1. Eugenio De Mazenod Y El Episcopado
  2. Los Obispos Oblatos
  3. Los Oblatos, Hombres De Los Obispos

En 1854 se publicaba en Marsella una noticia de 14 páginas destinada a dar a conocer el espíritu y las obras de los Oblatos de María Inmaculada. No llevaba firma, pero difícilmente se entiende que el Fundador, Eugenio de Mazenod, no la haya por lo menos revisado.

Donde el texto intenta describir «el espíritu de la Congregación», se expresa así: «El espíritu que caracteriza más particularmente las reglas de los oblatos es el de una profunda adhesión a la autoridad de la Santa Sede y a la del episcopado. Ellos deben considerarse de modo especial como los hombres del Papa y de los Obispos, es decir de la Iglesia de Jesucristo. Y deben hacer que prevalezca ese espíritu en la medida de su influencia […]» [1].

Si, para Eugenio de Mazenod, los oblatos son ante todo los hombres de Jesucristo, el amor que a El profesan es indisociable del amor a la Iglesia. Así son llevados a cumplir su ministerio en unión íntima con el Papa y los obispos, y en cooperación constante con los otros obreros del Evangelio. La Constitución 6 de 1982, que traduce bien el pensamiento del Fundador, insiste en la comunión de los oblatos con los primeros pastores del pueblo de Dios, en la lealtad para con ellos y en el espíritu de colaboración y de diálogo.

EUGENIO DE MAZENOD Y EL EPISCOPADO

El respeto y la disponibilidad para con los obispos son actitudes que se desarrollaron temprano en Eugenio. Aparte de que el respeto a la autoridad le fue inculcado desde la juventud por una familia y un ambiente social de orientación monárquica, aprenderá de los sulpicianos del seminario un espíritu de total dedicación al Papa y a los cardenales confinados en Francia por Napoleón, y de respeto hacia los obispos fieles al sucesor de Pedro. Su natural generosidad le llevará a prestarles todos los servicios que pueda.

Ordenado sacerdote en 1811, encargado primero de la formación de los seminaristas y luego de la juventud de Aix, tratará de trasmitirles ese mismo espíritu. «Antes de tener el honor de ser elevado a esta dignidad, escribirá más tarde al obispo de Quimper, cuando había emprendido un camino que me alejaba de ella y cuando estaba muy lejos de pensar que más tarde me vería obligado a aceptar esta carga, yo decía a mis alumnos para realzar ante ellos la grandeza de los obispos en la Iglesia, que me gustaría ser como pedestal de ellos para realzarlos a la vista de los fieles. Mi mayor cuidado ha sido siempre inspirarles la mayor dedicación y una adhesión filial hacia los prelados que los llamaran a trabajar en sus diócesis» [2].

El sacerdote de Mazenod lo tenía todo a su favor para ser propuesto él mismo al episcopado, pero había resuelto, al comienzo de su vida sacerdotal, no aceptar dignidad alguna a fin de consagrarse totalmente a las misiones populares. Solo más tarde, ante la necesidad de tener una protección eclesiástica de altura para su pequeña sociedad, se interesó por hacer nombrar a su tío Fortunato como obispo de Marsella y pasó a ser él mismo su vicario general, luego su coadjutor y por último su sucesor.

Al llegar al episcopado, Eugenio se hizo más consciente de las responsabilidades que iba a asumir. A sus confidentes les menciona sin cesar la grandeza y la dignidad del episcopado. El obispo, llamado por el Vicario de Jesucristo a compartir la carga confiada a los apóstoles, recibe el Espíritu Santo para ser el pastor que enseña, santifica y guía a su pueblo. Esa es la fuente de su grandeza y su temible responsabilidad. Este sentimiento animará profunda y constantemente el espíritu de Mons. de Mazenod durante toda su vida. Pocos días después de su consagración escribe al P. Tempier: «Toda la vida había estado lleno de respeto para el episcopado, siempre lo había mirado con gran espíritu de fe; era, por decirlo así, un instinto de mi alma […] Y ahora el Señor me eleva a mí mismo hasta la cima de esa grandeza y, lo que es más, ahora me hace comprender que yo estaba todavía por debajo de la idea que hay que tener de esa plenitud del sacerdocio de Jesucristo» [3].

