los mismos pobres? ¿A qué dan ellos la mayor importancia?.

«2. ¿Qué importancia se da al odio hacia otra nación, raza o clase: hasta qué punto esto se ha institucionalizado para mantener el sistema económico o político en el que el mismo oblato se encuentra? ¿Se inculca sistemáticamente la desconfianza en los otros?

«3. ¿Cuáles son las cualidades morales de los jefes? ¿Pueden llegar a ser jefes hombres honrados? ¿Cómo se llega al poder? ¿Cómo se conserva y se ejerce? En la elección de sus jefes ¿tiene la gente su palabra que decir?

«4. ¿Cuál es el grado de manipulación utilizado para mantener el sistema actual? ¿Hasta qué punto participa verdaderamente la gente en las decisiones que establecen su porvenir?

«5. ¿Cuáles son las posibilidades de renovación dentro del sistema? ¿Se organiza la vida de tal forma que toda oposición sea automáticamente eliminada?».

Tras el Capítulo general de 1980, el nuevo consejo general continuó la reflexión sobre el ministerio por la justicia en la Congregación, pero ahora partiendo de la C 9 y de la R 9 de las Constituciones aprobadas por el Capítulo [13]. Durante las sesiones del consejo en 1982 y 1983 surgieron diferencias sobre el método de realizar el análisis social y, más fundamentalmente todavía, sobre el modo en que los sacerdotes y los religiosos deben ejercer su ministerio en la Iglesia y en el mundo. Estas diferencias se remontaban a las anteriores ediciones de las Constituciones y Reglas y a las discusiones de los Capítulos generales.

LAS CONSTITUCIONES Y REGLAS Y LOS CAPÍTULOS

Si el Capítulo de 1938 adoptó la Acción Católica como forma de apostolado para los oblatos, el de 1947 discutió por vez primera sobre el apostolado social en su conjunto. La comisión capitular encargada de las obras de la Congregación estudió esta cuestión: «¿Cómo hacer eficaz nuestro apostolado entre la masa alejada de nuestro ministerio?» [14]. Hablar de la misión entre quienes escapan a nuestro ministerio suscitaba la cuestión de la continuidad con la historia oblata. Mencionar «la masa» situaba la cuestión en un contexto nuevo. El Capítulo de 1953 habló también de «la masa», aludió al comunismo y, en una nueva toma de conciencia, reconoció la existencia de un mundo cuyos elementos estaban ligados unos con otros mucho más que en el pasado. Pidió una encuesta sobre la misión y expresó su inquietud sobre el valor de nuestra vida religiosa como testimonio presentado ante los pobres, aunque sin poner en discusión la vida religiosa en su característica principal de consagración personal a Dios [15].

El Capítulo de 1966 tenía como objetivo revisar las Constituciones y Reglas a la luz de las reformas iniciadas por el Vaticano II. Nos dio unas Constituciones y Reglas en que las palabras «ministerio» y «pobre» tenían un sentido más amplio. En la Regla del Fundador (1826, 1853 y 1928) el ministerio entre los pobres miraba ante todo a reforzar la fe de quienes estaban perdidos para la Iglesia, aun cuando, en teoría como en práctica, no se excluían otras clases de servicios. Aquéllos a quienes íbamos eran las más de las veces personas materialmente pobres o de condición muy modesta. Las Constituciones de 1966 se referían explícitamente a un sentido más completo de las palabras «ministerio» y «pobres»: «Los misioneros oblatos miran con particular predilección el mundo de los pobres, de aquellos que sufren del hambre o de la inseguridad» (C 4). Se precisaba después el sentido de esta pobreza: los «grupos humanos con los que la Iglesia ha perdido contacto prácticamente, […] ciertas zonas obreras de las grandes ciudades, ciertas comarcas rurales abandonadas, ciertas minorías étnicas, los inmigrantes, trabajadores extranjeros, jóvenes obreros, estudiantes, etc.» (R 13).

Las Constituciones de 1966 añadieron al discurso sobre la misión entre los pobres la noción de justicia social: «En el espíritu de la enseñanza social de la Iglesia, los Oblatos suscitarán y sostendrán la acción de quienes trabajan por una distribución más equitativa de las riquezas del mundo» (C 32). «Bajo la dirección de los superiores, participarán en las organizaciones sociales y, más aún, trabajarán por la promoción de los más desfavorecidos procurando la justicia» (R 58).

En 1971 el Sínodo romano de los obispos miraba el trabajo en pro de la justicia social como parte integrante de la evangelización. En 1972 el Capítulo general de los oblatos formulaba nuevamente la perspectiva misionera de la Congregación; definía a los pobres en términos sociológicos de «marginados», y el ministerio por la justicia en términos de desarrollo y de liberación. La tercera parte del documento capitular La perspectiva misionera presentaba, bajo tres títulos generales, las líneas de acción de los oblatos: la preferencia por los pobres (nº 15), la solidaridad con los hombres de nuestro tiempo (nº 16) y la voluntad de creatividad (nº 17).

En ese documento, lo que quizás era más nuevo que la descripción de la pobreza era la eclesiología. Recurría implícitamente a la distinción, entonces nueva en los documentos oblatos, entre el Reino de Dios y la Iglesia. Esta distinción, presente en las eclesiologías protestantes desde hace más de cien años, no ha entrado en la enseñanza oficial de la Iglesia más que a través de algunos párrafos de los documentos del Vaticano II sobre la Iglesia (LG), sobre la actividad misionera de la Iglesia (AG) y sobre la Iglesia en el mundo actual (GS). Esta distinción hace que el objeto de la misión pase de la Iglesia a la sociedad secular. El objetivo de ésta es establecer el Reino de Dios, un reino de justicia, de paz, de amor y de otros valores evangélicos. La actividad misionera de los oblatos debía en adelante abordar problemas y comprometerse en obras fuera de las esferas eclesiásticas. La perspectiva misionera pedía, pues, a la Congregación en su conjunto que revisara sus compromisos actuales para ver si ellos promovían de verdad los valores del Reino en la sociedad o si no servían más que para mantener las estructuras de la Iglesia. El documento no definía los lazos entre la Iglesia y el Reino; era, pues, en el caso en que se concibieran los «valores del Reino» en términos de ideología secular más bien que evangélica, abrir la puerta a la secularización del ministerio de la Congregación.

En los informes enviados al Capítulo de 1980, casi todas las provincias mencionan el ministerio por la justicia, los problemas relacionados con él y los grupos que suscitan el interés de los oblatos por razón de las injusticias de que son víctimas. Las discusiones que siguieron a la presentación de los informes de las regiones indicaban que la Congregación debía precisar e intensificar su misión entre los pobres, y determinar cómo integrar el ministerio por la justicia en su apostolado habitual. El compromiso expresado verbalmente de darle más importancia en el trabajo de evangelización de los oblatos, estaba claro. Lo mismo acaeció en las Constituciones y Reglas que aprobó dicho Capítulo. La R 9 cita el sínodo de los obispos de 1971: «El ministerio por la justicia es parte integrante de la evangelización» y prosigue: » El impulso del Espíritu puede llevar a algunos oblatos a identificarse con los pobres hasta el punto de compartir su vida y su compromiso en pro de la justicia; a otros, a estar presentes allí donde se toman las decisiones que influyen en el porvenir del mundo de los pobres […] Sea cual sea su trabajo, los Oblatos colaborarán, según su vocación, por todos los medios conformes con el Evangelio, en la transformación de cuanto es causa de opresión y de pobreza, contribuyendo así a implantar una sociedad cuya base sea la dignidad de la persona creada a imagen de Dios».

Antes de otorgar su aprobación en 1982, la Congregación para los Religiosos e Institutos seculares añadió dos ideas al texto: 1. no es solo el Evangelio, sino también las exigencias de la vocación propia en la Iglesia, lo que debe constituir el criterio de discernimiento de lo que hay que hacer en este campo; 2. recibirán misión de los superiores para este ministerio.

En otras partes, las mismas Constituciones y Reglas describen la justicia como un atributo de Dios (C 9) y una característica de la venida de Cristo (C 11). Ella no es solo el objetivo de la misión evangelizadora de los Oblatos; determina también su modo de vivir y las relaciones que los animan entre sí (cf. C 81, 84 y 44).

LA ACCIÓN DE LOS OBLATOS

Hay oblatos empeñados en las obras sociales y el ministerio por la justicia. Anuncian a Cristo y denuncian las injusticias según las necesidades de los pobres y las diversas circunstancias en que se encuentran a través del mundo. Se hallará una descripción del ministerio que ejercen, en los informes de los congresos provinciales desde 1972 y en los que se han presentado en los Capítulos recientes.

La Administración general creaba en 1977 una oficina de Justicia y Paz y, a la escala de la Congregación, una red de oblatos directamente empeñados en este ministerio. Su órgano de comunicación, el Boletín de la red Justicia y Paz, se publica en Roma dos o tres veces al año. Los números pasados de ese boletín describen con muchos detalles la acción y el pensamiento de algunos oblatos sobre cuestiones de justicia. La oficina de Justicia y Paz de la Administración general mantiene contactos con grupos del mismo género, que van desde la Comisión Pontificia de Justicia y Paz hasta las organizaciones locales de desarrollo. El Fondo de solidaridad oblata financia varios proyectos, especialmente en el campo de la educación para la justicia y en el de los pequeños proyectos de desarrollo que miran a ayudar directamente a los pobres.