Así, según Mons. de Mazenod, el obispo, para ser fiel a su llamada, debe aspirar a la más alta santidad. Debe, especialmente, distinguirse por su espíritu de oración, su celo, su participación en la liturgia, su presencia en medio de su pueblo, la sencillez de sus gustos y la pobreza en su vida personal. Estas son algunas actitudes características que él recordará más tarde a sus hijos llamados a seguirle en el episcopado.

LOS OBISPOS OBLATOS

Pronto, en efecto, la Iglesia vino a llamar a la puerta de la Congregación para proveer a ciertos obispados. La elección de la Santa Sede halagaba al Fundador [4], pero él sentía que en cierto modo era una pérdida para la Congregación, cuyo personal era todavía escaso. Se le pedía que cediera algunos de sus mejores oblatos, hombres de talento y prudencia, buenos administradores, profundamente adheridos a la sociedad. Ya en vida del Fundador, seis oblatos fueron llamados al episcopado: Hipólito Guibert (1842), Eugenio Guigues (1848), Alejandro Taché (1851), Juan Francisco Allard (1851), Esteban Semeria (1858) y Vidal Grandin (1859).

Por otra parte, como había ocurrido con él, iba en ello el progreso de la Iglesia y de la Congregación. Y en todo caso bastaba al padre de familia que fuera el Papa quien decidía para rendirse a su voluntad. Más tarde admitió que en algunos casos los nombramientos habían sido providenciales y habían asegurado la supervivencia de las misiones confiadas a esos obispos. En 1847 escribe al P. Guigues, cuyo nombramiento había aprobado al principio con vacilación: «Veo en su elevación una disposición benévola de la Providencia para nuestra Congregación […] doy gracias a Dios por haber dispuesto su promoción con su todopoderosa sabiduría» [5]. Y a propósito del nombramiento de Mons. Taché, cuando él había decidido retirar a los oblatos del Río Rojo: «Ya que el Vicario de Jesucristo ha escogido a uno de los nuestros para guiar a esa Iglesia naciente, no la vamos a abandonar» [6].

El primer sentimiento de los elegidos es el de su indignidad. El obispo de Marsella no quiere oír hablar de eso. Les recomienda la obediencia, la confianza y la sencillez. Escribe a Mons. Allard: «Hay que someterse humildemente a lo que Dios ha decidido por la voz de su Vicario y responder con confianza y sencillez: Ecce adsum […] Es consolador caminar así por la vía de la obediencia» [7]. Al P. Semeria: «No es tu mérito personal lo que te ha valido esa pesada dignidad: es simplemente la posición en la que la Congregación, o yo si quieres, te hemos situado. Si fueras un religioso sin virtud, sin recursos, yo no te habría confiado una misión de esa importancia […] Yo no echo una mano, o mejor dicho, no urjo ese resultado más que por el mayor provecho de vuestra misión y por el honor y una mayor independencia de la Congregación» [8]. Finalmente, al P. Grandin: «Le veo desde aquí postrarse rostro en tierra, derramar lágrimas, rechazar en la expresión de su humildad la corona pontifical que le va a ser impuesta en la cabeza. Esté seguro; le es impuesta por la obediencia […]» [9].

Los obispos nombrados declaran sobre todo que quieren seguir siendo oblatos. El Fundador les responde en forma irrefutable: «Nadie es más obispo que yo, escribe al P. Taché, y por supuesto nadie es tampoco más oblato que yo. ¿Acaso no conozco yo el espíritu que quise inspirar a mi Congregación?. Tú serás obispo, yo lo quiero; no me obligues a escribir al Papa, y con eso no serás sino más oblato […]» [10]. «No es el episcopado lo que impide ser un verdadero oblato. Yo pienso ser oblato más que cualquiera, y creo que mi cargo de obispo no sufre nada por ello. Como yo, usted será un verdadero [oblato] y, así lo espero, un digno obispo» [11].

En sus memorias, Mons. Taché expresa bien lo que sentían los obispos miembros de la familia oblata: «Por ser obispo, no se deja de ser oblato. El Fundador de la Congregación lo dijo a todos aquellos a quienes mandó aceptar el episcopado […] Los obispos promovidos al episcopado, no lo han sido porque se los considerara como hombres rebeldes a la Congregación; al contrario, su entrega y su adhesión a la familia religiosa que los ha adoptado no les ha permitido aceptar el episcopado más que a condición de que esa madre querida siguiera ofreciéndoles su ternura y su confianza […] Aunque obispo, soy siempre oblato de María Inmaculada, oblato de derecho, oblato de corazón, oblato de hecho» [12].

Para indicar ese lazo con la Congregación, el Fundador recomendaba a sus hijos obispos que se identificaran claramente como oblatos en sus escudos y en su firma.

Los principios que habían guiado a Mons. de Mazenod al consentir la promoción de sus oblatos al episcopado, fueron adoptados por el Capítulo general de 1879 y propuestos como normas para el futuro: «Las necesidades de nuestras misiones» y, finalmente, «la voluntad del santo Padre». En los otros casos, «queremos permanecer en la modestia de nuestra vocación», afirma el P. José Fabre [13].

Desde el principio y durante muchos años varios obispos misioneros oblatos fueron a la vez superiores eclesiásticos y superiores religiosos. Era un modo, entre otros, de recordarles su pertenencia a la Congregación. Con todo, esa doble autoridad no estaba siempre bien definida. Condujo a menudo a conflictos de intereses, y por tanto, a situaciones penosas en lo tocante a las personas y a los bienes, por ejemplo en Canadá y en África del Sur. Esto fue a veces ocasión de vistas canónicas especiales. Esto llevó también a convenios entre las diócesis y la Congregación para salvaguardar los derechos respectivos y facilitar las buenas relaciones. En general, estos acuerdos garantizan el respeto, el buen orden y el desarrollo armonioso de la actividad apostólica. Siempre, según el espíritu de Mons. de Mazenod, reconocen al obispo como primer responsable de la misión y expresan la disponibilidad de los oblatos para servir a la Iglesia local en determinadas tareas aprobadas por el obispo. Por otro lado, al aceptar a los oblatos, el obispo reconoce a la Congregación su carácter peculiar y se compromete a respetarla, a animarla y a protegerla. La ayuda a dar a conocer su carisma y favorece su reclutamiento.

De una Instrucción sobre las misiones extranjeras añadida como anexo a las Constituciones y Reglas de 1853 y de precisiones aportadas por los Capítulos de 1873, 1898 y 1907, se llegó a un Statutum pro missionibus provisional, redactado a petición de la Santa Sede y aprobado por la S. Congregación de Propaganda en 1912. Este Estatuto siguió en vigor hasta 1934 en que, tras una cuidada revisión, fue aprobado definitivamente el 30 de enero de ese año y promulgado por el P. Teodoro Labouré, superior general, en carta del 6 de enero de 1935. Ciertas dificultades administrativas dieron ocasión después a contratos particulares con 9 vicariatos apostólicos, contratos aprobados por la Congregación de Propaganda el 12 de abril de 1940. Más tarde, los Capítulos de 1947 y 1959 recordaron la importancia de observar fielmente el Statutum.

No obstante, por razón de numerosos desarrollos en la Iglesia a raíz del Vaticano II, la Congregación para la evangelización de los pueblos pidió, en una instrucción del 24 de febrero de 1969 que se revisaran con cuidado las relaciones entre los ordinarios de lugar y los institutos misioneros. Este estudio condujo a directrices de la Administración general en 1972 y 1973 [14]. Finalmente, en una perspectiva más amplia, aparecía, en 1978, el documento Mutuae relationes, emanado conjuntamente de la Congregación para los Religiosos y los Institutos seculares y de la Congregación de los Obispos, que versaba sobre las relaciones mutuas entre los obispos y los religiosos en la Iglesia

LOS OBLATOS, HOMBRES DE LOS OBISPOS

Los Oblatos «hombres de los obispos», «al servicio de los obispos»: son expresiones frecuentes del Fundador en sus relaciones epistolares con los pastores de las diócesis a las que se dispone a enviar oblatos, y con los mismos misioneros. «Son esencialmente los hombres de los obispos, con ese objetivo los he fundado y, gracias a Dios, todos están impregnados de este espíritu propio de su Instituto» [15]. «Nuestros misioneros son los sacerdotes más dedicados a los obispos» [16]. «Nuestros oblatos han sido instituidos especialmente para el servicio de los obispos […]» [17].