En 1982 la Administración general discutía sobre la ética de las inversiones financieras ordinarias y creaba un fondo especial para las inversiones de carácter social [16]. Apoyándose en las recomendaciones de los oblatos que trabajan sobre el propio terreno, la Administración general, ha apoyado, ocasionalmente, ciertas causas, e incluso ha tomado la defensa de los derechos de algunas personas.

LA JUSTICIA EN LA ESPIRITUALIDAD OBLATA

La justicia es una virtud oblata. Es un reclamo a la sensibilidad de los oblatos porque ante todo es una virtud evangélica y los oblatos son hombres del Evangelio; en segundo lugar, se dirige a la condición de los pobres, a cuya evangelización se consagran; y finalmente la Iglesia desea que se promueva, y los oblatos son los hombres de la Iglesia. La justicia, pues, moldea la vida y la espiritualidad del oblato por cierta afinidad natural.

Sin embargo, la justicia no podrá moldear nuestra espiritualidad más que si es evangélica. Las nociones actuales de justicia toman a menudo como punto de partida la diferencia notoria que se da entre el ideal de una igualdad económica entre los pueblos y las diferencias que se dan concretamente en ese plano, de donde surge una especie de dilema religioso. Si uno se sitúa al lado de quienes poseen menos, se siente forzado, en nombre de la justicia, a reivindicar, aunque esto implique el recurso a la violencia. Si, por otro lado, debe admitir que está al lado de quienes poseen mucho, debería, en nombre de la justicia, confesarse injusto, incluso si cree hacer buen uso de los bienes que reconoce haber recibido de Dios.

La noción bíblica de justicia, en cambio, parece preocuparse menos de la distribución de los bienes que de las relaciones de las personas entre sí y con Dios. En el A.T. el juez es el garante de las relaciones de justicia. A él es a quien toca restablecer la paz cuando esas relaciones se rompen. Cuando tiene que emitir un juicio, se muestra injusto si toma en cuenta la situación económica de las personas, su condición de ricos o pobres. Su juicio es una restitución de las buenas relaciones, una proclamación de la salvación. El juez es quien, por su juicio, crea la justicia. Juzgar es, por consiguiente, la primera obra del Dios de misericordia que, con sus juicios, vuelve justo lo que es injusto.

La justicia cristiana descansa sobre la restauración de nuestra relación con Dios por Cristo. La señal de que esta relación se ha restablecido es la justicia entre humanos. Nuestra relación con Dios es la que determina nuestras relaciones con los otros. Y solo en la medida en que nosotros hemos recibido, por Cristo, el perdón y la salvación, somos capaces de establecer entre nosotros una verdadera justicia, incluso en su expresión material. Para establecer esa justicia, el cristiano es libre de escoger los medios; pero éstos deben respetar la naturaleza de la justicia que él ha recibido de Dios (cf. R 9, § 2 y 3).La doctrina social de la Iglesia recuerda la diferencia que existe entre la noción bíblica de justicia y la propuesta por las ideologías contemporáneas. Esta enseñanza proporciona un fundamento propiamente religioso al ministerio por la justicia y ancla este ministerio en la espiritualidad cristiana.

Para el cristiano comprometido en el ministerio por la justicia, es su vida espiritual la que le pone en guardia contra el hecho de que alguien se pueda servir de él. Ella le hace también tomar conciencia de la necesidad de tener una comunidad religiosa para apoyar su acción por la justicia, y de la necesidad de purificar sus motivos y sus sentimientos. Ella le invita a atenerse a una teología neotestamentaria de la «profecía» que le guarde en comunión con la Iglesia y le despierte a la necesidad de no separar santidad y justicia en su propia vida. Para unir contemplación y compromiso en favor de la justicia, hace falta una atención personal amorosa y sostenida a Dios, que, en Jesús, forma uno con su pueblo.

Finalmente, son la esperanza y el amor, nacidos y alimentados en la oración, los que impulsan a los oblatos a implicarse en el ministerio por la justicia: la esperanza en un porvenir mejor y el amor a quienes actualmente sufren. Algunos oblatos, a veces, han actuado más por cólera que por motivos espirituales profundos; entonces, los resultados obtenidos han sido confusos. Algunos, cuando su activismo social les ha creado dificultades en el área de su vida personal, se han visto incapaces de proseguir su empeño para con su gente, con el Evangelio, con su comunidad religiosa y con la Iglesia. Para otros, sin embargo, las grandes dificultades que han probado les han llevado a comprender mejor la vida de sacrificio que es la del religioso y a profundizar su compromiso en favor de los pobres.

Francis E. GEORGE