Ahí está en términos concretos la dedicación a la Iglesia que debe caracterizar a los oblatos. La adhesión incondicional del Fundador al Papa y a la Santa Sede, así como el sentimiento tan vivo que tiene de la dignidad y de la autoridad de los obispos, le llevaron a querer que sus hijos fueran «los hombres del Papa como de los obispos, es decir, los hombres de la Iglesia, los hombres de Dios» [18]. Hacia el final de su vida afirmará todavía que Dios no le había inspirado fundar la Congregación «más que para el servicio de los obispos, en una época en la que tenían tanta necesidad de cooperadores en sus diócesis desprovistas de ayudas» [19]. Esta preocupación, compartida a menudo por los sucesores del Fundador e ilustrada por muchos de sus hijos en el curso de nuestra historia, sigue siendo un elemento precioso de nuestro patrimonio oblato.

Como primeros pastores de su pueblo, los obispos son constituidos jefes y padres de los obreros evangélicos que acuden a secundarlos. En ellos los oblatos reconocen a las personas de quienes han recibido su misión: «No existimos más que por ellos y para ellos […] para aliviar su solicitud con todos los esfuerzos de nuestro celo» [20].

Eugenio de Mazenod intenta, pues, que sus oblatos reconozcan la autoridad de los obispos como la regla de su apostolado. Les gustará recibir del pastor de la diócesis la inspiración de su ministerio, obrar solo de acuerdo a sus planes y a su voluntad, acudir a él en sus dificultades.»[…] Conocen el valor de la obediencia al representante de Dios en la diócesis» [21].

Pero, más allá de la obediencia y del servicio, las relaciones entre el obispo y los misioneros deben ser cordiales, como entre padre e hijos. «Consideramos a los obispos como nuestros padres, desde que nos adoptan; su diócesis se vuelve nuestra familia, y puedo asegurar que estos hijos de adopción rivalizan con quien sea en afecto y entrega» [22]. Mons. de Mazenod garantiza esa afectuosa cordialidad al obispo de Montreal, cuando se prepara a enviar los primeros oblatos a América: «Todos somos suyos del todo; los lazos de caridad que nos unen no podrían ser más estrechos; por eso le confío con plena confianza nuestros queridos misioneros. Salen llenos de ardor, dispuestos a secundar con todos sus esfuerzos la solicitud pastoral de usted. Recuerde que los ha adoptado como hijos; no tendrá sacerdotes más sumisos y entregados» [23]. El obispo de Marsella miraba al de Montreal como «el padre afectuoso que toma como suyos los intereses de la Congregación» [24]

La idea de la paternidad episcopal parece fundamental y dirige a la vez la actitud de los obispos y la de los misioneros. Si los primeros son verdaderos pastores y padres, los segundos están obligados a tener para con ellos sentimientos de hijos dedicados y a ser sus edecanes [25], instrumentos en sus manos [26], defensores de su autoridad [27].

El artículo 1 de las Constituciones de 1982 afirma que las llamadas de Dios se dejan oír a través de las necesidades de salvación de los hombres, pero la respuesta de los oblatos debe inspirarse en las orientaciones que vienen del Papa y los obispos. La tradición de la Congregación está marcada por el amor a la Iglesia y la colaboración con sus pastores. Pero, escribe Mons. de Mazenod al P. Viala, si nunca «hay que faltar a la consideración debida a un obispo, incluso cuando se tienen quejas contra él» [28], «eso no quiere decir, explica al P. Pascual Ricard, que usted renuncie a sus derechos legítimos y se abstenga de hacer las observaciones que crea convenientes» [29].

El documento del Capítulo de 1986 Misioneros en el hoy del mundo constata que ante «la llamada a responder de forma creativa a nuevas necesidades» (87), los oblatos experimentan a veces tensiones en sus relaciones con los jefes de las Iglesias particulares. Estas tensiones provienen en ciertos casos de una comprensión diferente de la naturaleza misma de la Iglesia, de la percepción que se tiene de las necesidades pastorales; otras tensiones nacen de circunstancias concretas de personas y de lugares.

La publicación de Mutuae relationes en 1978 dio ocasión a los oblatos para evaluar sus relaciones con las Iglesias locales. El superior general, P. Fernando Jetté, les invitaba entonces a hacerlo, sugiriendo que se preguntaran hasta qué punto se insertan en la pastoral de conjunto de las diócesis y son en ellas «una especie de llamamiento constante en favor de los grupos más desheredados» [30]. Siempre, como era el caso para el Fundador y para los primeros oblatos que querían ser los cooperadores del Salvador y el consuelo y la esperanza de una Iglesia afligida, la misión pasa por el servicio humilde y generoso a los obispos, pastores del pueblo de Dios.

Alejandro TACHÉ